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17/4/23

Una vida de nada, por Michel Houellebecq





Yo ya me sentí viejo al poco de nacer;

Los demás luchaban, deseaban, suspiraban;

En mí no sentía más que una añoranza imprecisa.

Nunca tuve nada parecido a una infancia.

En la profundidad de ciertos bosques,

sobre una alfombra de musgo,

Repugnantes troncos de árbol sobreviven a su follaje;

En torno a ellos se forma una atmósfera de luto;

En su piel ennegrecida y sucia medran los hongos.

Yo no serví jamás a nada ni a nadie;

Lástima. Vives mal cuando es para ti mismo.

El menor movimiento constituye un problema,

Te sientes desgraciado y, sin embargo, importante.

Te mueves vagamente, como un bicho minúsculo.

Ya apenas eres nada, pero ¡qué mal lo pasas!

Llevas contigo una especie de abismo

Mezquino y portátil, levemente ridículo.

Dejas de ver la muerte como algo funesto;

De vez en cuando ríes; sobre todo al principio;

Intentas vanamente adoptar el desprecio.

Luego, lo aceptas todo, y la muerte hace el resto.

 

 

 

en Poesías, 2000

Traducción de Altair Díez & Abel H. Pozuelo































14/2/22

La mente social, por Pedro Baños León





La manipulación social es clave para conseguir el dominio mental. Este, a su vez, contribuye al dominio mundial.
 
Existen muchos procedimientos para engañar a la mente de los que nadie está a salvo, y de los que los poderosos se aprovechan descaradamente con fines principalmente económicos y/o políticos. Nuestra mente es un codiciado tesoro, el Santo Grial de la manipulación. Podemos resignarnos a pensar que debe ser así, sin remedio. O empezar a entrenar nuestra mente y a despertar nuestros sentidos. Ningún esfuerzo es en vano si conduce a una gran meta. Y el primer paso consiste en conocer en detalle las diferentes estrategias de manipulación social.
 
La tranquila rana hervida
Imaginemos que metemos una rana en una cazuela llena de agua fría; nadará tranquilamente. Si vamos calentando el recipiente a fuego lento, lo normal es que el animal no se dé cuenta y siga flotando apaciblemente. La temperatura sigue aumentando y, aunque ya no sea la ideal para la rana, más que malestar, se adormece con gusto. Una vez que el agua está demasiado caliente, al batracio ya no le agrada la situación, pero su estado de debilidad le impide rebelarse y escapar. Pronto, estará hervida. Esta metáfora demuestra que el deterioro, si es lento, nos pasa inadvertido y no suscita oposición ni resistencia; ninguna rebeldía. Tal y como ocurre con la lenta deriva de la sociedad, a la que nos vamos acostumbrando sin chistar. Las peores aberraciones, los recortes de libertad y los atropellos a nuestra privacidad y nuestros valores se han llevado a cabo de forma subliminal y discreta. Y los hemos aceptado como víctimas a las que les pasa inadvertido el daño que se les está imponiendo. El agua se calienta a través de técnicas y herramientas que apelan, todas ellas, a nuestras emociones, lo más débil de nuestro sistema.
 
¿Manipulado yo? ¡Imposible!
Quien diga que no está manipulado se equivoca. Todos estamos sometidos a un constante influjo de opiniones y estímulos que moldean nuestra visión y pensamiento a lo largo de nuestra vida. Una persona puede ser más o menos consciente de las estratagemas de manipulación presentes en la sociedad, volverse un escéptico crónico y dudar de cuanto reciba a través de sus cinco sentidos o esforzarse más o menos por leer entre líneas y descifrar intereses ocultos. Aun así, no dejará de estar sujeta a influencias externas, de un modo u otro.
 
Ahora bien, ¿quién está detrás de esos influjos y qué objetivos persigue? Esa es siempre la gran pregunta. Y, precisamente, el éxito de las campañas de manipulación, sean de la índole que sean, radica en conseguir que los sujetos manipulados no se den cuenta del engaño, ni cómo ni quién lo realiza. Todavía mejor, que piensen que la idea o la decisión son propias. O bien que estén profundamente convencidos de que el objetivo es su seguridad o bienestar. Lo cierto es que estamos ante una imparable guerra psicológica, universal y constante, de la que nadie se libra. Se busca el aplanamiento de la sociedad, la normalización del silencio.
 
Existes, te entretienen
 
El primer principio del control mental es la distracción.
Steven Jacobson
 
La clave para conseguir el control mental de la población es entretener y distraer. En otras palabras: que nadie piense en aquello que no interesa. En su día, la religión fue considerada el opio del pueblo. Hoy en día, la misma metáfora es válida para el fútbol o los programas de farándula. Todos desempeñan el mismo papel: distraernos de las decisiones y cuestiones que realmente tienen un impacto decisivo sobre nuestras vidas. Mientras miramos para otro lado, y más si encima nos sentimos felices, con estímulos que agradan a nuestros sentidos, nuestra mente subconsciente queda desprotegida. Así resulta mucho más fácil negociar con nuestras vidas a nuestras espaldas y convencernos de que lo que nos muestran es la única realidad, la única verdad. Lo que pasa fuera de las pantallas, fuera de los estadios de fútbol, lo que no entra en las líneas de los periódicos, no existe. Y, sin embargo, es precisamente eso lo que maneja el mundo, lo que maneja nuestro presente y nuestro futuro.
 
Pan y Circo: Un lema inmortal
Ya en tiempos de los romanos, se idearon los tan exitosos circos como forma de tranquilizar, entretener y dar un motivo de gozo a la población. La arena en la que peleaban y morían los gladiadores ha evolucionado a lo largo de los siglos hacia muy diversas formas, pero sin perder su esencia y objetivo. Ahora cubrimos nuestro deseo de violencia con películas y videojuegos. Y nos desinhibimos y olvidamos de los problemas rutinarios a través de la música, el alcohol o las drogas. Estas fuentes de placer inmediato, y aparentemente inocuo, hacen realidad los sueños de los que aspiran a convertirnos en seres dóciles y a controlar nuestras mentes.
 
La plaga del entretenimiento estéril Les gusta. Es ligero, sencillo, infantil. 
Siete horas y media de mínimo esfuerzo, y después de la ración de soma, 
los juegos, la copulación sin restricciones y el sensorama. 
Aldous Huxley

Una metáfora popular, la de la vasija y las piedras, nos enseña a priorizar la atención a las cosas valiosas de la vida y darles su verdadero significado. Si la vasija se comienza a llenar con las piedras más grandes, quedarán huecos entre ellas que permitan la llegada de otras más pequeñas. Este ciclo se repite hasta que no caben más piedras. En ese momento todavía habrá resquicios que permitan ser completados con fina arena. Y cuando parezca que el recipiente ha llegado al límite de su capacidad, aún será capaz de aceptar agua. Entonces, finalmente, sí se habrá ocupado todo el espacio de la vasija. La vida entonces será plena, pues las piedras más grandes, lo que de verdad importa, lo trascendente, han ocupado el lugar prioritario que les corresponde, siendo paulatinamente acompañadas con los complementos que, sin ser esenciales, las complementan. Terminando por los placeres temporales, simbolizados por la arena y el agua, que, aun siendo superfluos, nos resultan satisfactorios.
 
El problema surge cuando el proceso se invierte. Si llenamos primero nuestro recipiente de agua y arena, lo más que podría cabernos son pequeñas piedras antes de derramarse el contenido. Pero jamás habrá sitio para lo valioso, lo esencial de la vida. Esto es lo que nos sucede al dejarnos atrapar por lo banal, lo superfluo, lo cómodo, lo intrascendente, el placer efímero, el materialismo, el relativismo. Nos quieren llenar la vasija solo con espuma, con líquido carente de sustancia alguna, sin dejar espacio a lo que nos dignifica y nos hace personas. La esencia, lo que deja poso, queda reservada para las élites dominantes.
 
Lo único cierto es que, si nos colman de entretenimiento estéril, jamás podremos adquirir conocimientos enriquecedores que nos permitan construir nuestro propio pensamiento crítico, dudar de las permanentes imposiciones. Con gran habilidad, consiguen que confundamos estar entretenidos con estar informados. Pero no es así, no estamos bien informados y, aún menos, formados. Y a eso vamos, a que nos llenen la vasija de agua y arena. Y cuando alguien lo consigue, los ciudadanos perdemos.
 
Nada mejor que la televisión para distraer
 
En la televisión se establece poco a poco
la engañosa ilusión de que ver es comprender.
Ignacio Ramonet
 
Ninguna duda cabe de que la televisión sigue siendo el principal instrumento de distracción de la sociedad, y todo lo que vemos en la pantalla tiene un impresionante efecto en nuestra percepción. Por tanto, se ha convertido en uno de los mejores aliados para la tiranía de las élites, pues es mucha la gente que no accede a ninguna otra fuente de información. En el caso de España, en 2019, un 86% de la población residente vio la televisión cada día del año.[1] Más concretamente, el 70,7% la ve diariamente una media de casi cuatro horas.[2] Otros estudios apuntan a cifras aún más altas: los mayores de dieciocho años de edad verían cinco horas y media de televisión al día. En todo caso, son datos muy llamativos. De hecho, las últimas encuestas señalan que, en los países más avanzados, las personas emplean más horas viendo televisión y videos que durmiendo. Es el paradigma de la «distracción ocupacional» de la que habla Pedro Rocamora en su obra Psicología de la sugestión en Freud.
 
Por otro lado, lo cierto es que, por muchos años que alguien invierta en llevar a cabo un trabajo crucial para la humanidad, pasará desapercibido si no sale en pantalla. Por el contrario, basta con aparecer en la «caja tonta» para encumbrarse, por poco mérito que tenga la persona. De ahí que la televisión sea un objetivo permanente para las élites dominantes como mecanismo perfecto de manipulación.
 
Sintonizar nuestro pensamiento
Catherine Austin Fitts, quien fuera subsecretaria de Vivienda y comisionada federal de Vivienda con George Bush padre, confesó haber sido testigo, en 1984, de una conversación que le cambió la vida. Mientras trabajaba en Wall Street, escuchó a varios ejecutivos comentar que la tecnología de sincronización de las ondas cerebrales estaba a punto de ser desplegada a través de las señales de televisión. Esta técnica está fundamentada en la capacidad del cerebro para sincronizar las frecuencias de las ondas que emite con las de estímulos externos, especialmente recibidos por vía auditiva, visual o táctil. Según el grado de influencia de dichos estímulos, las frecuencias pueden llegar a inducir un estado de conciencia concreto y previamente preparado.
 
Técnicas como esta permitirían aumentar considerablemente el poder de persuasión de la televisión. Y no solo en términos comerciales, sino también para condicionar las decisiones políticas o inducirnos a un comportamiento pasivo. Desde entonces, Fitts no volvió a encender el televisor.[3] Y si eso ocurría en los años ochenta del siglo pasado, ¿qué técnicas de persuasión y control se habrán desarrollado desde entonces?
 
De hecho, hoy en día, el Instituto Monroe —fundado por Robert Monroe, pionero en la teoría de la sincronización de las ondas cerebrales— ofrece lo que denomina «programas educativos experimentales cuyo objetivo es la exploración personal de la consciencia humana».[4] A través de patrones de sonido, generan sensaciones de tranquilidad o felicidad, e incluso, según dicen, eliminan malos hábitos. Si alguien puede decidir cómo nos debemos sentir y qué hábitos son los correctos para nosotros simplemente haciendo llegar un sonido concreto a nuestros cerebros, ¿qué no conseguirán a través de los múltiples aparatos electrónicos que utilizamos a diario, comenzando por los omnipresentes televisores?
 
 
 
Notas
2. García, F. (2006) El secuestro de la mente. Espasa, Madrid. P. 35.



en El dominio mental. La geopolítica de la mente, 2020

























2/11/21

El abrigo, por Carlos Victoria





A Esteban Cárdenas
 

Loquillo me regaló un abrigo en el mes de diciembre, el primer día de frío del año setenta y uno. Era un abrigo checo negro y azul, de confección mullida y líneas elegantes. Me lo envió con el chino Vergara al albergue de la calle Tercera, cuando la llovizna y el amago del invierno tropical tocaban a mis puertas de estudiante, oscureciendo el vidrio y la madera.
 
Este abrigo era su oferta de reconciliación, por así decirlo —su gesto de lealtad, su petición, su aporte. Me lo probé varias veces, con movimientos bruscos, frente al espejo del baño, mientras un vietnamita, alumno de Ciencias Políticas, me lo celebraba en su balbuceante español: el idioma en su boca sonaba como un instrumento de cuerda.
 
Pensé por un instante en los meses venideros, en el derecho a abrigo de mi tarjeta de racionamiento vendido por quince pesos en una borrachera, en el vinyl agradable al tacto y a la vista, y decidí aceptar el regalo, lo que significaba también el perdón del agravio que me había distanciado del Loquillo. Porque aceptar es perdonar, me dije (acariciando los bolsillos felpudos), a pesar de que la historia de la raza humana nos diga lo contrario.
 
Tres meses antes, el Loquillo me había llevado a conocer a un jovencito musicómano, cuyo padre desempeñaba un misterioso cargo en el Gobierno. El muchacho contaba en su extraordinaria colección con cinco long-playings de los Beatles, y el clásico In a gadda da vida de Iron Butterfly.
 
El calor de la tarde obligó al hijo del funcionario a sacar el tocadiscos a la terraza. Vivía en una de esas casas de dos plantas que aún dejaban adivinar el esplendor un tanto ridículo de la burguesía habanera de décadas pasadas, más tarde sofocada por ambiciones, negligencias y revolución. Nos brindó una limonada casera, pródiga en azúcar, y al rato una de las melodías más largas del pop nos envolvía con su rara sugestividad, como un olor penetrante o una nube. El muchacho observaba mi rostro, buscando quizás señas de admiración; el Loquillo, entre tanto, llevaba afanosamente el ritmo de la batería golpeando sus rodillas, donde la tela del jeans adelgazaba. El tatuaje en su mano derecha —María en letras gruesas— se contraía y dilataba, movimiento que le imprimía al nombre de mujer un aire de irreverencia.
 
Al terminar la sesión con los Mariposa de Hierro, el Loquillo pidió con desenfado un poco más de limonada, o en su defecto, un simple vaso de agua. El calor justificaba el pedido. Las axilas estaban empapadas, y en la cara naturalmente roja del Loquillo el sudor colocaba una máscara de pequeñas gotas. El anfitrión, después de cerciorarse de que el nuevo disco se oía a la perfección —las guitarras de los Beatles conmovían al más indiferente— se dirigió al interior de la casa. La escena siguiente ocurrió en un segundo. Loquillo se acercó a la mesita donde se apilaban los discos, se los metió bajo el brazo, y atravesando en dos pasos la terraza saltó del muro a la calle. La altura consternaba; pero algunas personas tienen huesos valiosos. Dejó al menos el disco que giraba en el plato, tal vez por mi presencia. Yo, al igual que el hijo del dirigente, soy un fanático de la música.
 
Al regreso del muchacho, mi cara perpleja lo iluminaba todo. Las caras a veces cuentan cosas, relatan sucesos, se extravían, piden perdón. El mapa del rostro, si bien engañoso, puede ser eficaz para aclarar circunstancias. O al menos para enriquecerlas. Pero este adolescente no podía descifrar esa sutil lectura: su juventud, su fogosidad se lo impedían, y yo no podía culparlo.
 
—Se fue —solo atiné a decir, y añadí innecesariamente— con los discos.
 
Y los suaves compases de Michelle, me belle, sont les mots qui vont très bien ensemble, ya que los Beatles habían llegado a cantar en francés en este momento de elocuencia, sirvió de fondo a expresiones como maricón, tú te habías puesto de acuerdo con él, ese hijo de puta, no te muevas, voy a llamar a la policía.
 
Mi acusador se había convertido de repente en un animal herido, gimiendo, saltando, amenazando, haciendo extraños sonidos con la boca, torciendo grotescamente los ojos, y yo, despojado de todo pudor, descendí a la súplica y a los juramentos, hasta que al fin lo convencí de mi inocencia. Al regresar al albergue, sudoroso y hastiado, decidí romper mi amistad con el Loquillo.
 
Pero ahora el abrigo, una prenda grácil y tentadora, tendía un puente entre mi dignidad y mi miseria. Y allí, frente al espejo, pensé que si la verdadera historia de la Cuba revolucionaria llegara a escribirse, en la portada del libro debía aparecer Esaú con su plato de lentejas. Y satisfecho con mi ingeniosidad lavé con agua y jabón una pequeña mancha en la manga del que a partir de ese instante consideré mi abrigo.
 
Pocos días después llegaron las vacaciones de fin de año. En una mañana de inusitada luz, crucé la bahía de La Habana, tomé el trencito de Hershey al mediodía, y llegué a Matanzas esperando coger el tren central cuando pasara por ese puerto: en La Habana se les prohibía subir a los vagones a los pasajeros sin asiento, y los boletos se habían vendido con dos meses de anterioridad.
 
Entre empujones, insultos y suspiros, una marejada humana se impacientaba en la estación. Pero el tren no pasó en toda la noche, para decepción de los viajeros. Yo dormí recostado a mi mochila —más que recostado, agarrado a ella: dentro estaban mis libros, mis dos únicas mudas de ropa, y también el abrigo, que un bochornoso calor navideño me había impedido usar. Dos días más tarde llegué a Camagüey, saturado de ingratos olores y con un hambre de perro; pero la naturaleza se mostró generosa y me concedió un clima húmedo y casi (casi) frío. Bajé por una ventanilla del vagón— la puerta estaba bloqueada por personas, maletas, sacos, e incluso por un puerquito joven, cuyos chillidos impregnaban el aire de violencia —ostentando mi envoltorio extranjero, el flamante abrigo checo, que a excepción de unas arrugas que me apresuré a alisar, no delataba las angustias del viaje. La buena ropa resta timidez, me dije, arrancando unos hilos finísimos del cuello. Brinda aplomo, seguridad en uno mismo.
 
Solo meses después me enteré de que este abrigo pertenecía a un destacado escritor cubano; Loquillo había entrado a su casa con el auxilio de una pata de cabra. El abrigo era el fruto de dos libros de cuentos y una novela, solemnizados por la policía política como “la Literatura que la Revolución necesita”. El autor fue recompensado con un viaje a los países socialistas, y bajo los famosos relojes de Praga decidió que los escritores también precisan de ropa de invierno, aunque estén condenados a vivir en el trópico. Nada puede objetarse a tal razonamiento, a no ser el miedo al robo. Pero al final los temores se imponen, y las pesadillas entran por la ventana, con la forma de un joven loco e irresponsable. Eso sí, un joven con cierta dosis de magnanimidad: yo era testigo de ello.
 
En el invierno siguiente me vi envuelto en una aventura amorosa, en los hondos pinares que rodean a Santiago de Cuba —para ser más exacto, en un bajío junto a la carretera del Morro. Era tarde en la noche y yo regresaba a pie con mi pareja de una fiesta en San Pedro del Mar. Apremiados de pronto por el deseo de estar juntos, tendimos el abrigo sobre la hierba húmeda. La memoria se aferra luego a escenas como esa, al brillo de las estrellas entre las ramas, al chasquido de las ramas bajo los cuerpos, al olor de las hojas dispersas en la tierra. Las hormigas invadieron la prenda viajera, sepultando con su diminuto escozor los vestigios de la ciudad de Praga. Horas después la luz del día devolvió al abrigo su forma original. Revestido de una aparente indiferencia, a la que contribuía el corte moderno de mi única posesión europea, abandoné Santiago esa misma noche: la mano que estreché con tibieza en el andén nunca más volvió a estar entre las mías.
 
Recuerdo que, en la estación de San Luis, a las dos de la mañana, el recogedor de boletos anunció que un tren se había descarrilado a pocos kilómetros; debíamos esperar a que la vía estuviera libre para continuar el viaje. La madrugada era fría. En un acto de ingenuidad, bajé a comprar algo de comer en una cafetería cercana: el mulato detrás del mostrador me aclaró que ni siquiera el agua era potable. Al cruzar de nuevo el andén, una mujer me preguntó mi nombre, con la sencillez de la gente de esa zona. Me dijo que yo le recordaba a su hermano menor, que cumplía su Servicio Militar al norte de la provincia. Era una mujer atractiva, sin ser hermosa, y me confesó que en sus treinta años de vida nunca había visitado La Habana. Yo le dije que no se había perdido nada del otro mundo, lo cual era cierto. Luego me enseñó una foto del hermano, un joven de ojos asustados que no se me parecía en lo absoluto. Pero no quise contradecirla. Terminamos besándonos con rapidez en el interior de un coche abandonado, que olía a orines rancios y a comida descompuesta. Sin embargo, a pesar de unos minutos de ardor inicial, el romance no llegó lejos: ella esperaba el tren para Guantánamo, y se mostraba inquieta y preocupada. Tampoco creo que yo le gustara demasiado; pensé que le había llamado la atención el abrigo, y esperé que me lo pidiera al despedirnos. Pero al fin no lo hizo. Nos dimos unos besos apresurados y torpes, que me dejaron un sabor extraño. Creo que se llamaba Rita, pero he olvidado por completo su cara.
 
Dos años más tarde, ya expulsado de la universidad, y convertido por obra y gracia de la circunstancia en obrero de un vivero forestal, es decir, un chapeador de potreros, un paleador de tierra —y lo que es más, en un profesional de la amargura y los tragos solitarios, lo que algunos llaman con simpatía o desprecio un caso perdido, un curda— me reponía con aguardiente de un día de trabajo, cuando tocaron con vigor a la puerta.
 
La figura del Loquillo me pareció un sueño pesado, un delirium tremens precoz, o un giro imprevisto de mi fantasía. Pasó un rato antes de que comprendiera sus palabras. Decía:
—Viejo, perdóname que te moleste a esta hora, me da una pena del carajo, pero vengo de Holguín, y me bajé aquí en Camagüey para pedirte el abrigo. Vaya, ya tú lo has disfrutado bastante, son más de cuatro años, y a mí me hace falta ahora. Me tengo que ir en el tren de las cinco de la mañana.
—Esto es increíble, Loquillo —empecé a decir, pero él me interrumpió de inmediato.
—Yo sé que fue un regalo, yo sé que es tuyo. Pero me hace falta para un birne, una envolvencia, va a ser nada más que por un par de meses, te lo juro. Yo te lo traigo cuando cuadre la caja. Es un negocio con Kico, el pajarito, tú lo conoces, el de Holguín...
—Está bien, Loquillo —le dije— no me expliques nada. Déjame buscarte el abrigo, y de paso te voy a acompañar a la estación.
—Viejo, tú eres completo, tú eres un tipo completo —me repitió como mil veces durante el camino.
 
Una neblina espesa cubría las calles adoquinadas. El calor del día ya se anunciaba por medio de aquel humo, entre el cual los faroles semejaban señales de otro mundo, o en el lenguaje de los campesinos, luces de Yara, parpadeando en el silencio de la ciudad vacía.
 
Ya en el andén pensé que el abrigo siempre estaría asociado en mis recuerdos a los trenes, al paso incesante de la juventud por los rieles, a las horas desplazadas a través de provincias, a paisajes entrevistos desde el aire cargado de los vagones. Un aire cargado de aliento, de cuerpos deseosos, de voces exasperadas —pero también de sencilla comedia, de trama inofensiva.
 
El Loquillo se lo puso en la escalerilla de hierro, sin dejar de mirarme; su cabello rubio resaltaba sobre el azul y negro del vinyl, un poco empercudido por el uso. Cuando el tren se puso en marcha me gritó:
 
—¡El año que viene te lo traigo!
 
Y así este abrigo se integró al destino incierto de los objetos, sobre los que tejemos, a veces de forma exagerada, el ropaje misterioso de la vida.



en Las sombras en la playa, 1992