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7/4/22

“Hay algo de la infancia que no puedo dejar de lado”. Entrevista a Cecilia Gajardo, de Cristián Brito Lillalobos





 

Se trata de una de las voces poéticas más relevantes de su generación. Con tres publicaciones, Cecilia Gajardo (Talca, 1985), llega a la Feria del Libro de La Serena para presentar su nuevo texto Talca, (G0 Ediciones, 2021), que sucede a Piel verano (La Calabaza del Diablo, 2017) y a Sara Moncada (Editorial Carlos Porter, 2019), textos que han sido muy bien acogidos por la crítica especializada. Cecilia Gajardo es Licenciada en Escritura Creativa de la Universidad Diego Portales y su experiencia laboral ha estado relacionada con la cultura y las letras. [...]



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¿Qué nos puede adelantar de su presentación?

Tengo tres libros de poesía publicados, pero me voy a enfocar en el último que saqué este año y que se llama Talca, por G0 Ediciones, que es un libro que ha tenido buena llegada en el público en general, porque no solo ha llegado a lectores especializados, como los poetas que nos leemos entre nosotros, sino que también se ha leído bastante entre personas que no son dadas a leer poesía. Eso me tiene muy contenta.

 

Ha publicado tres libros de poesía, ¿qué une o separa a cada uno en cuanto a su contenido? ¿Es quizás la memoria citadina uno de esos aspectos?

Yo creo que hay algo de la infancia que no la puedo dejar de lado, no lo he pensado mucho, sino que siempre que he vuelto a releer mis libros me encuentro con un acercamiento a la infancia bien potente, y lo otro tiene que ver con la geografía, donde me crié como autora. Hay ciertos costumbrismos y negligencias respecto a la séptima región, a Talca, esta zona de huasos y un poco del patriarcado también, y eso está en los tres libros; la superioridad del hombre, el conformismo de la mujer, pero jamás con una voz que tenga que ver con un panfleto, tiene que ver con la poesía misma, con la cosa que nace, con la imagen, con la fotografía más que con un discurso.

 

¿Cuáles son sus referentes o lecturas fundamentales?

Lecturas fundamentales no tengo. Leo un libro y luego otro, pero tengo hartos referentes en el cine, porque, como te digo, soy más de la fotografía, me gusta que el poema sea fotográfico y después se alargue en extensión de acuerdo al lenguaje o gracias al lenguaje. Pero siempre me gustará lo clásico, como La divina comedia, Hamlet, siempre voy a estar cerca de Ezra Pound, Anne Sexton, de Gonzalo Millán, por sobre todas las cosas; por ahí creo que va lo mío. Tengo que inspirarme en alguien y siempre cuando leo a Millán se me ocurren cosas para escribir. Igual me pasa con Bertoni, con Soledad Fariña. Por ahí va la mano.


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¿Qué le parece la escena literaria en Chile considerando la gran presencia de editoriales independientes que han facilitado la promoción de la poesía? ¿Cómo lo ve usted?

Para ser honesta, las editoriales independientes son súper necesarias porque te quieren publicar, te tratan bien, en algunas, y decir por ejemplo que Overol, que no conozco a los chiquillos, aunque sé perfectamente quiénes son, es una editorial que trata muy bien a los poetas y los libros les quedan preciosos, Ediciones Tácitas lo mismo, Mundana Ediciones también es una editorial que funciona muy bien respecto a la poesía, y hay algunas que se la juegan, como Pez Espiral. Hay hartas editoriales con las que me saco el sombrero y no necesitan de poetas que se ganen un fondo del libro, y eso es muy bueno, como dar la apuesta sobre todo en poetas jóvenes.

 

[...]

 

Para terminar, ¿qué planes literarios tiene a futuro?

Yo no paro. Tengo una novela, mi primera novela, que es bien rara, media híbrida, no me sale mucho la prosa, pero tengo esta novela que va a salir por Lecturas ediciones y también tengo un libro terminado de poesía.




Laserenaonline.cl, 31 de marzo de 2022


 

Leer la entrevista completa en:

 

La Serena On Line:

https://bit.ly/3jcUtoX  

 

o en Letras s5:


























3/1/19

“En estos momentos somos, como especie, literalmente una plaga”. Entrevista a Kurt Folch

Por Patricio Jara
Culto La Tercera 
14 de diciembre de 2018





Traductor de Shakespeare y profesor de literatura en la Universidad Diego Portales, el autor publica Tierra negra, un volumen de poemas que giran en torno al paisaje y donde el hombre parece haber desaparecido. Cuenta Kurt Folch (Santiago, 1970) que uno de los lugares más desolados por donde ha caminado en su vida, tanto como los sitios eriazos que rodean la Panamericana Norte o los que se ven desde la cúspide de la cuesta La Dormida, fue una fábrica de asfalto abandonada cerca de la población Juan Antonio Ríos en Independencia. Tenía 10 años cuando, junto a un amigo, ingresó a un patio de concreto donde había maceteros con tierra muerta, tan muerta como los peladeros que rodeaban la edificación. Décadas más tarde, esa imagen y esa sensación apabullante volvería, quizás de manera inconsciente, en forma de versos: “una cucharada / de ceniza / de memoria / a otra lengua / con su olvido” y que hoy forman parte de su reciente colección de poemas.

“Me agrada el desierto, los sitios eriazos en la ciudad, el lecho del río seco. A veces el terminal de buses o el patio de mi casa a mediodía y el viento son la desolación misma”, comenta a propósito. “Me gusta ese tipo de desolación. Aunque hay otros espectáculos desoladores y horribles, como los centros comerciales, las noticias de actualidad o lo que ha hecho la especulación inmobiliaria con el litoral central”.

Kurt Folch es profesor de la Escuela de Literatura Creativa de la Universidad Diego Portales y ha sido traductor de Shakespeare, Tom Raworth, Basil Bunting, entre otros. Los poemas que dan forma a Tierra negra, cuenta, fueron tomando cohesión de manera espontánea, sin embargo hay elementos que él trabaja con frecuencia, como el apego a lo terrenal del paisaje. Folch hace foco en aspectos telúricos, biológicos, climáticos.

“La insistencia en la materia a través de elementos recurrentes como sedimento, piedras, líquenes y cristales apelan a formas primitivas o elementales”, dice. “Además proyectan imágenes que sugieren una especie de neutralidad o sobriedad que funciona como antídoto contra el lirismo de lo obvio y que en nuestra tradición se presenta, en general, en el uso de imágenes superlativas, dramáticas, trágicas, con total apego a la ley del sentido”.

Y entre medio de todo eso está el hombre...
El poema escucha, por lo tanto hay alguien que escucha antes de hablar. Prefiero esa actitud. Pero ese sujeto no solo no controla lo que sucede sino que sus palabras, que no dicen sino que escuchan, lo disuelven en lo que ocurre e impide la consumación del sentido de cualquier narrativa. Me gusta pensar que no hay relato alguno. Es decir, yo sé, o sabía más bien, las anécdotas, los relatos, pero los he mutilado hasta que me parecieron por fin irreconocibles.

En sus poemas el hombre no es protagonista. Incluso ha desaparecido, quedan apenas los vestigios, como sugiere el final del último texto: “con silencio entre cavernas bajo el hielo / había dibujos trozos de cerámica huesos / el conjunto significa también otra cosa”.
Digamos que entre Orfeo y las Ménades, estoy de parte de las Ménades. Puede que sea una cosa epocal. Es decir, en estos momentos somos, como especie, literalmente una plaga. Los que tenemos hijos deberíamos pedir perdón de rodillas y no solo a nuestros hijos. En ese sentido quizá este lenguaje no pase de ser una expresión misántropa. Que lo es, en cierto grado, aunque no inhumana e incomprensible. Porque ya sea en voz alta o en voz baja, toda forma de discurso, sobre todo el que se concibe para ser impreso, termina en impostura. Parece imposible salir de la trampa.

Para este volumen, Kurt Folch nuevamente utiliza el recurso gráfico intercalado, la saturación de las formas, el alto contraste, acaso el acercamiento a lo ilegible que es también, un acercamiento a la monstruosidad. La portada es trabajo de la artista Alejandra Meza, su esposa, y las láminas interiores son del autor. “Creo que hay una concordancia o sintonía entre los versos y esas manchas. También son, en la saturación, una evocación de lo que señalas como apego a la materia”.

O bien las formas impensadas que podría ofrecer el acercamiento, por ejemplo, con un microscopio.
Un microscopio es la prótesis de una capacidad poética. Mallarmé hablaba de la mirada telescópica. Pero en ambos sentidos, hacia lo macro y lo micro, además de registrar las transiciones entre ambas. El lenguaje del fragmento y del error tiende a lo microscópico y lo particulado. En esos detalles aparece el extrañamiento o la monstruosidad que uno no podría nunca agotar. Piensa en las descripciones que Lovecraft hace de la geometría y la arquitectura concebida en los tiempos de Cthulhu. Son párrafos y párrafos de algo que se nos presenta con lujo de detalles pero que es imposible comprender, porque resulta demasiado primitivo y extraño.