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18/12/23

Perder el tiempo, por Rodrigo Severin





Es una contradicción en los términos. Entre otras ra­zones, porque el tiempo no se crea ni se destruye, tal y como lo percibimos. Quizás hubo una creación, un big bang, pero ese no es el punto. Al menos no el punto de partida para estas vagas ideas, pues el tiempo “está dado”, constituye una dimensión que nos fija unos límites claros desde que sabemos que tenemos los días contados.

 

Ahora que mis momentos me llevan desorien­tado hacia la próxima estación, el próximo puerto o estadio, me replanteo el sentido de este viaje. ¿Será un corto episodio enfocado a la prosecución de utili­dades? ¿Será uno largo? ¿Voy conscientemente per­siguiendo un ocio infructífero? Más aun: ¿se puede calibrar la utilidad del ocio, si acaso la tiene? 

 

Proust, por ejemplo, enfrentó estos dilemas, imagino, cuando le llegó la hora de escribir su ilustrí­simo En busca del tiempo perdido, en sus últimos años, luego de haber vivido una vida disipada. La sola fac­tura de la obra maestra contradice la absurda acción que nos sugiere su título, la de buscar en los mean­dros de la nada los frágiles objetos de la conciencia y el inconsciente en los que se aventura la saga. 

 

Los artistas y los filósofos, en general, deben reestablecer mediante sus creaciones el desajuste que hay para las distintas calidades del uso que se da al tiempo. Corren el riesgo de quedarse entrampados en la nebulosa de este, que viene a ser el espacio pro­pio y la fuente de su creación, sin traer de vuelta al mundo la infinitud de ese presente que hubiesen po­dido cosechar y transfigurar en cuerpo estético. 

 

Este riesgo es por lo demás inevitable, porque es inherente al tiempo de ocio. El artista se construye desde allí; llega a ser el que es allí. Y quien no, es cualquier cosa menos artista. 

 

El ocio ha sido banalizado e irracionalmente negado en esta carrera cada vez más vertiginosa por la que transitamos. Y, sin embargo, hombre y artista narran su existir asentados desde el vacío que el ocio les concede. El tiempo se va, mas no se pierde; siem­pre se recupera, pues las acciones, por minúsculas que parezcan, por invisibles que se nos aparezcan, son el tejido sutil que da sentido al curso vital y al orden universal. La recuperación proactiva que ofi­cia el artista es una recuperación de segundo orden, ya que todo acto o pensamiento está de antemano redimido por la recuperación pasiva que opera infa­liblemente en todo viaje, cuando la existencia es todo y es lo único que realmente está en juego. 

 

Cuando dejamos este mundo, solo queda en nuestros compañeros de viaje una idea de quienes fuimos, una reserva en la memoria personal y en la colectiva. Este “dejo” dura una generación o dos hasta nuestros hijos, o tres hasta nuestros nietos, et­cétera. Y así, con el paso de las generaciones, ese re­cuerdo se va atenuando para difuminarse en la nada. Las pequeñas o grandes odiseas que protagonizamos quedan a resguardo en el lugar sin tiempo e informe que los antiguos llamaban Inferos. Los héroes pervi­ven más o menos, pero el pozo negro del tiempo, el cosmos de Chronos, se los devora.

 

 

 

en Cazando moscas: Obras casi completas, 2023

Boca Budi Books





















21/8/23

El fin del mundo, por António Lobo Antunes





Esto puede haber acabado, pero no soy tan tonto como para ponerme a llorar delante de ti. Por el contrario: me presento con una sonrisa como si nada, me siento a la mesa, me pongo la servilleta al cuello para no salpicarme la camisa (mi madre, pobre, que ya ve mal, las pasa moradas con las manchas) digo:

 

–Buenas noches, Manuela y tomo la sopa hasta el final, hablando de esto y de lo de más allá, sin dar a entender que estoy triste, que tengo un nudo en la garganta, que siento mi vida destrozada porque te juro que no soy tan tonto como para ponerme a llorar delante de ti. Tú te levantas, me quitas la cuchara, pones mi plato encima del tuyo, traes el arroz con conejo de la cocina y yo abriendo una botella de cerveza que a veces siempre ayuda un poco a disipar la tristeza y el nudo en la garganta y mientras me sirvo arroz me quedo a la espera de que me hables de Carlos.

 

En el fondo puede ser que la culpa sea mía por postergar constantemente la boda contigo, venir aquí los lunes y los jueves e irme a la una de la mañana con la disculpa de que mi vieja me necesita, que con la edad deja la puerta abierta y se olvida del gas, que soy hijo único y solo me tiene a mí, cuando la verdad es que los compromisos me asustan, me asusta la idea de que quieras tener hijos (no se me dan bien los niños) y con tantas disculpas y tantas postergaciones era más que seguro que acabarías cansándote y si no hubiese sido Carlos habría sido otro, Carlos por lo menos es un muchacho sosegado, le gustas, su madre es quince años más joven que la mía y tiene una salud de hierro y una mujer no puede pasarse toda la vida a la espera de que un fulano se decida, pasarse la mayor parte de las noches sin compañía viendo videos en el televisor, a una mujer le hace falta compañía, conversar, un hombre al que atender y yo no sirvo para eso, Manuela, me paso la noche mirando el reloj con miedo a perder el barco, me despido deprisa con un beso en la frente, telefoneo rápidamente desde el trabajo hasta que la semana pasada me dijiste –Tengo que hablar sin falta contigo y yo entendí que me querías aclarar que Carlos estaba dispuesto a darte lo que yo nunca te he dado, que no iba con tu manera de ser quedarte sola, ir sola a la playa, ir sola al cine, aguantar las anginas sin nadie al lado, oigo mi voz –El arroz con conejo está buenísimo harto de saber que no era eso lo que querías oír, harto de saber que lo que querías oír era –Quiero casarme contigo, olvida a Carlos pero no puedo, no soy capaz, me gustas y no obstante no me veo, ¿entiendes?, viviendo contigo, el amor es una cosa tan extraña, Manuela, te aseguro que siento amor por ti, te aseguro que me encantaría tomarte de la mano –Quiero casarme contigo, olvida a Carlos y las palabras no salen, tú a la espera y las palabras no salen, tú asegurándome en silencio –Si te quedas, no quiero saber nada de Carlos y de lo único de lo que soy capaz, qué estupidez, es de elogiar el arroz con conejo que has preparado en lugar de elogiarte a ti, tomarte de la mano, declarar –Te quiero porque te quiero, porque no conozco a nadie que haga macramé tan bien como tú, que tenga la casa tan limpia, la ropa tan cuidada, ni una mota de polvo en los muebles, no conozco a nadie que me trate como tú me tratas, creo que Carlos tiene una suerte enorme, creo que voy a sentir tu falta doliéndome por dentro y sin embargo no soy tan tonto como para llorar delante de ti, hablo contigo como si nada, encajo la servilleta en la argolla, me levanto, me abrocho la chaqueta y tú –Tengo que hablar sin falta contigo yo, que no soy tan tonto como para llorar delante de ti, aferrándome al picaporte –Mañana, mañana sabiendo perfectamente que no voy a venir mañana, que no voy a venir nunca más, que si viniese encontraría la mesa puesta y a Carlos sentado en mi lugar comiendo mi arroz con conejo y proponiéndote –Vamos a ocuparnos de los papeles en el Registro Civil sabiendo perfectamente que dentro de dos o tres meses iré al jardín de la Gulbenkian a echar un vistazo, y allí estaréis vosotros y los padrinos haciendo fotografías junto a la estatua, junto al lago, y puede ser que me veas, Manuela, que me distingas en medio de los arbustos, puede ser que me mires como ahora me miras –Tengo que hablar sin falta contigo sólo que no dirás nada porque es tarde, no puedes pasarte el resto de tu vida yendo sola a la playa, al cine, aguantando las anginas sin nadie al lado, tal vez me saludes, tal vez yo te salude y coja enseguida el autobús porque mi vieja me necesita, con la edad deja la puerta abierta y se olvida del gas, al entrar mi madre, preocupada –Vienes muy pálido, Jorginho yo muy deprisa:

 

–No es nada, madre y me siento en el patio de la parte trasera hasta que se hace de noche y sin llorar, claro, no soy tan tonto como para ponerme a llorar, qué mariconada llorar, yo no lloro, no pienses que lloro, no lloro, me siento en el patio de la parte trasera hasta que se hace de noche y les doy maíz a las gallinas, les doy maíz a las gallinas, les doy maíz a las gallinas.

 

 

 

en Libro de crónicas, 2013




















12/6/23

La pantera, por Sergio Pitol





El sentimiento de aterrada ternura que su aparición me produjo fue la magia que más decisivamente penetró en mi niñez. Nada conocí que confundiera de tan cabal manera lo grandioso con lo bestial. En las noches siguientes imploré, casi con lágrimas, su presencia. Mi abuela repetía hasta la saciedad que de tanto jugar a los bandidos acababa por soñarlos y en efecto, sucedió que después de incesantes juegos en que la persecución y el simulacro de la villanía eran los únicos ingredientes, el coraje y la sangre visitaron mis noches. En aquel tiempo, por otra parte, ir al cine se reducía a ver una sola película con ligeras variantes de función a función: el invariable tema lo proporcionaba la ofensiva aliada en contra de las huestes del Eje. Una tarde de programa triple (en que con indecible deleite habíamos visto caer los obuses sobre un fantasmagórico Berlín donde edificios, vehículos, templos, rostros y palacios se diluían en una inmensa vertiente de fuego, la penumbra de los refugios antiaéreos en un Londres de obeliscos raros y grandes, casas sin fachadas, y el mechón de Verónica Lake, impasible frente a la metralla nipona en tanto que un grupo de heridos era evacuado de un rocoso islote del Pacífico) consiguió que por la noche el fragor de las balas se internara en mi alcoba, y que una multitud de cuerpos mutilados, cráneos de enfermeras, colegios y hospitales en llamas me lanzaran a la vigilia y a buscar protección en el cuarto de mi hermano.

 

Con plena conciencia de sus riesgos inventé juegos artificiosos que a nadie, ni siquiera a mí mismo, divertían. El acostumbrado antagonismo entre policías y ladrones o entre aliados y alemanes fue sustituido por el de otros fieros y extravagantes protagonistas. Juegos donde las panteras atacaban a los nativos, juegos de cacerías frenéticas donde las panteras aullaban de dolor y rabia al ser perseguidas por los cazadores, juegos donde las panteras combatían encarnizada—mente con los caníbales. Pero ni eso, ni la contemplación reiterada de películas de la selva hicieron posible que la visión se repitiera. 

 

Su imagen persistió en mí durante una temporada que ahora imagino bastante larga, aunque con dolor tuve que ir comprobando que la imagen se hacía cada día más endeble, que mansamente se le diluían los rasgos. El tiempo, que no es otra cosa que un flujo zigzagueante de olvidos y recuerdos, anula, en definitiva, la voluntad de fijar para siempre una sensación en la memoria. Senda urgencia de volver a verla para escuchar el mensaje que mi torpeza le había impedido transmitir. La noche en que apareció, después de trazar un gracioso rodeo alrededor de un sillón, caminó hacia mí, abrió las fauces, y, al observar el terror que tal movimiento me inspirara, las cerró nuevamente con un dejo de agraviada tristeza. Salió de la misma nebulosa manera en que había aparecido. Durante días y días no cesé de echarme en cara mi falta de valor. Me reprochaba con dureza el haber podido imaginar que aquel gracioso animalillo tuviese intenciones de devorarme. Si su mirada era amable, tierna, suplicante, y su hocico parecía dispuesto más que para el regusto de la sangre, para la caricia y el juego. 

 

Nuevas e ineludibles horas vinieron a sustituir a aquéllas. Otros sueños eliminaron al que por tantos días había sido mi constante pasión. No solamente llegaron a parecerme tontos los juegos de panteras, sino también incomprensibles al no recordar ya con precisión la causa que los originara. Pude volver a preparar mis lecciones, a esmerarme en el cultivo de la letra y en el difícil manejo de los colores y las líneas. 

 

Triviales, soeces, intensos, difusos, torpemente esperanzados, quebrados, engañosos y sombríos tuvieron que transcurrir veinte años para alcanzar la noche de ayer, en que sorpresivamente, como en aquel sueño infantil y bárbaro, volví a escuchar el ruido de un objeto que caía en la habitación contigua. Lo irracional que cabalga siempre dentro de nosotros, adquiere en determinados momentos un galope tan enloquecido y aterrador, que cobardemente apelamos (llamándole razón) a ese solemne conjunto de normas con que intentamos reglamentar la existencia, a esos vacuos convencionalismos y autoengaños con que se pretende detener el vuelo de nuestras intuiciones y vivencias más profundas. Así, aun dentro del sueño, traté de apelar a una explicación racional, arguyendo que el ruido lo habría producido la entrada de un gato que a menudo entraba a dar cuenta de los desperdicios de la cocina. Soñé que reconfortado por esa aclaración volvía a dormir para despertar poco después, al percibir con toda claridad, cerca de mí, sus pasos. Frente al lecho, contemplándome entre divertida y melancólica estaba ella. Recordé en el sueño la visión anterior, los años transcurridos habían logrado modificar únicamente el marco. Ya no existían los muebles pesados de nogal, ni el soberbio candil de bronce que por un privilegio especial mi abuela había hecho colocar sobre mi cama, ni el gigantesco ropero adosado a la pared; sólo mi expectación y la pantera permanecían inmutables, cual si entre ambas noches hubiesen transcurrido solamente unos breves segundos. La alegría, confundida con un leve temor, me penetró. Recordé minuciosamente los incidentes de la primera visita, y atento y azorado esperé su mensaje. 

 

Ninguna prisa atenazaba al animal. Con paso lento, lánguido y artero se paseó frente a mí describiendo pequeños círculos; luego con salto certero alcanzó la chimenea, removió las cenizas y volvió al centro de la habitación; me observó fijamente, abrió las fauces y al fin se decidió a hablar. 

 

Todo lo que pudiera decir sobre la felicidad descubierta en ese momento no haría sino empobrecerla. Mi destino se rebelaba de manera clarísima en las palabras de esa oscura divinidad. El sentimiento de exultación y júbilo alcanzó un grado de intolerable intensidad. Imposible encontrarle parangón. Nada, ni siquiera alguno de esos efímeros instantes en que al conocer la dicha presentimos, paradójicamente, la eternidad, me produjo el efecto logrado por su voz. 

 

La emoción, al hacerme despertar, desterró la visión; no obstante, permanecían vivas aquellas proféticas palabras que inmediatamente escribí en una media cuartilla hallada en el escritorio. 

 

Al volver a la cama caí en un profundo sueño, del que no se alejaba la conciencia de que el enigma quedaba descifrado, que los obstáculos que de mis días habían hecho un tiempo sin horizontes se derrumbaban vencidos. 

 

Sonó el despertador. Con infinita ternura contemplé la hoja blanca en que se vislumbraban aquellas doce palabras esclarecedoras. Dar un salto y leerlas de inmediato hubiera sido el recurso más fácil. En vez de ceder al deseo me dirigí al baño; me vestí lenta y nerviosamente con forzada parsimonia; tomé una taza de café, después de lo cual, estremecido por un leve temblor, corrí a leer el mensaje. 

 

Veinte años tardó en reaparecer la pantera. El asombro que en ambas ocasiones me produjo no puede ser gratuito. La solemnidad de ese sueño no debe atribuirse a un simple desperfecto funcional. No, había algo en su mirada, sobre todo en su voz, que hacía suponer que no era la escueta imagen de un animal, sino la representación de una fuerza y de una inteligencia instaladas más allá de lo humano. Y, sin embargo, con estupor y desolada vergüenza, debo confesar que las palabras anotadas eran apenas una mera enumeración de sustantivos triviales y anodinos, que asociados no hacían sentido alguno. Por un momento dudé de mi cordura. Volví a leer cuidadosamente, a cambiar de sitio los vocablos como si se tratara de armar un rompecabezas. Uní todas las palabras en una sola, larguísima; estudié cada una de las sílabas. Invertí días y noches en minuciosas y estériles combinaciones filosóficas. Nada logré poner en claro. 

 

El revelárseme que los signos ocultos están inficionados de la misma torpeza, del mismo caos, de la misma desgana, que padecen los hechos visibles, lejos de abatir mis esperanzas ha acabado por fundamentarlas. 

 

Sé que una noche volverá la pantera. Tal vez tarde en hacerlo otros veinte años. Entonces hablaremos de esas palabras que ya nunca podré olvidar, y juntos, ella y yo, trataremos de aclararlas y hallarles su sentido. Tal vez no viniera, como yo imaginé, a descifrar mi destino, sino a implorar un auxilio para desentrañar el suyo.

 

 

México, mayo de 1960

 

 

 

en Todos los cuentos, 2000


























29/5/23

Noticia del joven K., por Ana María Matute





¿Por qué te has ensañado, y por qué

            ha decaído tu semblante?

            Génesis

 

 

            I

Le he dicho varias veces: mira, no te pongas en mi camino, mejor será, no te me pongas delante, ya sabes cómo soy y mis cosas, no te me enredes entre los pies, no me colmes la paciencia. Y él, sonriendo, abusando de que es un tarado, aunque yo ya le vengo avisando: mira que a mí tanto se me da que seas así o de otra forma, que tengas esta falta o la otra, tú no te me pongas por delante porque contigo no voy a hacer distingos, vas a ser como todos. Así que, date cuenta cómo me tratan aquí todos. Conque, lo dicho, no te me pongas en el camino.

 

Al principio sí, me hizo caso, parecía. Ni se notaba que íbamos a la misma clase, al mismo curso, bien que se cuidaba de apartarse. Hasta el día que empezó a esperarme al lado del abedul, y yo le dije: so alelao, ¿qué estás ahí esperando?, y él: porque llevamos el mismo camino, y si quieres te llevo los libros. Le dije: aparta, aparta, vamos a tener la fiesta en paz.

 

Pues nada, como si nada. Ayer mismo, ya va la segunda vez que me esperaba, y le digo: mira, que me estás colmando la paciencia, a mí no te me arrimes, ni la vista me tienes que poner encima, ¿me oyes?, ni la vista. Conque arrea andando y calladito, y ni mirarme. Y él va y me dice: es que quiero ser amigo tuyo. Pues sí, le contesto, vas a ver la cara que te pongo, arrea para alante, desgraciao. Y se fue.

 

Pero ahora, otra vez lo estoy viendo, otra vez está ahí en el abedul; lo veo desde la ventana, me retraso aposta, recogiendo mis papelotes, voy a darle tiempo a que se largue. Y como cuando yo salga esté ahí, lo voy a dejar nuevo.

 

 

            II

—Ya se lo dije que no me esperase, así que le ha pasado lo que le tenía que pasar.

—Pero so bestia, ¿qué te ha hecho el pobrecillo?

—Que le dije que ni me mirara, como a todos, que ya todos lo saben que yo he de estar solo, no quiero hablar con ninguno; porque a mí este curso no me corresponde, que no soy de su edad, y si he tenido que repetirlo dos años, yo bien que se lo dije a usted antes: si he de repetir curso, ni amigos quiero. Y usted no me hizo caso ¿verdad? Pues bueno, ¿acaso no se lo dije? Bien que se lo advertí: don Ángel, le dije, no me ponga usted en ese brete.

—Si hablaras con más seso, no te pasaría lo que te pasa, bruto, más que bruto. Si has repetido es por mal estudiante que eres, y si tus compañeros no te corresponden en edad, esfuérzate en ganar puestos a pulso, como todos. Y no me desvíes la conversación y dime, ¿qué te ha hecho el pobre?, ¿acaso te molesta porque es el más joven, el más inteligente, el más bueno? Pues por lo menos piensa en que te quiere ayudar.

—A mí no me ayuda ese tarado, que es un tarado, que no es más listo que yo, ni que nadie, que lo que ocurre es que su padre es quien es, y usted lo sabe…

—¡Si no callas esa bocaza te expulso!, ¿me oyes? ¡Te expulso! Y ya sabes lo que dice tu abuelo, que si te expulso te mata o te envía a arar al campo. Se acabaron las contemplaciones. Di que tengo esta debilidad por ti, en recuerdo a tu pobre madre, pero no me obligues a hacer lo que no quiero. ¿Sabes lo que dicen los otros? Dicen que te tengo más consideraciones, que si porque eres nieto de don Jeo, que si esto o lo otro...

—¿Y qué? ¿Don Jeo es bueno para mí, acaso? Me tiene asco, porque mi madre me trajo soltera al mundo, ¿me ha visto cómo tengo la espalda, llena de vergajazos? Eso hace don Jeo conmigo. Y es verdad, ya lo sé que me enviará al campo, a arar, si usted me expulsa... Oiga, don Ángel, usted es mi único amigo, ya lo sabe, pero si me hace repetir el curso, le daré un disgusto gordo.

—¿Te atreves a amenazar a tu maestro, al único que te quiere bien? Ingrato, no sé de qué ralea serás tú...

—De la ralea de mi madre, ya sabe usted lo que fue mi madre.

—¡Calla, desgraciado, calla!

 

 

            III

Ha vuelto el cretino, y le he puesto un ojo que cualquier cosa parece menos un ojo. ¿Qué le habrá dicho su mamá? ¿Le habrá arropado su mamá? ¿Y su papaíto? Hoy voy a hacerles reventar de risa a todos, hoy la voy a armar en clase, y como el cretino se atreva a esperarme otra vez (ojalá se atreva), cómo le voy a poner el que le queda sano. Ojalá se atreva.

 

 

            IV

No puedo estudiar, no puedo, me pongo delante del libro, pero las letras saltan, escapan, estoy como ciego, me acuerdo de la escopeta grande del abuelo, de las ardillas, que andarán por ahí, tan pimpantes, y aquí yo, y el viejo Timoteo dice que tiene munición para todo el invierno, le voy a pedir a cambio de tabaco, él siempre anda escaso, no puedo estudiar ¿qué me importan a mí estas cosas? No soy idiota, cuando don Ángel lo explica lo entiendo, solo que después, a solas, así, con el libro delante, ya solo puedo pensar en lo mío, lo mío. Estoy en el último banco, veo las nucas de todos, son unos niños, pero yo no soy un niño, yo soy un hombre. Y si no soy un hombre, mejor, soy otra cosa distinta a todo el mundo, a mí nadie se me ponga delante, le hundo el cráneo, tengo los puños más grandes de toda la escuela, sexto inclusive; esos de sexto y quinto me miran como con burla, creen que soy un atrasado, y no lo soy. Pero bien se cuidan de apartarse de mi camino, pocas bromas conmigo, pocas. Y el chalao ese gili, que se guarde de mí, el hijo de papá, solo porque su padre es esto y lo otro, adelantando puestos, que ni este curso le corresponde, tendría que estar con los de segundo, maldito sea. Pero ganas le han quedado de esperarme otro día, ganas, lo que es eso...

 

 

            V

—Mira que se acercan los exámenes, y que si esta vez no pasas te expulso, tal como lo oyes. Este año ya ni te queda el recurso de repetir. Te expulso, aunque tu abuelo te mande a arar.

 

 

            VI

—Señor, don Ángel, ¿qué le ha pasado al Mulo? ¿No viene este año a la escuela?

—¡Que no oiga esa palabra! No se llama Mulo, tiene un nombre de Dios, como todos nosotros... No, no vendrá este curso.

—¿Ya no va a estudiar más?

—No, su abuelo tiene tierras, se va a dedicar a la agricultura. No se hable más de él. Me apena mucho, no se hable más de él.

 

 

            VII

—Yo no sirvo para el campo, don Ángel, ¿sabe usted? No sirvo.

—¿Y yo qué te voy a decir? ¿Qué quieres que te haga, hijo mío? No sé para qué me esperas a la salida, hijo, menudo susto me has dado, ahora que oscurece tan pronto, de verdad, me has asustado.

—Yo no sirvo para el campo, don Ángel, dígaselo al abuelo, que no me pegue más con el vergajo, mire cómo me ha puesto.

—Criatura, criatura, ¿qué se puede hacer contigo?

 

 

            VIII

Yo no sirvo para esto, se me da una higa la cosecha, la siembra, todo este ajetreo. Lo que a mí me llama es el bosque, la caza, el andar solo, bien solo, sin que nadie me eche la vista encima, por ahí.

 

 

            IX

Ayer le vi, al gili ese, venía de la escuela, este curso ya terminan los de mi promoción. A ese su papaíto le va a mandar a la ciudad, va a ir a la universidad, dicen por ahí. Pero no ha crecido ese tarado, ya no lleva gafas, si será presumido. Qué cosas.

 

—Pero ¿es que de verdad estás mal de la cabeza, hijo mío? ¿Por qué le diste esa paliza tan horrorosa al pobre muchacho? Ahora, ya lo ves, ya no es cosa de echarte o no echarte de la escuela, ese tiempo ya pasó, ahora te ves así: detenido, procesado, pero ¿tú estás mal de aquí?, ¿qué te hizo el pobre?

—Que ya se lo tenía advertido, hace mucho tiempo, ya le dije: no te me pongas por delante. Pues bueno, no se le ocurre mejor cosa que meterse con su escopetita en mi camino.

—Pero no era terreno privado, ni te hacía daño.

—Todo el bosque es mío, todos lo saben, cuando yo ando por ahí, nadie se cruce conmigo. Bien claro lo tengo dicho, ni tan siquiera el viejo Timoteo se mete cuando yo estoy. Él lo sabía, pero tuvo que venir.

—Si lo único que quería era hablar contigo.

—Pues peor.

—Y ahora... ¿qué puedo yo hacer en tu favor? ¿Qué, pobre de mí? Ni tu abuelo quiere saber de ti, ni oír tu nombre.

—Así es, ya hace tiempo que no quiere ni verme, así es mejor.

—¿Y ese pobre muchacho... hablaron, por lo menos? Él iba a buscarte con muy buena intención... precisamente, fue a consultarme antes, me dijo: don Ángel, usted que es el único que tiene ascendencia sobre él, dígale que voy a hablarle, que he de decirle algo.

—¡Pero si ya lo sabía yo hace mucho tiempo, lo que me quería ese decir! Pues, para chasco, si ya lo sé yo, que para eso me esperaba en el abedul...

—Pues si ya lo sabes, que tienen un mismo padre, que son hermanos, ¿por qué ese encono? Él sólo iba a decirte que todo lo suyo es tuyo, que algún día querrá partirlo todo contigo, porque su corazón y su conciencia se lo mandan, que te quiere como hermano que eres, ¿eso es malo, acaso?

—Eso es peor. Peor. Ya recibió lo suyo, y usted, váyase, déjeme, no se ocupe de mí. No me va a pasar nada malo, total, juicio de faltas, ¿no le llaman así? Multa, cárcel o lo que sea, bueno, ¿y el gustazo de haberle puesto como un Cristo?

 

 

            XI

¿Qué hay en el aire? Siento un olor extraño, algo venteo que me duele, hay un dolor grande, alguna campana está tañendo en algún lado, aunque no llegue hasta aquí. No sé qué ocurre, los árboles están oscuros, parece que hayan huido todos los pájaros, siento que la niebla va a levantarse, a crecer, desde lo hondo del río. No sé qué pasa con mi libertad, soy libre, ya no me liga nada al abuelo, ya me soltaron de la cárcel, no tengo ninguna obligación, he dormido casi dos días, con mi escopeta al lado; y tengo munición, y ha llegado el otoño, que es la mejor época. No sé qué ocurre, algo trepa, como humo. Ya lo veo: allá abajo, aún es solo un punto en el sendero, luego crecerá, es un hombre. Le reconozco, sube despacio, es viejo, es mi viejo maestro, aún tengo tiempo de esconderme, porque ya nadie me oirá hablar, bien lo proclamé, pero ¿por qué salgo de los árboles, a su encuentro?

 

 

            XII

—Es que no lo entiendo, repítamelo, no lo entiendo, ¿de qué se ha muerto?

—Ya lo sabes de sobra, desgraciado...

—No fui yo. Ya me juzgaron, ya me soltaron, ¿no se repuso, acaso? Sí que se repuso, usted mismo lo dijo: que ya se había repuesto. Y yo cumplí la sentencia. ¡Pues ahora, déjenme en paz, déjenme todos en paz!

—Pero como se ha muerto...

—Que no, que estaba vivo, que todos lo decían, que estaba vivo.

—Ande, ve, huye, escóndete, qué sé yo, ni sé por qué aún me apenas, no sé qué decirte, pero yo conozco a los hombres, sé lo que ha jurado su padre: que te matará. Va a remover el mundo, con tal de castigarte, porque, dice que has sido tú, solo tú, el criminal. Así que, mira, te he traído algo de comida, este poco dinero... Anda, huye, escapa, hijo mío. No sé ni por qué hago esto...

—Pero ¿de qué se murió, de qué?

 

 

            XIII

Ahora se marcha, pronto volverá a ser un puntito, lejos, lejos, la hierba se ha vuelto gris, el cielo corre detrás de las ramas, voy a esconderme. Pero yo no hice nada malo. ¿Por qué me abandona don Ángel, por qué se va, por qué va a volverse un punto, un punto solo otra vez, hasta desaparecer? Voy corriendo, aún le alcanzo, si quiero le alcanzo.

 

 

            XIV

—Pero ¿qué haces, por qué vuelves, por qué no te escapas o te escondes? ¿No te he dicho que te vayas, a tiempo?

—No. No me deje, tengo miedo, ya no puedo huir, dese cuenta: estoy solo.

 

 

 

en Algunos muchachos y otros cuentos, 1968















8/5/23

La casa de al lado, por Tobias Wolff





Me despierto asustado. Mi mujer está sentada en el borde de la cama, sacudiéndome.

 

—Ya están otra vez —dice.

 

Voy a la ventana. Todas sus luces están encendidas, en el piso de arriba y el de abajo, como si tuvieran dinero de sobra. Él se desgañita, ella le contesta algo a gritos, el perro ladra. Hay un breve silencio, luego llora el bebé, pobrecito.

 

—Será mejor que no te quedes ahí —dice mi mujer—. Te podrían ver.

—Voy a llamar a la policía —le informo, sabiendo que ella no me dejará.

—No llames —dice.

 

Tiene miedo de que envenenen a nuestro gato si nos quejamos.

 

En la casa de al lado el hombre todavía vocifera, pero no entiendo lo que dice por encima del perro y el bebé. La mujer se ríe, pero no lo hace de verdad —«¡Ja! ¡Ja! ¡Ja!»—, y de pronto suelta un grito breve y agudo. Todo queda en silencio.

 

—Le ha pegado —dice mi mujer—. He tenido una sensación como si me hubiera pegado a mí.

 

En la casa de al lado el bebé suelta un largo gemido y el perro empieza otra vez. El hombre sale al camino de entrada y cierra la puerta de un portazo.

 

—Ten cuidado —dice mi mujer. Vuelve a meterse en la cama y se tapa hasta el cuello.

 

El hombre farfulla para sí mismo y tira de la cremallera de su bragueta. Por fin consigue abrirla y se dirige a nuestra cerca. Es una cerca blanca, más decorativa que otra cosa. No puede impedir que entre alguien. La puse yo mismo y planté madreselvas y buganvillas a lo largo.

 

Mi mujer pregunta:

 

—¿Qué está haciendo?

—Chss —hago yo.

 

El hombre se apoya en la cerca con una mano y con la otra usa las flores como cuarto de baño. Recorre toda nuestra cerca haciendo eso, sin perdonar ninguna. Cuando termina se sacude la Florida, luego se sube la cremallera y vuelve al camino de entrada. Casi resbala en la grava, pero se recupera, suelta un taco y entra en la casa, volviendo a cerrar de un portazo.

 

Cuando me vuelvo mi mujer está echada hacia delante, mirándome. Alza las cejas.

 

—¿Otra vez?

 

Asiento con la cabeza.

 

—Entre él y el perro es asombroso que consigas que crezca algo ahí.

 

Prefiero hablar de otra cosa. Me deprime pensar en las flores. La mujer de la casa de al lado está gritando.

 

—Escucha eso —digo.

—Antes me daba pena —dice mi mujer—. Pero ya no. No después de lo del mes pasado.

—Lo mismo que a mí —digo, tratando de acordarme de lo que ocurrió el mes pasado. Tampoco me da pena, pero nunca me la ha dado. Le chilla al bebé y, lo siento, pero no estoy dispuesto a sentir lástima por alguien que trata así a un niño. Grita cosas como: «¡Creí que te había dicho que te quedaras en tu dormitorio!», y el bebé ni siquiera sabe hablar todavía.

 

En cuanto a su físico, supongo que se podría decir que es guapa. Pero no le durará. No tiene una buena estructura ósea. Hay algo blando en su aspecto, como si nunca hubiera comido más que donuts y batidos. Tiene una piel blanca. El bebé se parece a ella; no es que se esperara que se pareciera a él, moreno y peludo. Incluso con la camisa puesta se puede asegurar que tiene pelo por toda la espalda y en los hombros, espeso y mullido como el de un Terrier.

 

Ahora todos arman ruido a la vez, y además tienen puesto el estéreo a pleno volumen. Una de esas bandas.

 

—Es por el bebé por el que siento pena —digo.

 

Mi mujer se lleva las manos a los oídos.

 

—No lo aguanto ni un minuto más —dice. Se quita las manos—. A lo mejor hay algo en la tele —se sienta—. Vamos a ver quién sale en el programa de Johnny Carson.

 

Enciendo el televisor. Solía tenerlo en el cuarto de estar de abajo, pero lo subí aquí hace unos años cuando mi mujer se puso enferma. Yo mismo la cuidé; preparando las comidas y todo. Llegué a conseguir cambiarle las sábanas sin que ella tuviera que dejar la cama. Siempre tuve intención de volver a llevar el televisor abajo cuando mi mujer se repuso de la enfermedad, pero al final nunca lo hice. Está puesta entre nuestras camas encima de una mesita que hice yo. Johnny Carson le está diciendo algo a Sammy Davis Jr., y Ed McMahon se está partiendo de risa. Siempre es muy alegre. Si uno fuera a hacer un viaje por mar largo de verdad no le vendría mal llevar a Ed McMahon con él.

 

Mi mujer quiere saber qué otra cosa ponen.

 

—El Dorado —leo—. «Dinámica historia de aventuras sobre un grupo de ciudadanos en busca de la legendaria ciudad de oro». Tiene dos estrellas y media.

—¿Ciudadanos de dónde?

—No lo dice.

 

Al final vemos la película. Un ciego llega a una pequeña ciudad. Dice que ha estado en El Dorado y que dirigirá una expedición allí y repartirá las ganancias. No ve, pero les indicará los puntos de referencia uno por uno mientras cabalgan. Al principio la gente se burla de él, aunque finalmente todos los ciudadanos importantes se reúnen y deciden intentarlo. Inmediatamente les atacan los apaches y algunos quieren dar la vuelta, pero todas las veces que están decididos a hacerlo el hombre les señala otro punto de referencia, así que siguen cabalgando.

 

En la casa de al lado la mujer está enloquecida. Le dice cosas al hombre que ninguna persona debería decirle a otra. Aquello inquieta a mi mujer. Me mira.

 

—¿Puedo pasarme ahí? —pregunta—. Solo para hacerte una visita.

 

Levanto la ropa y ella se mete dentro. La cama solo es cómoda para uno, por lo que dos estamos muy estrechos. Nos tumbamos de lado conmigo detrás. No lo pretendía, pero al poco la vieja Florida se me empieza a poner tiesa. Abrazo a mi mujer. Subo las manos hasta las Montañas Rocosas, luego bajo las llanuras en dirección sur.

 

—Oye —dice ella—. Nada de geografía. Esta noche, no.

—Lo siento —me disculpo.

—¿No puede ser solo una visita?

—Olvídalo. Ya te he dicho que lo siento.

 

Los ciudadanos están cruzando un desierto. Acaban de quedarse sin agua y tienen los labios agrietados. Pese a las advertencias del ciego, alguien bebe de un pozo envenenado y muere de modo espantoso. Aquella noche, alrededor de la hoguera, los otros empiezan a pelearse. La mayoría de ellos quiere volver a casa. «Este no es país para blancos —dice uno—, y en mi opinión, nadie ha estado nunca aquí». Pero el viejo describe un trozo de oro tan grande y tan puro que quema los ojos si lo miras directamente. «Lo sé muy bien», añade. Cuando termina, los ciudadanos se quedan en silencio: uno a uno se apartan y se tumban en sus mantas. Ponen las manos detrás de la cabeza y miran las estrellas. Aúlla un coyote.

 

Al oír al coyote, recuerdo por qué a mi mujer dejó de darle pena la mujer de la casa de al lado. Era un lunes por la tarde, hará como un mes, justo después de que yo volviera a casa del trabajo. El hombre de la casa de al lado empezó a pegarle al perro, y no me refiero a que le diera un golpe o dos. Le estaba dando una paliza y siguió pegándole hasta que el perro ya no podía ni quejarse; se oía la voz quebrada de la pobre criatura. Finalmente paró. Luego, unos minutos después, oí que mi mujer decía «¡Oh!» y fui a la cocina para enterarme de qué pasaba. Mi mujer estaba junto a la ventana que da a la cocina de la casa de al lado. El hombre tenía a su mujer acorralada contra el frigorífico. Había metido la rodilla entre sus piernas y ella tenía la suya entre las piernas de él, y se estaban besando con mucha fuerza. Después de aquello mi mujer apenas pudo hablar durante un par de horas. Más tarde dijo que nunca volvería a desperdiciar su compasión con aquella mujer.

 

Ahora ahí enfrente hay silencio. Mi mujer se ha dormido, y lo mismo mi brazo, que está debajo de su cabeza. Lo retiro con cuidado y abro y cierro los dedos, pensando en despertarla. Me gusta dormir en mi propia cama y no hay sitio suficiente para los dos. Al final decido que no va a pasar nada por cambiar de sitio por una noche.

 

Me levanto y cuido las plantas un rato, regándolas y sacando algunas a la ventana y retirando otras. Podo el cóleo, cuyos tallos empiezan a estar muy largos, y pongo los esquejes en un vaso de agua en el alféizar. Están apagadas todas las luces de la casa de al lado excepto la del dormitorio. Pienso en la vida que llevan, y en cómo se prolonga, hasta que parece la vida que querían vivir. Todo el mundo dice siempre que es estupendo que los seres humanos sean tan adaptables, pero no sé. En Estambul un amigo mío vio a un hombre andando por la calle con un piano de cola sobre la espalda. Todos se limitaban a evitarle y seguían su marcha. Es horrible a lo que nos acostumbramos.

 

Apago la televisión y me meto en la cama de mi mujer. Su olor, dulce e intenso, se desprende de las sábanas. Me marea un poco, pero me gusta. Me recuerda a las gardenias.

 

El motivo por el que no veo el resto de la película es que ya sé cómo va a terminar. Los ciudadanos se matarán unos a otros, probablemente a unos tres metros de la legendaria ciudad del oro, y el ciego dará traspiés sin saber que ha conseguido regresar a El Dorado.

 

Yo podría escribir una película mejor que esa. Mi película sería sobre un grupo de exploradores, hombres y mujeres, que dejan atrás sus hogares, sus trabajos y sus familias… todo lo que conocen desde siempre. Cruzan el mar y naufragan en la costa de un país que no aparece en los mapas. Uno de ellos se ahoga. A otro le ataca un animal salvaje y se lo come. Pero los demás quieren seguir adelante. Vadean ríos y atraviesan un enorme glaciar en trineos tirados por perros. Les lleva meses. En el glaciar se quedan sin comida y durante un tiempo parece que se van a volver unos contra otros, pero no lo hacen. Finalmente resuelven su problema comiéndose a los perros. Esa es la parte triste de la película.

 

Al final vemos a los exploradores durmiendo en un prado lleno de flores blancas. Los capullos están húmedos de rocío y se les pegan al cuerpo; pétalos de aguileñas, clemátides, liatris, gipsófilas, espuelas de caballero, iris y rudas les cubren por completo, volviéndoles tan blancos que no se puede distinguir a unos de otros, a hombres de mujeres, a mujeres de hombres. Sale el sol. Se levantan y alzan los brazos, como árboles blancos en un país donde no ha estado nunca nadie.

 

 

 

en Aquí empieza nuestra historia, 2008

























24/4/23

Para un final presto, por José Lezama Lima





Una muchedumbre gnoseológica se precipita­ba desembocando con un silencio lleno de agude­zas, ocupa después el centro de la plaza pública. Su actitud, de lejos, presupone gritería, y de cerca, un paso y unos ojos de encapuchados. Eran trans­parentes jóvenes estoicos, discípulos de Galópanes de Numidia, que aportaban el más decidido con­tingente al suicidio colectivo, preconizado por la secta. Ese fervor lo había conseguido Galópanes abriendo las puertas de sus jardines a jóvenes de quince a veinte años; así logró aportar trescientos treinta y tres decididos jóvenes que se iban a preci­pitar en el suicidio colectivo al final de sus leccio­nes. La secta denominada El secuestro del tamboril por la luna menguante, tenía visibles influencias orientales, y por eso, muchos padres atenienses, que amaban más al eidos que al ideal de vida refi­nada, si mandaban a sus hijos a esos jardines era para permitirse el áureo dispendio, de que sus hi­jos, sin viajar, pudiesen hablar de exotismos. 

 

La primera idea de fundar El secuestro del tam­boril, había surgido en Galópanes de Numidia, al observar cómo el rey Kuk Lak, al verse en el tran­ce de ejecutar a un grupo de conspiradores, había tenido que arrancarlos de la vida amenazadora que llevaban y lanzarlos con fuerza gomosa en la Moira o en Tártaro, según estuviesen más apegados a la religión que nacía o a la que moría. Al ver Galópanes los crispamientos y gestos desiguales e incorrectos de los jóvenes ajusticiados decidió idear nuevos planes de enseñanza. Un jardín de amisto­sas conversaciones, donde los jóvenes fuesen cons­piradores o amigos, pero donde pudiesen irse pre­parando para entrar en la muerte, cuando se cum­pliesen los deseos del Rey. Así una de las frases que había de seguir en la academia: un joven des­melenado, o que pasea perros o tortugas, es tan incorrecto o alucinante como el león que en la sel­va no ruge dos o tres veces al día. Con esos recursos los jóvenes iban conversando y preparándose para morir, mientras el Rey afinaba mejor sus ocios y buscaba con detenimiento las mejores cabezas.

 

Habían acudido los trescientos treinta y tres jó­venes estoicos para cerrar el curso con el suicidio colectivo. Existía en el centro de la plaza pública un cuadrado de rigurosas llamas, donde los jóve­nes se iban lanzando como si se zambullesen en una piscina. El fuego actuaba con silencio y el cuer­po se adelantaba silenciosamente. Esa decisión e imposibilidad de traición, ninguno de los jóvenes transparentes habían faltado, únicamente podía haber sido alcanzada por las pandillas disemina­das de estoicos contemporáneos. Aun en el San Mauricio el Greco, lo que se muestra es patente: se espera la muerte, no se va hacia la muerte, no se prolonga el paseo hasta la muerte. Solamente los estoicos contemporáneos podían mostrar esa calidad; ningún traidor, ningún joven vividor y apre­surado había corrido para indicarle al Rey que los jóvenes que él utilizaba para la guerra iban con pasos cautelosos a hacer sus propios ofrecimientos con su propio cuerpo ante el fuego.

 

Las lecciones de los últimos estoicos transcurrían visiblemente en el jardín. Sus cautelas, sus frases lentas, los mantenía para los curiosos alejados de cualquier decisión turbulenta. Muy cerca, en sóta­nos acerados, una banda de conservadores chinos, en combinación con unos falsificadores de diaman­tes de Glasgow, había fundado la sociedad secreta El arcoiris ametrallado. En el fondo, ni eran conservadores chinos ni falsificadores de diaman­tes. Era esa la disculpa para reunirse en el sótano, ya que por la noche iban a los sitios más concurri­dos del violín, la droga y el préstamo. Querían apoderarse del Rey, para que el hijo del Jefe, que tenía unas narices leoninas de leproso, utilizadas, desde luego, como un atributo más de su temeri­dad, fuese instalado en el Trono, mientras el Jefe disfrutaría con su querida un estío en las arenas de Long Beach.

 

La policía vigilaba copiosamente a la banda de chinos y falsificadores. Pero sufrirían un error esencial que a la postre volaría en innumerables errores de detalles. De esos errores derivarían un grupo escultórico, una muerte fuera de toda causalidad y la suplantación de un Rey. Era el día escogido por los estoicos de Galópanes para ini­ciar los suicidios colectivos. El frenesí con que habían surgido los gendarmes de la estación, les impedía entrar en sospechas al ver los pasos len­tos, casi pitagorizados de los estoicos. A las pri­meras descargas de la gendarmería, los estoicos que iban hacia la hoguera silenciosamente, pro­rrumpían en rasgados gritos de alborozo, de tal manera que se mezclaban para los pocos especta­dores indiferentes, los agujeros sanguinolentos que se iban abriendo en los cuadros de los estoicos suicidas y las risas con que éstos respondían. Al continuar las detonaciones, las carcajadas se frenetizaron.

 

El capitán que dirigía el pelotón tuvo una intui­ción desmedida. La situación siguiente a la muerte de su tío, poseedor de un inquieto comercio de cerámica de Delft, y ya antes de morir serenamen­te arruinado, con quien había vivido desde los cin­co años; al ocurrir la muerte de su tío, se obligaba a aceptar esa plaza de capitán de gendarmes, brindada por un cuarentón comandante de húsares a quien había conocido en un baile conmemorativo del 14 de Julio. Nuestro futuro capitán de gendarmes había asistido al baile disfrazado de comandante de húsares, mientras el comandante de húsares asistía disfrazado de cordelero francis­cano. Éste fue el motivo de su amistad iniciada por unas sonrisas mefistofélicas, continuada por la espera de la plaza demandada, y terminada, como siempre, por una apoplejía fulminante.

 

El comandante cuando se embriagaba abría su Bagdad de lugares comunes. Uno de los que recor­daba el actual capitán de gendarmes era: que una carga de húsares era la antítesis del suicidio colectivo de los estoicos. Más tarde, al recibir una beca en Yale para estudiar el taladro en la cultura eritrea en relación con el culto al sol en la cultura totoneca, había aclarado esa frase que él creía sibilina al brotar mezclada con los eructos de una copa de borgoña seguida por la ringlera inalcanzable de tragos de cerveza. Un insignificante estudiante de filosofía de Yale, que presumía que había frustra­do su vocación, pues él quería ser pastor protestante y poseer una cría de pericos cojos del Japón, le reveló en una sola lección el secreto, lo que él había creído en su oportunidad un dictado del co­mandante en éxtasis.

 

La plaza pública ofrecía diagonalmente la pre­sencia del museo y de una bodega de vinos siracusanos. El capitán decidió utilizar los servi­cios de ambos. Así, mientras lentamente iban ce­sando las detonaciones mandaba contingentes bifurcados. Unos traían del museo ánforas y lekytosaribalisco, y otros traían borgoña espumoso de la bodega. Los estoicos se iban trocando en ceji­juntos, aunque no en malhumorados. El jefe, Galópanes de Numidia, había trazado el plan donde estaban ya de antemano copadas todas las sali­das. Días antes del vuelco definitivo de los estoi­cos suicidas en la plaza pública, había hecho traer de la bodega sus colecciones de vinos, con la disculpa de consultar etiquetas y precios para la festi­vidad trascendental. Los había devuelto, alegando otras preferencias y la excesiva lejanía aun del festi­val, pero regresaban los frascos portando los vene­nos más instantáneos. Los gendarmes que creían transportar en esas ánforas líquidos sanguinosos cordiales reconciliaciones con el germen y el trans­curso, se quedaban absortos al observar cómo abre­vando los estoicos entraban en la Moira. Los estoi­cos, con dosificado misterio causal provocado, morían al reconciliarse con la vida y el vino les abría la puerta de la perfecta ataraxia.

 

El Rey vigilaba a los conspiradores que no eran conspiradores, pero desconocía a los estoicos de Galópanes. Creía, como al principio creyó el capi­tán, que la salida era la de los conspiradores falsa­rios. Desde una ventana conveniente contempló el primer choque de los gendarmes con los estoi­cos pero al observar posteriormente cómo condu­cían hasta los labios de los que él presuponía cons­piradores, las ánforas vinosas, creyó en la traición de ese pelotón, y desesperado, irregular, ocultadizo, corrió a hacer la llamada a otro cuartel donde él creía encontrar fidelidad.

 

Ante esa llamada y su noticia, la tropa salió como el cohete sucesivo que permitiría a Endimión besar la Luna. Pero entre la llamada y la salida a escape habían sucedido cosas que son de recordación. En ese cuartel, en la manipula­ción de los nítricos, trabajaba un pacifista deses­perado. Fundador de la sociedad La blancura comunicada, cuya finalidad era hacer por injertos sucesivos, precioso trabajo de laboratorismo sui­zo, del tigre, una jirafa, y del águila, un sinsonte; asistía furtivamente a las reuniones de los estoi­cos; en sus paseos digestivos sorprendía a ratos aquellos diálogos la preparación de la muerte, y sabía la noche en que los estoicos caerían sobre la plaza pública. El día anterior se introdujo valero­samente en el almacén del cuartel y le quitó a cada rifle tornillos de precisión, debilitando en tal forma el fulminante que el plomo caía a pocos pies del tirador, formándose tan sólo el halo detonante de una descarga temeraria.

 

Al llegar a la plaza la tropa del cuartel y contem­plar a los gendarmes y a los supuestos conspirado­res, alzando el ánfora de la amistad, lanzaron de in­mediato disparos tras disparos. Los estoicos ya iban cayendo por el veneno deslizado en las ánforas, pero la tropa del cuartel admiraba su puntería, la cegado­ra furia les impedía contemplar que el plomo caía, pobre de impulso, en una parábola miserable. Cuan­do creían que la muerte lanzada con exquisita geo­metría daba en el pecho de los conspiradores, el azar le comunicaba a sus certezas una vacilación disfra­zada tras lo alcanzado, tan distante siempre de los errores preparados por los maestros de ajedrez que saben distribuir un fracaso parcial, o el detalle im­perfecto de algunos retratos de Goya, el perrillo Watteau que tiene una cabeza de tagalo combatien­te, hecho maliciosamente para que el conjunto ad­quiera una deslizada exquisitez.

 

El Rey formaba un grupo escultórico. Detrás de la ventana contemplaba la muerte refinada acti­vísima y las detonaciones bárbaras eternamente inútiles. Cuando llegó a la plaza pública la tropa del cuartel, y vio sus detonaciones, corrió a llamar a los otros cuarteles, anunciándole paz tendida y muy blanca.

 

El grueso de sus tropas vigilaba las fronteras. El Jefe de la pandilla acariciaba sus parabrisas y vigi­laba todo posible gagueo de sus ametralladoras. Al pasar el Jefe por la estación del capitán de gendarmes notó una ausencia terrible: más tarde al no encontrar resistencia por parte de la tropa del cuartel, pensaron que todos esos guerreros equí­vocos estaban rodeando al Rey para preparar una defensa real.

 

Al pasar por la plaza pensaron en el regreso de las tropas fronterizas en abierta pugna con aspi­rantes consanguíneos. Ya aquí pensaron que les se­ría fácil apoderarse del Rey, pero extremadamente peligroso abrir las ventanas del Rey puesto, frente a esa plaza, donde no se sabía cuándo sería el últi­mo muerto, y con quién en definitiva se abrazaría.

 

La jornada de los conspiradores falsarios era como un largo brazo que va adentrándose en un oleaje. Pudieron resbalar en Palacio hasta llegar frente a la antecámara. Aquí el Jefe y su hijo, el de las narices leoninas de leproso, se adelantaron, fi­nos, capciosos, con sus dedos como un instrumen­tal probándose en la yugular regicida.

 

Un año después, el Jefe, con su querida, se estira y despereza en las arenas de Long Beach. Contempla la cáscara de toronja que las aguas se llevan, y el peine desdentado, con un mechón pelirrojo, que las aguas quieren traer hasta la arena.

 

 

 

en Cuentos, 1987

Editorial Letras cubanas