27/8/22
23/8/22
La playa al mediodía, por Bernardo Navia
para Alan Meller,
con algo de Marini en el Liguria...
Julio se apresuró a extender la toalla en la playa. El sol de Viña del Mar calentaba rápidamente en Caleta Abarca y la arena le quemaba los pies. Después de tenderse de espaldas alzó la muñeca para mirar la hora. Era mediodía. "Las doce del mediodía en Chile continental", pensó casi absurdamente recordando la frase de algún meteorólogo. En efecto, el sol caía perpendicularmente sobre Caleta Abarca y Julio cerró los ojos para concentrarse mejor en lo que oía: algunos chiquillos corrían por la playa y chapoteaban decididos sobre las heladas aguas del Pacífico; una pareja madura, sentada cerca de él, comentaba las ultimas noticias sobre el acontecimiento del año en el país: el arresto en Londres del exdictador Pinochet; un poco más lejos otra pareja, esta vez de jovencitos, se besaba a mil kilómetros de los niños y del general. Julio se alegró de que aún fuera temprano y que la playa estuviera casi desierta. “Lo malo de las playas es la gente”, pensó mientras se incorporaba un tanto para encender un cigarrillo. Por sobre los agudos gritos de los chiquillos, por sobre el murmuro de la lectura que ejercía la pareja y aun por sobre el ruido espumoso del mar, Julio, tendido nuevamente y con los ojos cerrados, volvió a pensar en Teresa.
Era extraño que no hubiera querido acompañarlo. De sobra sabía ella la larga historia de persecución, tortura y exilio que rodeaba a Julio y a tantos como él. Fue precisamente en una reunión de exiliados chilenos en Chicago que se conocieron. Teresa acompañaba a Margaret (una incansable activista por los derechos humanos), aquel frío mediodía de enero cuando sus miradas se cruzaron. Al principio solo fueron las corteses frases de rigor, un par de nombres y un par de datos vagos. A Julio le pareció entender que Teresa había comprendido inmediatamente que Chile quedaba muy lejos y pertenecía a aquella inmensa parte desconocida del sur del continente, en donde la vida transcurría en un caos que lo arremolinaba todo: gentes, calles, edificios, lengua. A pesar de su vano esfuerzo por recordar alguna lección de geografía, no pudo identificar nada significativo del nombre de un país que le sonaba a salsa picante. A duras penas intentó articular algunas palabras en español. Julio, además de la amistad que la chica profesaba con Margaret, no logró identificar el motivo de Teresa por haber querido acompañar a la primera, precisamente a la reunión más importante de todas, de acuerdo con lo que le había comentado la propia Margaret minutos antes: el grupo de exiliados chilenos preparaba —algo de venganza y mucho de fantasía— una celada para el General. De modo que ahora, mientras Teresa medio sonrojada le sonreía a Julio, se esforzó por sentirse algo más cómoda y asintió con la cabeza un par de veces a los datos que escuchaba del sudamericano, aceptó intercambiar números telefónicos y, deseando auxilio, buscó con la mirada a Margaret, quien se ocupaba de recopilar datos acusatorios de suma importancia entre los presentes.
Días más tarde, y contra todo pronóstico, a Julio lo sorprendió gratamente la llamada de Teresa invitándole a tomar un café. Al exmirista le bastó un par de horas para darse cuenta de que Teresa había devorado cuanta información existía sobre la historia del golpe militar chileno, la conspiración política, nacional e internacional; la intromisión extranjera, la experiencia chilena en el contexto de la revolución latinoamericana; información sobre los exiliados, sobre las torturas, la tristeza, los sueños de justicia...
De modo que, tendido de espaldas sobre la arena, volvió a decirse que era extraño que Teresa no hubiera querido acompañarlo. Ahora que podía volver. Ahora que la prohibici6n para entrar a su país ya había sido levantada. Ahora que las cosas habían cambiado tan de pronto. Ahora que la pareja madura leía las noticias sin sospechar que Julio saboreaba —con alegría y dolor— cada palabra que les oía. Ahora que juntos podrían disfrutar de la tibieza del sol, incluso en pleno invierno. Ahora que recuperaba sus playas, su gente, sus calles. Ahora que el horror de las torturas y la cárcel parecía menguado frente a ese mar tan azul y tan blanco al mediodía.
La escena la reconoció inmediatamente. Era el mismo sueño estúpido que volvía a él una y otra vez. El coche se desplazaba a alta velocidad por la recta de asfalto congelado. La tormenta, proveniente del Ártico, lo congelaba todo con su ventisca de hielo y nieve. Blanda y silenciosa se instalaba la muerte —una muerte azul y blanca, tan azul y tan blanca— sobre el camino. Y él se sabía asustado; se veía sentado en el asiento delantero de su propio auto (un Audi 5000, "hecho para estos climas hostiles", le había insistido el vendedor con una astuta sonrisa), con la cabeza inclinada sobre el pecho, maniatado y con la vista vendada. Era absurdo, como todos los sueños, viajar en esa posición; asustado, se desesperaba y sin embargo no podía levantar la cabeza para ver quien era el conductor, ni mucho menos podía ver el camino.
La ola se estrelló contra la roca y a Julio lo alcanzaron algunas gotas frías. Estremeciéndose, abrió los ojos. El sol —ya francamente ardiente— le hirió las pupilas. Dando una profunda aspirada al aire salado miró a su alrededor. Habían llegado más bañistas. A su derecha, Julio se fijó en dos hombres, gordos y rubios, que hablaban casi a los gritos y en inglés. El sudor les corría a grandes gotas por los pliegues de su piel y a cada risotada que daban (el cuello de una botella de vodka Absolute asomaba por el bolso de playa de uno de ellos) la colorada papada les temblaba nerviosamente, como deben temblar las morsas cuando se ríen, pensó Julio casi con repugnancia. Encendió otro cigarrillo y dejando que el sonido del mar le llenara los oídos, volvió el rostro hacia la izquierda y descubrió a la muchacha sentada cerca de él.
Realmente no se parecían gran cosa. “Teresa es un poco más delgada”, pensó Julio, “además esta muchacha tiene el pelo más enrizado”. Pero casi enseguida sospechó que el parecido estaría entonces en otra cosa. Escondido detrás de sus gafas oscuras, Julio se dijo que las dos tenían algo en común en la mirada. Observó a la muchacha untándose el bronceador como despreocupada y, cosa curiosa, mientras el aceite le iba brillando en la piel, Julio notó que la chica no dejaba de mirar el mar. De alguna forma obstinada y lejos, miraba el mar. Inmóvil, impasible, con un duro rictus en la cara miraba el mar. Tan blanco y tan azul al mediodía. Antes de volver a cerrar los ojos Julio pensó que tal vez la muchacha buscaba así alguna escondida respuesta. Con la vista al frente, sin pestañear —a pesar de la claridad cegadora del mediodía— buscaba alguna salida, algún porqué.
Las últimas semanas habían sido de febril actividad. Primero fueron los rumores sobre un atentado a la vida del General. Datos vagos, confusiones, llamadas telefónicas, miedos y alegrías reprimidas. Desmentir y confirmar. Confirmar y desmentir. Después, la certeza creciente de que la trampa había resultado. Que el dictador, confiado, había abandonado el país. Que en Londres lo habían arrestado. Que él, claro, no podía creerlo, que se defendía alegando no se sabe qué inmunidad política que le proveía cierta misión secreta en la que andaba. Y vinieron los abrazos, el champán, la alegría desatada, los planes de retorno, las lágrimas, los abrazos y Teresa junto a él celebrando solidaria.
Tanto en tan poco tiempo. Los trámites del regreso, los recuerdos atormentados que volvían y los planes para un futuro más halagüeño, tantas emociones ponían su mano sobre Julio, quien —cansado sobre la arena, con la cabeza gacha— volvió a verse nuevamente en su propio coche. El viento helado zumbaba junto a las ventanas y Julio, siempre con la cabeza gacha, temblaba calculando la velocidad suicida. Ya sabía de memoria la escena. Ahora intentaría levantar la cabeza y se daría cuenta de que, efectivamente, llevaba las manos atadas y que una gasa le cubría los ojos. A pesar del terror, a pesar de la presencia casi física de la muerte sobre el camino y a pesar de tener la vista tapada, Julio se dijo que aquello era un sueño (la misma pesadilla de siempre) y que pronto despertaría.
Otra carcajada de uno de los gordos a su derecha le permitió, aliviado, entreabrir los ojos. Miró a su izquierda y se dijo que no tenía nada de extraño que Teresa también tuviera la mirada de esa muchacha. Es la forma de hermanarse entre ellas, pensó Julio, es el código secreto, la puerta primigenia entornada solo para ellas a su clan ancestral. Y él creía entenderlo. Allá, en las heladas cumbres de Los Andes —perseguidos por los militares— sus compañeros y él habían jurado una vez solidaridad y fidelidad al MIR hasta la muerte. Un pacto que resistió los golpes, la electricidad en los testículos y el largo viaje al exilio. La blanca luz de esa playa al mediodía, la inmovilidad casi hostil de aquella muchacha y el sonido del mar, avivaban los recuerdos de Julio. Estremeciéndose, venciendo el pesado cansancio que lo invadía, se incorporó para tomar sus cigarrillos. La yesca que encendió el tercer cigarrillo de ese mediodía llamó la atención de la muchacha que se volvió una fracción de segundo para mirarlo.
Cansado, acosado por pesadillas y planes para el futuro, sudoroso al mediodía, enceguecido por el resplandor del sol sobre la arena blanca, sobre el mar azul, a Julio no le sorprendió pensar que era la propia Teresa, mirándolo sin pestañear. Con una profunda mirada interrogante. Con la terrible mirada de odio que Julio (se había dormido de nuevo con el cigarrillo encendido entre los dedos) creyó adivinar en los ojos de Teresa. Y esta fase de la pesadilla era nueva. Siempre se despertaba justo una fracción de segundo antes. Justo al borde de descubrir el odio acumulado en los ojos de Teresa, quien era la conductora, y lo miraba fijo, sin pestañear, ajena al camino, ajena a la velocidad que le imprimía al Audi, ajena al resplandor enceguecedor del sol sobre la nieve, ajena a la muerte de cristal y hielo que zumbaba burlón junto a los oídos de Julio. Y él, en esta nueva fase de su sueño, se sabía con la vista parcialmente vendada con una gasa que no le impedía ver la recta congelada por donde el Audi se desplazaba a más de ciento veinte kilómetros por hora; un apósito que no le impedía ver los ojos repletos de odio de Teresa. Y antes de despertar alcanzó a pensar que tal vez las cosas en el sueño mejorarían un poco, puesto que ahora sí podía alzar la cabeza, aunque sus manos seguían atadas y que Teresa, a pesar de ir conduciendo el vehículo, se ocupaba más en no quitarle la vista de encima que en mirar la carretera de asfalto que hería como un cordón negro —como aquel otro, el de la tortura— la blancura enceguecedora de la nieve de Chicago.
Julio despertó con un breve brinco. Se llevó el cigarrillo —a medio consumir— a los labios y sonrió con una extraña mezcla de inquietud y alivio. La pesadilla, allá, era tan opresora, tan inmediata, tan física y sin embargo él estaba ahí, tendido sobre la arena de Caleta Abarca; bajo el sol quemante de Viña del Mar. Adormecido aún se enderezó para untarse bronceador: "el sol del mediodía es el peor para la piel. Quema a chicotazos", pensó. Miró a su alrededor. Ya habían llegado más bañistas a Caleta Abarca y Julio empezó a sentirse fastidiado. Molesto consigo mismo porque no podía ser que la gente en la playa lo molestara tanto, volvió nuevamente el rostro hacia la muchacha a su izquierda. Molesto además por las gotas de bronceador y sudor que le caían de la frente a los ojos, nublándole la vista, Julio volvió a pensar que no era el parecido físico lo que la acercaba, de algún modo, a Teresa (porque ella además tenía el pelo más oscuro), era otra cosa.
De pronto, como un estallido de luz y nieve, como un chispazo eléctrico —Julio se estremeció al pensar en ese símil— notó que era la inmovilidad. La muchacha no había cambiado de posición. Medio reclinada sobre su silla de playa, seguía obstinada en mirar el mar, como si su mirada tuviera el poder —oscuro y definitivo— de herir al agua y a la espuma. Teresa también se inmovilizaba muchas veces para clavar sus pupilas oscuras en las cosas y en él. Ni siquiera en él. Era como si ella viera a un Julio que temblaba muy dentro de él mismo. Al principio de su relación —cuando Julio no podía siquiera sospechar quien era la verdadera Teresa que se escondía detrás de aquellos ojos— y un poco por juego, un poco por miedo, Julio intentó algunas veces sostener esa penetrante mirada: dos pupilas como hielo y cuchillos —le había escrito alguna vez en algún poema de alcohol y bohemia—, pero no podía. Terminaba siempre con su mirada dolorida y empañada en lágrimas, viéndolo todo como a través de un cristal trizado, como se ven las cosas a través de un pedazo de hielo liso y puro. Como veía Julio el mar y a la muchacha ahora. Y era un poco Teresa misma empañada, y era Teresa a través de un cristal congelado con la vista clavada en el mar, blanco y azul. Y así de pronto, ¡paf! Teresa inmóvil, congelada, más allá —mucho más allá— de la vista empañada por el aceite y el sudor, más allá del frío repentino que sintió Julio y de la blancura del sol sobre la arena.
De modo que no le extrañó verse de pronto nuevamente dentro del Audi 5000. Con la misma velocidad con que el viento y el hielo se estrellaban contra el parabrisas del auto, Julio recordó de pronto en el sueño (¿es posible eso?) la violenta entrada de aquellos tres hombres a su departamento la noche anterior. Por detrás de sus abrigos negros, de sus gafas oscuras, de su silencio pétreo, Julio descubrió el rostro de Teresa que sonreía enigmática. Y, casi en seguida, los golpes brutales sobre su rostro, su espalda, sus genitales. Apenas tuvo un par de segundos para escuchar la voz de Teresa. Y era una voz extraña, nueva, articulada en perfecto español, que lo acusaba de comunista, “de comunista de mierda”. Una voz aterradora que lo condenaba al olvido. Y era absurdo, coma una pesadilla. Y era más absurdo aun no poder despertar. Sentir el sueño pegado a los ojos, como una venda, como sudor y aceite de broncear sobre el rostro. Pegajoso y físico. Como la quemadura de un cigarrillo sobre su mano. Y fue todo tan rápido, tan inmediato. Y sin embargo tan absurdo, tan lentamente absurdo. Las ruedas traseras del coche resbalaron sobre el hielo y Teresa perdió el control cuando las delanteras dieron con un montículo de nieve cristalizada. Y entonces fue todo nieve y blanco y cielo azul y sol casi blanco —que no calentaba nada, “puramente ornamental”, alcanzó a pensar Julio— y nieve y silencio y giros. Y el Audi 5000 esquivando a la muerte, girando enloquecido sobre el hielo y el silencio. Un espacio sagrado, extraño. Un segundo solo en la historia de los hombres, en donde no existe ni la vida ni la muerte. Un territorio de nadie, un reloj de silencio. Y de pronto un grito (Julio no supo nunca si suyo o de Teresa) y el silencio que se quebró como un cristal. Y la muerte que estalló en mil pedazos de hielo puro y una mano con dedos engarfiados que buscaban locos la vida; que buscaban despertar de aquella pesadilla infame y sin embargo entender, en el último segundo, que el sueño era Caleta Abarca, una playa en un mediodía al que nunca llegaría. Pero a la que, sin embargo, algo de él, obcecado y lejano como un sueño, había llegado, había logrado tenderse sobre la arena, había logrado enceguecerse con la otra blancura, con la del sol y la sal. Porque aquí era un cadáver retorcido entre los fierros y la sangre y la nieve y el hielo, en un mediodía lejano y hostil. Aquí apenas fue un segundo y de pronto, nada. Y allá, era Teresa tirada sobre la arena blanca, quieta y con la vista impertérrita, como de nieve y hielo, mirando obstinada el mar.
11/7/22
Música en el vestíbulo, por Nora May French
Los rostros en el gentío miran fijamente
y van y vienen
El aire se estremece cuando se entreveran las voces;
Y la ruidosa humanidad fluye mezclada
Pasa con la discordante huella de muchos pies
Pero, sobre todo, la charla de la multitud
(El fondo para su pequeño alivio)
Ahora, tiembla en un hilo,
ahora, salvaje y ruidoso,
El violín ríe y canta, y llora su dolor.
Entonces, a través de todo, alrededor de todo, el mar;
Un corazón solemne de latidos incesantes
Portando un fondo de misterio
Las duras y encantadoras notas, las dulces y estridentes.
Ciertamente, es mi vida de arduos días,
Como un Ideal que se mantiene firme y transparente;
Y suena por encima, por debajo, a través de mis caminos,
Separados y jamás comprendidos.
en Entre dos lluvias y otros poemas, 2020
G0 Ediciones (plaquette digital)
Traducción: Carlos Almonte
Music in the pavilion
5/7/22
Week end, por Franklin Goycoolea
Los veraneantes vuelven a la ciudad
invirtiendo el último suspiro de sus ganas
El retrovisor refleja lo que ve:
retomar el ritmo de las cosas
A la suerte de una amante esperanzada
una y mil veces postergada
por este asunto ruin del decoro
de los logros
y de la familia de la que te hablaba
El mar era distante hasta el horizonte
y yo creía que soñaba
en este torbellino que me alcanza,
queriendo echar por tierra
el orden que me he impuesto
Son mis buenas maneras
y esta ruma de papeles que me embarga
El mar estaba calmo
El retrovisor así lo refleja
en ¡Flash!, 2017
Fotografía: Franklin Goycoolea
22/6/22
El fantasma que habita en mis espejos, por Bernardo Navia
El fantasma que habita en mis espejos,
que se empeña en guardarme los olvidos
como si fueran amores heridos
por secretos que han venido de lejos;
es un fantasma que a veces habla
con versos que navegan en la nada
y con la esperanza desesperada
con que se agarra un náufrago a su tabla.
Y en la noche, de mi lápiz a la hoja,
es fantasma que flotara perdido
y yo solo espero que no me pida
algún verso enfermo que se deshoja
a la sombra de un soneto torcido
e, igual que tu nombre, me hace una herida.
en Amar o DesArmar: He ahí el dilema, 2022
6/6/22
«Este es un libro acuoso», de Paz López
Este es un libro acuoso. Hay agua de piscina, de río, de tina. Hay lluvia y lágrimas. En ninguna de esas aguas la autora puede ver la imagen de su rostro, porque son aguas turbias y revueltas, y porque tiene todo su cuerpo sumergido en ellas. Así, con todo su cuerpo, y con la misma inestabilidad de quien tiende a ponerse de pie luego de haber sido revolcada por una ola, aterriza en la infancia. No tanto en los recuerdos como en aquello que tienen de álgidos e imprecisos. Un abrazo puede ser un ahogo, una caricia, un manoseo, los dulces una coartada, las palabras tiernas una perversión, el amor una negligencia.
Talca es el nombre de la ciudad de infancia, pero también el de un golpe duro que sigue retumbando en estos poemas. La escritura de Cecilia Gajardo no busca amortiguar esos golpes sino adherirse a su ritmo, a su fuerza, avanzar pese a todo y extraer de allí su energía, como si vivir y recordar fueran cada vez un nado a contracorriente.
7/4/22
“Hay algo de la infancia que no puedo dejar de lado”. Entrevista a Cecilia Gajardo, de Cristián Brito Lillalobos
Se trata de una de las voces poéticas más relevantes de su generación. Con tres publicaciones, Cecilia Gajardo (Talca, 1985), llega a la Feria del Libro de La Serena para presentar su nuevo texto Talca, (G0 Ediciones, 2021), que sucede a Piel verano (La Calabaza del Diablo, 2017) y a Sara Moncada (Editorial Carlos Porter, 2019), textos que han sido muy bien acogidos por la crítica especializada. Cecilia Gajardo es Licenciada en Escritura Creativa de la Universidad Diego Portales y su experiencia laboral ha estado relacionada con la cultura y las letras. [...]
[...]
¿Qué nos puede adelantar de su presentación?
Tengo tres libros de poesía publicados, pero me voy a enfocar en el último que saqué este año y que se llama Talca, por G0 Ediciones, que es un libro que ha tenido buena llegada en el público en general, porque no solo ha llegado a lectores especializados, como los poetas que nos leemos entre nosotros, sino que también se ha leído bastante entre personas que no son dadas a leer poesía. Eso me tiene muy contenta.
Ha publicado tres libros de poesía, ¿qué une o separa a cada uno en cuanto a su contenido? ¿Es quizás la memoria citadina uno de esos aspectos?
Yo creo que hay algo de la infancia que no la puedo dejar de lado, no lo he pensado mucho, sino que siempre que he vuelto a releer mis libros me encuentro con un acercamiento a la infancia bien potente, y lo otro tiene que ver con la geografía, donde me crié como autora. Hay ciertos costumbrismos y negligencias respecto a la séptima región, a Talca, esta zona de huasos y un poco del patriarcado también, y eso está en los tres libros; la superioridad del hombre, el conformismo de la mujer, pero jamás con una voz que tenga que ver con un panfleto, tiene que ver con la poesía misma, con la cosa que nace, con la imagen, con la fotografía más que con un discurso.
¿Cuáles son sus referentes o lecturas fundamentales?
Lecturas fundamentales no tengo. Leo un libro y luego otro, pero tengo hartos referentes en el cine, porque, como te digo, soy más de la fotografía, me gusta que el poema sea fotográfico y después se alargue en extensión de acuerdo al lenguaje o gracias al lenguaje. Pero siempre me gustará lo clásico, como La divina comedia, Hamlet, siempre voy a estar cerca de Ezra Pound, Anne Sexton, de Gonzalo Millán, por sobre todas las cosas; por ahí creo que va lo mío. Tengo que inspirarme en alguien y siempre cuando leo a Millán se me ocurren cosas para escribir. Igual me pasa con Bertoni, con Soledad Fariña. Por ahí va la mano.
[...]
¿Qué le parece la escena literaria en Chile considerando la gran presencia de editoriales independientes que han facilitado la promoción de la poesía? ¿Cómo lo ve usted?
Para ser honesta, las editoriales independientes son súper necesarias porque te quieren publicar, te tratan bien, en algunas, y decir por ejemplo que Overol, que no conozco a los chiquillos, aunque sé perfectamente quiénes son, es una editorial que trata muy bien a los poetas y los libros les quedan preciosos, Ediciones Tácitas lo mismo, Mundana Ediciones también es una editorial que funciona muy bien respecto a la poesía, y hay algunas que se la juegan, como Pez Espiral. Hay hartas editoriales con las que me saco el sombrero y no necesitan de poetas que se ganen un fondo del libro, y eso es muy bueno, como dar la apuesta sobre todo en poetas jóvenes.
[...]
Para terminar, ¿qué planes literarios tiene a futuro?
Yo no paro. Tengo una novela, mi primera novela, que es bien rara, media híbrida, no me sale mucho la prosa, pero tengo esta novela que va a salir por Lecturas ediciones y también tengo un libro terminado de poesía.
Laserenaonline.cl, 31 de marzo de 2022
Leer la entrevista completa en:
La Serena On Line:
o en Letras s5:
23/3/22
Presentación de "Una araña integra partes de mi cuerpo en su telaraña" de Manfred Werner
22/3/22
Decisiones fundamentales*, por Manfred Werder
Se trata de llegar a experimentar material y tiempo. Ambos son la verdadera condición básica. Podemos pensar en 4’33”de John Cage como una actualización de esta condición básica que disuelve el arte en la utopía de un modelo de sociedad. En una superficie social moldeada, este corto vacío definitivamente ha hecho de la realidad y nuestra relación con ella el objeto de nuestro trabajo. El trabajo se ha vuelto el modelo de lo social. El material de nuestro trabajo, por lo tanto, se muestra de manera fácil y a la vez muy compleja, puesto que contiene efectivamente todo lo que aparece en una actualización. Reconocemos, entonces, más claramente el material en el sentido de unas condiciones generales. Un aspecto central del trabajo es dejar abierta esta apertura solo mediante pocas decisiones; ni más ni menos, puesto que se inserta con cada decisión una perspectiva y una forma de leer. Es evidente que todo lo que pensamos y tocamos ya contiene algo prescrito y pre-decidido, sin embargo, necesitamos empezar en alguna parte. Vemos claramente el alcance de las decisiones, pues, ¿en dónde marcamos el límite entre lo pre-decidido y las verdaderas decisiones? Aclaremos el material. Pensamos —por no empezar ya con el oxígeno— en la luz, en la naturaleza y en los seres humanos, su omnipresente sonar en el mundo, la arquitectura en tanto las divisiones en el espacio físico, los instrumentos, los sonidos. Trabajamos, pues, preferentemente con la luz natural y con una arquitectura que no nos priva de lo exterior convirtiéndolo en algo perturbante y hostil, porque sabemos bien que las decisiones sobre la luz y el espacio pertenecen, verdaderamente, al plano de la composición; sabemos también que ya han alterado fundamentalmente nuestras reflexiones. Las decisiones necesitan, entonces, mutuamente y en un equilibrio actualizado permanentemente, comentarse y a la vez disolverse. Hablan siempre de las condiciones de la actualización, de las suyas y a la vez de las generales, así como marcan en este mismo instante solamente el tiempo para experimentar mediante dos puntos leves, un comienzo y un fin. El trabajo, finalmente, es el intento de interpretación de lo que al llegar encontramos. Ponemos las intervenciones más mínimas, in situ, es decir, en el mundo —intervenciones que no ponen en este lugar algo nuevo o privado, sino que meramente indican nuestra ligazón fundamental con este mundo.
17/1/22
Presentación de 'Talca', poemario de Cecilia Gajardo
29/4/21
Solo se está [Sobre los tres primeros relatos de ‘La Concentración’, de Martín Cinzano], por Cecilia Gajardo
Juarroz escribió: “No se
trata de hablar, / tampoco de callar: / se trata de abrir algo / entre las
palabras y el silencio. / Quizá cuando transcurra todo, / también la palabra y
el silencio, / quede esa zona abierta /como una esperanza hacia atrás. / Y tal
vez ese signo invertido / constituya un toque de atención / para este mutismo
ilimitado /donde palpablemente nos hundimos”. Pareciera ser que en estos
relatos hay un sujeto desarraigado, o, mejor, fuera de Chile, dentro de
Guayakill, sin determinaciones, planificaciones urgentes o inamovibles. En los
tres primeros relatos: “Guayakill”, “La noción de sujeto” y “Éxito absoluto”,
que en rigor podrían abarcar un solo relato porque la atmósfera es repetitiva,
efecto que como lectora logra insertarnos en un lugar lento y caluroso, que de
pronto nos recuerda a Pedro Páramo; en cuanto búsqueda, calor e incertidumbre.
Estos relatos dan cuenta de
situaciones en que el sujeto chileno versus el citadino se encuentran cara a
cara, pero no profundizan en la idiosincrasia de cada país, o no profundizan
nada. Lo que sí se sabe, y no cabe duda, es que estos relatos están situados en
dictadura, se explicita el lugar vívido de Pinochet, de militares, de exilio,
mas no se ahonda en particularidades violentistas, en hechos puntuales de
tortura. Los personajes, por ejemplo, no dan cuenta de una persecución política
in situ. Cinzano no escribe desde el discurso
tatuado, maniobra otro tipo de estrategia escritural, que, a mí parecer, es más
tensa que una declaración jurada. El autor hace que el lector, a partir de los
silencios extensos que se perciben en sus textos, lean su propio discurso
político. Sin duda el contexto político de Chile es la gran razón de la
existencia de estos relatos, pero están muy lejos de tener una intención de
enseñar o moralizar a nivel social. En estos textos los personajes son
depositados para experimentar con el sujeto como un cuerpo quieto que recibe un
clima y reacciona frente a eso.
Estamos frente a textos
donde el silencio, la observación, la inercia, el paisaje, el clima (en todos
los sentidos), la violencia pasiva, están ahí para que nosotras y nosotros como
lectoras y lectores construyamos la situación social desde la ausencia de la
palabra hablada, desde el encuentro de dos culturas hispanohablantes.
Un país caluroso y lento, enfrentándose
a un entorno soso, en el que los personajes se observan, se miran sigilosamente
de los pies a la cabeza y se permiten existir mutuamente. En estos textos hay
más miradas que lenguaje, hay más lenguaje no verbal que discursos, ni siquiera
hay planteamientos políticos; sin embargo, en la lectura logramos estructurar
uno que seguramente estaría acorde: “Estamos aquí para destruir
sistemáticamente / las matrices de significaciones preverbales”, diría Bruno
Vidal. Insisto y seguiré destacando que la construcción de este libro tiene su
punto de inicio en las imágenes y en lo sensitivo. Los dilemas, si es que
existieran, tienen que ver con sentir frío o calor, sentir hambre, cansancio,
mal dormir, desde ahí comienza todo: “Lo que me impulsa son las ganas de
entender lo que veo (o imaginar lo que no veo) en fotografías, construyéndolo”,
dice la pintora chilena Natalia Babarobic y me hace sentido con la jugada que
nos toca hacer con este libro, entender al personaje, al lugar y a nosotras y
nosotros mismos que somos parte de la narración.
Como dice Jorge Ruffinelli
a partir de la película ecuatoriana Ratas,
ratones, rateros: “Tal vez alude así a un círculo de comunicación social y
cultural entre dos ciudades, Guayaquil y Quito, que los personajes recorren
para huir de sus propios fantasmas reales o imaginarios”. Preguntémonos, además
del exilio o autoexilio: ¿escapaba de algo o de alguien el protagonista de “Guayakill”
cuando, por casualidad, le toca estar con una cámara fotográfica sacándole
fotos a cadáveres ayudando a la “poli” ecuatoriana? ¿Buscaba algo o a alguien
la protagonista de “Éxito absoluto” al deambular por las calles de Guayakill terminando
en una casa llena de mierda?
En Guayakill se siente
calor y escribo este texto siendo majadera y febril, es una de las primeras
sensaciones que se destacan en este libro, un calor distinto a todos los
calores que existen. Esto se lee para que notemos la otredad de los espacios. Dar
un paseo con calor seco desalienta, deshidrata como también puede pasar con la
escritura, con el proceso de la escritura, no siempre con el resultado. Un
calor que no se parece a nada.
Entonces cuando el chileno
de “Guayakill” se ve “ayudando” a los polis a dejar registros fotográficos de
diversos delitos, se desvía de su objetivo (pero no sabemos cuál es su real
objetivo), solo se está. “Los polis de acá no somos como los de su país”.
“Nosotros no torturamos, eso es de mamavergas”. Son entusiastas en decir lo que quieren, que
en rigor es plata, irse de putas y vivir y así mismo vivir es tener plata e
irse de putas. Hablan de la “calamidad doméstica” que beneficia a los polis
para excusar una ausencia en el trabajo, reducir un diálogo a la mínima
expresión. En el mismo relato se explica: “se usa bajo cualquier pretexto. Un
corte de luz o un corte de agua pueden ser una calamidad doméstica. Si el
televisor no funciona, calamidad doméstica. Si tu hijo se meó en la cama,
calamidad doméstica”.
La convicción versus un
trabajo o acercamiento de trabajo llevado por la inercia y la novedad del día,
de las horas. La noche deja de ser noche cuando se trabaja fotografiando
sucesos que los maneja el estado de ánimo de un ser humano, el grado de suerte
o fortuna, las coincidencias, la deslealtad.
Creo que la tortura está
representada por las palabras que se tragan, aguantarse la náusea que provoca
la violencia graficada. El muchacho de “Guayakill” se topa con unos polis y
pasivamente lo obligan a tomarle fotos a dos cadáveres, después a otro con los
sesos fuera, hasta que un día se enfrenta a lo que nadie querría ver: “—Hoy nos
tocó bailar con la fea, broder. Un ingeniero hijueputa se volvió crazy, mató a
su familia y se pegó un balazo”. El chico saca una, dos, tres, cuatro fotos,
sigue, no para, no puede dejar el lente. No dice nada, calma su náusea, quizás
vomita, pero luego sigue con la niña, que además tiene su cuerpo quemado, siente
algo de ternura. Foto, otra, y así, fragmentando un cuerpo como si no fuera una
totalidad.
En el segundo cuento de La concentración, “La noción de sujeto”,
vemos cómo se desmenuza el lenguaje, cómo se maniobra un mensaje para no
intervenir en el significante. En este relato el panorama es distinto, pero no
demasiado. Un ayudante de literatura termina siendo, en rigor, el profesor y tiene
que hacer el ejercicio constante de poder pasar lo esencial sin poner en
peligro su vida (que cuelga de una coma). Reduzco: textos que no digan
“libertad”, “lucha”, “humanidad”. Le funcionaba: “E incluso le había tomado el
gusto a la autocensura”.
Una alumna mayor levanta la
mano en la sala de clases con agentes infiltrados haciéndolas de alumnos, era
casi imposible saber quiénes eran alumnos y quiénes eran ratis. La mujer hace
un análisis complejo; dice que el sujeto no existía en la literatura española
ni en la literatura latinoamericana ni en parte alguna. Ausencia de autor,
presencia de palabras, dejar rastro palpable como una tumba, como una fosa con
huesos de humanos. Ausencia del gestor, presencia de cuerpos. “Pero ella
hablaba de LI-TE-RA-TU-RA”. La explicitud del lenguaje “militar” versus lo
abstracto y no especialmente tangible de la gente de literatura. Inexistencias
de metáforas. “¿Desaparecido?”, dijo se supone que un “tira” infiltrado.
Supongo que después todo se va a la mierda, pero no está escrito.
Además de todo lo que no
está dicho, reparemos en que los personajes no tienen nombre, otra ausencia
verbal y de identidad. La mujer del relato “Éxito absoluto” no encuentra jamás
lo que estaba buscando: “su contacto”, que tampoco tiene nombre; después de
muchos intentos logra que le contesten el teléfono, y aquí la ausencia de
información, que yo traduzco como lenguaje escondido: “Sin pensarlo ella dijo
yo, yo. ¿Quién? Yo, yo, repitió, como si ella se llamara a sí misma o como si
al otro lado de la línea buscara a otra persona, a otro yo”.
Le advierten que el lugar
es peligroso, que una mujer, que una extranjera, que la ciudad, que los códigos,
todo reducido a un “tenga cuidado que los manes son cosa seria”. La mujer
deambula, se mete por calles que en su puta vida ha visto, siente calor, ese
calor que no se parece a ningún calor, siente hambre, cansancio, pero no se
detiene en la angustia, quizás en la desorientación. Finalmente llega a su
destino, una casa en ruinas con las separaciones esperables de una casa, pero
sin nada, vacía, completamente... un WC tirado con papeles llenos de mierda. La
mujer vuelve al mismo lugar al otro día, mojada a causa de la lluvia. Se le
mojan sus cigarros, que era su alimento con que mataba el hastío y la
acompañaban en la desorientación, pero hubo segundos donde esa desorientación
toma fuerza, se ordena desde la nada, desde una casa con mierda esparcida por
todos lados. Imagina una puerta con llave para que nadie entre, visualiza una
cocina, una pieza habitable, desde ese espacio miró una construcción latente, ¿sería
capaz de llenarla de objetos, de palabras? Cinzano escribe (en Temblor de párpado): “Todo rasgo de
inocencia y desprotección / en la muchacha sentada al borde / de ese
parquecillo de sauces podridos / y potenciales violadores / se borra /cuando en
su boca aparece un gíter / y el humo como en un truco de magia /nos da una
versión fugaz / de lo real”.
Pinochet, en un diario ahí
tirado en la casa con mierda, decía que su gobierno era un “Éxito absoluto”, y
la mujer, tirando el humo de un cigarro susurra: “absoluto, absoluto, absoluto”.
Santiago de Chile, marzo 2021
19/3/21
10/12/20
Los Elementos de XiroK, por Julio Rodajo
El poeta, investigador de poesía chilena y librero, Xirok (seudónimo de Javier Abarca Medel), ha publicado Elementos (G0 Ediciones, 2020). Su portada en blanco y negro lleva uno de los símbolos más primitivos de la alquimia (cruz enmarcada por un círculo), el cual se entiende como la representación de la unión entre polos y el vínculo de cuatro extremos interpretados por las temporadas del año o los cuatro elementos primordiales que tematizan los capítulos respectivos del libro: “En el aire”, “Tierra de nadie”, “¡Fuego!” y “Bajo el agua”.
Establecida así, desde su portada, la poesía de Xirok se identifica con gran parte de una herencia poético-filosófica que se remonta a Empédocles de Agrigento, filósofo presocrático que postuló, conciliando el pensamiento de Heráclito y Parménides, que el origen y el orden de la materia se encuentra bajo la combinación de los diferentes elementos en vínculo constante gracias al amor y al odio, la conciliación y la pugna. En este sentido, el poemario sugiere explorar la vinculación ontológica entre el ser humano y el mundo a partir de formas arquetípicas, estudiadas hace milenios y también poetizadas por poetas chilenos como Efraín Barquero, Gustavo Ossorio, Jorge Teillier, Eduardo Anguita, Rosamel Del Valle, Humberto Díaz-Casanueva y Cecilia Vicuña, entre otros.
En principio, cabe destacar que en los títulos de cada capítulo, también anclados a su simbología alquímica, no es simplista la mención del elemento; por el contrario, más que mera denotación, se aprecia un trabajo con carácter de esteta al posicionar la existencia humana en relación con las fuerzas naturales que lo rodean, siempre teniendo en mente que el contenido debe abordar la vinculación a partir del amor y el odio encarnado, pues aquí la naturaleza no es un decorado externo sino partícipe de la tragedia. Esto queda establecido desde ya por el epígrafe de Heráclito: “Es cansador obedecer y servir a los mismos elementos que forman el cuerpo humano”.
“En el aire” introduce, a través de la preposición “en”, su poética de la búsqueda como una aspiración mística y como una primera aproximación a la atmósfera del poemario. El lugar de enunciación levita. Las meditaciones que el hablante lleva a cabo con sutileza y precisión refiriéndose a la relación fragmentaria con el primer elemento son por medio de la voz, la respiración, el tacto y la contemplación de los gestos. Por lo mismo, iniciar en el aire es establecer desde un principio una conciencia del sistema fonador, la materia del habla y, por tanto, también de una musicalidad y movimiento en lo que vuela y deja de volar.
En segundo lugar, “Tierra de nadie” es como un aterrizaje forzado donde se prioriza simbólicamente una búsqueda desesperada del hogar en medio de la guerra, develada por aquella preposición de pertenencia que evoca la (in)existencia de un ciclo. El símbolo de la tierra designa el orden en que los habitantes del mundo coexisten para luego ser enterrados, formar parte del elemento y cumplir con el constante movimiento de lo activo y lo pasivo. Así también podemos leer cómo Xirok posee plena conciencia sobre la materia en su pequeño gran estado, como si se estuviese poetizando de los átomos en sí, de ahí que encontremos referencias viscerales y/o carnales, como las tripas, el sexo... Sin embargo, las partículas también son poetizadas a una gran escala cósmica y, por tanto, mística, que sintetiza sobre la fugacidad y la permanencia. No cabe duda que la existencia en relación con la tierra significa también el vínculo con la otredad y con lo animal, es por eso que Xirok hace dialogar al humano con los comportamientos más primitivos que ve en los animales, por ejemplo.
“¡Fuego!” puede ser un mandato a disparar en la batalla, un índice de alerta ante un incendio, o una forma de verbalizar la iluminación al haberlo descubierto en el acto amatorio. Esta parte del libro dedicada al fuego representa también todo el contraste por resolver entre la humanidad y su entorno, entre el yo y el yo de otro/a. Y en esa indecisión de la forma del fuego, el poema es la única manera de resolver la tentación al movimiento, aunque al final de eso sea posible apreciar solo ceniza. Esta parte es sin duda donde más se expresa el dolor de la existencia y el odio hacia ella por medio de los lamentos en quemaduras tras desamores. En ese sentido, se aprecia el carácter dependiente del fuego, que solo puede ser gracias al contacto con aquello que abrasa, ama. Sin embargo, se trata de un fuego solitario o de una gran marca de fuego que advierte el hablante en su cuerpo, para sacar provecho creativo de él. Este fragmento da cuenta, entonces, de aquella obsesión por buscar en la poesía la manera de expresar perfectamente la idea que se ha alcanzado sobre el hecho elemental de la expresión misma y que el quehacer no es específicamente la espera que impide, sino la acción de liberar.
“Bajo el agua” es la huella que el hablante impregna en el mundo al regocijarse con los elementos, pero sin dejar de lado su deseo de apartarse, de estar fuera del todo y mirar externamente el mar desde alguna orilla concreta. Por lo mismo, es la expresión absoluta de un naufragio que se hundió y salió a flote. Resulta muy enérgica y eficaz la manera en que el tono poético se aproxima dentro del agua a las criaturas que allí habitan, ya que existe un estudio científico previo por parte del autor, y esto le permite poetizar sobre la misma ensoñación de, por ejemplo, los delfines. De esta manera, pueden ser algunas palabras de fácil acceso pero con un registro más profundo en que se da cuenta, como ya hemos recalcado, de la existencia en vínculo con la otredad; así también, existe una gran referencia a piratas, a odiseas, y a toda clase de materias líquidas que funcionan como acordes que adornan la inmensa composición íntima del autor en contacto con aquello que ama y odia.
A fin de cuentas, considero que el poemario no se limita a esta lectura de elementos por separado, ya que en su interior se conectan con la experiencia humana, única y auténtica, que dirige la escritura hacia un sentido superior: el del quinto elemento, que sería develado por un poema cifrado que trasciende los cuatro capítulos. En ese sentido, la poética elemental vendría a ser un intersticio entre el escondite como protección y la develación como iluminación. ¿Es solo uno o son varios poemas en clave, varios poemas que pueden encontrarse gracias a combinaciones numéricas? Me pregunto esto.
En Elementos, Xirok nos muestra la posibilidad
infinita de múltiples lecturas que un libro puede tener, dada la
intencionalidad del autor y la voluntad del lector por encontrar este quinto
elemento: “he escondido en estos textos un quinto elemento para dolor de sus
cabezas y divertimiento para sus corazones” (5), expresa el autor a modo de
prólogo. A mi parecer, este quinto elemento es lo que caracteriza su poesía
como acto de conocimiento, ya que da paso a un registro no obvio de la duda
entre el amor y el odio que une y desune todo. El autor ha meditado allí
profundamente sobre lo más primordial que simboliza nuestro estado mundano; sobre
la verdad de los elementos a fuerza de búsquedas constantes, ha llegado a dudar
del objeto mismo de esa búsqueda, lo que se expresa por medio de lo poético y
lo críptico. Sin embargo, los momentos de desesperación expresados en el
poemario no dan cabida al negacionismo, sino a la duda perpetua. Ese hecho
prueba que la poesía, como la naturaleza, está compuesta de una infinitud de
elementos, así como también de una infinitud de lecturas e interpretaciones. El
poema proporciona una búsqueda y una sugerencia; la sugerencia sin
búsqueda es algo incompleto, o más aún, que la búsqueda sin sugerencia. En fin:
hay algo más verdadero detrás de todo esto, y es que la práctica junto a la
contemplación son cualidades inseparables de todo artesano del verbo. Para eso
es preciso fe, fe en la poesía, y vivir durante largo tiempo con la obsesión de
la palabra, para lograr producir una obra como esta que se suma a Poemas de Malamar (2001), Los Ecos de Karpó (2005), Oficio de Bufón (Ajiaco Ediciones,
2011), Obra completa de Gustavo
Ossorio (Beuvedráis Editores, 2019) y Boris Calderón: poesía reunida (Ajiaco Ediciones, 2015).
en Letrasenlínea.cl,
20 de noviembre de 2020




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