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13/10/21

Guía para viajeros inocentes, por Mark Twain





IX
Ya la primera aventura que vivimos ayer por la tarde, después de desembarcar estuvo a punto de suponer el fin del despreocupado Blucher. Acabábamos de montar en varias mulas y burros y nos poníamos en marcha bajo la tutela del majestuoso, principesco y magnífico Hadji Muhammad Lamarty (¡Ojalá aumente su tribu!), cuando llegamos a una hermosa mezquita musulmana, con su alta torre, llena de ajedrezados de porcelana en todos los colores, y todas y cada unas de las partes de edificio adornadas con la singular arquitectura de la Alhambra, y Blucher empezó a cruzar, montado, la puerta abierta. Un sorprendido ¡Eh, eh!, de nuestros seguidores y un claro ¡Alto!, de un caballero inglés que formaba parte del grupo, frenaron al aventurero, y después nos contaron que tan terrible profanación es que el perro cristiano ponga el pie en el sagrado umbral de una mezquita musulmana, que por mucho que se la purifique luego, ya nunca será adecuada para que el fiel vuelva a rezar en ella. Si Blucher hubiera logrado entrar, sin duda lo habrían perseguido por toda la ciudad para acabar lapidado; hubo un tiempo, y no hace tanto, en el que se asesinaba despiadadamente a cualquier cristiano al que se capturase en una mezquita. Echamos un vistazo a los hermosos suelos de teselas del interior y a los fieles realizando sus abluciones en las fuentes, pero hasta esa simple ojeada fue algo que no gustó nada a los moros que pasaban por la calle. Hace unos años, el reloj de la torre de la mezquita se estropeó. Los moros de Tánger han degenerado tanto que ya hace mucho que no hay entre ellos un artífice capaz de curar un paciente tan frágil como un reloj debilitado. Los grandes hombres de la ciudad se reunieron en solemne cónclave para decidir cómo enfrentarse a dicha dificultad. Discutieron el asunto concienzudamente, pero no alcanzaron solución alguna. Al final, uno de los patriarcas se puso en pie y dijo: —Oh, hijos del Profeta, ya os es sabido que un perro cristiano y relojero portugués contamina la ciudad de Tánger con su presencia. También sabéis que cuando se construyen las mezquitas, los burros cargan con las piedras y el cemento, y cruzan el sagrado umbral. Por lo tanto, enviad al perro cristiano a cuatro patas y descalzo al interior del recinto sagrado para que arregle el reloj, ¡como si de un burro se tratase! Y así se hizo. Por lo que, si Blucher ve alguna vez el interior de una mezquita, tendrá que deshacerse de su humanidad y adoptar su temperamento innato. Visitamos la cárcel y encontramos prisioneros moros haciendo alfombrillas y cestos. (Esta manera de utilizar el delito huele a civilización). El asesinato se castiga con la muerte. Hace poco tiempo sacaron a tres asesinos del recinto amurallado de la ciudad y allí los fusilaron. Las armas de fuego moras no son buenas, como tampoco lo son los tiradores moros. En este caso, situaron a los pobres criminales a larga distancia, como se hace con muchos blancos, y practicaron el tiro con ellos: los tuvieron pegando brincos y esquivando balas durante media hora antes conseguir dar en el centro. Cuando un hombre roba ganado, le cortan la mano derecha y la pierna izquierda, y las cuelgan en algún lugar visible de la plaza del mercado como advertencia general. No son artistas de la cirugía. Cortan un poco alrededor del hueso y después rompen el miembro. A veces el paciente se recupera; pero por regla general, no lo consigue. Sin embargo, el corazón moro es audaz. Los moros siempre han sido valientes. Estos criminales soportan tan espantosa operación sin siquiera pestañear, sin temblor de ninguna clase, sin un solo gemido. No hay sufrimiento capaz de reducir el orgullo de un moro o de hacerle deshonrar su dignidad con un grito. Aquí el matrimonio es un contrato que acuerdan los padres de los involucrados. No hay tarjetas del día de los enamorados, ni encuentros robados, ni salidas a caballo, ni cortejos en salones poco iluminados, ni discusiones de novios con sus reconciliaciones, ni nada de lo que tan adecuado es para aproximarse al matrimonio. El joven acepta a la chica que le elige su padre, se casa con ella y luego es cuando le retira el velo y puede verla por primera vez. Si después de tratarla un tiempo esta le conviene, se queda con ella; pero si sospecha de su pureza, se la encasqueta de vuelta al padre; si descubre que tiene alguna enfermedad, lo mismo; o si, transcurrido un tiempo justo y razonable, ella no consigue concebir hijos, se va de regreso al hogar de su niñez. Los mahometanos que pueden permitírselo, tienen a mano unas cuantas esposas. Se las llama esposas, aunque creo que el Corán solo permite cuatro esposas auténticas, el resto son concubinas. El emperador de Marruecos no sabe cuántas mujeres tiene, pero cree que tiene quinientas. Sin embargo, por ahí andará la cosa, ya que docena arriba o docena abajo, tanto da. Hasta los judíos del interior tienen varias mujeres. He logrado entrever la faz de varias mujeres moras (es que son humanas y revelan sus rostros para que el perro cristiano los admire cuando no hay ningún moro cerca), y siento la mayor de las veneraciones ante la sensatez que las lleva a cubrir una fealdad tan atroz. Llevan los hijos a la espalda, en un saco, como otros salvajes de todo el mundo. Una buena parte de los negros son esclavos de los moros. Pero en el momento en que una mujer esclava se convierte en la concubina de su amo, se rompen sus ataduras, y en cuanto un esclavo es capaz de leer el primer capítulo del Corán (que contiene el credo), nadie puede obligarlo a la esclavitud. En Tánger tienen tres domingos a la semana. El de los mahometanos se celebra el viernes, el de los judíos el sábado y el de los cónsules cristianos el domingo. Los judíos son los más radicales. El moro acude a su mezquita al mediodía de su fiesta sagrada, como cualquier otro día, se descalza en la puerta, realiza sus abluciones, hace sus zalemas, estampando su frente contra el suelo una y otra vez, dice sus oraciones y vuelve al trabajo. Pero el judío cierra el negocio; no toca ningún dinero de cobre o de bronce; no mancilla sus dedos con nada que sea inferior a la plata o el oro; asiste a la sinagoga con devoción; no cocina ni tiene relación alguna con el fuego; y se abstiene religiosamente de emprender cualquier empresa. El moro que ha peregrinado a la Meca tiene derecho a recibir honores. Los hombres lo llaman hadji y, desde ese momento, se convierte en un gran personaje. Cientos de moros llegan cada año a Tánger y embarcan hacia la Meca. Parte del camino lo hacen en vapores ingleses, y los diez o doce dólares que pagan por el pasaje es el precio de casi todo el viaje. Se llevan cierta cantidad de comida, y cuando falla la intendencia, hay follón, tal y como lo expresa Jack, a su manera escandalosa y jergal. Desde el momento en que se marchan hasta que regresan de nuevo al hogar, no se lavan, ni en tierra ni en la mar. Suelen estar fuera entre cinco y siete meses, y como no se cambian de ropa en todo ese tiempo, cuando regresan no están en condiciones de visitar a nadie, ni de que nadie los visite. Muchos de ellos tienen que rascarse el bolsillo durante un largo período de tiempo para reunir los diez dólares que cuesta el pasaje, y cuando uno regresa, se queda en bancarrota por siempre jamás. Pocos moros pueden recuperar sus finanzas en el breve tiempo de una vida, después de tan imprudente desembolso. Con el fin de conservar la dignidad de hadji para los caballeros de sangre patricia y propiedades, el emperador decretó que ningún hombre podría realizar el peregrinaje, a no ser los abotargados aristócratas que valiesen cien dólares en monedas. ¡Pero atención a cómo la iniquidad consigue burlar la ley! A cambio de una retribución, los banqueros judíos adelantan al peregrino cien dólares el tiempo suficiente para que preste juramento, y luego los recuperan antes de que el barco zarpe. España es la única nación a la que temen los moros. Y eso es porque España envía sus buques de guerra más pesados y sus cañones más ruidosos para asombrar a estos musulmanes, mientras que América y otras naciones solo envían un despreciable cañonero, que más parece una bañera, y eso de vez en cuando. Los moros, al igual que otros salvajes, aprenden de lo que ven, no de lo que oyen o leen. Nosotros tenemos grandes flotas en el Mediterráneo, pero casi nunca tocan puertos africanos. Los moros tienen una pobre opinión de Inglaterra, Francia y América, y a sus representantes los someten a una buena cantidad de circunloquios burocráticos antes de concederles sus derechos, mucho menos un favor. Pero tan pronto un ministro español exige algo, se le concede de inmediato, ya sea justo o no. España castigó a los moros hace cinco o seis años por unas tierras en disputa situadas frente a Gibraltar, y capturó la ciudad de Tetuán. Negoció el aumento de su territorio, una indemnización de veinte millones de dólares en dinero y la paz. Y después entregó la ciudad. Pero no la entregó hasta que los soldados españoles se hubieron comido todos los gatos. No llegaron a un acuerdo mientras hubo gatos. A los españoles les gustan muchos los gatos. Por el contrario, los moros veneran a los gatos como algo sagrado. Así que los españoles, en aquella ocasión, les tocaron su punto débil. Ese acto tan poco felino de comerse todos los gatos de Tetuán, hizo albergar el odio hacia ellos en los corazones de los moros, a los que ni siquiera les había afectado el hecho de que los hubieran expulsado de España. Pero ahora los moros y los españoles son enemigos eternos. Francia tuvo aquí a un ministro que puso en su contra a toda la nación de la forma más inocente posible. Mató un par de batallones de gatos (Tánger está llena de ellos) e hizo con sus pieles una alfombra para el salón. Mandó fabricar la alfombra en círculos: primero un círculo de machos viejos y grises, con las colas apuntando hacia el centro; después un círculo de gatos dorados; luego otro de gatos negros, seguido de uno de blancos; a continuación un círculo de todo tipo de gatos y, por último, una pieza central de gatitos variados. Era muy bonita, pero los moros aún siguen maldiciendo su recuerdo. Hoy, cuando fuimos a visitar a nuestro cónsul americano, me fijé en que todas las variedades posibles de juegos de salón estaban representadas en sus mesas de centro. Me pareció que eso daba sensación de soledad. La idea era correcta. Su familia es la única americana de Tánger. Aquí hay muchos cónsules extranjeros, pero no se tiene costumbre de hacer demasiadas visitas. Es evidente que Tánger está fuera del mundo, así que ¿de qué sirve ir de visita si nadie tiene nada de que hablar? De nada. Por eso las familias de los cónsules se quedan en casa y se divierten como pueden. Tánger resulta muy interesante para un día, pero después se convierte en una cárcel fastidiosa. El cónsul general lleva aquí cinco años, y está tan harto que le parecen un siglo, por lo que dentro de poco volverá a casa. Su familia se apodera de las cartas y de los periódicos tan pronto llega el correo, los leen una y otra vez durante dos o tres días, los comentan sin descanso durante dos o tres días más hasta que los han exprimido por completo, y después, un día tras otro, comen, beben y duermen, recorren el mismo viejo camino, ven las mismas cosas viejas y pesadas que ni varias décadas de siglos han logrado cambiar, ¡y no dicen ni una palabra! Literalmente no tienen nada de que hablar. La llegada de un buque de guerra americano es un regalo del cielo. «Oh, Soledad, ¿dónde están los encantos que los sabios han visto en tu rostro?». Es el exilio más absoluto que imaginarme pueda. Yo recomendaría encarecidamente al gobierno de los Estados Unidos que, cuando un hombre cometa un delito tan infame que la ley no proporcione un castigo adecuado, se le nombre cónsul general en Tánger. Me alegro de haber visto Tánger, la segunda ciudad más antigua del mundo. Pero creo que estoy preparado para despedirme de ella. Desde aquí iremos a Gibraltar, esta noche o por la mañana, y sin duda el Quaker City zarpará de dicho puerto en las próximas cuarenta y ocho horas.



en Guía para viajeros inocentes, 2016
Fotografía de A. F. Bradley















31/8/10

Sobre la decadencia del arte de mentir, por Mark Twain






Observen bien, no pretendo insinuar que la cos­tumbre de mentir haya sufrido decadencia o in­terrupción algunas... no. Y es que la mentira, en tanto virtud y principio, es eterna; la mentira en tanto recreación, respiro y refugio en tiempos de necesidad, la Cuarta Gracia, la Décima Masa, la mejor y más segura amiga del hombre, es inmor­tal, y no desaparecerá de la faz de la tierra mien­tras exista este club.

Mi queja se refiere sólo a la decadencia del arte de mentir. Ningún hombre de principios, ninguna persona en sus cabales, puede ser testigo de la forma de mentir torpe y descuidada de la época presente, sin dolerse de ver tan noble arte así pros­tituido. En presencia de tan nutrido grupo de veteranos, naturalmente abordo el tema de mane­ra tentativa; soy como una solterona tratando de enseñar puericultura a quienes han sido madres por milenios. No me quedaría bien criticarlos a ustedes, caballeros, pues todos son mayores que yo —y superiores a mí en este asunto— y, por ende, si de vez en cuando parezco hacerlo, confíen en que, en la mayor parte de los casos, lo hago con espíritu de admiración más que por buscarles los defectos. Es más, si ésta, la más bella de las bellas artes, hubiera recibido en otras partes la aten­ción, el aliento, la práctica consciente y el desa­rrollo que ha recibido en el presente club, no necesitaría yo pronunciar este lamento o derra­mar lágrima alguna. No lo digo para adularlos: lo digo en un espíritu de reconocimiento y aprecia­ción justos.

(En este punto había tenido la intención de mencionar nombres y dar ilustraciones de especimenes precisos, pero los indicios observables a mi alrededor me aconsejaron evitar los detalles y ceñirme a las generalidades).

No existe hecho más firmemente establecido que el de considerar la mentira como una nece­sidad de nuestras circunstancias… por tanto, la deducción de que es una virtud, por sabida se ca­lla. Ninguna virtud puede llegar a su máximo esplendor sin ser cuidadosa y diligentemente cultivada; por ende, se cae de su peso que ésta debería enseñarse en las escuelas públicas, al ca­lor del hogar, y hasta en los periódicos. ¿Qué posibilidades tiene un mentiroso ignorante y poco cultivado al lado de un experto educado? ¿Qué posibilidades tengo yo con Mr. P.... un aboga­do? Mentiras juiciosas es lo que el mundo nece­sita. A veces pienso que sería aún mejor y más seguro no mentir en absoluto, que hacerlo con falta de juicio. Una mentira torpe y poco científica suele ser tan poco efectiva como la verdad.

Veamos ahora qué opinan los filósofos. Ob­serven este venerable proverbio: “Los niños y los tontos siempre dicen la verdad”. La deducción es obvia: “Los adultos y los sabios nunca la dicen”. Parkman, el historiador, comenta: “El principio de la verdad se puede llevar hasta el absurdo”. En otro lugar del mismo capítulo escribe: “Es vie­jo el dicho de que no se debe decir la verdad todas las veces, y aquéllos cuya conciencia enferma los preocupa y los lleva a la violación habitual de la máxima son imbéciles y latosos”. Las palabras son fuertes, pero verdaderas. Nadie podría vivir con alguien que todo el tiempo ande diciendo la ver­dad; pero, gracias a Dios, nadie tiene que hacerlo. Alguien que a toda hora dice la verdad es simple y llanamente un ser imposible e inexistente; jamás ha existido.

Claro que hay quienes piensan que jamás mienten: pero se equivocan... y esta ignorancia es uno de los aspectos que nos hacen sentir vergüenza de nuestra mal llamada civilización. Todo el mun­do miente, todos los días, a toda hora; despierto, dormido, en los sueños, en medio de la dicha, en su hora de dolor; aunque no mueva la lengua, ni las manos, ni los pies, ni los ojos, con la actitud expresa el engaño... y lo hace ex profeso. Aun en los sermones... pero basta ya de la cantinela.

En un país distante, donde viví hace tiempo, las mujeres solían salir a hacer visitas con el pre­texto humanitario y noble de quererse ver, y cuan­do regresaban a sus casas exclamaban con voz de contento:

—Hicimos dieciséis visitas y he aquí que catorce personas habían salido.

Con ello no querían decir que les había pare­cido malo que las catorce hubieran salido; no, ésta era sólo una manera de querer decir que no esta­ban en casa... y su modo de decirlo expresaba lo mucho que les había gustado el hecho. Ahora bien, su pretensión de querer ver a las catorce —y a las otras dos con las que habían tenido menos suerte— es la forma de mentira más común y más suave, que se ha descrito muchas veces como des­viación de la verdad. ¿Fue justificable? Claro que sí: fue hermosa y fue noble, pues su objetivo no fue obtener beneficios propios sino procurar un placer a las dieciséis personas.

El traficante de verdades empedernido mani­festaría con franqueza que no quería ver a esas personas... y sería un burro, pues infligiría un dolor del todo innecesario. Y, además, esas mu­jeres de aquel lejano país... pero, no importa, te­nían miles de agradables maneras de mentir, producto de sus impulsos nobles, que daban cré­dito a su inteligencia y honor a sus corazones. Qué importan los detalles.

Los hombres de aquel lejano país eran, sin ex­cepción, mentirosos. Hasta su saludo era una mentira, porque a ellos no les importaba cómo estuviera uno, a no ser que fueran empresarios de pompas fúnebres. Al preguntón normal le daban una respuesta mentirosa también, pues uno no hace un diagnóstico concienzudo de su estado sino que contesta al azar, y por lo general se equi­vocaba de cabo a rabo. Le mentían al empresario de pompas fúnebres, diciéndole que la salud les estaba flaqueando... mentira totalmente loable, pues no cuesta nada y complace al otro. Si un ex­traño lo visitaba a uno y lo interrumpía, con los labios uno pronunciaba un caluroso: “Encanta­do de verte” y con el corazón, un más caluroso: “Ojalá estuvieras con los caníbales y fuera hora de la cena”. Cuando se iba alguien, se decía con lástima: “¿Ya te tienes que ir?”, seguido por un "Volvemos a hablar”, pero no se hacía ningún daño con ello, porque no se engañaba a nadie ni se infligía lesión alguna, mientras la verdad los habría hecho desgraciados a los dos.

Me parece que esta forma cortés de mentir es un arte amable y fascinante, que debe cultivarse. La perfección más elevada de la cortesía no es más que un hermoso edificio, construido, desde la base hasta el techo, con las modalidades dora­das y graciosas dcl embuste altruista y caritativo.

Lo que me parece execrable es la incidencia, cada vez mayor, de verdades brutales. Hagamos lo que esté en nuestras manos para erradicarlas. Una verdad injuriosa no vale más que una men­tira injuriosa. Ninguna debe ser enunciada jamás. El hombre que dice una verdad injuriosa por mie­do a que no se salve su alma si hace lo contrario, debería pensar que esa clase de alma estrictamen­te hablando no vale la pena salvarse. El hombre que dice una mentira para sacar a un pobre diablo de un lío, es aquel del que los ángeles sin duda dicen: “Loor, he ahí un alma heroica que pone en peligro su propio bienestar para socorrer al veci­no; exaltemos a este mentiroso que muestra tanta magnanimidad”.

Una mentira injuriosa no es digna de encomio; así como, y también en el mismo grado, no lo es una verdad injuriosa..., hecho reconocido por la ley del libelo.

Entre otras mentiras comunes tenemos la silenciosa: el engaño que se hace simplemente quedándonos callados y ocultando la verdad. Mu­chos defensores a ultranza de la verdad caen en tal defecto, al imaginarse que no están siendo mentirosos si no dicen expresamente una menti­ra. En aquel país lejano donde alguna vez residí, existía una persona encantadora, una dama cu­yos impulsos eran siempre elevados y puros, y cuyo carácter les hacía honor. Un día que estaba comiendo allí, comenté, de modo general, que todos mentimos. Ella se sorprendió y dijo:

—No todos.

Como esto sucedía en tiempos posteriores al Pinafore, no respondí lo que naturalmente liaría, sino que dije con franqueza:

—Sí, todos..., todos somos mentirosos; no hay excepciones.

Aparentando estar muy ofendida, dijo:

—¿Me incluyes también a mí?
—Ciertamente -dije—, creo que tú hasta clasifi­cas como experta.

Entonces respondió;

—¡Cállate! ¡Los niños! —de modo que cambiamos el tema en consideración a la presencia de los infantes, y seguimos hablando de otras cosas. Pero tan pronto se retiraron éstos, la dama muy entusiasmada volvió al tema y dijo:
—Tengo por regla de vida nunca decir una men­tira, y jamás me he apartado de ella ni en un solo caso.

Yo le contesté:

—No quiero herirla o faltarle al respeto de nin­guna manera, pero es imposible haber dicho más mentiras que las suyas desde que ha estado aquí. Y me ha ocasionado mucho dolor, porque yo no estoy acostumbrado a eso.

Ella me pidió un ejemplo..., sólo uno. Enton­ces dije:

—Bien, aquí tiene el duplicado vacío de un for­mulario que el hospital de Oakland le envió con una enfermera que vino aquí a cuidar a su sobri­nito en su grave enfermedad. En este formulario hacen toda clase de preguntas relacionadas con la conducta de la enfermera: ¿Se durmió alguna vez en su vigilia? ¿Alguna vez olvidó dar la droga?, etc. Le advierten que sea muy cuidadosa y explícita en sus respuestas, porque la buena mar­cha del servicio depende de que las enfermeras sean multadas o se las castigue por las faltas come­tidas. Usted me contó que estaba fascinada con esa enfermera, pues tenía mil cualidades y un solo defecto: que no podía confiarse en que arropara a Johnny lo suficiente mientras él esperaba en el aire frío a que ella le tendiera la cama caliente. Usted llenó el duplicado de este papel y lo envió al hospital por conducto de la enfermera. Cómo respondió usted a la pregunta: “¿Fue culpable alguna vez la enfermera de un acto de negligencia que pudiera dar como resultado que el paciente se resfriara?”. Vamos, aquí en California..., todo se decide con una apuesta: diez dólares contra diez centavos a que usted mintió cuando contestó esa pregunta.

—¡No la contesté; la dejé en blanco! —dijo ella.
—Eso mismo… usted dijo una mentira silen­ciosa; dejó que se infiriera que no había encon­trado ningún defecto en ese punto.
-¿Oh, era eso una mentira? ¿Y para qué men­cionar su único defecto siendo ella tan buena...? Habría sido cruel —dijo ella.

Contesté:

—Uno siempre debe mentir cuando puede ha­cer un bien con la mentira, y su impulso fue co­rrecto, pero su juicio pobre; esto es el producto de una práctica poco inteligente. Ahora observe el resultado de esta desviación inexperta suya. Usted sabe que Willie, el hijo de Mr. Jones, está gravísimo, pues padece de fiebre escarlata. Re­sulta que su recomendación fue tan entusiasta que esa muchacha está allá cuidándolo, y sus fami­liares, que estaban exhaustos, se confiaron y se quedaron profundamente dormidos las últimas catorce horas, dejando a su hijo querido con plena confianza en esas manos fatales, porque usted, al igual que el joven George Washington, tiene repu­tación de... sin embargo, si usted no tiene mejor programa, mañana vengo para que asistamos juntos al entierro, porque, claro está, supongo que usted sentirá un peculiar interés en el caso de Willie... un interés personal, de hecho, como la persona que lo llevó a la tumba.

Pero todo eso se perdió. Antes de que yo llega­ra a la mitad de lo que iba a decir, la mujer se montó en un coche y a treinta millas por hora se embocó hacia la mansión de los Jones para salvar lo que quedara de Willie y relatar cuanto sabía de la enfermera fatal. Todo lo cual era innecesario, pues Willie no estaba enfermo; yo había mentido. Pero en todo caso, ese mismo día envió unas palabras al hospital para llenar el espacio vacío que había dejado sin contestar, y estableció los hechos, ade­más, de la manera más franca y directa.

Bien; como ustedes pueden ver, el problema de esta mujer no estaba en que mintiera, sino en que no lo hiciera de manera juiciosa. En ese caso debió haber contado la verdad, y haberle compen­sado a la enfermera con una alabanza fraudulenta más adelante. Podría haber dicho: “En un aspecto, la enfermera es el non plus ultra de la perfección: cuando está de guardia, jamás ron­ca”. Casi cualquier mentirilla agradable le habría sacado el veneno a esa complicada pero necesa­ria formulación de la verdad.

La mentira es universal... todos mentimos; todos tenemos que hacerlo. Por tanto, lo sabio es educarnos con diligencia a fin de mentir de mane­ra juiciosa y considerada; a fin de mentir con un buen propósito y no con uno pérfido; a fin de men­tir para ventaja de los demás y no para la nuestra; a fin de que nuestras mentiras sean aliviadoras, caritativas y humanitarias, y no crueles, letales o maliciosas; a fin de mentir de manera agradable y graciosa, no torpe y tonta; a fin de mentir con fir­meza, franqueza y desfachatez, con la cabeza en alto, sin vacilaciones ni torturas, sin actitudes pu­silánimes, como si nos avergonzara el gran deber que tenemos de hacerlo. Sólo así nos desharemos de la verdad hedionda y pestilente que está corro­yendo la tierra; sólo así seremos valiosos, buenos y bellos, moradores meritorios de un mundo en el que incluso la naturaleza benigna suele mentir, excepto cuando promete mal tiempo. Sólo enton­ces..., pero no soy más que un pobre estudiante nuevo de este arte gracioso, y no soy nadie para instruir a este club.

Hablando en serio, creo que es imprescindible examinar con inteligencia qué tipos de mentiras son las mejores y más saludables, dado que todos tenemos que mentir y que todos mentimos; y qué tipo de mentira es mejor evitar. Considero que esto es algo que con toda confianza puedo poner en las manos de este club de expertos, una enti­dad madura, a la que puede ponérsele el epíteto a este respecto, y sin adulación inmerecida, de “Maestra Emérita”.




1885