Mostrando entradas con la etiqueta Filosofía. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Filosofía. Mostrar todas las entradas

18/12/23

Perder el tiempo, por Rodrigo Severin





Es una contradicción en los términos. Entre otras ra­zones, porque el tiempo no se crea ni se destruye, tal y como lo percibimos. Quizás hubo una creación, un big bang, pero ese no es el punto. Al menos no el punto de partida para estas vagas ideas, pues el tiempo “está dado”, constituye una dimensión que nos fija unos límites claros desde que sabemos que tenemos los días contados.

 

Ahora que mis momentos me llevan desorien­tado hacia la próxima estación, el próximo puerto o estadio, me replanteo el sentido de este viaje. ¿Será un corto episodio enfocado a la prosecución de utili­dades? ¿Será uno largo? ¿Voy conscientemente per­siguiendo un ocio infructífero? Más aun: ¿se puede calibrar la utilidad del ocio, si acaso la tiene? 

 

Proust, por ejemplo, enfrentó estos dilemas, imagino, cuando le llegó la hora de escribir su ilustrí­simo En busca del tiempo perdido, en sus últimos años, luego de haber vivido una vida disipada. La sola fac­tura de la obra maestra contradice la absurda acción que nos sugiere su título, la de buscar en los mean­dros de la nada los frágiles objetos de la conciencia y el inconsciente en los que se aventura la saga. 

 

Los artistas y los filósofos, en general, deben reestablecer mediante sus creaciones el desajuste que hay para las distintas calidades del uso que se da al tiempo. Corren el riesgo de quedarse entrampados en la nebulosa de este, que viene a ser el espacio pro­pio y la fuente de su creación, sin traer de vuelta al mundo la infinitud de ese presente que hubiesen po­dido cosechar y transfigurar en cuerpo estético. 

 

Este riesgo es por lo demás inevitable, porque es inherente al tiempo de ocio. El artista se construye desde allí; llega a ser el que es allí. Y quien no, es cualquier cosa menos artista. 

 

El ocio ha sido banalizado e irracionalmente negado en esta carrera cada vez más vertiginosa por la que transitamos. Y, sin embargo, hombre y artista narran su existir asentados desde el vacío que el ocio les concede. El tiempo se va, mas no se pierde; siem­pre se recupera, pues las acciones, por minúsculas que parezcan, por invisibles que se nos aparezcan, son el tejido sutil que da sentido al curso vital y al orden universal. La recuperación proactiva que ofi­cia el artista es una recuperación de segundo orden, ya que todo acto o pensamiento está de antemano redimido por la recuperación pasiva que opera infa­liblemente en todo viaje, cuando la existencia es todo y es lo único que realmente está en juego. 

 

Cuando dejamos este mundo, solo queda en nuestros compañeros de viaje una idea de quienes fuimos, una reserva en la memoria personal y en la colectiva. Este “dejo” dura una generación o dos hasta nuestros hijos, o tres hasta nuestros nietos, et­cétera. Y así, con el paso de las generaciones, ese re­cuerdo se va atenuando para difuminarse en la nada. Las pequeñas o grandes odiseas que protagonizamos quedan a resguardo en el lugar sin tiempo e informe que los antiguos llamaban Inferos. Los héroes pervi­ven más o menos, pero el pozo negro del tiempo, el cosmos de Chronos, se los devora.

 

 

 

en Cazando moscas: Obras casi completas, 2023

Boca Budi Books





















15/5/23

El rechazo, por Maurice Blanchot





En un determinado momento, frente a los acontecimientos públicos, sabemos que debemos rechazar. El rechazo es absoluto, categórico. No discute ni hace oír sus razones. En esto es silencioso y solitario, incluso cuando se afirma, como debe ser, a plena luz del día. Los hombres que rechazan y que están ligados por la fuerza del rechazo saben que aún no están juntos. El tiempo de la afirmación común les ha sido precisamente arrebatado. Lo que les queda es el irreductible rechazo, la amistad de ese No certero, inquebrantable, riguroso, que les mantiene unidos y solidarios.

 

El movimiento de rechazar es raro y difícil, aunque idéntico y el mismo en cada uno de nosotros desde el momento en que lo hemos captado. ¿Por qué difícil? Porque hay que rechazar no sólo lo peor, sino también una apariencia razonable, una solución que se diría feliz. En 1940, el rechazo no tuvo que ejercerse contra la fuerza invasora (no aceptarla caía por su propio peso), sino contra la posibilidad que el viejo hombre del armisticio, no sin buena fe ni justificaciones, creía poder representar. Dieciocho años después, la exigencia del rechazo no se ha producido a propósito de los acontecimientos del 13 de mayo (que se rechazaban por sí mismos), sino frente al poder que pretendía reconciliarnos honrosamente con ellos mediante la simple autoridad de un nombre.

 

Lo que rechazamos no carece de valor ni de importancia. Es precisamente por esto por lo que el rechazo es necesario. Hay una razón que ya no aceptaremos, hay una apariencia de cordura que nos produce horror, hay una oferta de acuerdo y de conciliación que ya no escucharemos. Una ruptura se ha producido. Se nos ha conducido hasta esa franqueza que ya no tolera la complicidad.

 

Cuando rechazamos, rechazamos por un movimiento sin desprecio, sin exaltación, y anónimo, en la medida de lo posible, pues el poder de rechazar no se realiza a partir de nosotros mismos, ni en nuestro solo nombre, sino a partir de un comienzo muy pobre que pertenece en primer lugar a quienes no pueden hablar. Se dirá que hoy es fácil rechazar, que el ejercicio de tal poder entraña pocos riesgos. Sin duda es cierto para la mayoría de nosotros. Creo, sin embargo, que rechazar no es nunca fácil y que debemos aprender a rechazar y a mantener intacto, mediante el rigor del pensamiento y la modestia de la expresión, el poder de rechazo que desde ahora cada una de nuestras afirmaciones debería verificar.

 

 

 

en Escritos políticos, 2010

























1/5/23

Política, por Macedonio Fernández





Política es dos cosas: actividades para el apoderamiento personal del poder social llamado público (es decir coercitivo), y modo y fines en el uso del poder público una vez conquistado.

 

El mayor bien, moral y material, del mayor número, el bien más extenso y duradero es el fin teórico y bueno del Gobierno; y en esencia ha sido efectivamente siempre, en la práctica, en la historia, la aspiración íntima de todos los gobiernos y gobernantes ya fuera su técnica de uso del poder la deliberación y el control de un Mitre o Washington o la tiranía de un Napoleón o Rosas, Urquiza, igualmente capaces y bien animados unos y otros. La técnica de adquisición del poder público es quizá de moralidad indiferente ya se use el procedimiento de la deliberación y el “programa”, ya el personal y de logia o camaradería, pero parece deber primar la apreciación de lo personal pues es por el instrumento de personas que los programas se cumplen o no se cumplen. La técnica de “programas” y la de “personas” son, igualmente, anchas al principio y angostas al final: ya se prometan realizaciones de ideas, ya cargos y colaboración en el gobierno, siempre el ofrecimiento es exagerado y el cumplimiento menor. Por esto parecería el mejor tipo de gobernante el del hombre sobresaliente buscado para gobernar sin haber hecho profesión de la política; pienso al contrario que esos hombres no sirven: el político de toda la vida es el mejor gobernante: una larga vida en vasta comunión con una vasta multitud de hombres es la que sirve para conocer y querer el mayor bien del mayor número.

 

El mayor y más duradero bien del mayor número puede ser realizado mejor en ciertos asuntos por la libertad o individualismo o iniciativa individual que por la coerción o gobierno. El desiderátum parece ser sustraer cada día una mayor región de las acciones humanas a la coerción-gobierno, y quizá sea preferible un mínimum de gobierno tiránico a un máximum de gobierno deliberativo.

 

Pero todo es circunstancial: mínimum o máximum de gobierno son el desiderátum alternativamente; lo fijo es el fin: máximum de bien. El fin del gobierno es solo importante en cuanto el gobierno sea necesario al fin de la humanidad: en muchas cosas hasta la existencia de gobierno es contraria al fin de humanidad y en muchas el gobierno es imprescindible al fin de humanidad. Todos los gobiernos que entraron en la presente guerra se hicieron inmediatamente tiranías espontánea y consensualmente. El gobierno personal de Wilson es una tiranía en toda intensidad, una tiranía completa, es decir en la técnica (que es la orden personal) y en la extensión, pues todos los fines humanos son hoy gobernados por Wilson: la comida, el sueño, el trabajo, el domicilio, todo puede ser materia de órdenes de Wilson: no me refiero a influencias indirectas, sino a órdenes directas. 

 

La actual guerra será pronto un Pasado de 4 años de más influencia que un Pasado de 100: nacida entre naciones más o menos liberales o demócratas fue conducida por gobiernos en tiranía y quizá termine por naciones en anarquía. De modo que al mal de destrucción e improducción de la guerra se acumularán los de destrucción e improducción de un estado de anarquía, y estas dos etapas acumuladas de mal tendrán que ser seguidas y reparadas por un estado humano de máximum de trabajo, de productividad del trabajo y mínimum de ocio, improducción, error y destrucción; la tiranía es el máximum de eficiencia con mínimum de desperdicio en deliberaciones, control y publicidad y debe suponerse que será característica de la política y el gobierno inmediatos a la Guerra y al caos social (mal llamado anarquía: esta es un ideal). La Guerra y el caos social llevarán a la humanidad a un máximum de pobreza y será función de las múltiples tiranías-gobiernos de las naciones un máximum de organización de la producción, de eliminación del ocio, de las ocupaciones de improducción (burocratismo, comercio, profesionalismo, política, deliberaciones, voto, periodismo, etc., en sus fuertes porcentajes de exceso).

 

Los políticos serán personalistas y tiránicos y los gobiernos también. Probablemente se aplicarán a: hacer trabajar a los ociosos, hacer trabajar más a los trabajadores, hacer que el trabajo sea de producción y no de destrucción o improducción, hacer la organización de la producción cuyo fin esencial es evitar las superproducciones de unos productos u otros. La superproducción es una especie de destrucción de trabajo, es una especie de improducción. Se aplicarán también los políticos a la distribución en justicia de los productos, a la justicia económica, pero la preocupación de producir primará sobre la de justicia de su apropiación; o quizá por un estado de profundo decaimiento y desconcierto se obsesionarán los pueblos con los problemas de “propiedad” y descuidarán la producción; se tendrán pocas cosas y mucha deliberación acerca de a quién pertenezcan.

 

Habría en este triste estado que tiranizar también en esto; cortar la discusión ético-social y obligar a la producción. Sea mejor o no la política de “personas” que la de “programas”, los suscritos, sin entender que deban detenerse en la composición de las ventajas de una u otra, y juzgando que la alternativa debe resolverse circunstancialmente, optan por rodear a la persona más apta que encuentran para la futura presidencia de la República, y sin que ello importe programa obligado adhieren al Gobierno productivista: gobernar solo en cuanto sea directa o indirectamente necesario para la mayor producción. Gobernar la moralidad o justicia económica de la apropiación de los productos… (Interrumpido. Al dorso hay una lista de 47 nombres de personas que se supone concordantes con las ideas o empeñables en alguna posible acción política).

 

1º Por efecto de dos sucesivas decepciones políticas del pueblo: socialismo y radicalismo, debido a la conducta personal de sus jefes en el éxito, conduciéndose como plutócratas aquellos en sus placeres (temporadas balnearias en Mar del Plata de Bunge, Bravo, Ibarlucea) y en su espíritu mercantil (viñedos, estancias, rascacielos) y evidenciando estos grandes apetitos, desaforadas rencillas infantiles y grandiosas frases insufribles, la indiferencia y repulsión por la política es la regla en el 95% de los sufragantes del país. Pero, en el pueblo, sufragantes y abstenidos, se ha pasado de aquella decepción a una inmensa nueva esperanza: el maximalismo, contra el cual sería imposible luchar si no fuera fácil la demostración (que nadie intenta científica y fríamente) de su inconsistencia económico-psicológica.

 

2º Hoy, en 1920, el 95% de los votantes del país no tienen convicción ni compromiso; aunque algunos lo tuvieran, faltándoles convicción están dispuestos a hacer poco caso de compromiso. Quieren “éxito” seguro del partido, a falta de grandeza de móviles del mismo. Además, el voto secreto permite hoy no incurrir en riesgo alguno (de pérdida de empleo o ulterior imposibilidad de empleos) a una persona que se afilie secretamente a un grupo que le convenza del éxito, continuando ostensiblemente como adherente de los actuales partidos. Esta doblez es la regla pues nadie por ello se siente inmoral, debido a que nada le presentan de moral que merezca lealtad. Es como la promesa hecha por un bandolero que os secuestra. Tenemos pues: que 200.000 votantes están sin compromisos y que una afiliación secreta nada les hace perder.

 

3º Por grande que sea la terquedad de muchos maximalistas (por envidia, venganza o indignación mal fundada) de desear la revolución maximalista sabiendo que su éxito durará poco y que a todos incluso ellos dañará económicamente (aparte de los sinceros que creen que el maximalismo es doctrina sólida y benéfica), sabiendo que los perjudicará siempre preferirán que la revolución, o cambio no violento, sea de efecto durable y de beneficio para todos.

 

4º La “Liga Patriótica” no es democrática ni es maximalista: para ser democrática tendría que circunscribirse a afirmar que combate al maximalismo por la causa de que estando en minoría quiere antes de llegar a ser mayoría, ejercer el gobierno. Yo sostengo que hoy la mayoría en todos los países (exceptuada hoy apenas, pero no mañana, la Argentina, y quizá Francia, por su embriaguez explicable, anhelada 50 años, de ver vencida a Alemania, felicidad profunda aunque pueril) es maximalista. Un pueblo y unos hombres que han empeñado la fe pública de ser demócratas, de acatar a las mayorías, son falsos a su palabra. En las democracias es indigno, es traidor, impedir que la mayoría gobierne: se le debe entregar el gobierno hidalgamente y combatir la idea con todo tesón y claridad, hasta convencer a una nueva mayoría: gobernar es el derecho de las mayorías, es la palabra empeñada: y hacerse mayoría (por persuasión) es el derecho de las minorías. La “Liga Patriótica” no es anti-máxima-lista porque defiende incondicionalmente, sin examen, sin análisis, al actual tipo de gobierno o de Estado, universal y en la Argentina, y ese tipo actual de gobierno es desde hace un siglo un maximalismo, porque usurpando funciones e iniciativas que competen al Individuo, que solo el Individuo puede desempeñar con ventaja para todos, constituye un máximum usurpante de Gobierno. Este maximalismo plutocrático (provisionalmente lo distingo así) ha invadido todas las esferas de la fecunda acción libre individual ocasionando forzosamente un empobrecimiento profundo de todos con apariencia de riqueza (que impresiona por la concentración del capital, y el lujo, y por el maquinismo imponente). Esta tiranía, de repúblicas y monarquías, de Ejecutivos y Parlamentos, tan empobrecedora de la “economía” y de la “psicología” de los individuos, es innegable que ha tenido el consenso de las mayorías reales de todos los países, pues todos los pueblos en todos los tiempos, excepto quizá el español, y, en sus buenas épocas, el inglés, quieren y desean el máximum de Gobierno.

 

 

 

en Teorías, 2019

























22/3/22

Decisiones fundamentales*, por Manfred Werder





Se trata de llegar a experimentar material y tiempo. Ambos son la verdadera condición básica. Podemos pensar en 4’33”de John Cage como una actualización de esta condición básica que disuelve el arte en la utopía de un modelo de sociedad. En una superficie social moldeada, este corto vacío definitivamente ha hecho de la realidad y nuestra relación con ella el objeto de nuestro trabajo. El trabajo se ha vuelto el modelo de lo social. El material de nuestro trabajo, por lo tanto, se muestra de manera fácil y a la vez muy compleja, puesto que contiene efectivamente todo lo que aparece en una actualización. Reconocemos, entonces, más claramente el material en el sentido de unas condiciones generales. Un aspecto central del trabajo es dejar abierta esta apertura solo mediante pocas decisiones; ni más ni menos, puesto que se inserta con cada decisión una perspectiva y una forma de leer. Es evidente que todo lo que pensamos y tocamos ya contiene algo prescrito y pre-decidido, sin embargo, necesitamos empezar en alguna parte. Vemos claramente el alcance de las decisiones, pues, ¿en dónde marcamos el límite entre lo pre-decidido y las verdaderas decisiones? Aclaremos el material. Pensamos —por no empezar ya con el oxígeno— en la luz, en la naturaleza y en los seres humanos, su omnipresente sonar en el mundo, la arquitectura en tanto las divisiones en el espacio físico, los instrumentos, los sonidos. Trabajamos, pues, preferentemente con la luz natural y con una arquitectura que no nos priva de lo exterior convirtiéndolo en algo perturbante y hostil, porque sabemos bien que las decisiones sobre la luz y el espacio pertenecen, verdaderamente, al plano de la composición; sabemos también que ya han alterado fundamentalmente nuestras reflexiones. Las decisiones necesitan, entonces, mutuamente y en un equilibrio actualizado permanentemente, comentarse y a la vez disolverse. Hablan siempre de las condiciones de la actualización, de las suyas y a la vez de las generales, así como marcan en este mismo instante solamente el tiempo para experimentar mediante dos puntos leves, un comienzo y un fin. El trabajo, finalmente, es el intento de interpretación de lo que al llegar encontramos. Ponemos las intervenciones más mínimas, in situ, es decir, en el mundo —intervenciones que no ponen en este lugar algo nuevo o privado, sino que meramente indican nuestra ligazón fundamental con este mundo.




* El texto forma parte del programa para el concierto realizado el martes 18 de diciembre de 2001 en Saint Cyprians Church, Londres, junto a Tania Chen, Michael Parsons, Rhodri Davies, Simon Allen y David Ryan. En esa ocasión se ejecutaron concurrentemente las obras Triad, de Cornelius Cardew, August 2001, de M. Parsons, For 1, 2, or 3 people, de Christian Wolff y for one or a few performers, de Manfred Werder.





















 




16/7/21

La Habana para los fieles difunta, por Guillermo Cabrera Infante





Un dicho dice: «La Habana, quien no la ve no la ama». Pero, ¿y ahora? Un libro titulado La Habana hace dudar al lector. Esa duda es de un habanero que ha hecho de La Habana un genius loci y la materia de que están hechos sus sueños —y sus pesadillas. ¿Pero qué pasaría si alguien viniera y fotografiara Madrid, o Barcelona, o Sevilla, y retratara las Ramblas y el paseo de Gracia, o la Gran Vía, o todavía la Giralda, su torre sola, y no hubiera nadie en las calles, ni en los rincones, ni ante un portón, o detrás de una reja, ni una mano sobre un llamador vistoso: no se viera a nadie, a nadie? Las ciudades estarían desiertas porque no hay una sola visión urbana que incluya a los que hacen las ciudades aparte de los edificios, sus habitantes. Se pensaría en un cataclismo, en la consecuencia de una guerra de bacterias o un bombardeo con bombas limpias. O tal vez como una ciudad medieval diezmada por la peste. Nadie creería, claro, que esa ciudad se ha convertido en un museo. La Habana, según La Habana, fotografiada por Manuel Méndez, es una colección de palacios, palacetes, edificios, casas y calles donde no se ve a nadie (excepto por una modesta modelito que acentúa la soledad), porque allí, simplemente, no vive nadie.
 
La explicación es más siniestra que las hipótesis que el libro, bellamente impreso, propone al lector. Al menos lo plantea a este lector, testigo de una apoteosis como antes fue vecino de La Habana real, al que sin duda estas fotos (por primera vez no se retoca el negativo, sino el sujeto fotografiado con maquillaje de teatro), este libro, trata de eliminar. Un testimonio es siempre una verdad con documentos, y es siempre peligroso.
 
En Tener y no tener, la novela de Ernest Hemingway de 1937, La Habana es La Habana de los primeros años treinta, es decir, lo que luego se llamó La Habana Vieja. Tener y no tener comienza con la famosa frase: «¿Ya sabe usted lo que es La Habana temprano en la mañana?». Pero Hemingway sabe evocar La Habana como una luminescencia: «Mirando hacia atrás podía ver a La Habana que se veía luminosa al sol... Dejé detrás El Morro al poco rato y luego el Hotel Nacional, y finalmente no se veía más que el domo del Capitolio..., que a lo lejos se erguía blanco desde el filo del mar... Podía ver la luz de El Morro a barlovento y el fulgor de La Habana».
 
Un casi contemporáneo de Hemingway, el escritor Joseph Hergesheimer, escribe así en las primeras páginas de su San Cristóbal de La Habana: «Hay ciertas ciudades, extrañas a primera vista, que quedan más cerca del corazón que del hogar... Acercándome a La Habana temprano en la mañana..., mirando el color verde plata de la isla que se alza desde el mar, tuve la premonición de que lo que iba a ver sería de singular importancia para mí».
 
Ese clamor era perceptible, como lo oye Hergesheimer, en La Habana Vieja, donde todo era bullicio, tropel humano, ruido de gentes. Virgilio Piñera, uno de los grandes escritores cubanos, se ocupa de esa Habana con una fidelidad que está muy lejos de los panegiristas del silencio que anuncian este libro, estas fotos. Dice Virgilio, conduciéndonos por lo que Lezama Lima llamó Paradiso: «La Habana parece ser estimulante. Al menos en esto están de acuerdo los viajeros que se han venido sucediendo desde el siglo XVII. ¿Y estimulante en qué sentido? Pues en el sentido de los sentidos: juntos los cinco en una ronda frenética. La Habana es altamente apta para gustarla, verla, oírla, tocarla y olfatearla».
 
Estas hermosas páginas están escritas a fines de 1959. Cualquier lector sería capaz de leer las líneas lúcidas de Piñera y encontrar un arte para la premonición en frases como «mercado de esclavos» o «la plaza... sigue respirando pasado». Pero, en su presente, el tumulto es un tropel de habaneros y habaneras que iban a Muralla a comprar telas en sus muchas retacerías.
 
Podríamos regresar en el tiempo al siglo XVI, cuando ya La Habana era la capital de la isla. Pero es preferible el aprecio de los extraños.
 
Dice uno de los prologuistas prolijos de este libro (por demás de una belleza a la vez exótica y española, gracias solamente al extraordinario fotógrafo Manuel Méndez Guerrero, que sabe y muestra cuánto tiene La Habana de Sevilla, de Cádiz y de toda Andalucía), hablando de La Habana Vieja como un trasto antiguo: «Pero era un sector olvidado, oculto tras el ruidoso tráfico de las avenidas perimetrales». ¿Cuáles eran? ¿Cuáles son? El prologuista no dice, sino que afirma, que «el comercio de lujo abandonaba sus calles... La más importante tarea de preservarla era una actitud de minorías intelectuales». Y ya se sabe qué ocurre a esas minorías, entre las que me conté un día, en un régimen totalitario. Pero aparece en el episodio doce: «El triunfo de la Revolución abrió prometedoras perspectivas para la conservación del mismo».
 
El prologuista miente. La Habana Vieja estaba cruzada por vías de autobuses, y antes de tranvías, en cuatro calles estrechas pero cruciales. Se abría al fondo (o a su nacimiento) al malecón, a la Alameda de Paula y a la bahía de La Habana. Arriba, donde empezaba o terminaba, estaba la avenida de Bélgica, también llamada calle Egido o Monserrate. Paralela a Monserrate, exactamente detrás del paseo del Prado y del Capitolio, estaba la calle Zulueta. En su número 408, un solar o falansterio, viví yo desde julio de 1941 hasta abril de 1951. Estas calles y esta Habana debí conocerlas bien. Mucho mejor, en todo caso, que los que ahora tratan de conservar lo que antes han destruido.
 
Entre 1941 y 1951 hubo una sola modificación radical, señalada por el domo del Capitolio (del que habla Hemingway), y su explanada de granito y asfalto, y el nuevo paseo del Prado, que es una de las alamedas más bellas de América. La Zanja de Albañal se convirtió en la calle Zanja, corazón del barrio chino (otro de los grandes contingentes raciales que dieron a La Habana su acento de metrópoli; como los judíos, los chinos emigraron en masa después de la Revolución), y frente al Capitolio, en sus cafés al aire libre (de veras), orquestas femeninas tocaban boleros hasta el fin de la noche. En la madrugada, las luces del paseo eran otro amanecer.
 
El Che Guevara, que no vio La Habana hasta el 3 de enero de 1959, cuando vino de la sierra como un argentino barbudo y emboinado, y embutido en un uniforme verdeoliva demasiado grande para su cuerpo asmático (una de las bromas de entonces quería que fuera un uniforme desechado por Fidel Castro), odió la ciudad desde la primera noche, y declaró a La Habana una colaboracionista detestable. Pero a Fidel Castro, antiguo noctámbulo como una pistola anónima, se le veía ahora, que era célebre como César venido de las Galias, en todas partes de la noche: en los centros nocturnos, en restaurantes como la esquina de Doce y Veintitrés, donde era posible cenar y desayunar al mismo tiempo. La Habana fue siempre una ciudad apacible a pesar de las guerras de pandillas antes de Batista y de la represión batistiana. No era habitual ver un asalto, un robo o un hurto. Los cacos, como en todas partes, eran amigos de lo ajeno, pero se hacían escasos en lo que Lezama Lima llamó la apoteosis poética: «Noche insular, jardines invisibles».
 
Alejo Carpentier, conocedor de varias y sucesivas Habanas, tiene un cuento titulado «Viaje a la semilla» (la semilla es otro tiempo, otras épocas), en que un viejo negro reconstruye, por medio de la magia, unas ruinas de entre los escombros de una mansión colonial. La trama de «Viaje a la semilla», la única obra maestra de Carpentier escrita en Cuba, es en parte la demolición de una casa añorada. Carpentier es el autor de la frase: «La Habana es una ciudad enferma de columnas». La Habana nunca intuyó que se preparaba para su aniquilamiento una quinta columna.
 
La destrucción de La Habana durante los treinta años del castrato ha sido chapucera. Castro no odiará La Habana como Guevara, pero las necesidades creadas por su Gobierno y el oportunismo con que se resolvieron apenas estos problemas han sido más visibles en La Habana. La excusa es que la Revolución (si se quiere, con mayúscula) atendió al campo para compensar la prepotencia habanera.
 
Veamos si no, lo que declara el que fue alcalde la La Habana en los últimos diez años. Dice un reportaje reciente de la agencia Efe: «Admite el propio alcalde de La Habana que la Revolución fue implacable con la ciudad». Ese exalcalde, ahora embajador ante el Reino Unido, Óscar Fernández Mell, miembro de las Fuerzas Armadas como casi todos los viejos burócratas en Cuba, declara que la ciudad recibió «los embates de la justicia revolucionaria». Es decir, el régimen de Castro condenó a muerte a su capital. Dice el reportero español: «Un paseo por muchas de las calles y plazas habaneras muestra que la justicia revolucionaria fue implacable con una de las ciudades más bellas del mundo». A Fidel Castro, por supuesto, estas ruinas lo encontraron soberbio, mientras su teniente Fernández Mell menciona que el crimen de La Habana fue ser «una ciudad desarrollada (sic). En el 59, probablemente una de las ciudades más desarrolladas de América Latina; su nivel de vida estaba en contraposición del nivel de vida del resto del país».
 
Lo que por cierto se puede decir de Londres, París, Roma, New York y Madrid. Cuba era «un país subdesarrollado con una capital supuestamente desarrollada». Según Mell, «los planes» supuestos del Gobierno de Batista «eran convertirla en Las Vegas del Caribe». Esta es una inferencia que cogerá de sorpresa a la mayor parte de los cubanos que vivieron en el esplendor de La Habana. «El malecón —nos informa Mell, médico y no arquitecto— iba a estar lleno de hoteles y casinos, y La Habana Vieja iba a desaparecer». Mell, mal mentiroso, no puede decir que La Habana Vieja desapareció precisamente bajo el Gobierno de Fidel Castro. Mell no dice cómo las calles más elegantes de La Habana Vieja —Obispo y O'Reilly— fueron entregadas a algo peor que la demolición y el tiempo. Obispo era la calle de las librerías de La Habana, O'Reilly era calle de bancos y oficinas comerciales. Las librerías fueron censuradas primero y luego suprimidas al tomar el Gobierno el control del libro (editado, importado, vendido), y en su lugar se hicieron cobachas para que habaneros humildes las habitaran. Anda por ahí todavía un documental de la BBC en que se muestran las antiguas librerías con las vitrinas cubiertas de tablas, las cortinas metálicas corridas y en el centro hay un hueco obsceno que es la puerta de esta «vivienda popular».
 
En cuanto a los edificios descascarados y las fachadas sin pintar durante decenios, Mell alcalde tiene una explicación atinada: «La pintura —nos revela— viene en general del área capitalista». Es obvio que la moraleja de esta feble fábula es que la conservación de La Habana está más allá del bien y del Mell. Será por eso que Castro le ha premiado con el cargo de embajador en Inglaterra. En Londres, una ciudad apenas más vieja que La Habana (fue destruida por un incendio en 1666), encontrará que las paredes, en lucha incierta con el moho, la humedad y el frío más pertinaces, están sin embargo siempre recién pintadas, reparadas y sostenidas más por andamios que por la tradición. Obviamente, el capitalismo no sólo construye ciudades como La Habana, sino que las conserva.
 
La Habana era una reducción poética de Cuba, una metáfora. Nerón hizo incendiar Roma para reconstruirla. Castro, casi César, convirtió La Habana en una ruina que ahora restaura. El proyecto de Nerón era grandioso; los propósitos de Castro, miserables.
 
Hace siglos, hablando de Roma, escribió Horacio: «Las ruinas me encontrarán impávido». Ahora, la restauración de las ruinas no me conmueve. Tiene, como en todo Cuba, un propósito de propaganda. La Habana del libro titulado La Habana no es mi Habana. En vez de una ciudad prodigiosa es un doble a través del espejo, restaurada ruina, ciudad de pesadilla. La Habana Vieja, en fotografías a todo color, es una puta pintada. No puede haber fin más triste, en el laconismo de una ciudad que era locuaz, hablantina, la patria de los hablaneros. Los lacónicos la habitan ahora y La Habana ha devenido una ciudad fantasma para turistas torpes. Su encanto no es la vida, sino los colorines de un pájaro disecado: loro, papagayo.
 
La restauración, nos anuncian los prologuistas de La Habana, se completa con luz de gas. «Exactamente como hace 150 años», revela uno de los restauradores, hablando del gas como una invención contemporánea. Lamento que la restauración de «La Habana», desde ahora entre comillas, no sea de veras completa para ver en el Palacio del Segundo Cabo a una autoridad militar española otra vez y en el Palacio de Gobierno, frente a la plaza de Armas, vivirá de nuevo el teniente general, y mientras la jerarquía eclesiástica española bendeciría a los fieles cubanos desde la catedral, en la plaza Vieja, vuelta a ser plaza de San Juan de Dios, habría un lucrativo mercado de esclavos.
 
Los negreros no tendrían, como Pedro Blanco, que aventurarse hasta el África en incómoda travesía y podrían encontrar esta «Habana», regida por una máquina del tiempo irreversible, los negros suficientes: esclavos garañones, negras paridoras y mulatas como las ha visto todavía hace poco un periodista español, complacientes, numerosas y poseedoras todas de una erotizante esteatopigia. Esta «Habana» no sería un lujurioso burdel o un bullicioso casino, sino un vasto mercado de esclavos. Es un viaje a la mala semilla.



18 de enero de 1988

en Mea Cuba, 1993











12/5/21

En las raíces del vacío, por Emil Cioran





Selección
 
 
*
Creo en la salvación de la humanidad, en el porvenir del cianuro...


*
¿Superará el hombre algún día el golpe mortal que le ha dado a la vida?


*
Sólo los espíritus agrietados poseen aberturas sobre el más allá.


*
Debemos reconsiderarlo todo, hasta los sollozos...


*
El insomnio es la única forma de heroísmo compatible con la cama.


*
Quien no vea la muerte de color rosa, padece daltonismo del corazón.


*
¡Cuánto me gustaría ser una planta, aunque tuviera que velar a un excremento!


*
Todo se vuelve contra nuestras ideas, a comenzar por nuestro cerebro.


*
Un espermatozoide es un bandido en estado puro.


*
El Desengaño debe remontarse a las eras geológicas: quizás los dinosaurios sucumbieron a él...


*
Apenas adolescente, la perspectiva de la muerte me horrorizaba; para huir de ella corría al burdel o invocaba a los ángeles. Pero con la edad nos acostumbramos a nuestros propios terrores, no hacemos nada por quitárnoslos de encima, nos aburguesamos en el Abismo. Y si hubo un tiempo en que envidiaba a esos monjes de Egipto que cavaban sus tumbas para llorar sobre ellas, si cavara ahora yo la mía, sería para no arrojar más que colillas.



París, 1952

en Silogismos de la amargura, 1990
Traducción de Rafael Panizo