5/2/08

Décimo umbral, por Carlos Almonte






Doblo hacia el final de los caminos. Un ascenso pronunciado y el dolor de respirar. Los pies reflejan el oscuro sol que logra traspasar las piedras y cañaverales, angostísimos senderos y laberintos que se labran a sí mismos. El atardecer señala el tiempo de volver, sin embargo el sueño, la quietud, las visiones, la inacción perfecta... Es flotar o levitar. Es ascender. Es no caer. El frío hace que mi cuerpo tiemble, y miro las estrellas, que ya no están sobre mi cabeza sino al frente; y los ríos cambian permanentemente de sentido. Las grietas se dividen, ofreciendo espacios inexplorados a la vista y al contacto de la piel. Intento gritar, llamar a alguien, a quien sea, pero mi voz se ahoga y me sumo en el silencio más profundo y quieto. Levemente aflora el recuerdo de aquel texto chino de la antigüedad, y parece aún más terrible su enseñanza. Como esculturas ciegas frente a una luz opaca, avanzan frágiles escenas: el amor, la constancia, el llanto, la muerte. El exacto vuelo me hace sonreír, por el simple hecho de experimentar una planicie, por haber logrado traspasar aquel umbral. Me acerco al borde húmedo, al brillo de la pared rocosa, a los infinitos ríos que revelan su carácter. El viento logra remover mi punto de equilibrio: llueve, el calor sofoca, la arena se amolda al linde impredecible de mis manos, construyo –con materiales visibles o invisibles, reales en cualquier caso- puentes y ataduras, que, luego de flanquearlos, caen o desaparecen. El camino tiene un sentido único, la dirección admite todas las posibilidades, excepto la repetición. Alguien ha dispuesto aquel orden, me pregunto, yo mismo quizás, pero de inmediato las preguntas dejan de existir ante aquel asombro, ante la magnificencia del sonido, de la luz, del roce. Si pudiera decidir, jamás me iría de ese lugar, pero sé que debo regresar. Ese punto acorde que se aferra a la razón. Ese punto que demarca el límite, la inexistencia. Ese punto en el vacío que separa el delirio de lo estable. El Grado Cero: de la escritura, del vuelo, de una noche, de un objeto o de la existencia...

Al despertar estaba sobre un lago seco. La sal quemaba mis brazos y el recuerdo se había extinguido por completo. Caminé descalzo, con el sol más ardiente de la tarde. Busqué alguna señal, algún vestigio... Un anciano levantó su mano y el viento sopló aún más fuerte. Llegó la noche entre paréntesis, entre lluvias y desbordes. Me dejé llevar por la corriente, flotando aún, de espaldas, frente a esa rasgadura de los cielos que no implica nada. Lloré aún más fuerte. Grité y la sombra de la música me acogió de nuevo. Elevé un rezo, una plegaria. Mencioné palabras al azar: frío, canto, aquella noche. Recordé los nueve umbrales anteriores y entonces tomé la decisión. Me despedí de todo, cerré los ojos y crucé...








Fotografía: Death Valley, California