29/11/22

Fiebre de Guevara, por Eliseo Diego





I


Una cosecha bibliográfica ha llegado al mercado del libro bajo el rostro del Che Guevara. Antes de comentar sus frutos, que no son pocos, es preciso sombrear un renglón que a ratos pasa inadvertido: resucitar en palabras la figura de Ernesto Guevara, repicar o acallar las campanas del epifonema, significa hablar de la Revolución cubana en la recta final del siglo xx. No hay de otra. Para un lector cubano (de la isla) el Che encarna y da espíritu al proyecto político de su vanguardia generacional, y con ella de mi estupendo pueblo. Hablar de ese tiempo rebelde, leer sobre esas utopías, implica para los cubanos una complicidad obligada, compartida, pues se trata de hacerle una autopsia crítica al proyecto de justicia social que el propio Guevara ayudó a conquistar hace cuarenta años en las montañas de la Sierra Maestra —y a construir desde aquellos primeros días de 1959, cuando fue recibido por una ciudad (La Habana) que él sólo había visitado en sueños, hasta el día de hoy, cuando sus huesos salen a flote y regresan a casa envueltos en la bandera de su patria adoptiva. Espectacular final para una vida tan austera. Tres décadas después de su muerte, el Che Guevara revive en los mares de la literatura. Esa aparición de náufrago lo incorpora a uno de los maleficios principales de la isla. Y es éste: los ciclos de nuestra historia se anudan cada treinta años con sospechosa exactitud. Treinta años demoraron nuestros patriotas en lograr la independencia de España. Ya instaurada la República a principios de siglo, estalla la Revolución del 30, «la que se fue a bolina». Treinta eneros después de aquellas jornadas incendiarias, triunfa la Revolución de Fidel, la primera con carácter socialista en el continente americano (nota: Fidel tenía entonces treinta y tres años de edad; el Che, treinta y uno), y treinta inviernos después de la victoria se desploma el bloque comunista como un ruinoso caserón. Treinta octubres tuvo que esperar el Che para volver a la pelea. Y para su fortuna, en su retorno literario aún sigue teniendo los mismos treinta y nueve años que cargaba sobre sus hombros la tarde en que le clavaron seis balas en el cuerpo. Ésa es la única ventaja de los muertos: no envejecen. Para los que éramos unos estudiantes de bachillerato cuando supimos de su solitario final en una escuelita sin pupitres de Bolivia, no deja de ser una sorpresa comprometedora la comprobación de que ahora somos más viejos que él.

 


II


Las dos figuras legendarias de la Revolución cubana, los comandantes Camilo Cienfuegos y Ernesto Guevara, compartieron en vida muchas hazañas. En medio de los combates, bajo el diluvio de las balas, se gritaban de trinchera a trinchera insultos cariñosos. El simpático habanero cantaba desde su parapeto: «Adiós, muchachos, compañeros de mi vida». El argentino le respondía con unos versos de León Felipe. Se querían. Esa insolencia siempre acababa por restarle dramatismo a los truenos de la guerra. La muerte, siempre en octubre, les permitió a ambos el romántico deseo de morirse jóvenes, sueño de todo héroe, y les concedió además la posibilidad de esfumarse sin la exigencia funeraria de tener cadáveres ni tumbas —lo cual a veces resulta una ventaja. Camilo desapareció en el agua o en el aire un odioso día de 1959, a los veintiocho años de edad. Eso dicen. Que el avión donde viajaba dejó de parpadear en los radares. Se lo tragó la tierra. El cielo. O el pantano de la Ciénaga de Zapata. ¿Un acto de magia negra? A falta de velorio, los cubanos le depositamos flores en el enorme panteón del mar, otoño tras otoño. Ernesto Guevara bautizó a uno de sus hijos con el bonito nombre de Camilo—y se fue a las selvas de África y a las sierras insoportables de Bolivia, un poco más solitario y mucho menos alegre porque ya no tenía con quien canturrear. Lo asesinaron un día de octubre de 1967. A pecho descubierto. En una mesa. Ante un pizarrón de escuela. Con los ojos abiertos. En su primera foto de muerto se le ve tranquilo, como descansado después de tanta bronca. Le cortaron las manos. Fueron los únicos huesos de su cuerpo que se guardaron en la historia oficial, porque el resto de la osamenta la sembraron en un pedazo de tierra, a cuatro metros de profundidad —no fuera a ser que resucitara al tercer día de entre los muertos. Los políticos les tienen pánico a los fantasmas. El Che acababa de cumplir treinta y nueve años. Estaba flaco. En la foto, las costillas le estiran la piel del torso. El esqueleto se infla bajo la carne. Los pómulos de la calavera le pican la cara. Por la mirada, desde el otro lado de la moneda que es la vida, queda claro que no se arrepintió de sus ideales.

 

Cuando era estudiante de medicina y practicaba autopsias en la morgue de la universidad (sus condiscípulos le decían El Pelao o El Furibundo Sema), Ernesto Guevara escribió en su poema «Autorretrato oscuro» estos versos premonitorios: «La ruta fue larga y muy grande la carga, / persiste en mí el aroma de pasos vagabundos, / y aún en el naufragio de mi ser subterráneo / —y a pesar de que se anuncian orillas salvadoras— / nado displicente contra la resaca, / conservando intacta la condición de náufrago». Diríase que los acaba de firmar hoy, en la ciudad de Santa Clara, destino final de sus restos, a la sombra de su propia estatua. Ahora resulta que lo encontraron donde mismo lo escondieron los que le temían. Lo volvemos a ver, después de treinta años. Ha llovido mucho. Dicen los antropólogos cubanos, laboriosos y leales, que los fémures son fosforescentes porque los barnices del formol tienen la virtud de ser pertinaces. La dentadura, perfecta, parece sonreír, no sin un gesto de ironía. Lo siento. A mí no me dice nada el hallazgo. Lo respeto, pero no me conmueve. Entiendo a sus amigos. Ellos lo despidieron cuando se fue a hacer la guerra sin ninguna posibilidad de triunfo. Ellos fundamentaron el mito, no así la leyenda porque las leyendas las soplan los pueblos en la hoguera de la historia. Comprendo a su viuda y a sus hijos, para quienes se acabó una pesadilla: ya podrán llevarle flores al mausoleo donde tal vez arda una llama eterna. Muchos podrán rezarle unos padrenuestros o pedirle un milagro de fin de siglo, con urgencia y fe. Falta que hacen. Pero una calavera jamás podrá tener treinta y nueve años, aunque la envuelvan en la bandera de la patria, porque en el lugar de los ojos inquietos siempre habrá un hueco profundo, una caverna vacía, y por más vueltas que se le dé al asunto, las estacas de las tibias, los escudos de los omóplatos, los metacarpos de los dedos, las vértebras de la columna y los cóndilos femorales de las rodillas son apenas unos hierros viejos, fragmentos dispersos de una armadura que alguna vez soportó la humana integridad de un caballero. Una tarde de lluvia, el poeta cubano Manuel Díaz Martínez escribió ante la fosa de Franz Kafka, en el cementerio judío de Praga («que es un bosque inventado por una primavera oscura») una advertencia que los vivos olvidamos muy a menudo: «Sepa usted que en este mundo toda tumba está vacía».

 


III


Cuatro títulos se destacan entre los muchos que inundan las mesas de novedades en todo el mundo: un conmovedor libro de testimonio, Memorias de un soldado cubano: Vida y muerte de la Revolución, del guerrillero Dariel Alarcón Ramírez, alias Benigno (Tusquets Editores, 354 págs.), y tres ensayos de convincente factura, Ernesto Guevara, también conocido como El Che, del incansable novelista Paco Ignacio Taibo II (Planeta, 860 págs.), Ernesto Che Guevara, del periodista francés Pierre Kalfon (Plaza & Janés, 674 págs.), y La vida en rojo: Una biografía del Che Guevara, del historiador mexicano Jorge Castañeda (Alfaguara, 557 págs.). En suma, dos mil cuatrocientos cuarenta y cinco folios, bien documentados, para estudiar los quince años que el Che Guevara dedicó a la tarea de invadir la historia. Otras tantas cuartillas se necesitaron para dejar por escrito los cuentos y leyendas de Las mil y una noches —con la clara diferencia de que, en los libros sobre el Che, los autores nos cuentan una misma leyenda: el calvario de un hombre consecuente.

 

Si un hipotético lector me pidiera consejo para ordenar una lectura hábil de estos cuatro libros, me atrevería a recomendar que empezara por los capítulos centrales de las Memorias de un soldado cubano, en especial aquellos que Benigno dedica a las experiencias internacionalistas, seguro que en esas páginas encontraría un retrato del Che escrito por un guerrero que, con el paso y el peso del tiempo, ha sabido perder sin derrotarse, como pedía Hemingway a sus personajes. Benigno pelea a brazo partido contra el tiburón de sus desilusiones, aunque sepa que al final de la batalla sólo va a quedar, trabado en el anzuelo, el espinazo de lo que fue un tesoro: su propio sueño. En París, donde pidió asilo, decide escribir sus memorias, de memoria, sin otro apoyo referencial que sus recuerdos. Hace un cuarto de siglo, tuve la suerte de conocer a Benigno, y aunque sólo conversé con él tres o cuatro tazas de café, el encuentro bastó para que se fijara en mi mente una imagen clara: aquel guajiro era un hombre que no sabía mentir. Preciso: no podía mentir. Le estaba demasiado agradecido a la vida. Y con razón. Había sobrevivido a decenas de combates con La Pelona, había escapado a feroces emboscadas del destino, había visto morir a compañeros entrañables, había dormido a la intemperie más de dos mil noches americanas y africanas, y a pesar de tanto pleito con la Historia aún le sobraba aliento para contarnos sus aventuras sin asomo de vanidad. Benigno es un testigo que tuvo la audacia (no sólo la oportunidad) de estar en el lugar y en el momento exactos del sacrificio generacional, sin reclamar después una onza de recompensa. Pero ojo: que no supiera mentir no significa que tuviese la verdad absoluta. Ni falta que le hacía: le bastaba con su pequeña y entrañable verdad. Cuando leí su amargo libro de memorias, donde se decide a confesarnos claves de una existencia dedicada por entero al ejercicio de la guerra (morir o matar), tuve la certeza que esta vez tampoco mentía. Si algo sabe Benigno es levantar la frente. El desencanto de este rebelde puede entenderse como prueba que para algunos la Revolución cubana ha acabado negándose a sí misma. De seguro hay muchos que piensan lo contrario. Tendrán sus razones. Benigno expone las suyas. El testimonio de un hombre no debe confundirse con la historia. En todo caso, una versión personal de los hechos nos permite completar el rompecabezas del pasado, por cierto, un mapa roto donde faltan a menudo piezas notables.

 

Los libros sobre el Che clavan agujas de acupuntura en puntos neurálgicos de su biografía política, sin descuidar los capítulos que documentan la infancia, juventud y formación militar en la guerrilla de la Sierra Maestra. La rosa náutica quedaría marcada por este escudo temático: Guevara, constructor del socialismo (su activa y crítica participación en el gobierno revolucionario); la conspiración de la izquierda (coincidencias y discrepancias con los partidos socialistas y las potencias comunistas en tiempos de la Guerra Fría); las cruzadas internacionalistas (la multiplicación del ejemplo vietnamita, su vía crucis en Bolivia); y la relación entre él y su jefe indiscutible, Fidel (el conflicto medular del drama). El libro de Benigno saca a la luz este oscuro misterio, pasaje que también intentan esclarecer Paco Ignacio, Pierre Kalfon y Jorge Castañeda, cada uno con sus mejores armas (la pluma del novelista, la lupa del reportero y el bisturí del historiador): ¿el Che fue abandonado, es decir, traicionado, por Fidel? Todos los caminos conducen a la Roma de esta pregunta imprudente. Responderla es tarea difícil porque cada biografía del Che estará parcialmente incompleta hasta que se escriba la de Fidel1 sin odios ni fervores desmedidos. Y esa biografía esclarecedora quizás necesite, después de la muerte física, de otros treinta largos años para que se disipe la neblina de una historia heroica, aunque confusa.

 

Si Paco Ignacio nos propone una lectura comentada y novelada de los textos del propio Guevara (diarios de campaña, cartas personales y relatos literarios), Pierre Kalfon se atreve a escribirnos un magnífico reportaje periodístico, impecablemente estructurado, con creciente tensión narrativa (en especial, la crónica de los días y noches en Bolivia), mientras Jorge Castañeda, entre tanto, prefiere arriesgar el juicio histórico y llega a conclusiones tan lúcidas que nos quitan el sueño, para que así, bien despiertos, no podamos dejar de pensar en un tema que sobrepasa las aventuras de una vida para abordar las venturas de una época. A veces me pregunto cuándo duerme el incansable Paco Ignacio. Admiro sus fiebres creativas, esa pasión sin límite por la palabra, y además le envidio su reconocida habilidad para el oficio: es un escritor veloz. Un contador. Un buen fabulador. Esas ansias quizás expliquen cierto descuido en la exposición del relato, como si prefiriese adelantar camino sin dejar muchas pistas o referencias con tal de llegar cuanto antes al punto deseado. Su propuesta resulta una auténtica locomotora, a toda máquina. Esa sensación de vértigo puede explicar el hecho de que algunos lectores abandonen la lectura sobre la marcha, o salten estaciones y tomen por atajos, buscando en el itinerario del libro los momentos que más les inquietan. La última página, sin embargo, me deja pensando: «En era de naufragio [el Che] es nuestro santo laico. [...] Irreverente, burlón, terco, moralmente terco, inolvidable». Lo único que me atrevería a cuestionar en esta sentencia es la imprecisa amplitud del pronombre «nuestro». Pierre Kalfon, por su parte, debe ser un hombre laborioso, un reportero con infinita paciencia. Para mí, el principal mérito de su libro es la calma, la inteligente exposición de puntos de vista diferentes que, lejos de imponer la marmórea contundencia de una lápida, invita al lector a que haga, ante el tribunal de la conciencia, su propio dictamen, absolutorio o no. La conclusión final, Guevara salvado por el Che, es de una moralidad casi cristiana.

 

El mexicano Jorge Castañeda es menos prudente que el francés. Bienvenida la audacia. De las tres biografías, tal vez sea ésta la que más inquiete a los guevaristas ortodoxos, y de seguro será la menos tolerable para los dogmáticos. Este rechazo no debe sorprender a nadie porque Castañeda se atreve a exponer tesis polémicas, avaladas por una investigación admirable, a fondo, sin miedo al debate. Es un excelente provocador. Un buscapleitos. Y aunque parezca una contracción, pienso que La vida en rojo es la biografía que hubiese preferido el Che, pues «destinado [...] a vivir la vida que soñó y a morir como deseaba», para decirlo con palabras de Castañeda, ¿no le habría complacido saber que, después de tantas conspiraciones, él también pudo estar en un error?

 

 

 

[1] El periodista francés Jean-Pierre Clere publicó la biografía Las cuatro estaciones de Fidel Castro (Editorial Aguilar). Otro libro que de alguna manera ofrece una imagen comprometida del líder de la Revolución cubana es, sin duda, Alina, la hija rebelde de Fidel Castro, de Alina Fernández (Editorial Grijalbo).

 

 

 

en Dos Cubalibres: Nadie quiere más a Cuba que yo, 2001

























31/10/22

Ojos blancos, por Mary Oliver





En invierno

    el canto se concentra en

         las copas de los árboles

             donde el pájaro-viento

 

con sus ojos blancos

     puja y empuja

         entre las ramas.

             Como cualquiera de nosotros

 

quiere dormir,

    pero está intranquilo

         tiene una idea

             y lentamente la revela

 

bajo sus alas batientes

    mientras permanezca despierto.

         Pero en su fuerte y repetitiva melodía, al fin y al cabo,

             jadea demasiado para continuar.

 

Entonces, se detiene.

    En la corona del pino

         prepara su nido,

             ha hecho todo lo que puede.

 

No sé el nombre de este pájaro,

    Solo imagino su pico reluciente

         Abrigado por un ala blanca

             mientras las nubes

 

que ha invocado

    del norte

         a quienes les ha enseñado

             a ser templadas y silenciosas

 

se engruesan y empiezan a caer

    en el mundo de abajo

         como las estrellas o las plumas

               de algún ave inimaginable

 

que nos ama,

    que ahora se ha dormido y silenciosa

         que se ha convertido, ella misma,

             en nieve

 

 

 

en Poetry, 2002

Traducción de Carlos Almonte




White-eyes

In winter / all the singing is in / the tops of the trees / where the wind-bird // with its white eyes / shoves and pushes / among the branches. / Like any of us // he wants to go to sleep, / but he's restless— / he has an idea, / and slowly it unfolds // from under his beating wings / as long as he stays awake. / But his big, round music, after all, / is too breathy to last. // So, it's over. / In the pine-crown / he makes his nest, / he's done all he can. // I don't know the name of this bird, / I only imagine his glittering beak / tucked in a white wing / while the clouds— // which he has summoned / from the north— / which he has taught / to be mild, and silent— // thicken, and begin to fall / into the world below / like stars, or the feathers / of some unimaginable bird // that loves us, / that is asleep now, and silent— / that has turned itself / into snow.


























24/10/22

Voces, por Reinaldo Arenas





      Nosotros vinimos por el aire

Nosotros vinimos por el mar

Nosotros llegamos amarrados a la cámara de un auto

Nosotros llegamos sujetos a la rueda de un avión

Nosotros salimos conjurando tiburones y guardacostas

Nosotros salimos taladrando un túnel en el aire

Nosotros salimos agarrados a la cola de un cometa

Nosotros llegamos a nado, vomitando la bilis,

soltando el bofe,

los huesos al sol, deshidratados,

descarnado el corazón.

 

      Sí, sin duda somos los más dichosos

            los afortunados.

 

Los demás yacen sin tiempo bajo el mar

o condenan nuestra fuga

mientras secreta y desesperadamente desean partir.



Nueva York, 1985

 

en Inferno. Poesía completa, 2001


























17/10/22

Lo que veo es la luz cayéndonos alrededor, por Carl Phillips





Haber entendido una pequeña parte del mundo

con mayor profundidad no significa necesariamente

que no estemos tan perdidos como antes, o eso parece

esta mañana, ciertas abejas alborotando entre las flores

de los cerezos, algunas aquí y allá con un alboroto diferente,

resistiendo, más que nada, la quietud... Si tuviera

que separar el grano de la paja de mis adicciones,

me quedaría, estoy seguro, con la más dura, el misterio,

aunque, justo ayer, un perfecto extraño

insistió tanto en que me encontraba familiar, que al final

decidí llevarle el amén y decir que nos conocíamos.

Respecto a su cuerpo, una musculatura al mismo tiempo extraña

y familiar con lo frágil que todo lo demás acerca de él, pensé,

sería, si yo pudiera mirar en su interior. ¿Cuál es la palabra

para ese tipo de soledad que se parece a nadar sin ayuda

por primera vez en una lengua extranjera?

 

 

Traducción de Cristián Gómez Olivares

 

 

en Yo solía decir tu nombre, 2019

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Originalmente en Wild is the wind, 2018

 

 

 

What I see is the light falling all around us

To have understood some small piece of the world / more deeply doesn’t have to mean we’re not as lost / as before, or so it seems this morning, random bees / stirring among the dogwood blossoms, a few here / and there stirring differently, somehow, more like / resisting stillness… Should it come to winnowing / my addictions, I’d hold on hardest, I’m pretty sure, / to mystery, though just yesterday, a perfect stranger / was so insistent that I looked familiar, it seemed / easter in the end to agree we must know each other. / To his body, a muscularity both at odds and at one / with how fragile everything else about him, I thought, / would be, if I could see inside. What’s the word / for the kind of loneliness that can feel like swimming / unassisted in a foreign language, for the very first time?


























10/10/22

Vega en la altura, por Hortensia Carrasco Santos





Miro la vega en lo alto

ajustándome al tiempo que no cesa

en el centro de la vega late un grito:

es el verde del Islam y de las viñas.

 

Tu memoria llora a recuerdo tendido

nadie deberá decirte pobre ni que solo estás

menos ahora que se agusana el pretérito

y que el presente sigue malcriando palabras.

 

Por eso verás aquí raíces petrificadas

y horas como sanguijuelas en mi rostro

y el verano tan violento

picoteando un “río de pájaros pintados”.

 

En tus ojos un niño contó tus otros niños

aprisionó un vocabulario con tono de frontera

buscó el regazo de una madre sin agujas

para descoser los labios de la niebla

y hablara entonces el hombre de los átomos de luz.

 

Montevideo es parte de un bullicio negro.

La triza de un mapa entre la tierra

donde el odio atranca una sonrisa

y detiene tu intención de dormir sobre tu sombra.

 

 

 

en Por eso escucho la lumbre, 2022

Bareidolia Records

























3/10/22

El colgado, por Jesús Negro





El colgado | es un poco raro | pero es que | no lo tengo claro | pero ya estoy aquí | y me dormí | en la clase del día | pero luego | me desperté | con un café | en la casa | de las salidas | del médico | de las llaves | de mi hogar. | Un poco raro | la verdad | pero no me da tiempo | de descansar | ni un poco. | Espera. | Más tranquilo, viejo | porque ya estoy | en la caja | de las pruebas | que tengo en el trabajo | que me quedé | dormido | de nuevo | hasta mañana | temprano | para ver cómo estás | y cómo vas a ir | al médico | y a las clases | de hoy | en adelante | a la semana siguiente | para que me puedas | mandar el mensaje | de último momento | de lo que se avecina | en la tirada | del Tao.

 

 

 

en Niño perdido, 2021


























26/9/22

Una tintura para toda mi tristeza, por Dámaris Cuevas





un nombre para la luna

una pecera para cada una de sus memory cards

un baúl con forro para mi estrés doloso

un verbo para cada visto

una lamida para la memoria pública

fuente de lamento

fuente que gorgotea,

después de la gracia,

el sonido más hermoso del Universo

sudar frío y cantar orco

llorar en seco

llorar en serio.

Me vale verga si tú ya no lloras

me vale verga si tu prioridad no es el amor

me vale verga y no es cierto

todo puñetas, cada vez tengo menos amigos

me quedé sin amantes.

Tengo miedo de la hipocresía

de los malos tratos en bucle

de tu envidia escondida en buenaondismo

eres hiel en emojis de corazón.

 

¿Cómo interpreto el silencio a mis preguntas

            en todas las burbujas del chat?

 

 

 

en Tortas locas con dedicación, 2022

Papas Fritas Editoraes

























12/9/22

Recortes de Flamenco, por Carlos Almonte





Tus contornos, el postrero alarde que acarició las madrugadas. He murmurado el epitafio, las palabras de un coro prolijo de dementes hacinados. No creo en la distancia y el tiempo; acariciar figuras de piedra, un terciopelo que vive. Acariciar la luz de un invierno que se extingue es acariciar una palabra que se extingue, por sí sola. Corres hacia orillas, te ahogas entre cientos de colores, en llanuras, miradas o espacios inasibles. Caricias y gritos y demolición de angustias imperfectas de caminos que no terminan de doler, de final y de distancias que refieren tu cuerpo frío y reluciente. Es la locura de los que cerraron sus alas como cascabeles de serpiente vegetal. Todo cae, lentamente, disgregándose en porciones. Atraviesa follajes inmensos y se desplaza hacia el encuentro, el absurdo encuentro de dos seres que, irremediablemente, se pierden en medio de la luz. Dios es un ojo, que en plena oscuridad observa un desierto hipnotizado de pirámides en flor. Duermo sobre el riel de una cabaña fresca, el áspero aire de la eterna planicie. Los helechos se adivinan detrás de cada roca, en aquellas oraciones que regresan del mar, de lo más profundo del mar. La copa es un contorno liberado, el clamor de emociones que regresan volcando la mirada, como una gaviota dejándose llevar por la brisa y la espuma.




en Flamenco es un sueño, 2008

Reorganización 23a, 2022


























6/9/22

De cuando me morí vuelto hacia el mar, por José Saramago





Dejé la laguna mediada la mañana, cuando ya el sol había limpiado todo el cielo. Sobre el agua, apenas agitada por los rápidos soplos de la brisa, no habían quedado vestigios de la niebla cerrada que, al amanecer, cubrió toda la superficie. Había valido la pena levantarse temprano y ver la niebla dispersándose sobre la laguna en copos sueltos, como si el sol, cuidadosamente, los fuera barriendo hasta que no quedó nada entre el agua y el cielo azul. Ordené mis cosas, me lo eché todo a cuestas y, descalzo, empecé una larguísima caminata playa adelante, entre el batir de las olas y la vaga panorámica de los cantiles rojos.

 

Se alzaba la marea, pero había extensiones de arena mojada y dura  por donde era fácil caminar. Calentaba el sol. Con la cabeza descubierta, el cuerpo un poco inclinado para equilibrar el peso de la mochila, andaba con paso firme, como era habitual en mí, procurando olvidar que las piernas me pertenecían, dejándolas vivir su vida propia, su movimiento mecánico.

 

Siempre me ha gustado caminar así, veinte o treinta kilómetros sin descanso, sólo un rápido trago en el chorro de una fuente, y !hala! Tampoco me detuve para almorzar, el sol que me había caído encima los días anteriores me había quitado el apetito, y me faltaba, sobre todo, paciencia para cocinar en la playa. Me limité a comerme dos naranjas que se deshacían de puro dulces. Mordía la monda con la pulpa y escupía lejos las pepitas, como un chiquillo feliz.

 

Cuando las correas de la mochila empezaron a cortarme la piel quemada, me quité la camisa, hice una almohadilla con ella, la acomodé en el hombro izquierdo y cargué el peso sobre él. De este modo seguí adelante, aliviado de dolores.

 

El sol ardía con más fuego. Lo sentía en la espalda como la palma de una mano abrasada, al tiempo que me empezaba a nacer una especie de adormecimiento en la nuca. El sudor erizaba allí la piel. Me acerqué hasta el rompiente de las olas y me refresqué la cara, los hombros y la nuca. Me eché, con la mano en cuenco, agua por la espalda. La mochila había aumentado de peso. La pasé hacia el hombro derecho y, en mi torpeza, la camisa cayó sobre la ardiente arena. Me quedé mirándola, como si nunca la hubiera visto, mientras las correas dejaban su marca en el hombro.

 

Llegué incluso a dar algunos pasos, pero me fue preciso un gran esfuerzo para entender que debía volver atrás y levantarla del suelo. Me notaba raro, como flotando en el aire, y esta sensación no me abandonó ni cuando me senté y me dejé caer de espaldas. Había dentro de mí una náusea que parecía mecerme y que me obligó a rodar hacia un lado. Me había estado dando el sol en los párpados cerrados; entre mis ojos y el cielo había una cortina rosada, el color delgado de la sangre que corría confusamente por mi cuerpo.

 

Rápidamente pasó por mí la idea de que estaba sintiendo los primeros efectos de una insolación. Inquieto, me levanté de golpe, me sacudí como un perro y reanudé la caminata. Entretanto, la marea me había empujado hacia un espacio de arena seca que vibraba bajo el calor. De arriba me llegaba el zumbido de millares de insectos enloquecidos por el sol. En las pausas del oleaje, el zumbido, áspero como un rechinar de sierra circular, me aturdía y acentuaba esa sensación de náusea que no me había abandonado.

 

Anduve así muchos kilómetros.

 

Me detuve varias veces y decidí por fin no dar un paso más, pero  pronto el ardor del sol me obligó a levantarme. Por el lado de los cantiles, ni una sombra. El sol quemaba ahora de frente, pero seguía horadándome la nuca. Perdí la conciencia de lo que me rodeaba.

 

Caminaba como un autómata, ya sin sudor, con la piel sequísima, excepto en las sienes, donde se formaban gruesas gotas que se deslizaban lentamente, viscosas, rostro abajo.

 

Toda la tarde la pasé así. Empezaba a ponerse el sol cuando llegué al pueblo que tendría que ser mi primera etapa. Allí podía comer algo, matar la sed y descansar a una sombra. Pero nada de esto hice. Me calcé como en un sueño, gimiendo con el dolor de mis pies quemados, y me lancé a la carretera que, en curvas continuadas, subía por los cantiles. Aún me detuve una vez, medio perdido, mirando desde lo alto el mar, que iba tomando un color oscuro. Seguí subiendo y me encontré fuera de la escalera, sin saber cómo, metiéndome entre las rocas hasta el borde  mismo del acantilado cortado en picos.

 

El suelo se inclinaba de manera peligrosa antes de hundirse en la vertical.

 

Fue allí donde decidí pasar la noche. Me acosté con los pies del lado del mar y del desastre, me enrollé en la manta y, ardiendo de fiebre, cerré los ojos. Me quedé dormido, y soñé. Cuando volví a abrir los ojos, el sol apuntaba en el horizonte. “¿Qué hago yo aquí?”, pregunté en voz alta. Y con un movimiento de pavor recogí mis cosas y volví al camino, huyendo.

 

Mientras andaba, iba pensando en que allí yo no era yo, que mi cuerpo se había quedado muerto contra el mar, en lo alto del acantilado, y que el mundo estaba todo lleno de sombras y confusión. La noche me sorprendió a la orilla del río, con una ciudad delante que no reconocía, como las torres amenazadoras de las pesadillas.

 

Todavía hoy, pasados tantos años, me pregunto qué parte de mí habrá quedado dispersa en la blancura de las arenas o inmovilizada en piedra en los cantiles cortados por el viento, aun sabiendo que no hay respuesta.




en Las maletas del viajero, 1986

























23/8/22

La playa al mediodía, por Bernardo Navia





para Alan Meller, 

con algo de Marini en el Liguria...

 

 

Julio se apresuró a extender la toalla en la playa. El sol de Viña del Mar calentaba rápidamente en Caleta Abarca y la arena le quemaba los pies. Después de tenderse de espaldas alzó la muñeca para mirar la hora. Era mediodía. "Las doce del mediodía en Chile continental", pensó casi absurdamente recordando la frase de algún meteorólogo. En efecto, el sol caía perpendicularmente sobre Caleta Abarca y Julio cerró los ojos para concentrarse mejor en lo que oía: algunos chiquillos corrían por la playa y chapoteaban decididos sobre las heladas aguas del Pacífico; una pareja madura, sentada cerca de él, comentaba las ultimas noticias sobre el acontecimiento del año en el país: el arresto en Londres del exdictador Pinochet; un poco más lejos otra pareja, esta vez de jovencitos, se besaba a mil kilómetros de los niños y del general. Julio se alegró de que aún fuera temprano y que la playa estuviera casi desierta. “Lo malo de las playas es la gente”, pensó mientras se incorporaba un tanto para encender un cigarrillo. Por sobre los agudos gritos de los chiquillos, por sobre el murmuro de la lectura que ejercía la pareja y aun por sobre el ruido espumoso del mar, Julio, tendido nuevamente y con los ojos cerrados, volvió a pensar en Teresa.

 

Era extraño que no hubiera querido acompañarlo. De sobra sabía ella la larga historia de persecución, tortura y exilio que rodeaba a Julio y a tantos como él. Fue precisamente en una reunión de exiliados chilenos en Chicago que se conocieron. Teresa acompañaba a Margaret (una incansable activista por los derechos humanos), aquel frío mediodía de enero cuando sus miradas se cruzaron. Al principio solo fueron las corteses frases de rigor, un par de nombres y un par de datos vagos. A Julio le pareció entender que Teresa había comprendido inmediatamente que Chile quedaba muy lejos y pertenecía a aquella inmensa parte desconocida del sur del continente, en donde la vida transcurría en un caos que lo arremolinaba todo: gentes, calles, edificios, lengua. A pesar de su vano esfuerzo por recordar alguna lección de geografía, no pudo identificar nada significativo del nombre de un país que le sonaba a salsa picante. A duras penas intentó articular algunas palabras en español. Julio, además de la amistad que la chica profesaba con Margaret, no logró identificar el motivo de Teresa por haber querido acompañar a la primera, precisamente a la reunión más importante de todas, de acuerdo con lo que le había comentado la propia Margaret minutos antes: el grupo de exiliados chilenos preparaba —algo de venganza y mucho de fantasía— una celada para el General. De modo que ahora, mientras Teresa medio sonrojada le sonreía a Julio, se esforzó por sentirse algo más cómoda y asintió con la cabeza un par de veces a los datos que escuchaba del sudamericano, aceptó intercambiar números telefónicos y, deseando auxilio, buscó con la mirada a Margaret, quien se ocupaba de recopilar datos acusatorios de suma importancia entre los presentes.

 

Días más tarde, y contra todo pronóstico, a Julio lo sorprendió gratamente la llamada de Teresa invitándole a tomar un café. Al exmirista le bastó un par de horas para darse cuenta de que Teresa había devorado cuanta información existía sobre la historia del golpe militar chileno, la conspiración política, nacional e internacional; la intromisión extranjera, la experiencia chilena en el contexto de la revolución latinoamericana; información sobre los exiliados, sobre las torturas, la tristeza, los sueños de justicia...

 

De modo que, tendido de espaldas sobre la arena, volvió a decirse que era extraño que Teresa no hubiera querido acompañarlo. Ahora que podía volver. Ahora que la prohibici6n para entrar a su país ya había sido levantada. Ahora que las cosas habían cambiado tan de pronto. Ahora que la pareja madura leía las noticias sin sospechar que Julio saboreaba —con alegría y dolor— cada palabra que les oía. Ahora que juntos podrían disfrutar de la tibieza del sol, incluso en pleno invierno. Ahora que recuperaba sus playas, su gente, sus calles. Ahora que el horror de las torturas y la cárcel parecía menguado frente a ese mar tan azul y tan blanco al mediodía.

 

La escena la reconoció inmediatamente. Era el mismo sueño estúpido que volvía a él una y otra vez. El coche se desplazaba a alta velocidad por la recta de asfalto congelado. La tormenta, proveniente del Ártico, lo congelaba todo con su ventisca de hielo y nieve. Blanda y silenciosa se instalaba la muerte —una muerte azul y blanca, tan azul y tan blanca— sobre el camino. Y él se sabía asustado; se veía sentado en el asiento delantero de su propio auto (un Audi 5000, "hecho para estos climas hostiles", le había insistido el vendedor con una astuta sonrisa), con la cabeza inclinada sobre el pecho, maniatado y con la vista vendada. Era absurdo, como todos los sueños, viajar en esa posición; asustado, se desesperaba y sin embargo no podía levantar la cabeza para ver quien era el conductor, ni mucho menos podía ver el camino.

 

La ola se estrelló contra la roca y a Julio lo alcanzaron algunas gotas frías. Estremeciéndose, abrió los ojos. El sol —ya francamente ardiente— le hirió las pupilas. Dando una profunda aspirada al aire salado miró a su alrededor. Habían llegado más bañistas. A su derecha, Julio se fijó en dos hombres, gordos y rubios, que hablaban casi a los gritos y en inglés. El sudor les corría a grandes gotas por los pliegues de su piel y a cada risotada que daban (el cuello de una botella de vodka Absolute asomaba por el bolso de playa de uno de ellos) la colorada papada les temblaba nerviosamente, como deben temblar las morsas cuando se ríen, pensó Julio casi con repugnancia. Encendió otro cigarrillo y dejando que el sonido del mar le llenara los oídos, volvió el rostro hacia la izquierda y descubrió a la muchacha sentada cerca de él.

 

Realmente no se parecían gran cosa. “Teresa es un poco más delgada”, pensó Julio, “además esta muchacha tiene el pelo más enrizado”. Pero casi enseguida sospechó que el parecido estaría entonces en otra cosa. Escondido detrás de sus gafas oscuras, Julio se dijo que las dos tenían algo en común en la mirada. Observó a la muchacha untándose el bronceador como despreocupada y, cosa curiosa, mientras el aceite le iba brillando en la piel, Julio notó que la chica no dejaba de mirar el mar. De alguna forma obstinada y lejos, miraba el mar. Inmóvil, impasible, con un duro rictus en la cara miraba el mar. Tan blanco y tan azul al mediodía. Antes de volver a cerrar los ojos Julio pensó que tal vez la muchacha buscaba así alguna escondida respuesta. Con la vista al frente, sin pestañear —a pesar de la claridad cegadora del mediodía— buscaba alguna salida, algún porqué.

 

Las últimas semanas habían sido de febril actividad. Primero fueron los rumores sobre un atentado a la vida del General. Datos vagos, confusiones, llamadas telefónicas, miedos y alegrías reprimidas. Desmentir y confirmar. Confirmar y desmentir. Después, la certeza creciente de que la trampa había resultado. Que el dictador, confiado, había abandonado el país. Que en Londres lo habían arrestado. Que él, claro, no podía creerlo, que se defendía alegando no se sabe qué inmunidad política que le proveía cierta misión secreta en la que andaba. Y vinieron los abrazos, el champán, la alegría desatada, los planes de retorno, las lágrimas, los abrazos y Teresa junto a él celebrando solidaria.

 

Tanto en tan poco tiempo. Los trámites del regreso, los recuerdos atormentados que volvían y los planes para un futuro más halagüeño, tantas emociones ponían su mano sobre Julio, quien —cansado sobre la arena, con la cabeza gacha— volvió a verse nuevamente en su propio coche. El viento helado zumbaba junto a las ventanas y Julio, siempre con la cabeza gacha, temblaba calculando la velocidad suicida. Ya sabía de memoria la escena. Ahora intentaría levantar la cabeza y se daría cuenta de que, efectivamente, llevaba las manos atadas y que una gasa le cubría los ojos. A pesar del terror, a pesar de la presencia casi física de la muerte sobre el camino y a pesar de tener la vista tapada, Julio se dijo que aquello era un sueño (la misma pesadilla de siempre) y que pronto despertaría.

 

Otra carcajada de uno de los gordos a su derecha le permitió, aliviado, entreabrir los ojos. Miró a su izquierda y se dijo que no tenía nada de extraño que Teresa también tuviera la mirada de esa muchacha. Es la forma de hermanarse entre ellas, pensó Julio, es el código secreto, la puerta primigenia entornada solo para ellas a su clan ancestral. Y él creía entenderlo. Allá, en las heladas cumbres de Los Andes —perseguidos por los militares— sus compañeros y él habían jurado una vez solidaridad y fidelidad al MIR hasta la muerte. Un pacto que resistió los golpes, la electricidad en los testículos y el largo viaje al exilio. La blanca luz de esa playa al mediodía, la inmovilidad casi hostil de aquella muchacha y el sonido del mar, avivaban los recuerdos de Julio. Estremeciéndose, venciendo el pesado cansancio que lo invadía, se incorporó para tomar sus cigarrillos. La yesca que encendió el tercer cigarrillo de ese mediodía llamó la atención de la muchacha que se volvió una fracción de segundo para mirarlo.

 

Cansado, acosado por pesadillas y planes para el futuro, sudoroso al mediodía, enceguecido por el resplandor del sol sobre la arena blanca, sobre el mar azul, a Julio no le sorprendió pensar que era la propia Teresa, mirándolo sin pestañear. Con una profunda mirada interrogante. Con la terrible mirada de odio que Julio (se había dormido de nuevo con el cigarrillo encendido entre los dedos) creyó adivinar en los ojos de Teresa. Y esta fase de la pesadilla era nueva. Siempre se despertaba justo una fracción de segundo antes. Justo al borde de descubrir el odio acumulado en los ojos de Teresa, quien era la conductora, y lo miraba fijo, sin pestañear, ajena al camino, ajena a la velocidad que le imprimía al Audi, ajena al resplandor enceguecedor del sol sobre la nieve, ajena a la muerte de cristal y hielo que zumbaba burlón junto a los oídos de Julio. Y él, en esta nueva fase de su sueño, se sabía con la vista parcialmente vendada con una gasa que no le impedía ver la recta congelada por donde el Audi se desplazaba a más de ciento veinte kilómetros por hora; un apósito que no le impedía ver los ojos repletos de odio de Teresa. Y antes de despertar alcanzó a pensar que tal vez las cosas en el sueño mejorarían un poco, puesto que ahora sí podía alzar la cabeza, aunque sus manos seguían atadas y que Teresa, a pesar de ir conduciendo el vehículo, se ocupaba más en no quitarle la vista de encima que en mirar la carretera de asfalto que hería como un cordón negro —como aquel otro, el de la tortura— la blancura enceguecedora de la nieve de Chicago.

 

Julio despertó con un breve brinco. Se llevó el cigarrillo —a medio consumir— a los labios y sonrió con una extraña mezcla de inquietud y alivio. La pesadilla, allá, era tan opresora, tan inmediata, tan física y sin embargo él estaba ahí, tendido sobre la arena de Caleta Abarca; bajo el sol quemante de Viña del Mar. Adormecido aún se enderezó para untarse bronceador: "el sol del mediodía es el peor para la piel. Quema a chicotazos", pensó. Miró a su alrededor. Ya habían llegado más bañistas a Caleta Abarca y Julio empezó a sentirse fastidiado. Molesto consigo mismo porque no podía ser que la gente en la playa lo molestara tanto, volvió nuevamente el rostro hacia la muchacha a su izquierda. Molesto además por las gotas de bronceador y sudor que le caían de la frente a los ojos, nublándole la vista, Julio volvió a pensar que no era el parecido físico lo que la acercaba, de algún modo, a Teresa (porque ella además tenía el pelo más oscuro), era otra cosa.

 

De pronto, como un estallido de luz y nieve, como un chispazo eléctrico —Julio se estremeció al pensar en ese símil— notó que era la inmovilidad. La muchacha no había cambiado de posición. Medio reclinada sobre su silla de playa, seguía obstinada en mirar el mar, como si su mirada tuviera el poder —oscuro y definitivo— de herir al agua y a la espuma. Teresa también se inmovilizaba muchas veces para clavar sus pupilas oscuras en las cosas y en él. Ni siquiera en él. Era como si ella viera a un Julio que temblaba muy dentro de él mismo. Al principio de su relación —cuando Julio no podía siquiera sospechar quien era la verdadera Teresa que se escondía detrás de aquellos ojos— y un poco por juego, un poco por miedo, Julio intentó algunas veces sostener esa penetrante mirada: dos pupilas como hielo y cuchillos —le había escrito alguna vez en algún poema de alcohol y bohemia—, pero no podía. Terminaba siempre con su mirada dolorida y empañada en lágrimas, viéndolo todo como a través de un cristal trizado, como se ven las cosas a través de un pedazo de hielo liso y puro. Como veía Julio el mar y a la muchacha ahora. Y era un poco Teresa misma empañada, y era Teresa a través de un cristal congelado con la vista clavada en el mar, blanco y azul. Y así de pronto, ¡paf! Teresa inmóvil, congelada, más allá —mucho más allá— de la vista empañada por el aceite y el sudor, más allá del frío repentino que sintió Julio y de la blancura del sol sobre la arena.

 

De modo que no le extrañó verse de pronto nuevamente dentro del Audi 5000. Con la misma velocidad con que el viento y el hielo se estrellaban contra el parabrisas del auto, Julio recordó de pronto en el sueño (¿es posible eso?) la violenta entrada de aquellos tres hombres a su departamento la noche anterior. Por detrás de sus abrigos negros, de sus gafas oscuras, de su silencio pétreo, Julio descubrió el rostro de Teresa que sonreía enigmática. Y, casi en seguida, los golpes brutales sobre su rostro, su espalda, sus genitales. Apenas tuvo un par de segundos para escuchar la voz de Teresa. Y era una voz extraña, nueva, articulada en perfecto español, que lo acusaba de comunista, “de comunista de mierda”. Una voz aterradora que lo condenaba al olvido. Y era absurdo, coma una pesadilla. Y era más absurdo aun no poder despertar. Sentir el sueño pegado a los ojos, como una venda, como sudor y aceite de broncear sobre el rostro. Pegajoso y físico. Como la quemadura de un cigarrillo sobre su mano. Y fue todo tan rápido, tan inmediato. Y sin embargo tan absurdo, tan lentamente absurdo. Las ruedas traseras del coche resbalaron sobre el hielo y Teresa perdió el control cuando las delanteras dieron con un montículo de nieve cristalizada. Y entonces fue todo nieve y blanco y cielo azul y sol casi blanco —que no calentaba nada, “puramente ornamental”, alcanzó a pensar Julio— y nieve y silencio y giros. Y el Audi 5000 esquivando a la muerte, girando enloquecido sobre el hielo y el silencio. Un espacio sagrado, extraño. Un segundo solo en la historia de los hombres, en donde no existe ni la vida ni la muerte. Un territorio de nadie, un reloj de silencio. Y de pronto un grito (Julio no supo nunca si suyo o de Teresa) y el silencio que se quebró como un cristal. Y la muerte que estalló en mil pedazos de hielo puro y una mano con dedos engarfiados que buscaban locos la vida; que buscaban despertar de aquella pesadilla infame y sin embargo entender, en el último segundo, que el sueño era Caleta Abarca, una playa en un mediodía al que nunca llegaría. Pero a la que, sin embargo, algo de él, obcecado y lejano como un sueño, había llegado, había logrado tenderse sobre la arena, había logrado enceguecerse con la otra blancura, con la del sol y la sal. Porque aquí era un cadáver retorcido entre los fierros y la sangre y la nieve y el hielo, en un mediodía lejano y hostil. Aquí apenas fue un segundo y de pronto, nada. Y allá, era Teresa tirada sobre la arena blanca, quieta y con la vista impertérrita, como de nieve y hielo, mirando obstinada el mar.




Inédito, 2003