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29/10/20

Un flash púrpura desvaneciéndose..., por Carlos Almonte



Sobre Diario de la peste, de Manuel Illanes
 
 
Hemos acabado por enterrar el festín de los solsticios. (...)
De ahora en más solo dispositivos, trampas mentales.
Manuel Illanes
 
 
Pocas veces se tiene la oportunidad de encontrar un texto de este tipo, no solo de interés poético-narrativo -en cuanto cuenta un relato fragmentado- y político -en cuanto pone en tensión ciertas dinámicas sociales que hemos venido observando en el último tiempo-, sino también de interés histórico-pandémico, por decirlo de algún modo. A través de figuras retóricas y de alcance, el autor nos va guiando por un traslado social (“la pupila es un azar”), de ánimo, de final y de crisis total que subsiste desde siempre (hablando en los términos vitales de un autor relativamente joven, nacido en plena dictadura -1979); la misma, o casi la misma, crisis en la que ha vivido el espacio protagonista retratado, Latinoamérica; producto de múltiples razones que, en este libro, se adjudican, grosso modo, a un solo “enemigo poderoso”. Para algún lector, tal vez este grueso ajuste se origine en encuadre y sesgo. Para otro, tal vez en la experiencia y reflexión. Si queremos restringirnos exclusivamente a la lectura, se trata de una declaración de principios. La peste es una sola, aunque en nuestra situación (actual) la peste haya tomado más de una forma.

Poietomancia, le llaman algunos (cómo olvidar las cátedras del poeta y académico Andrés Morales, en la otrora gloriosa Facultad de Filosofía de la Universidad de Chile, lugar en el cual también se instruyó Illanes en los albores de este siglo, y en donde vimos a la “peste” adquirir variadas manifestaciones), rigurosos de la forma, creyentes en la cadena lógica de los acontecimientos, o, como en este caso específico, de la peste. ¿Cuál es la peste? Existe un claro sentimiento anticapital, aunque, se deja ver, y ensayaremos una derivada, concluyente y decidida: la verdadera plaga es el ser humano. Sin ser expuesto de manera explícita, en la derivada superior se encuentra esta pregunta, discusión o disyuntiva. Como se sabe, no existe posición “anti” sin una posición “pro” aparejada. Aun cuando el “pro” en Diario de la peste no se expone, más que de manera implícita, deberemos acordar que el tiempo cubre todas las heridas, incluso aquellas que nos hacen enlodar, caer y revolcarnos en nuestras calles, callejones y pasajes latinoamericanos, en donde abunda el baile, la comida callejera y la cercanía física, como así también la pobreza, la violencia, la prostitución, los charlatanes políticos y las (in)consecuentes promesas –dadas las actuales condiciones, pareciera que imposibles- de un mundo mejor (“la vibración que produce un golpe inesperado”), de una existencia mejor (“el otoño y los edificios se confabulan para simular una imagen de ensueño (...) como de cartel publicitario”).

Illanes es un autor desencantado frente a un lector ídem (¿podría ser de otra manera?), en tiempos espasmódicos. El despertar, otro más, se suma al despertar del otro despertar que ya se ha dormido nuevamente. El eslogan queda fuera de este libro. También el panfleto. El autor asume un camino honesto y solitario, acaso el único posible. Mezcla de referencia histórica y política, con recaudos y descomposiciones producto de la mala siembra en la ciudad (Capital); una siembra que cosecha drogadictos, calles meadas, hediondas, encolerizadas, bajo “cientos de grafitis como un sudor ácido”. El caminar, el diletar, la vida familiar, la amistad, la fraternidad (“Lecturas de poemas al borde del océano”, “El fantasma de Arturo Belano paseándose por los pasillos y nuestros sueños”), no es esperanza per se, es matiz nostálgico, recuerdo apenas agradable, que asoma un leve rictus parecido a una sonrisa.

La revolución, para Bolaño, sucederá en algún momento. El cambio esperado no vendrá de revoluciones masivas, ya que no vendrá de ninguna parte, soterra el Diario de la peste. En su argüir posmoderno, a la vez que sesentero-beat, pareciera exponer, a regañadientes, el completo fracaso de la humanidad. Pareciera decirnos que de no haber un cambio real e ineluctable en el individuo, cada prócer irá cayendo, cada ideología irá cayendo, y con ello, cada esperanza e ilusión. El vicio se repite, de un momento a otro, de un capital político a la promesa actual de un futuro corrupto, siempre corrupto.

Revoluciones van a venir, lo anticipa Bolaño en el epígrafe; ahora, en cien años, “o –en- cinco mil”. Lo que no dice Bolaño es lo que completa –en su expresión vital y trascendente- Illanes: que podrán venir cien revoluciones, pero mientras no llegue la que apunte al individuo (no a la masa), estaremos en un eterno tira y afloja, en un eterno vivir esclavizado, entre Ciudad Capital y Ciudad Ilusión, que en el fondo son el mismo sitio: “es un pez, es un pez el poema que desciende por el arroyo del tiempo”.

“Porque la poesía no es sino el fraseo del vértigo” es que nos hallamos frente a frente con el río del delirio, de una historia extática que, en su paradójica certeza, sucede cada día, en cada rincón de nuestras esquinas y ciudades, frente a nuestras narices.
 
            Lo que llamamos mundo
            es la soledad invencible
            de los cubículos en que habitamos.
 
 
 
Diario de la peste
Manuel Illanes
G0 Ediciones
2019
 







27/8/20

Un haibun latinoamericano, por Ramón Oyarzún





Sobre Diario de la peste de Manuel Illanes

A la orilla del mundo
los comedores de rocoto,
centellas en la penumbra.

Manuel Illanes, Diario de la peste


Matsuo Basho anota al principio de Sendas de Oku: (…) todos los días son viaje (…). A mí mismo, desde hace mucho, como girón de nube arrastrado por el viento, me turbaban pensamientos de vagabundeo. Así instala Basho su obra en un habitar poético  que se ha descrito como revelación: El haiku revela su «sentido» por completo. Por así decirlo, no tiene nada que esconder. No está vuelto hacia dentro. No habita en él ningún «sentido profundo». Y precisamente esta ausencia de «sentido profundo» constituye la «profundidad» del haiku. (Byung-Chul Han, Filosofía del Budismo Zen).

Coincidentemente, Manuel  Illanes escribe: El convencimiento de que es el viaje, este viaje, todos los viajes, los que me han dado un conocimiento más íntimo de las cosas (…). El de Basho es un proyecto poético de apertura total. Se ha relacionado con el budismo zen y la práctica de meditación que busca la iluminación: satori. También se vincula al canon epocal que Basho domina a la perfección: la poesía china (principalmente de la dinastía Tang) y las enseñanzas de las éticas filosóficas budista, taoísta y confuciana. El viaje poético de Manuel Illanes hacia y desde Ciudad Lumpen es una voz, un eco a la poesía infra latinoamericana que se entronca con la tradición de la poesía chilena en su temática y ánimo. Encuentra influencias orientalistas y universales en pasajes que persiguen una revelación completa de la experiencia directa del instante. Similares a la experiencia de aware que presenta el haiku japonés, los poemas de Manuel Illanes presentan las experiencias sin mediación, directas e íntimas: Así naufragamos nosotros -casi sin darnos cuenta-. Hacer y práctica zen en una orilla, práctica y hacer poético en la otra.

Pensando la práctica poética por sí misma como dimensión de conexión, relación y aprendizaje, es fácil suponer que Basho aprendió a leer y a escribir copiando la poesía canónica de su tiempo. Admiraba a Du Fu y los koan del budismo zen. En la poesía del Diario de la peste hay un vínculo con la tradición y con la historia personal, cuando se pregunta en el prólogo: ¿Qué significa Chile, para mi?, al mismo tiempo que hace un cuidado registro de la experiencia como clave interpretativa de la realidad: 17:30. Los descendientes de Lao Tsé comercian frituras en las calles atestadas de animistas & católicos. Illanes usa la tradición poética como artefacto para interrogar la realidad. Basho usa el koan en relación al haiku como artefacto epigramático-poético diseñados por los budistas para empujar al lector a una iluminación súbita. Este satori no es un invento, sino que tiene una historia que se remonta al Buda histórico. En el Sutra de la flor blanca, Buda sostiene una flor de loto en su mano y de todos los discípulos (incontables como las estrellas del cielo) solo Mahakasyapa sonríe. Ante esta sonrisa Buda lo señala como el único que comprendió esa enseñanza. Entonces Mahakasyapa se convierte en el segundo patriarca del budismo que llegará a convertirse en budismo-chan chino y luego en budismo-zen japonés. Basho persigue esa tradición: no sigas los pasos de los sabios, busca lo que ellos buscaban. Illanes copia a sus maestros declaradamente: sigue la dirección del viaje de Roberto Bolaño, reescribe en alguna medida Los Neochilenos, pero también la Sinfonía de cuna y toda la montaña rusa posterior.

Haiku y budismo se practican en todo el mundo. Los continuadores de haiku y los budistas participan en asociaciones más o menos pacíficas, no necesariamente relacionadas pero sí próximas entre sí en su ánimo o emoción, que es, en simple, esto:

            Todos los fenómenos compuestos son impermanentes.
            Todas las emociones son dolorosas.
            Nada tiene existencia inherente.
            La iluminación está más allá de conceptos.

Esta traducción posible de la práctica y credo de un budista, conocida y posiblemente repetida por Matsuo Basho y cualquier otro aspirante a bodhisattva, también llega a oídos de Illanes, quien lo entiende y reinterpreta:

            Frágil, inocente Bodhisattva,
            que los vientos del arenal te sean propicios,
            que la orquídea de fieltro que tu madre
            cuelga de tu frente morena
            sea el amuleto que apacigüe la furia.

Podemos pensar que la cultura de extremo oriente o Asia oriental es algo muy lejano, y mas aun que el siglo XVI en Japón y el siglo V a. C. en el subcontinente Indio son todavía más extraños. Pero entendamos bien, este habitar intemporal es, casi, la definición de cultura, sobre todo en el torbellino de información a velocidad luz que nos atraviesa hoy. Para los latinoamericanos de la cuenca del pacífico, desde Cancún a Punta Arenas, y para quienes están en ese “lejano oriente”, somos, especularmente, la proverbial “otra orilla”. Recordemos la misión y destino de Buda: llegar a la otra orilla. Solo es cuestión de aguzar el oído y escuchar mejor los murmullos de más tradiciones, más poéticas, más formas de humanidad. El Diario de la Peste es prueba suficiente, teatro de influencias y cámara de eco:

            Imágenes, materias desbocadas,
            pavesas que removemos
            para reanimar el fuego:
            es un pez, es un pez el poema
            que desciende huidizo
            por el arroyo del tiempo.

Europa y su tradición de poesía es sensation, malediction o “sentido” (en toda la intensidad de sus acepciones [Spontaneous overflow of powerful feelings, Wordsworth; La nature est un temple ou de vivant piliers, Baudelaire; poesía es la forma más concentrada de expresión verbal, lenguaje cargado de sentido en un grado máximo, Elliot-Pound]; esto es, pasado difuso, distante, ajeno. Tanto o más mítica es la herencia latinoamericana de una literatura republicana de pocos siglos. O esa fundación imposible de rastrear de dioses líricos precolombinos que yacen en lo más profundo de las cordilleras, disfrazados de leyendas o santos. La práctica poética es siempre hoy; siempre iluminación súbita, vibrante, feliz e iluminadora. Lo recuerda Manuel Illanes en un verso de “Exilios I”:

            Porque la poesía
            no es sino el fraseo del vértigo
            que se tartamudea en la soledad
            de habitaciones baratas, vastos exilios,

La poesía, como el budismo, se transmiten realmente de persona a persona, y encarnan en la práctica personal. Por esto, tanto budismo como poesía sobreviven pestes y otras catástrofes culturales. Herederos directos del asombro, tributarios del misterio de pueblos arrasados a sangre y fuego, los poetas (de Latinoamérica, de Asia, del mundo), corazones vaciados de interioridad anímica solo pueden hacer poesía:

            Hemos acabado por enterrar el festín de los solsticios, el cántico al Oriente que nace      (...)

Manuel Illanes, testigo del caos y la velocidad del cosmos humano, poeta, atisba tanto y tantas cosas que no puede ser ni no-ser poeta; ni hablar ni no-hablar de su viaje. El universo le muestra, entre infinitos potenciales regalos, una flor, un verso. Manuel Illanes sonríe y anota: Cierro los ojos, apoyo la cabeza sobre la roca más cercana, me acomodo pensando en el día que vendrá (…)    Mi cráneo se agrieta durante la noche; El poeta, viajero, expone su destrucción, como Basho antes que él: Me amedrentaba pensar que, por las penalidades del viaje, mis canas se multiplicarían en lugares tan lejanos.

Todo lugar y toda dimensión pertenecen y no pertenecen en poesía. Diario de la peste es y no-es un “diario”, pero al ser-sin-ser, presenta un registro poético vital, creación vibrante y vida desnuda que se muestra de manera total, ilimitada, deshecha de influencias, para construir su propio habitar poético, en una ciudad, una tradición, una idea, en todas y en ninguna parte.




Santiago de Chile, julio 2020










17/8/20

Caminos del inframundo, por Roberto Acuña





Sobre Diario de la peste, de Manuel Illanes


Hasta los cerdos se ayudan entre sí;
Si uno gruñe, todos acuden en tropel.
¿Dejaréis aquí al pobre Villon?

François Villon


  
Pienso en Villon al leer Diario de la peste (G0 Ediciones, 2019), de Manuel Illanes, recorro los versos del francés, el testamento de su época y su dolor. François se desnuda, sopesa su culo que pende del propio cuello –como en uno de sus poemas– y con esa misma tara sopesa a la sociedad francesa de mediados del siglo XV. Escribe su testimonio en una paleta tenebrista, adelantada a su época o quizá no, pues en cuál siglo no ha existido la desigualdad social, las enfermedades físicas y morales, la falta de empatía y la violencia desmedida. La Francia del poeta corre a través de su biografía, de los descalabros que le tocó vivir y registra en sus versos.

El epígrafe que tomo se muestra desconsolador ante la verdad de lo que somos, seres egoístas, insensibles; solo hay que leer algunos poemas de El legado y El testamento para comprobar que desde hace siglos, milenios –si nos vamos hacia los mitos sobre el origen de una infinidad de civilizaciones– el hombre ha sido el animal más violento de todos los creados. “¿Dejaréis aquí al pobre Villon?”. Sí, no somos cerdos, solo compartimos el lodazal.

Illanes, chileno, aunque mucho de mexicano, sale de esta esfera íntima, biográfica, desde la cual el poeta francés criticaba a su sociedad, pero sin abandonar su contexto social ni lo vivido en su tiempo; finalmente todo artista pertenece a un momento histórico determinado, que define su producción literaria, parafraseo a Antonio Candido. En  Diario de la peste, en cambio, el escritor es una voz más en el cúmulo de terror, de soledad e incertidumbre que es el hombre latinoamericano, aquel que pertenece a “la gran mayoría”. El autor delega su voz a la de sus personajes, o a la de un narrador omnisciente, pero nada poderoso, pues contempla la podredumbre desde su cuerpo apestado.

El poemario abre la panorámica de estos habitantes del olvido y revela una polaroid que muestra la unidad esperpéntica, obscena, fútil, dolorosa del Sur, Centro y Norte del continente americano. Mundo o submundo o frontera en la que se mueven los “comedores de rocoto –personajes del poeta–“: “A la orilla del mundo,/ viboreando sobre caminos más estrechos/ que el espinazo de una garza seca”.

El libro es muy posmoderno en su hechura, está escrito a partir de una hibridación de discursos, no solo hablo del uso de la prosa y del verso, sino de otros géneros, como la crónica, la cual es usada por muchos poetas en la actualidad. En este poemario, la crónica organiza la Historia anímica de la Latinoamérica de Illanes.

El libro es un camino interminable, un exilio, una migración de pobreza por nuestro continente, pone el poeta, es cierto, especial énfasis en Santiago y la Ciudad de México. Lugares míticos, sagrados porque son epifánicos a pesar de su degradación; turbulentos, telúricos, porque la poesía, dice Illanes:

            no es sino el fraseo del vértigo
            que se tartamudea en la soledad
            de habitaciones baratas, vastos exilios,
            titilaciones lejanas de una Itaca tropical.

Aquí todos los países son uno solo o son parte del mismo lumpen que genera la globalización. El poeta en su diario nos habla de los outsiders, de los que no tienen y nunca tendrán, de los vagabundos, como los trata Zygmunt Bauman: gente que no posee nada y va de un lugar a otro, de migración en migración, intentando conseguir algo, un espejismo de ese mundo que no les pertenece. La sociedad es un cultivo microbiótico en constante movimiento para el poeta:

            Toda la mecánica social
            relumbrando en el brillo
            de ladillas y parásitos.

Pero también, esos versos, el apego por el hombre marginal, muestran su compromiso ético, político –pienso en términos de la etimología griega de la palabra– que va muy por el camino de la vanguardia infrarrealista, o de poetas como Efraín Huerta o prosistas como José Revueltas. En el autor que nos ocupa, hay una obsesión en traer a la luz lo que no deseamos ver: la degradación, la peste del hombre, que a su vez, son las nuestras.

Esta obsesión literaria queda clara si miramos sus poemarios anteriores como: Paraíso Inc. (Ojo de golondrina, 2018), cuya portada es una bomba Molotov –imagen escogida por el propio poeta, con ella queda clara la intención de esta obra– y Memorias del inframundo (Mantra, 2016). En ellos el mundo cantado no es otro que el Lumpen. En Diario de la peste, encuentro ecos de sus trabajos anteriores, y es bueno que así sea, porque el libro fue editado en Chile y no tiene distribución en México; por otro lado, el bordar sobre un solo tema muestra una pretensión de totalidad, como lo hace de manera excepcional Raúl Zurita con toda su obra, o el propio Neruda con su Canto general.

No comparo a Illanes con estos poetas, simplemente señalo una obsesión que marca a distintos escritores latinoamericanos, cité a dos chilenos, por obvias razones. Pero esta búsqueda de totalidad, de explicar el ser latinoamericano viene de muy lejos, quizá desde la época en que Latinoamérica empieza a vivir sus diferentes procesos de independencia y con ello sobrevienen, de manera natural, las preguntas sobre la propia identidad.

Pongo énfasis, ahora, en los títulos de sus libros, los dos anteriores a Diario de la peste mencionan espacios, ya sea el Paraíso Incorporated o el Inframundo; en ambos la carga simbólica es negativa, pero también nos sugieren lo sagrado, el mito, cielo e infierno, pero también el génesis y el apocalipsis, el juicio final. Aunque al escribir "Inframundo" y no infierno abre la connotación a otros lugares míticos, no solo circunscritos al ámbito cristiano.

El poeta, por tanto, nos ofrece un panteón personal, que tanto habla del paraíso, del génesis, del apocalipsis, como de deidades egipcias, para ejemplo el título de uno de sus poemas: "Instrucciones para reventarle la cabeza a Anubis". Dicho sea de paso, uno de entre los poemas mejores logrados del libro.

El "incorporated", por otro lado, de Paraíso Inc., inmediatamente nos lleva a pensar en un valor geopolítico y económico, en el monopolio y en la globalización cuyos efectos son palpables en todos los personajes y lugares que Illanes describe de una manera descarnada y salvaje a lo largo de su obra, pero también, por la palabra en inglés, pensamos en el país que mejor representa estos valores: Estados Unidos.

En la obra del escritor, por tanto, el espacio juega un papel importante, porque en este se encuentra el hombre preso, pobre, enloquecido, furioso, siempre en movimiento a pesar de que su locura y su dolor estén confinados en un cuarto de hotel o protegidos en la oscuridad de la intemperie:

            Escozor de las inglés, coitos de púberes
                       [entre la maleza de los cerros y los
            sucios arbustos de la Lumpen sudaca

O tomen corporeidad en la misma urbe, y sea esta el símbolo de nuestras propias excrecencias:

            Por las axilas de la ciudad se desparraman
                       [cientos de grafitis como un sudor
            ácido que baja por los miembros
                       [y ensucia la santidad de toda higiene.

Pero esto es solo parte, porque aún en la pobreza, en la degradación de este mundo existen los dioses, lo sagrado, por tanto la poesía:

            El llanto de los niños es incienso
            que se quema en el altar del dios mudo.
            Frágil, inocente Bodhisattva,
            que los vientos del arenal te sean propicios,
            que la orquídea de fieltro que tu madre
            cuelga de tu frente morena
            sea el amuleto que apacigüe la furia
            del sol todopoderoso.

Y la poesía existe para consolar, y el consuelo viene del amor, de la madre, como el poema "Bodhisattva", de los que tomé los últimos versos; o de los amigos festejando y comiendo rocoto; o de aquellos que comparten la música de Calamaro y los Stones, véase el poema "Sura del siervo que invoca la venida".

Al final, Diario de la peste, si bien es un camino de sufrimiento, una actualización de Dante recorriendo los círculos del infierno, es, del mismo modo, Virgilio, quien amorosamente guía al perdido, le invita una cerveza para esperar la llegada del apocalipsis, pues no hay manera de salir de este mundo y, si la hay, es a través de una explosión, ya sea por inmolación o por la revolución, porque los dioses de este mundo, son chacales que reviven una y otra vez:

            Tu envase no contiene ya el soma
            de los dioses, pero sí fuego suficiente
            para quemar las pestañas de Capital.
            […] Si tienes suerte la cabeza
            de Anubis reventará hecha pedazos:
            pero tarde o temprano ha de surgir
            del vacío sangrante, del vacío
            inmaculado que provocó
            ese relámpago una nueva testa.



en Revista La Otra, México, mayo 2020










5/8/20

No es un Diario, pero se le parece..., por Bernardo Navia






Sobre Diario de la peste, de Manuel Illanes

En su Diario de la peste (Santiago de Chile: G0 Ediciones, 2019), Manuel Illanes, poeta y editor chileno radicado en Ciudad de México, logra embarcar al lector en una travesía (a veces caótica, a veces oscura y/o enigmática; desesperada o casi tierna) que navega por las inquietas y nunca satisfechas aguas de una nostalgia crónica, que marca un derrotero de una pluma que lleva al poeta a jugar con las imágenes, con el vocabulario, con las referencias a términos budistas, a nombres de lugares antiguos y de entidades; que lo lleva a invocar poetas, y escritores clásicos; y también lo lleva a jugar, a fascinar casi, con el lenguaje. De hecho, desde el comienzo mismo se enfrenta el lector a esta instancia; pues aparece aquí un prólogo que “no es un prólogo, pero lo parece”; y además el que su título esté escrito en inglés, Station to station, anuncia que lo que vendrá se trata de un viaje; o, como ya se ha indicado, de  una travesía por la nostalgia, por una búsqueda (o reencuentro) con algo (o alguien) que se desplazará de estación a estación. Llámense estas como se llamen: Olvido, Dolor, Lejanía, Amor, Cuestionamiento, México D.F. (“Tenochtitlán”), Santiago de Chile… “Here are we, one magical moment, such is the stuff (...) Here am I, flashing no color”.

El libro está dividido en dos partes, Diario de la peste y Ciudad Lumpen. En la primera desfilan por sus versos imágenes, alusiones y referencias directas a esos verdaderos huecos por los que se escapan la dignidad y la humanidad del habitante urbano moderno: el hambre, la pobreza, las drogas, la prostitución, la ignorancia, la violencia… De ahí, el título del poema “Samsa en la cloaca”. Lo que se extrae de la lectura es que los habitantes de esta ‘Gran Tenochtitlán’ (es decir, a esta altura del juego y por extensión lógica, a todos los latinoamericanos) estamos medio acostumbrados (o resignados) a vivir y convivir en el caos permanente. No es baladí notar que esta instancia —común— a todos se denuncia desde una tierra que no es la tierra natal del poeta.

Es la denuncia de una peste ya hecha pandemia, pues está presente en todos lados, en Occidente, en Chile, en las calles de Santiago: Recoleta, Independencia… En las calles de Ciudad de México. Es un texto que deambula, denuncia y critica, en especial un sistema político que, sin llegar a nombrársele en el texto, podríamos los lectores llamar neoliberal.

La segunda parte insiste en la postura del poeta: hacer un llamado o realizar una búsqueda por una respuesta que, tal vez, nunca se halle. Porque, tal vez, no existe, que el mundo entero convive con el caos permanente. De modo que esta segunda parte también teje un texto que se desplaza de estación a estación, sin proponer soluciones definitivas. Radica en eso parte de su honestidad.

De modo que bien podría señalarse que este poemario tiene dos ejes temáticos que funcionan y distribuyen su contenido en función del otro. Uno es lo político, y otro es la pandemia (o peste), que funciona como metáfora del primero.

No se presenta soluciones (¿existen realmente?); solo se navega; y, si alguna vez hubo un intento de solucionar, de allanar la existencia lumpen (constantemente aludida, por ejemplo, por los títulos “Al fondo de cada casa soñada, una cabeza sangrante”, “Espejismos”, “Espectros de Marx”, etc.), tal como lo sugiere el último poema de la primera parte, Diario de la peste. (“Allende ha muerto”), esa iniciativa es, sencillamente, imposible de llevar a cabo.

La lectura de este texto, interesante y de inquietante actualidad, de Manuel Illanes, invita a la reflexión, a considerar la realidad caótica y esperanzada, al mismo tiempo, de la realidad urbana, social, espiritual y moral de la modernidad. Es, en definitiva, una invitación a entregarse al embrujo antiguo (pero no por eso menos válido) de sentir nostalgia por lo que jamás llegó a ocurrir.



Bernardo Navia
PhD in Literature
Illinois University, Chicago
20 de julio de 2020











29/6/20

Entonces (Sobre Diario de la peste, de Manuel Illanes), por Martín Cinzano






“Ciudad Lumpen es una versión cada vez más refinada del infierno”; Diario de la peste, a su vez, es una versión cada vez más refinada de Ciudad Lumpen.

El refinamiento tiene en las dos partes de este libro un sentido tentativamente contrario al usual; se trataría de alcanzar una elocuente depuración rastreando impurezas que obligan al poema a vindicar palabras en desuso junto a referentes culturales algo más recientes. ¿Quién habla hoy de “denarios”, “trirreme”, “nébulas”, “címbalos”, “mesnadas”, “hado”? Es uno de los efectos interesantes, tanto de Diario de la peste como de buena parte del trabajo poético de Manuel Illanes: jugar con una transposición lingüística para saltar del anacronismo a la actualidad más descarnada.

Recuperar una o varias tradiciones literarias no se traduce únicamente en ubicar ciertos puntos en el mapa de la poesía mundial para luego hacer o deshacer escrituras; el valor político de tal elección —una de las pocas, hoy, con ese valor— implica también cuestionar el estado normalizado de una lengua literaria en supuesta sintonía con el presente. Se diría que la crudeza de las imágenes de Illanes, en lugar de atizarse (por ejemplo) en el coloquialismo o en la referencia directa, se enardece aún más con una lengua procaz venida de tan lejos como la ruina de la que son fruto y causa.

Aquí están sus poemas santiaguinos, podría decirse; poemas en verso y en prosa hundidos en una de las sedes (todavía) más desastrosas de Capital. El poema (en prosa) que da título al libro —subtitulado “(Allende ha muerto)”— presentaría la bitácora enardecida de un 12 de septiembre de 1973, ese día después continuamente perpetuado, grabado (a fuego) en cada elemento del futuro espacio corroído de Ciudad Lumpen. Voces de inmigrantes, ruinas exteriores e interiores, “materias desbocadas”, un manual para fabricar bombas molotov: “la omnipotencia del chacal”, “la cabeza de Anubis” vive y se regenera entre ellos.

¿El poema también? ¿El poema, ese “pez” “que desciende huidizo / por el arroyo del tiempo”, tal cual se lee en una suerte de arte poética de Diario de la peste (incluido también en Paraíso Inc.)? El poema se desplaza pero junto a él se advierte la figura difusa de alguien que ha indagado en lecturas y músicas inconvenientes y que mientras escribe y alza la vista en una playa del litoral central se encuentra aún, en cierto modo, ahí: a la espera de hacerse fuerte en inviernos de sangre, “cuando la mierda acumulada por tanto tiempo en esta franja de tierra seca y sufriente estalle derribando los muros”.

          Cortesanas, escribas, inválidos, pederastas, ladrones, solitarios gobernantes, toda esa corte que come y gime y caga sentada en la mesa de Cristo Redentor arderá en las llamas de aquelarre de los famélicos entonces.



          Entonces.

A primera vista, Diario de la peste explora sin descanso entre los fragmentos ruinosos de una desesperanza inconmovible. A segunda vista, también. En ese tono, las voces de Ovidio, Rimbaud, Kafka, William Burroughs y Malcolm Lowry pasan aquí revista al ejército de neochilenos terribles, atrapados aún entre los epítetos del desgarro. Y por qué no: del odio, ese potente —ya lo hemos visto— sentimiento revolucionario.



México D. F., mayo 2020











28/5/20

Strike first, strike hard, no mercy: sobre DIARIO DE LA PESTE de Manuel Illanes, por Edgardo Mantra






Anoche, vi completas las temporadas uno y dos de Cobra Kai. Construyo entre recuerdos y referencias lo siguiente: ¿Qué parentesco hay entre el Sr. Miyagi y Manuel Illanes? Supongo, asumo: la experiencia. Ambos son héroes de distintas guerras. Pero guerras finalmente. Y sobreviven de maneras extrañas, fuera de su país.

Primera parte: nosotros usamos el karate solo para defendernos o para defender a otros. Nunca lo usamos para atacar. Diario de la peste (G0 Ediciones, 2019, Chile) nos brinda un Manuel Illanes pasajero, sin boleto, ilegal, retinal, transitando las calles de Ciudad Lumpen. Y aquí surge lo que considero es el eje constitutivo del libro: el paisaje recorrido. De exploración. Contemplativo, heroico y frustrado. Pero no frustrado a causa de un espíritu de desánimo por el autor. Sino frustrado por la realidad. Cualquiera que lo lea, encontrará la madurez recrudecida, de lecturas, escritura, un cuerpo enfermo con el peso de años encima, de vivencias en varias capas del inframundo. Los días como artista del hambre:

1) Tarot de la carretera (viajero)
2) Crónica de Tollan (místico)
3) Memorias del inframundo (violento)
4) Paraíso Inc. (migrante)
5) Diario de la peste (cruel)

Ya sea como concepto de revolución o samsa en la cloaca el paisaje sigue siendo la misma ruina. Diario de la peste pone al descubierto la desigualdad, las voces fantasmales que provienen de un mal recuerdo, la muerte en vida. Brincos del chile habanero al rocoto. Donde lo restos de un gran buffet que parecen referentes absurdos, son los parajes cartográficos y punto de fuga que relatan el éxodo y el reconocimiento en la megalópolis. Ciudad Lumpen (parte II del libro y sección en prosa) es evidentemente Santiago. Cualquiera que tenga una relación con una gran ciudad, puede sentirse identificado. El libro es unidireccional en este sentido, es cosmopolita, maneja una asimilación de la violencia global “particular, la del margen, la de los derrotados”:

I) Diario de la peste es una introducción a un multiverso.
II) Ciudad Lumpen es una descripción del páramo al que hemos sido arrimados (a propósito de una construcción en ruinas, caminatas arqueológicas e insolación).

Segunda parte y a manera de conglomerado: Dicen que la poesía y sus trabajadores terribles mantienen una llama viva en el hígado de Prometeo. | El limbo es un buen lugar para zánganos como nosotros / pero yo no veo piedra alguna a mitad del verso. | Veo, caminos de tierra. | Hoy es más barato estar muerto que vivo. | Eso dicen, eso dicen:

Los caminos que se divisan en el universo illanesco, la mitología: Bodhisattva, Cristo, Anubis, Mictlantecutli. Los referentes: Rimbaud, Eliot, Berryman, Burroughs. El perpetuo migrante: los chilenos, haitianos, centroamericanos, nosotros. Y una pregunta realista: ¿Por qué Diario de la peste no es una antología? Respondo: y aunque los puertos que conducen a la ciudad se cierren, habremos rozado la última noche de la salida del laberinto, el inicio de la senda que mantiene oculto nuestros días.

Tercera parte y conclusión: la manera en la que Manuel Illanes embellece el entorno, puede ser desoladora: una bomba molotov, las instrucciones para reventarle la cabeza a... LA REALIDAD. Y hay que estar preparados.

En un sentido estrictamente anticipatorio, las reglas de Cobra Kai, no resultan antagónicas a sus textos. Incluso, son un insumo de primera necesidad:

1) STRIKE FIRST
2) STRIKE HARD
3) NO MERCY



en La Real Escrúpulos Magazine, 26 de abril de 2020











17/3/20

Enterrar la memoria de los muertos no es posible, por Carlos Cociña






Sobre Diario de la Peste, de Manuel Illanes

El poema es instantáneo. Aún en su secuencia narrativa se construye de momentos. Cada uno se constituye en recuerdo, en reminiscencia. Un conjunto de poemas puede elaborar una secuencia, pero esta es una detonación de múltiples explosiones al unísono.

En el libro de Illanes, Diario de Peste, hay dos detonaciones, “Diario de Peste” y “Ciudad Lumpen”, donde la primera se contiene a sí misma, y contiene a la segunda, que a su vez reivindica a la anterior y la totalidad, si es eso posible.

Como lo cita Roger Santivañez, en su comienzo hay una declaración de principios: “Imágenes sudacas, fragantes, / malolientes, a veces pavorosas”. Este eje se dispersa continuamente para reforzarse, en tanto se construye desde un exilio, en el que se navega cual un pez en el aire.

El recorrido se extiende por ciudades, paisajes y sonidos, donde son simultáneas las referencias a México y Chile, espectros de múltiples tiempos, prehispánicos, contemporáneos, vernáculos y de la cultura pop. Es en esas vibraciones donde es posible reencontrar la presencia de los muertos cercanos. La multiplicidad de referentes permite unir rock y literatura, dioses y caminantes urbanos, revolución y meditación, para lograr el surgimiento de un estado de disolución, que por ebullir no es término sino comienzo constante de intensidad.

En el prólogo, que no lo parece, Illanes habla del viaje que nunca termina, donde el momento es un ruido de fondo a cada paso que se da, donde se hace más evidente la pertinencia del epígrafe de Bolaño. El sol implacable nubla la mirada, casi la seca, pero “Nuestro tránsito hacia ellas es húmeda escalera que conduce hacia una oscuridad ancestral, salón de espejos que confunde e hipnotiza con el tremolar de sus siluetas…”, aun cuando existan “Los asesinados de la gran ciudad de Santiago del Nuevo Extremo”, en tanto sobre los monumentos se extiende “la pátina de spray & excremento”.

Illanes describe cómo se alcanza la iluminación en las cenizas que se guardan en un cráneo antiguo, especie de viaje a Ítaca donde quedan los afectos craquelados, los mártires de la violencia reaccionaria y la fuerza del rock. Toda experiencia de arte pasa a las palabras para revivir en lo cotidiano el constante exilio como posibilidad de asentarse, de estar en constante expectativa, con cierta dificultad para respirar entre tantas desapariciones. Ello se verifica verbalmente en los territorios devastados y en el trópico, como exuberancia que permite “una noche más en Lumpen”.

Enterrar la memoria de los muertos no es posible, las palabras, aun en silencio, vibran con su presencia. Es ahí donde el poema reivindica su presencia. Lo que no está presente incluye los espacios de las cosas, que se diluyen transparentes en un recuerdo. Persisten los elementales actos cotidianos, una dirección exacta, un envase con su etiqueta, una línea de un relato escrito en desiertos de otras latitudes, o se vislumbra un astro, quizás fugaz.

La escritura, su lectura, es un elemento más del tocar cosas, de usarlas casi imperceptiblemente. Dispositivos y trampas mentales que se hacen cuerpo en la palabra.



Santiago de Chile, enero 2020











27/1/20

Celadas de la alucinación / A propósito de la poesía de Manuel Illanes, por Roger Santiváñez





El mundo camina hacia su destrucción total, es decir el mundo actual del capitalismo salvaje; parece decirnos el poeta Manuel Illanes. En efecto, su libro Diario de la peste (G0 Ediciones, 2018) transita por una muy bien estructurada secuencia de veintidós poemas divididos en dos partes: “Diario de la peste” y “Ciudad Lumpen”. En esta breve nota introductoria intentaremos un viaje a través de su configuración textual.

De arranque nos encontramos con una suerte de declaración de principios sobre lo que presentará esta poesía: “Imágenes sudacas, fragantes, / malolientes, a veces pavorosas”. La realidad de nuestra Latinoamérica, con todo su horror prevaleciente. Recordemos la terrible adjetivación de Enrique Lihn: “Nunca salí del horroroso Chile”, pensando en el origen de nuestro poeta, aunque afincado ya hace tiempo en la Ciudad de México; Latinoamérica es una sola y la misma. Podemos así suscribir estos versos radicales de Illanes: “La pátina de spray & excremento / sobre los monumentos de nuestros héroes” porque -en realidad- no respetamos a ninguno de los supuestos héroes de la pasada historia de las repúblicas de pacotilla en que han convertido a nuestras naciones, las infaustas burguesías criollas y, peor aún, hoy bajo el imperio del neoliberalismo más antihumano. Sin embargo, Illanes se da espacio y belleza para escribir -frente a toda esta miserable situación- una sencilla definición de la poesía: “es un pez, es un pez el poema / que desciende huidizo / por el arroyo del tiempo”.

La situación es tan desesperante que el poeta llega a invocar “la venida del apocalipsis, / el fin de tanta confusión, / tanto caos, / tantas desapariciones”. Porque ya sabemos que el capitalismo fascistoide (como lo estamos viendo precisamente hoy en la patria de nuestro poeta) asesina y/o desaparece -sin el menor remordimiento- a decenas de personas, quienes solo están protestando por su derecho a una vida mejor. Así es como Illanes recuerda su país desde el exilio: “En los confines del mundo un Santiago espectral, / meados y grafitis derritiéndose / como puñales de lluvia en los muros”. Nótese la calidad de la imagen expresionista en el estilo illanesiano. Y -en esta dirección- su siempre presente deseo de darle su lugar a la creación. Leamos: “Porque la poesía / no es sino el fraseo del vértigo / que se tartamudea en la soledad / de habitaciones baratas, vastos exilios, / titilaciones lejanas de una Ítaca tropical”. Lenguaje, necesidad de expresarse y resonancia de las titilaciones nerudianas, fusionado todo en una reivindicación greco-sudaca, diríamos; muestra clara del talento y propuesta de nuestro poeta.

En Exilios II en que aparecen los Rolling Stones entonando un canto a la sal de la tierra, en la geografía del Tahuantinsuyo, es decir lo que fue el imperio de los Incas, hallamos no solo una recuperación personal del rock and roll, sino la fijación de un símbolo predilecto de Illanes: las flores de plástico. Dice el poeta: “un domingo tibio de mayo / en que rojas flores de plástico / atemperan la atmósfera”. Y más adelante, en el cierre del poema: “Victoria es poder murmurar / madre, Lima en estos días sin justicia. / Y las rosas fulgentes, plásticas, /…/ entibian hoy, calientan con su estampa / la atmósfera desoladora de mayo”. Es interesante comprobar cómo el plástico, que sería de lo más artificial del capitalismo en el mundo moderno, es reivindicado -de todas maneras son hermosas flores parece decirnos el poeta- como algo bello y quizá emblema de la posible roja Revolución, y en mayo (mayo primaveral, mayo del 68) tal vez.

En el Exilios III, 2, notamos la lograda combinación de prosa y verso, alternándose en el texto, y en el número 3, son sintomáticas estas líneas: “Cerré los ojos y partí simplemente / a enterrar la memoria de mis muertos en la lejanía”. Versos que definen el tema del viaje. Luego pasamos a una hermosa y conseguida visión de la ciudad en el poema denominado “La muerte de un motociclista”, de lo mejor del conjunto en mi criterio. En el texto titulado “Consistorial” podemos hallar no solo el muy bien trabajado ritmo: “Asombro por la lenta combustión de un lucero” y su plástica plasmación sino la reaparición del rolling stone que incide en la raíz rockera o pop de esta poesía: “La voz de Mick Jagger repitiendo, / una y otra vez, que el amor / es como una música que viene y se va”. E inmediatamente desfilan ante nosotros Teillier, Aragon, Mario Santiago, “el fantasma de Arturo Belano” y nos enteramos que se trata de una especie de disolución del mundo actual descrita de la siguiente forma: “¿Boyas arrastradas / hacia el Mar de la Paranoia, el Mar / de la Cesantía, el Mar de la Dispersión?”. Pero todavía con terca esperanza poética: “Estos días son la savia / que sustenta el crecimiento / de los árboles, ahogados /por el invierno, la futura floración / de una primavera todavía lejana”. Pero primavera de todos modos, nos queda claro.

Y así vamos avanzando “a toda velocidad hacia Ciudad Lumpen” como nos enteramos en el poema “Edad pagana”, en el cual se nos informa que habitamos una sociedad donde impera “El decálogo en que sobresale una ley: Compra“ alusión directa al neoliberalismo que nos oprime y aliena. Pero el poeta siempre apela a la esperanza por el camino del arte: “Las canciones de Bowie sueños, / salvajes sueños de una edad pagana: / cómo desearías escuchar Rebel, Rebel / de camino a Utopía”. Prosigue el viaje de la decadencia y la destrucción, cruzando homenajes a William Burroughs con imágenes que nos recuerdan La naranja mecánica y un cercano apocalipsis: “Como una trompeta epiléptica / el swing de los semáforos / marca el tiempo de la penumbra / & de la estampida”.

Ahora entramos al poema que propiamente nos vincula al título del libro. “Diario de la peste” que significativamente lleva este subtítulo entre paréntesis ‘(Allende ha muerto)’. Homenaje, sin duda, a quien representó la última esperanza revolucionaria de Chile, trazado como un gran mural histórico pauteado horariamente frente a la Realidad de aquella época y de todavía. De este modo, llegamos a la segunda y última parte del poemario: “Ciudad Lumpen”, símbolo de una configuración urbana en cualquier zona de América Latina, más allá de que algunas marcas textuales podrían sugerir que se trata de Santiago de Chile o la Ciudad de México. Son ocho poemas en prosa dedicados a explorar la alienación colectiva de aquellas junglas de cemento que vivimos cotidianamente. Manuel Illanes sabe recuperar la larga tradición que alumbra dicho tópico y revertirlo en su propia dicción: “El caracol ciego del azar se ha anticipado a ellos, su estela de pomos rotos y bolsas desborda la avenida manchada por visibles brochazos de vómito, su baba inmunda inscribe una circunferencia infinita en el asfalto quebrado de las calles”. A mi juicio, en esta parte del libro, está quizá la viñeta más hermosa del conjunto: “Pequeña Epifanía”, singular plasmación de incidencia cultista -Rimbaud- fusionada a la desesperación citadina de todos los días. Un texto de antología.

La tumba saqueada de Marx, “la hetaira democracia”, prostitución callejera al paso, “cementerios de indígenas y NN sepultados bajo la grava y las cañerías, restos de parietales, fémures astillados, monedas de cobre + el recuerdo reseco de antiguos mártires sociales”; la suma y cifra de la decadencia del capitalismo occidental tercermundista, nos ofrece esta “noche más en Lumpen”. Una noche muy oscura, nos señala el poeta Manuel Illanes, pero el solo hecho de elevar un bello canto frente a dicha destrucción y antihumana realidad lo redime y nos redime de la hecatombe final, en donde ha de reinar -sea como fuere- el viento fresco y la luz de la poesía que -sin duda- son los mismos de la Liberación.



Roger Santiváñez
orillas del río Cooper, sur de Nueva Jersey
diciembre de 2019