martes, 23 de agosto de 2016

Les nacimos viejos..., por Draupadí de Mora







¿
Les nacimos viejos
y prematuros forever
manitas arrugaditas
hinchadito el higadito
reventaíto el pulmoncito

Nos lastiman la luz y las botas
cómo pica la barba de mamá
cuando dulce se acerca a la cunita
para que labios
y hambre de estómago pegado
mamen de sus tetas la leche esa
la leche esa que viene del río ese
del río ese de la perra
de la montaña de la momia
de la semilla seca

decían sus muros
todo a lo largo
el paso del tiempo
y en un arrebato poético
dos puntos


Inexorable
el paso del tiempo
inexorable como los muros
sus poetas su leche sus dos puntos sus callejeros
n o s o t r o s
solos más solos
ni siquiera más viejos

en estas horas inexorables
dicen las paredes
?




en El jardín de los violadores amables (G0 Ediciones), 2016

Fotografía: César Fuentes





jueves, 18 de agosto de 2016

Arlequines en flor (o el ocaso de los ídolos), por Carlos Almonte




Sobre Los Arlequines, de Ariel Rioseco

En el inicio estaba la tierra desordenada y vacía. En el final, suponiendo que éste sea el momento final, también. De tanto orden, ir y venir, de tanto completar y rellenar espacios (de ignorancia, primero, de especificidad, después), se ha dado una vuelta completa. Se ha terminado un ciclo, como varias veces ha ocurrido en la historia del hombre y la mujer. Esta vez somos protagonistas privilegiados de la historia que se repite y replica a sí misma, una y otra vez, en una reverberación tan turbulenta como improbable.

Estos versos de Arlequines, ángeles caídos, héroes en desgracia, verdaderos dioses de la oscuridad, envueltos en innumerables virtudes públicas y vicios privados, representan el momento histórico referido, un paradigma que ya no resulta más, por gastado, por insulso, porque ha dejado de ser creíble. Tanto así, que vemos en la gran pantalla guerras épicas entre humoristas, superhéroes que batallan entre sí, crossovers maniáticos o delirantes: Superman se reencuentra con el Hombre Araña, quien, a su vez, bebe a destajo por las calles de Santiago. Próceres de la televisión muestran culpas y adicciones sin pudor.

Hemos cruzado aquella línea, definitivamente… la del espectador, la del lector, la del autor. Estamos en pleno fuego cruzado y no queda más que batallar, escribir un guion altanero y arcaico. O narrar de izquierda a derecha, sin temor a repetirse ni a caer en el exceso. Porque el exceso es ridículo, divertido y trágico a la vez.

He aquí uno de los valores de esta propuesta… Representa el oscuro momento de esta batalla discursiva: postmoderno y moderno, revolucionario y reaccionario (“¿Hay algo más conservador que la constatación de un gesto revolucionario?”), ilustrativo y oscuro, alegre y pesimista, pop y punk… Un claroscuro permanente. Un juego que no solo deja de ser jugado, también deja de ser juzgado, por impropio, porque el juicio ya cambió de posición, de juez; incluso de certeza, o de verdad.

No hay más que el cambio permanente al acostumbramiento. Un designio actual, evidente, fijo en el tiempo, en el caos. Arlequines que visitan, manipulan, entristecen, avergüenzan, patetizan el discurso. Un texto que se inscribe en la tradición histórica de la provocación. Tradición que de tanto provocar, se aminora y acomoda en el sillón, frente a la TV, se transforma en espectador crítico de una realidad vacía de mentiras y posturas. El superhéroe se hace cotidiano, se lo conoce, por fin, sin la máscara. Se emborracha, instalado en la mesa de al lado. Vecino de departamento. Compañero de banco en la universidad, en el metro, en la plaza, mientras tira migas a cochinos pájaros que no vuelan, que no pican, que no comen...


Los Arlequines

Ariel Rioseco

G0 Ediciones, 2016




miércoles, 10 de agosto de 2016

DQ, por Susan Sontag






«Él se enfrascó tanto en su lectura que se le pasaban las noches leyendo de claro en claro, y los días de turbio en turbio; y así, del poco dormir y el mucho leer, se le secó el cerebro de manera que vino a perder el juicio».

Don Quijote, al igual que Madame Bovary, versa sobre la tragedia de la lectura. Pero la novela de Flaubert es una obra realista: la imaginación de Emma se corrompe por el género de libros que lee, relatos vulgares de satisfacción romántica. Con Don Quijote, un héroe del exceso, el problema no es tanto que los libros sean malos; es la ingente cantidad de sus lecturas. La lectura no sólo ha deformado su imaginación; la ha secuestrado. Cree que el mundo es el interior de un libro. (Según Cervantes, todo lo que Don Quijote pensaba, veía o imaginaba seguía las pautas de su lectura). Lo libresco lo vuelve, en contraste con Emma Bovary, invulnerable a la componenda o la corrupción. Lo vuelve loco; lo vuelve profundo, heroico, verdaderamente noble.

No sólo el héroe de la novela sino también el narrador es alguien obsesionado con la lectura. El narrador de Don Quijote informa de que ha adquirido el gusto de leer hasta los papeles rotos arrojados a la calle. Aunque si bien el resultado del exceso de lecturas en Don Quijote es la locura, el resultado en el narrador es la autoría.

La primera y más grande épica sobre la adicción, Don Quijote es tanto una denuncia del estado de la literatura y un arrebatado llamado a la literatura. Don Quijote es un libro inagotable, cuyo tema es todo (el mundo entero) y nada (el interior de la cabeza de alguien; es decir, la locura). Implacable, verboso, plagio de sí mismo, reflexivo, juguetón, irresponsable, proliferante, duplicador: el libro de Cervantes es la imagen misma de la gloriosa mise-en-abîme que es la literatura y del frágil delirio que es la autoría, su expansión maniaca.

Un escritor es antes que nada un lector; un lector que se ha vuelto loco; un lector granuja; un lector impertinente que afirma que es capaz de hacerlo mejor. Con todo, justamente, cuando el mayor escritor vivo compuso su fábula definitiva sobre la vocación del escritor, inventó a un escritor de principios del siglo XX que se había propuesto como su obra más ambiciosa escribir (partes de) Don Quijote. Una vez más. Tal cual (era). Pues Don Quijote, más que ningún otro libro jamás escrito, es la literatura.


1994



en Cuestión de énfasis, 2001



Pintura: Celestino Nanteuil






jueves, 4 de agosto de 2016

Laura, por Martín Cinzano





A ti te gustan las películas
de Shion Sono esas trilogías
donde la sangre salta a manguerazos
desde el cuello mientras una mujer
ríe sosteniendo un pene rojo en la mano
y tú en la butaca de algún cine club
sola, hipnotizada, también te ríes
también te comes la pantalla
con los ojos porque
con la boca
saboreas fruta seca
 
A mí en cambio me gustan esas pelis uruguayas
donde no pasa un carajo ahí los personajes
son tipos corrientes aburridos
ven pasar la vida
como quien contempla un partido de fútbol
de una liga extraterrestre
mientras haya puchos mientras haya mate
esa gente lo puede soportar todo
hasta el pitazo final 


En Yo ya (G0 Ediciones), 2016
 






viernes, 29 de julio de 2016

Juan Rulfo





“Nadie te hará daño nunca, hijo. Estoy aquí para protegerte. 
Por eso nací antes que tú y mis huesos se endurecieron antes que los tuyos”. 

(Juan Rulfo, “El llano en llamas”, 1953)