21/4/19

Los cercanos gestos de un poeta zen (sobre ¡Flash!, de Franklin Goycoolea), por Carlos Almonte





Sobre ¡Flash!, de Franklin Goycoolea

Hay libros (textos, tejidos) que siempre rondan el pensamiento, incluso desde antes de ser impresos. Las razones, en el caso presente, son de variado tipo: un autor inédito, fotógrafo, poeta, tarotista y diletante; perteneciente, quizás, a la única y última generación dorada de la bohemia artística y poética chilena. Contertulio de Jorge Teillier, Rolando Cárdenas, el Chico Molina, José Donoso y Stella Díaz Varín, entre muchos otros... Franklin, al igual que varios de los mencionados, es poseedor de una pluma filosa que, tal como fulgura una navaja en la noche porteña, trasgrede en su estocada al propio acto poético, o delictivo, o ambas cosas a la vez.

¡Flash! es un acto de supervivencia, caminar sin rumbo y sentir sed, una errabunda sed... un acto de mirar con ojo atento y desatento, de mirar, de mirar siempre, por una esquina, por un recodo, un reflejo, un vidrio sucio, una bandera rota... una simple instalación casera: ceniceros, fotos de Neruda, una esquirla en el altar. Todo al mismo tiempo, y nada a la vez.

Por esto ¡Flash! es un libro que salta a la vista, literalmente. Arremete desde la mesa, cae al piso y reposa durante décadas, hasta que es recuperado por-sí-mismo y puesto en movimiento. Así es como será: un reguero de fuego discursivo en cada tiro. Una matriz de sentido claro, aunque en escalones de ciudad costera, entre recovecos, como el puerto mismo. La obra de Franklin Goycoolea es dispersa y entramada: “Poemas diseminados. Promesas de texto. Mil fotografías, muchas de ellas perdidas u olvidadas en miles de cajones de miles de casas y desplazamientos por los que ha deambulado Goycoolea durante su vida”, acota el crítico Adolfo Pardo, a propósito de este libro.

Nos encontramos frente a frente con una portada blanca, un título eficaz y una postal que bien podríamos llamar “Lanchas en la bahía” (como un homenaje implícito de Franklin a Manuel). De este modo, Goycoolea nos acoge en su paseo, su particular modo de mirar la vida, su entorno tan cercano: una ventana rota, un gato, unos lentes... Una vida, la suya, representada en breves gestos, en cercanos gestos, para salir, cual diletante zen, con un instrumento de registro inmediato, la cámara, y uno derivado, el lápiz. Así es como van apareciendo personajes algo más distantes (tan solo unos pocos metros): un vecino tomando el sol, la bandera rota sobre la bahía, unos perros vagos descansando, un sillón vacío, abandonado, una casa sin personas.

Goycoolea nos muestra un mundo silencioso, “casi” completamente real, una realidad desprovista de efectos, de luces, de escenografía dispuesta. Lo que se observa es un ojo cotidiano que escarba en el plan común de los días que transcurren, uno tras otro, sin más sobresalto que una estación vacía, un perro que no ladra o un espejo que refleja luz opaca, una huella y el vacío, simple e infinito.  



San Miguel, marzo 2018

Fotografía: Franklin Goycoolea












9/4/19

El amor que resplandece, por David Miralles





La noche nos reduce
en esta plaza
y es nuestro el amor que resplandece
más allá de las torres asediadas:
de las malas palabras que cerramos
y que ahora ceden
bajo el peso de los cuerpos.

El viento entra en la ciudad
rendida a nuestros pies
que ignoran
el camino de regreso hacia la madrugada.

Lo demás podría no existir en esta hora
en que volvemos a vencernos.



en Los malos pasos, 1990











12/3/19

Aves, por Tomaž Šalamun





Soñé que de la boca le corría sangre.
Estaba tendido en la arena y miraba al vacío.
En derredor se podía oler la fragancia de las rocas.
Le pisé con mis zapatos y le trituré
la nariz. Me pareció que las aves
le temían. Que no le destrozarían
si el hilo de sangre fuera muy tenue. Le quebré
el cuello en la nuca. Con las orejas y
las mejillas hice una mescolanza. Empapado
de arena, crujía. El cielo se
hundió y se hizo más profundo. Las aves
comenzaron a reunirse en bandadas, acercándose.



en Las montañas, que están toda la vida (Antología), 2004











25/2/19

La chica más linda, por Gladys González





la chica más linda de la fiesta
tiene una bolsa plástica en la cabeza
marcas de tinta en los dedos
sus huellas digitales
en toda la ciudad



en Vidrio molido, 2011












22/2/19

Dentro de letras vacías, por Mario Veloso





Salí de la distancia
con las manos vacías.
Viajé por los caminos,
por el límite y la fragua.
Llegué siempre de paso,
con estas manos vacías.

Y busco, solo y rebusco,
en este viaje de fuego,
la voz apasionada en la palabra.
Y el símbolo y el sueño,
depositando su trigo
dentro de letras vacías.



en Una palabra, 1995











31/1/19

Insistencia del día, por Víctor Quezada





Fragmentos de Cuarenta días


*
El sonido brota desde el fondo de las cosas, aumenta.
En algún punto revienta el día, se expande.



*
La escritura del alba, sonido destinado a perderse con la marcha del día.



*
No despertar, mostrar al mundo la cara amable.



*
Más allá de la bruma, el oro del día.



*
Abajo, la escritura del tiempo avanza mientras caemos.



*
La palabra se rompe.
Secreta el día.
Su rumor avanza.



en Insistencia del día, 2018

Komorebi Ediciones











3/1/19

“En estos momentos somos, como especie, literalmente una plaga”. Entrevista a Kurt Folch

Por Patricio Jara
Culto La Tercera 
14 de diciembre de 2018





Traductor de Shakespeare y profesor de literatura en la Universidad Diego Portales, el autor publica Tierra negra, un volumen de poemas que giran en torno al paisaje y donde el hombre parece haber desaparecido. Cuenta Kurt Folch (Santiago, 1970) que uno de los lugares más desolados por donde ha caminado en su vida, tanto como los sitios eriazos que rodean la Panamericana Norte o los que se ven desde la cúspide de la cuesta La Dormida, fue una fábrica de asfalto abandonada cerca de la población Juan Antonio Ríos en Independencia. Tenía 10 años cuando, junto a un amigo, ingresó a un patio de concreto donde había maceteros con tierra muerta, tan muerta como los peladeros que rodeaban la edificación. Décadas más tarde, esa imagen y esa sensación apabullante volvería, quizás de manera inconsciente, en forma de versos: “una cucharada / de ceniza / de memoria / a otra lengua / con su olvido” y que hoy forman parte de su reciente colección de poemas.

“Me agrada el desierto, los sitios eriazos en la ciudad, el lecho del río seco. A veces el terminal de buses o el patio de mi casa a mediodía y el viento son la desolación misma”, comenta a propósito. “Me gusta ese tipo de desolación. Aunque hay otros espectáculos desoladores y horribles, como los centros comerciales, las noticias de actualidad o lo que ha hecho la especulación inmobiliaria con el litoral central”.

Kurt Folch es profesor de la Escuela de Literatura Creativa de la Universidad Diego Portales y ha sido traductor de Shakespeare, Tom Raworth, Basil Bunting, entre otros. Los poemas que dan forma a Tierra negra, cuenta, fueron tomando cohesión de manera espontánea, sin embargo hay elementos que él trabaja con frecuencia, como el apego a lo terrenal del paisaje. Folch hace foco en aspectos telúricos, biológicos, climáticos.

“La insistencia en la materia a través de elementos recurrentes como sedimento, piedras, líquenes y cristales apelan a formas primitivas o elementales”, dice. “Además proyectan imágenes que sugieren una especie de neutralidad o sobriedad que funciona como antídoto contra el lirismo de lo obvio y que en nuestra tradición se presenta, en general, en el uso de imágenes superlativas, dramáticas, trágicas, con total apego a la ley del sentido”.

Y entre medio de todo eso está el hombre...
El poema escucha, por lo tanto hay alguien que escucha antes de hablar. Prefiero esa actitud. Pero ese sujeto no solo no controla lo que sucede sino que sus palabras, que no dicen sino que escuchan, lo disuelven en lo que ocurre e impide la consumación del sentido de cualquier narrativa. Me gusta pensar que no hay relato alguno. Es decir, yo sé, o sabía más bien, las anécdotas, los relatos, pero los he mutilado hasta que me parecieron por fin irreconocibles.

En sus poemas el hombre no es protagonista. Incluso ha desaparecido, quedan apenas los vestigios, como sugiere el final del último texto: “con silencio entre cavernas bajo el hielo / había dibujos trozos de cerámica huesos / el conjunto significa también otra cosa”.
Digamos que entre Orfeo y las Ménades, estoy de parte de las Ménades. Puede que sea una cosa epocal. Es decir, en estos momentos somos, como especie, literalmente una plaga. Los que tenemos hijos deberíamos pedir perdón de rodillas y no solo a nuestros hijos. En ese sentido quizá este lenguaje no pase de ser una expresión misántropa. Que lo es, en cierto grado, aunque no inhumana e incomprensible. Porque ya sea en voz alta o en voz baja, toda forma de discurso, sobre todo el que se concibe para ser impreso, termina en impostura. Parece imposible salir de la trampa.

Para este volumen, Kurt Folch nuevamente utiliza el recurso gráfico intercalado, la saturación de las formas, el alto contraste, acaso el acercamiento a lo ilegible que es también, un acercamiento a la monstruosidad. La portada es trabajo de la artista Alejandra Meza, su esposa, y las láminas interiores son del autor. “Creo que hay una concordancia o sintonía entre los versos y esas manchas. También son, en la saturación, una evocación de lo que señalas como apego a la materia”.

O bien las formas impensadas que podría ofrecer el acercamiento, por ejemplo, con un microscopio.
Un microscopio es la prótesis de una capacidad poética. Mallarmé hablaba de la mirada telescópica. Pero en ambos sentidos, hacia lo macro y lo micro, además de registrar las transiciones entre ambas. El lenguaje del fragmento y del error tiende a lo microscópico y lo particulado. En esos detalles aparece el extrañamiento o la monstruosidad que uno no podría nunca agotar. Piensa en las descripciones que Lovecraft hace de la geometría y la arquitectura concebida en los tiempos de Cthulhu. Son párrafos y párrafos de algo que se nos presenta con lujo de detalles pero que es imposible comprender, porque resulta demasiado primitivo y extraño.









28/12/18

Vista al valle, por Kurt Folch





piedra molida enmarcaba la lectura del paisaje
eran dos al sol hace menos de una hora
la sombra del cerro cubre esa parte del territorio
aluvial los remansos del río los campos pelados
del norte cocido al pie de un talud de lava
en el aire comprimido la distorsión del calor
la pátina de polvo y polen borró el horizonte
entre las rocas sobre un cuero accionó
una serie de poleas para hacer andar
círculos de presiones distintas cruzadas
en soledad se evaporan los relieves de sonido
tras la colina el gredal quedó en silencio
sin nadie bajo ninguna estrella como si no
hubiera ocurrido algo en la quebrada desde
la cima hasta la base tenían grabados imposibles
no había más rastros pero sí al final una huella
cuesta abajo se detuvo a flotar en el aire
con los ojos barrió el erial de este a oeste
dijo que hay incluso interferencias extrañas
las marcas del roce con fuego la tierra estéril



en Tierra negra, 2018

Editorial Una Casa de Cartón













26/12/18

Autorretrato, por Cecilia Gajardo





Soy la que viste
rojo y cruza las
piernas
que mantiene la tensión
en el ceño de los hombres
la que provoca
adrenalina en los tendones
de las manos de amigos
soy la niña odiada por su madre
teme a la textura
de mi boca
me teme porque soy su madre
lozana
porque la tomo en mis brazos en la foto familiar.
Eso soy
sentada con un vestido rojo
y las piernas cruzadas.



en Piel verano, 2017

Libros La Calabaza del Diablo











21/12/18

Antología Bilingüe PO-EX, G0 Ediciones




Antología Bilingüe Po-Ex
Editora, traductora y coordinadora de la antología: Jéssica Pujol Durán
Poesía experimental
G0 Ediciones
2018










18/12/18

Yo no soy Héctor, por Héctor Monsalve





Yo no soy Héctor.

Dejé de serlo un día
en que me vi caminando hacia la luz,
en una calle perdida de Ciudad de Panamá.

Un árbol se incendiaba en esa esquina
y era bello el instante.
Sentí calor.

Quemaba la noche
y como único gesto ante el peligro
cerré los ojos, dije mi nombre.

Son las cinco de la mañana
y esa luz es un sueño repetido.

Pienso en partir,
en dejar de hacer algunas cosas,
en regresar.



en Yo Héctor, 2015











12/12/18

Contempla la vejez de la madera, por Roberto Contreras





Contempla la vejez de la madera
pensando en sus propias astillas.

Remueve las brasas de una fogata
invocando a sus parientes muertos.

Consigue una noche interpretar
el lenguaje secreto de los pinos.

El río le dicta algunos nombres
que vienen a ofrecerle una esperanza.



en Pedazos de agua, 2018

(2ª edición, Carbón)











11/12/18

Alicia en la carretera, Carlos Almonte




Alicia en la carretera, de Carlos Almonte
Novela hecha de fragmentos (Noesía - Poevela)
G0 Ediciones
2018










3/12/18

Roberto Arlt, por Juan Manuel Silva Barandica





Dicen que hay reyes en Europa
que pueden leer sus antepasados
hasta Abraham.

Viajo con una maleta casi sin nada
y no necesito más historias que las
que puedo escribir.
Imaginé a mis padres y a los padres
de sus padres. Cárceles:
para mí el origen está en cualquier lugar.



en Trasandino, 2012











26/11/18

Experimento, por Germán Carrasco





Otra vez la culpa: jamás
disfruté los trucos extraliterarios
pero imagina una gota de agua
-una lágrima, ponte tú
o una gota de mezcal-
en la página que acabas de escribir
y que acaba de salir de la impresora:
la tomas con ambas manos
y la mueves como si la gota
fuera un barco en el agua quieta
de la página.

Otra vez disculpa: jamás
me entusiasmaron las imitaciones
del expresionismo abstracto:
tanta mancha ebria y tanto alarde
ni el escapismo de la poesía
concreta. Pero imagina
que lo que estaba escrito
empieza a disolverse con la gota
y se borra todo y respiras
de alivio.



en Ensayo sobre la mancha, 2012

Ediciones Corriente Alterna