domingo, 15 de abril de 2012

Mi vida con el chamán, por Jaime Jaramillo




A Santos López



A los doce años de edad me fui con un circo que pasaba. A los quince años me fui a la selva. Tuve suerte. No me devoraron los caníbales porque con sólo verme se dieron cuenta de mi ignorancia y mi debilidad, así que no tenían nada qué comer de mí, por lo que les fue preciso adoptarme. Me llevaron a casa del chamán, para que me educara.

Si vosotros no conocéis un chamán, podréis imaginároslo fácilmente. Es así, como os lo imagináis. Sólo que tiene la nariz un poco menos larga, los brazos sí, larguísimos, cola no tiene pero no la ha olvidado, y es bondadoso a la manera de la selva, o sea con una dureza que asusta. Sin embargo, después de cierto tiempo llegamos a querernos. Porque yo era algo que él había encontrado. Y porque, al depender de la tribu, debía respeto y devoción al chamán.

Fue por eso, por el respeto, que pude sobrevivir. En la selva hay un respeto mítico para todo. Y también práctico. No respetar las leyes de la selva implica peligro de muerte. Se respetan los territorios de cada animal, las costumbres de las tribus, las insignias, los poderes, la hormiga se respeta, la serpiente, cada ser mantiene su autonomía. No todo el tiempo se está de caza. Si el tigre ya comió, los sobrevivientes se quedan tranquilos. No se acostumbran los postres en la selva. Después de haber comido se bosteza, mostrando todos los dientes, y después se duerme, si no hay nada qué hacer. Al menos así era en aquella tribu.

Pero cuando hay algo qué hacer, todo se pone en marcha con una celeridad y precisión que dejaría boquiabiertos a vuestros flamantes ejecutivos de oficina. La tribu se mueve como un solo hombre cuando se ha tomado la determinación de emprender algo. Y el equipo funciona cronométricamente, milimétricamente. La exactitud está grabada en cada individuo como una norma de la naturaleza.

Cuando se terminaba de labrar una canoa, el chamán iba –yo detrás de él– para decirle a la canoa lo que había qué decirle antes de botarla al agua. La canoa absorbía el conjuro y salía dando tumbos de felicidad por el río, como todas las canoas novatas con el entusiasmo del primer día, hasta que la paciencia del boga las amansa.

Si había un enfermo el chamán iba –yo detrás de él– para hablarle a la enfermedad y suplicarle que abandonara el cuerpo poseído. La enfermedad, a veces, se retiraba a doler en el centro de una calabaza. Pero si el enfermo moría, el chamán se quedaba algunos días sin salir de su choza, discutiendo con el espíritu del muerto y solicitándole los remedios.

A veces también había fiestas, parecidas a las que se muestran en el cine, pero el cine no muestra el final. El final es tristísimo. Participaba el chamán con sus atuendos –yo detrás de él– y la fiesta era para los hombres solos. Las indias aparte, preparando las comidas, trayendo el vino de palma –que lo servían helado.

El viaje para trasladar la tribu a otro lugar se preparaba con dos lunas de anticipación. Partíamos al amanecer, llevando las flechas en la mano, hacia un lugar previamente escogido. Aprendí a pescar con la flecha, a la luz de la noche y a marchar en silencio entre una larga fila. Si la fila gira noventa grados, tenéis un ejército al frente.

Cuando el chamán se enfurecía conmigo me acorralaba contra lo que estuviese más próximo, sacaba su enorme cuchillo, con el cual me hacía cosquillas en la barriga, y me gritaba en castellano: –¡Mister Jaramillo, lo voy a matar!

Después el chamán me alzaba por el pescuezo y me tiraba lejos de sí, pero no me rompí una pata porque él mismo me había enseñado a caer, no sólo con seguridad, sino también con estilo. Si olvidaba el estilo, era probable que me diese otra lección.

El chamán, es verdad, me había tomado muchísimo cariño. “¡Mister Jaramillo, lo voy a matar!”

“Te voy a matar” es la frase que más he escuchado en mi vida, desde niño. Y cuando no me la han dicho, he sabido que la están pensando. Como nunca me habían explicado el motivo llegué a acostumbrarme tanto que, una vez que me la dijeron muy temprano, en un paraje solitario, detuve mi caballo a la orilla del camino y le ofrecí un cigarrillo al que acababa de saludarme de esa manera. ¿Me conoce usted? –le pregunté–. “Claro que lo conozco, y por eso es que lo voy a matar”. Y así fue como vine a enterarme.

Jorge Montoya Toro y Graciliano Arcila Vélez aparecieron una vez en aquella tribu. Se presentaron como etnólogos y antropólogos de la Universidad de Antioquia. Llevaron acompañantes con la grabadora, la filmadora, las cámaras fotográficas, todo un equipo inútil y risible. Pero lo más risible de todo eran el chaleco, el saco y la corbata con alfiler de Jorge Montoya Toro. No sé si lo recuerde. Nunca lo volví a ver. El no me vio, claro está. Yo era un indio como todos, sólo un poco más blanco. Además, él no se daba cuenta de nada. Permanecía abstraído todo el tiempo. Cuando terminó la investigación nos puso unos discos antiquísimos que habían llevado en una vitrola de cuerda. ¡Hasta allá!

A don Benigno Mantilla Pineda, que iba con ellos, le puse en la mano algunos poemas líricos que yo componía antes de dedicarme a la épica. Naturalmente, no podía tomarlos en serio, pero se asombró de que le diese un escrito.

Con el nombre de “el indio Tascón” fue conocido en Andes el chamán. Cursó bachillerato en el liceo Juan de Dios Uribe y fue rechazado en la facultad de medicina por ser indio. Entonces estudió derecho. Alcanzó la dignidad de juez en un pueblo antioqueño. Después de haber sido juez estuvo dos veces en la cárcel porque nunca dejó de ser indio y eso no tiene perdón.

Fue siempre defensor de su tribu hasta que un terrateniente lo mandó asesinar, porque los terratenientes nunca tienen suficiente tierra. Y eso fue en la carretera que sale de Andes a Jardín, siendo Gobernador el señor doctor, y Presidente el señor doctor, y Ministro el señor doctor, en aquel año de gracia de 1981 que está grabado en tantos bloques de piedra por tantos motivos, mas no por éste.

¡Caiga su sangre sobre nosotros!













jueves, 8 de marzo de 2012

Estaño, por Winétt de Rokha






Entre las piedras, brotadas de musgo,
se estancó la pena,
como agua de lluvias desmemoriadas.

Flor malsana,
mujer eterna, abandonada y oscura
mano de pétalos de aluminio.

Caravana de polvo, siniestra,
multitud de agujas envenenadas,
rebozo gris, gabardina de ocaso.

Mis dedos tranquilos y castos,
desdoblaron del arpa terrosa
sonidos de cuerdas vencidas.

Fue la pócima de niebla,
óleo de rosas negras,
enloquecidas sobre mi frente…
sellada por siete sellos de plata.



en Fotografía en oscuro, 2008










martes, 17 de enero de 2012

La sorpresa, por Teresa Hamel






Al amanecer desperté sobresaltado con una alharaca en el edificio. Unos encapuchados se colaron a mi departamento, apuntando al mayordomo con metralletas. Me aprehendieron, me amarraron por las muñecas y cubriéndome con un saco hasta los hombros me introdujeron a un vehículo donde esperaban dos individuos. Prisioneros-pensé- sin dirigirles palabra, pues un guardia nos custodiaba.

Rodamos un rato, quizás fuera de la ciudad. Luego dejaron de escucharse ruidos de movilización, pero a la hora volvió el ruido del suburbio. El vehículo se detuvo y nos obligaron a descender a golpes y a culatazos. Entramos a una casa. Me sacaron el capuchón. En la sala encortinada había dos mesas largas. Ante una de ellas sentada en una silla, una mujer desnuda. Enfrente suyo un encapuchado la interrogaba. Me hicieron sentarme junto a la mesa gemela y de inmediato lo siguió otro encapuchado con dos hoyos abiertos a la altura de los ojos.

Mejor me largas en el acto donde guardas las armas y los nombres de tus amigos. Nadie lo sabrá y te concederemos la libertad-. El trato amable, educado, la voz persuasiva. En verdad ignoraba a qué armas se refería. Podrían matarme, pero yo no tenía nada que declarar. Se lo dije. Cambió el tono de voz, llamó a un tercer encapuchado. -¡Ablándalo!-, le ordenó.

El ablandamiento consistió en castigarme con los puños, abrirme las piernas y propinarme patadas en los testículos y rodillazos en el estómago.

Más tarde me sumergieron la cabeza dentro de un barril con inmundicias hasta que comencé a asfixiarme, entonces me la levantaban unos segundos para respirar y enseguida me la hundían. Imposible resistir más, me sentía ahogado, mareado. Vomité cuanto contenía en el estómago. Quedé con la ropa mojada, agria, sucia, me produjo asco y compasión mi deplorable estado y lloré de rabia e impotencia.

Me pasaron a la sala contigua donde estaba la misma mujer, siempre desnuda, sentada y atada a una silla. Igual cosa realizaron conmigo aunque me dejaron vestido con las manos atadas a mi espalda. Luego me vendaron la vista. Casi enseguida comenzó a entrar gente a la sala. Sentí caer la silla de la mujer que arrastraban. Empezaron a violar a la mujer que se hallaba al extremo de la pieza.

-¡No, noooo! -gritaba ella, en medio de llanto, angustia, desesperación. -¡Nooo! -y se oía cómo se deslizaba por el suelo escabulléndose, el crujidero de tablas, la lucha cuerpo a cuerpo, el jadeo de los hombres, el aullido de placer, la voz estrangulada, los golpes, las cachuchas, la voz brava y sonora de mando, colérica, altiva, el látigo, la flagelación, el ahogo. Sin duda varios la violentaban, pues a ratos se le encontraba la voz y escuchaban sus quejidos sofocados. Algún valiente le tendría el pene dentro de la boca impidiéndole respirar, y le fornicaba un tercero. El piso de la sala se remecía entre gritos desgarrados, resoplidos de bestias, patadas y brincos. A juzgar por el entusiasmo parecían vigorosos jóvenes en un campeonato de rugby. Una vez terminada la sesión violatoria de diez hombres por lo menos, la mujer quedó exhausta, sollozando con alaridos de humillación y de congoja que comencé a consolarla, a musitarle muy despacio para tranquilizarla, para acallar o aliviar en parte la crueldad. Lloraba y repetía histérica -¡Qué horrible! ¡Qué horrible! ¡Qué horrible Dios mío!- Deseaba acercarme a ella, tendiéndole la mano, acariciar su rostro, ordenar su cabello, darle ternura, poderla defender de aquel maltrato y comencé a balancear mi silla hacia delante y atrás hasta tumbarla. Mediante un movimiento continuo de mi cuerpo logré aproximarme.

-Linda, linda, amada, compañera, amor mío, ten valor, paloma mía, serénate...-algo así le murmuraba para consolarla, ignoro por qué le parloteaba de ese modo, pero mis palabras brotaban espontáneas, y mientas más hablaba la mujer gemía y se lamentaba tan desgarradoramente que en muchos instantes me pillé quejándome y aún ahora al recordarla me siento destrozado.
-Jamás he mentido- me confesó.
- Yo no sé nada de lo que me preguntaban. Te juro por Dios. Soy inocente. Por Dios lo juro- repetía con pasión, esforzándose por convencerme de su pureza como si yo la enjuiciara.
-Ya lo sé. Se nota por tu lenguaje. A ninguna agrupación política perteneces, pero
se empeñan en descubrir focos de subversión inexistentes. Necesitan prolongar el estado de terror y justificar las medidas arbitrarias.
-Así parece- admitió la triste niña-. Me muero de frío. –Los dientes le castañeteaban.
-Relájate. Suelta los hombros. Ponte de espaldas y deja de tiritar. Verás como te recuperas. Piensa en el calor.
-Estoy cansada, tan... adolorida, Dios mío, que cosa más espantosa me han hecho.
-Olvídate. No pienses más en ello. Piensa que yo te acompaño, aunque impotente soporto tu sufrimiento sin poder cooperar, ¡cómo pudiera ayudarte, tenderte la mano, tocar tu rostro! ¡Abrigarte, transmitirte ternura! Trata de dormir, eso te aliviará.
-¿Tú crees que lo lograré? – sollozó aún más todavía y nuevamente reiniciamos la conversación.
-¿A ti te torturaron?-.Se lo conté. Ella, muda, me escuchaba.
-Me sale sangre y ni siquiera me dejaron un pañuelo para limpiarme.
-Ve si aún conserve el mío en mi bolsillo.

Escuché como se deslizaba en el piso y llegaba hasta mi silla. Me levantó el capuchón, me toco la cara con los dedos y me miró con sus dulces ojos color miel. Era rubia y pálida, con un cabello desordenado y largo, la cara machucada, un ojo violáceo y su cuerpo se notaba magullado a pesar que mi postura me impedía contemplarla entera.

-¿Deseas que te levante la silla o que te desate las amarras?
-Déjame así, porque después te castigaron si me ayudas. Acuéstate cerca de mi –le rogué-. Eres muy hermosa, tienes unos ojos preciosos.
-¿Tú crees?- murmuró en un suspiro.

Se notaba fina y frágil como una adolescente y en ese suspiro comprendí que el cansancio y el sueño la vencían.

Me quedé dormido y de pronto me desperté asustado.

-Compañera..., compañera... -La llamé, y ninguna respuesta acudió a mis oídos, pero, afinándoles en exceso, escuché un desacompasado resuello de quien duerme en estado febril e intranquilo. Reanudé el sueño pese a la posición absurda de mi cuerpo, mis manos atadas a la espalda, la cabeza cubierta y sentado en una silla, me encontraba agotado.

Poco duró ese descanso pues a las escasas horas llegaron los encapuchados y se llevaron a la mujer y a los pocos minutos vinieron por mí. Me soltaron y pude ponerme de pie lo que constituyó un suplicio, tales eran los quebrantos de mi estropeada columna dorsal, sobre todo la cola resultaba la parte más lesionada y sensible de mi fatigado organismo. Me sacaron el capuchón, la luz me encandiló. Por último descubrí dos muchachos sin antifaz, jóvenes, rubios, atléticos. Me condujeron a una sala vacía con sólo cortinas de tul en las ventanas y a un costado de la pieza colgaba una caja de dos metros de alto por igual medica en el ancho y en el largo, con una puerta: “La cabina infernal”.

-¿Has reflexionado? ¿Deseas decir algo?

Alcé mis hombros en señala negativa.

-Conforme- dijo-. Entonces tú también entras y efectuó una reverencia a lo Luis XV. Al abrirse la puerta de la cabina encontré en un rincón a mi chiquilla desnuda. De inmediato nos abrazamos empavorecidos de zozobra. Es indescriptible lo que se siente en esos momentos.
-Nos aplicarán electricidad- le anuncié.
-¡Qué horror!-gritó aferrándose a mí.

Alcancé a deslizar mis manos por su rostro crispado en un intento de transmitirle
valor y en ese segundo las placas metálicas que forraban la cámara comenzaron a emitir vibraciones y descargas eléctricas que nos lanzaron lejos uno del otro. Topábamos el techo, las paredes, el piso, como acróbatas permanentes. Una sensación de locura superdominante, vértigo, relámpagos que traspasaban, borrachera de demonios en la sangre que arrastra toda tu personalidad y te convierte en un superviviente sumiso, vencido. Me sangraban atrozmente los oídos, todo el cuerpo me dolía y la muchacha gritaba y gritaba. Suplicaba. Yo aguantaba con esfuerzo las ganas de llorar y gritar porque ella sufría tanto. Dios mío, se me antojaba espantoso su sufrimiento y creí cobarde demostrar el mío, pero hubo un momento inaguantable y también me largué a llorar y a gritar igual que la muchacha.

A ratos interrumpían la electricidad y no concedían tregua, más las bestias se ensañaron con nosotros y volvieron a la carga.

Nunca fueron más horribles los gritos de la niña que en esa prueba. Yo estaba más allá de la desesperación de oírla, de sufrirla, de amarla...De súbito se acallaron sus gritos y vi su cuerpo saltando de un lado a otro, chocándose contra mí.

Cortaron la corriente, abrieron la puerta. Yo era una piltrafa. Ella, quieta sobre el piso, ni siquiera abrió los ojos. El encapuchado se aproximó a ella y la movió. Me di cuenta que no reaccionaba. Me acerqué a ella, la toqué y comprendí. Entró el médico vestido de delantal blanco con el estetoscopio colgado de su cuello: le auscultó el corazón.

-¿Ven lo que pasa? Ya les he advertido, se les pasó la mano: la mataron.
-Sale- me dijeron.

Aterrado, me arrastré fuera de la cabina.

-Debemos vestirla.
-Sácala de ahí- me ordenaron.

Apenas podía caminar, tampoco aceptaba que ellos la tocasen. Hice un esfuerzo sobrehumano y logré a tirones sacarla del horroroso lugar.

-Y Ahora: ¡vístela!-. Me arrojaron un bulto de ropa.

Tomé el atado: eran los hábitos de una monja.



en Dadme el derecho a existir, 1985







jueves, 12 de enero de 2012

Vuelo, por Fabrice Champion





Hoy es un buen día para morir.
Me doy cuenta de que cada respiración es una suspención sobre la muerte.
Realizo todo gesto como si fuera el último.
Cada pasaje me enfrenta al reto de abandonar el deseo de tener éxito, cada partida es una afrenta para el miedo de perder. Fracaso y éxito son los fantasmas del ego. Me lanzó al vacío sin llevar nada, el corazón abierto y la mente en blanco. No necesito más el fardo del orgullo. He olvidado que quise ser bello y amado. ¡No hay necesidad de ser alguien! ¡Una rata, soy una rata apestosa!
Pueda yo ser libre de orgullo. Sin culpas, sin recompensas, cualquier falla es una quimera. En la confianza no nacida de manifestar el caballo de viento, dejo de lado la necesidad de controlar mi imagen y vuelo tal como soy, sin propósito, cual bailarín prehistórico, pura expresión de la alegría sin causa, libre de la esperanza y del miedo. Completo en escencia, como un rayo de luz, cruzo el espacio, rechazando sin esfuerzo la vergüenza y la gloria.
Cuando espero el signo de quien me lleve, mi concentración está libre de tensión. Para salir, atravieso la duda, relajado y decidido. Me abandono al momento presente. Mi estómago burbujea tric trac, es una fuente inagotable de energía. Desbordo energía. Siento mi cuerpo listo. Estoy sincronizado.
El miedo a la soledad cósmica me frota brutalmente el diafragma, lloriquearía felizmente otra vez: cómo puedo pensar en retirarme, cómo puedo olvidar a los que vinieron a vernos entregándonos. Vuestra felicidad es mi felicidad. Mi felicidad es vuestra felicidad. Pueda vuestra atención inspirarme autenticidad y generosidad. Mi corazón se abre y se muestra, simplemente, sin fabricación. Estoy disponible, listo para jugar como un gatito....
Me río por el placer de volar. Me río porque soy libre, río porque amo a los que me rodean. Con mi genuino corazón de tristeza o alegría y dolor se funden en un néctar sublime, vuelo, el espacio invado. El espacio me invade.


Fabrice Champion



"Aujourd'hui est un bon jour pour mourir./ J'ai conscience que chaque respiration est un sursis sur la mort./ J'accomplis chaque geste comme s'il était le dernier./ Chaque passage me met au défi d'abandonner le désir de réussir, chaque départ est un affront à la peur de rater. Echec et réussite sont des fantômes de l'ego. Je me lance dans le vide sans rien emporter, le coeur ouvert et l'esprit vierge. Je n'ai plus besoin du fardeau de l'orgueil. J'oublie que je veux être beau et aimé. Pas besoin d'être quelqu'un! Un rat, je suis un rat puant!/ Puissé-je être libre de l'orgueil. Pas de blâmes, pas de récompense, toute faute est une chimère. Dans la confiance non née de manifester le cheval de vent, je lâche prise de contrôler mon image et je m'envole tel quel, sans but, tel un danseur préhistorique, pure expression de la joie sans cause, libre de l'espoir et de la peur. Entier par essence, comme un rayon de lumière, je traverse l'espace, rejetant sans effort la honte et la gloire.

Quand j'attends le signe du porteur, ma concentration est libre de tension. Pour partir, je traverse le doute, détendu et déterminé. Je m'abandonne dans l'instant présent. Mon ventre bouillonnant de trac est une source inépuisable d'énergie. Je déborde d'énergie. Je sens mon corps prêt. Je suis synchronisé./ La peur de la solitude cosmique me frôle brutalement le diaphragme, je pleurnicherai bien une autre fois : comment puis-je envisager de me retenir, comment puis-je ainsi oublier ceux qui sont venus nous voir donner. Votre bonheur est mon bonheur. Mon bonheur est votre bonheur. Puisse votre attention m'inspirer authenticité et générosité. Mon coeur s'ouvre et rayonne, simplement, sans fabrication. Je suis disponible, prêt à jouer, tel un chaton./ Je ris pour le plaisir de voler, je ris parce que je suis libre, je ris parce que j'aime ceux qui sont autour de moi. Avec mon coeur, authentique de tristesse où joie et chagrin se fondent en un nectar sublime, je vole, j'envahis l'espace. L'espace m'envahit."


Fabrice Champion
Traducción de Raimundo Melun










sábado, 7 de enero de 2012

Conjúgame, por Albert Compte






Yo, el sin juicio revelado; el amamantado
con leche de noche nochera; tú, el colmo
de mi entrañable embeleso plenipotenciario.

Inquiero mi propia verdad
cuando te conjugo.

Así pues, conjúgame, te pido por Dios
que me conjuga cuanto antes, manumítame,
debo suplicarte que me manumitas ipso facto.
Fatalízame sin finiquito ni aspavientos carentes
de injundia cainita. Finiquítame a expensas
del erario fatalista. Indemnízame con tu sonrisa
de niña. Centrifúgame sin contemplaciones
ni oropeles de ningún arquetipo.

Misantropéame a troche y moche; omíteme
en tus oraciones nocturnas, mitígame a la fuerza
de tus cantares de gesta morunos; optimízame;
oropélame… paradisiácame… francachélame…
patriotízame… succióname en dos pajitas
acordeonistas… pedigüéñame… acaéceme…
prevarícame… hazme tuyo de ombligo
para afuera…dulcinéame del Toboso en el ágora
mesetaria delas azules confesiones risitas…
independízame… condiméntame… simbiotízame…
regurgítame… bésame con avara y frenética alevosía.

Yo, el sin juicio por ti. Tú, la
sin fecha de caducidad.




en Revista El Llop Ferotge, 2007








martes, 3 de enero de 2012

Khan Noonien Singh, por Juan Carlos Villavicencio







La ira de aquel abandonado donde los bosques sólo perduran en la arena. La venganza i la caída cuando ciego olvida el legado de su sangre, tiranía sobre el viento i toda luna velando por su imperio.

Ahora, como un cuerpo viajando muerto hacia el propio lado oscuro que tienen las estrellas, descubre que aquí si bien no hubo aliento ni palabra, un nuevo Génesis relatará el nacimiento de nuevos archipiélagos sobre un planeta seco que en su altura reconoce ahora lejos del infierno dividido en paz como polvo de cometas que han partido.








lunes, 26 de diciembre de 2011

Arrecife, por Michel Butor





a Silvère


La piel granítica
deslavada por tormentas
arrugada por eras
excavada por vendavales

Expone al último
sol veraniego
doblados líquenes
telefios y cardos

En sus más secretas
cavidades
peces y moluscos
tratan de lanzar

A los precipicios
del invierno próximo
el puente de los suspiros
de tantas generaciones




Y los olvidados
de ancianos naufragios
cráneos habitados
por erizos y algas

Hacen castañetear los dientes
nostálgicamente
a cada pasada
de bellas clavadistas

Soñando extraer
de sus energías
la de una vuelta
al territorio de los vivos.


Traducción de Raimundo Melun



Récif // pour Silvère // La peau de granit / lavée par l’orage / ridée par les âges / creusée par le vent // Expose au dernier / soleil de l’été / ses lichens doublés / d’orpins et chardons // Dans ses plus secrètes / anfractuosités / poissons et coquilles / cherchent à lancer // Sur les précipices /de l’hiver prochain / le pont des soupirs / des générations // Et les oubliés / des anciens naufrages / crânes habités / par oursins et algues // Font claquer leurs dents / nostalgiquement / à chaque passage / de belles plongeuses // Rêvant de puiser / dans leur énergie / celle d’un retour / au camp des vivants.






jueves, 22 de diciembre de 2011

Kulla, por Cristián Pérez





Imposible no haber imaginado la limpieza étnica: a mi lado dos niños gitanos con sus caras y harapos sucios, durmiendo bajo el sudor hediondo de sus frentes y sus pequeños cuellos. Adelante la madre de éstos atetando a otro hijo y dos crías más sentadas a su izquierda. Estábamos cruzando la frontera en un viejo bus que parecía haber sobrevivido a la guerra. Una alfombra colorida adornaba todo el pasillo y bolsas de plástico en cada tres asientos servían de basureros. El bus iba repleto de trabajadores albokosovares que tenían como destino Belgrado o algún poblado intermedio. Ni un solo serbio dentro del bus; no soy etnólogo, pero sólo un idiota se confundiría. Podía ver pieles no muy claras, cabellos oscuros y algunos rasgos más gruesos e, incluso, un pequeño aire a facciones turcas. Éramos estos hombres, la familia gitana y yo, cédula y dinero en mano. Compré dos papas fritas en bolsas en una parada antes de llegar a la frontera. Al subir se las regalé a los pequeños gitanos, pero sus carencias de personalidades robadas (de seguro por la crianza de una madre producto enfermizo de largas caminatas por caminos entre los bosques balcánicos) hicieron que no me dijeran, ni siquiera хвала, ni siquiera una sonrisa, sólo cejas en forma de desprecio. Dicen que la naturaleza del niño nunca se pierde, que siempre es niño sea donde sea, pero allá es distinto. La madre me dio una sonrisa. Sus dientes eran la cicatriz de su vida, esa evidencia que hablaba de plomo y esquirlas o quizás sólo de pobreza (términos correlacionados que vacilan entre el engaño muchas veces). Negros, faltantes y rotos, no importa cómo hayan sido, la imagen de aquellos dientes fue interrumpida por la policía serbia que montó sobre el bus para pedir nuestra documentación. Diez minutos más tarde habían entregado todas las tarjetas de identificación y pasaportes a cada uno de los pasajeros, menos a mí. Aquello podía significar problemas que no quería tener con la seguridad serbia, ni mucho menos a la una de la mañana al norte de Pristina, solo, sin lengua, sin ganas de seguir velando una calurosa noche sobre un bus. Seguí mirando a mis acompañantes. Los niños comieron sus regalo de manera normal, papa por papa, todo lo contrario a lo que me había esperado de niños gitanos hambrientos. En los primeros asientos habían una gorda mujer musulmana fuertemente cubierta (pensaba en las diferentes formas de llevar el hiyab en cada país), mientras que detrás de ella iban dos ancianos que, motivados por el tema que conversaban, movían de un lado para otro sus folklóricos gorros negros (la mayoría de los ancianos sentados en las inservibles líneas del tren que pasaban por Prizren utilizaban el mismo gorro). Desde la puerta escucho gritar el nombre de Chile con un acento muy marcado y malo. Camino por el pasillo, toda la gente comenzó a girar sus cabezas mirando al estúpido que olvidó algo, o que intentó pasar la perfecta frontera serbia con un pasaporte falso o, por qué no, a la próxima víctima extranjera. Todos miraban y, con excepción de los dos ancianos que jamás pararon de conversar, nadie decía nada; creo que sus caras representaban el miedo colectivo más extraño que he visto, algo así como vivir masticando un miedo que jamás será ingerido. Yo no sentía mucho, sólo pensaba en el resto de los pasajeros, en lo que se imaginaban a partir de la situación, en lo que podían estar sintiendo con el recuerdo de alguien diferente a ellos sacado desde un lugar. Abajo, era una belleza de mujer la que me esperaba. Recordé las violaciones y el nivel de belleza de las eslavas. Llevaba un uniforme ordinario, como el resto de sus camaradas que escupían al suelo, sin embargo su rostro la alejaba de toda rudeza y de cualquier otro tipo de defecto traumático post-masacre. Habían dos casetas - en las cuales vi una sombra-, dos militares con fusiles a cada extremo del bus y, al lado de mi bolso retirado de los maleteros, un grupo de policías que miraba mi aspecto extrajero. Decían cosas; intenté inferir algo a partir de sus movimientos kinestésicos, pero a causa de la rigidez militar (además de su fría fama de inexpresividad) no logré nada. Entre todos comenzaron a revisar mi mochila. Me preguntaban cosas y yo respondía con las manos. Marihuana, cocaína, me decían con acento gringo, y yo agitaba en negativa mi cabeza, tanto a esa y a todas las demás seudo-preguntas gestualizadas que me hacían. En momentos me arrepentí de no haber tomado las clases de serbiocroata ofrecidas en la universidad, pero aún más las pésimas clases de inglés del liceo y los desaprovechados cursos privados. Revisaron sólo la mitad del bolso, hicieron gestos para que metiera todo lo que habían sacado y, mirando atentamente los azules ojos de la mujer, escuché:
- No Serbia Kosovo; no Serbia Montenegro. Go Macedonia, yes.
No dije nada, pues no era una situación alejada de conocimiento para mí. Había escuchado algunas historias sobre la negación de paso, pero también algunas otras sobre excepciones. Hervía mi sangre, pensé en escribir algunos artículos sobre la discriminación serbia a latinoamericanos, llamar a la embajada chilena y que ésta aclarase tamaña injusticia o, simplemente, explicarles que ellos no eran tan poderosos, que la decisión tomada contra mi persona no demostraba nada más que una inmensa cobardía de su parte, una descarada brutalidad de seres ignorantes que desquitaban su odio poco cuerdo contra los turistas. Ya deseaba ser español o ruso y no un simple neutral chileno. Sin embargo pensé que lo mejor sería insultarlos con jergas chilenas, pero de una manera disimulada, como si les hablara de mi vida. Ahí se tragaron un venganza tan estúpida – pensé después- como la de ellos. Antes de irme quise dirigirme hacia el auxiliar del bus para optar al derecho del reembolso, pero fue en vano: el bus ya iba camino a Belgrado. Era plena noche y no sabía exactamente qué hacer. Se me ocurrió descansar ahí hasta la llegada del próximo bus a Pristina, pero antes de cubrirme con una frazada, se acercó un policía y señaló que debía salir del recinto, alejarme lo más que pueda de la frontera con Serbia y caminar hasta la policía kosovar. Era el colmo, no podía creer nada. Traté de buscar respuestas lógicas en las caras de los presentes – 6 personas con metralletas sólo para mi control-, miré nuevamente a la linda mujer, quizás intentando buscar profundamente un apoyo empático o quizás hasta buscando una imagen maternal. Sólo encontré rechazo. Habían hecho su limpieza conmigo.
Comencé a caminar, el bolso estaba pesado. Había planificado llegar a la estación de buses de Pristina a las 4 de la mañana, tomar un café de máquina, esperar la mañana, irme a Macedonia (lo cual me cuestionaba seriamente: ¿valía la pena ir a Belgrado después de todo?) y entrar desde ahí a Serbia. Llevaba una hora de desconocida caminata nocturna, cuando a mi lado frena un automóvil. Miré hacia dentro y vi que era un militar serbio. Inmediatamente pensé que habían reglas fronterizas que pueden romperse, que cualquiera puede equivocarse o tener compasión, incluso la policía de un país; sin embargo al subirme y esperar que diera la vuelta, me di cuenta que no había nada de aquello, que no era necesario esperarlo: avanzó derecho varios kilómetros sin decir nada.
- Pristina – le dije, intentando imitar un acento que no pudiera percatar.
No dijo nada. La incomodidad comenzaba su trabajo cruel. Lo miré para saber si al menos tenía expresiones; era un digno soldado serbio. Intenté nuevamente:
- Go Bus station.
Miró mi cara preocupante y sonrió. Aquello me tranquilizó, pues no podía entregar confianza a nada ni a nadie - ¿quién sería capaz?. Ni siquiera pensaba estar en Chile bebiendo unas copas y relatando esta desafortunada historia a mis amigos; sólo pedía estar en el bus station de Pristina aunque sólo fuese con algo de beber que calentase mi cuerpo. Miré al conductor y me percaté que no íbamos exactamente hacia el lugar que yo había demandado. Cruzamos Pristina (imposible no reconocer el Hotel Libertad o el inicio del boulevard de Clinton); cuyas luces se iban mostrando más pequeñas al aumentar la distancia y la cantidad de extraños caminos. Todo esto más el silencio marcial dentro del auto ratificaba lo que no quería hipotetizar: un desvío de la carretera principal y de mi destino. Nunca he actuado como loco, sabía que ni siquiera el miedo que entraba en mi corazón llevaría a una excepción; seguramente, pensé, mañana estaría escribiendo una nueva página del diario de viaje y continuar buscando algún indicio de quien había ido buscar.
El tipo detuvo el vehículo, miré hacia fuera: nos encotrábamos en un terreno oscuro, los vidrios parecían polarizados, sólo podía ver hacia delante, ahí donde los focos dejaban al descubierto la punta de una mezquita que podía verse de manera nítida en el fondo. Luego se apagaron aquellas luces, encendiéndose las del interior. Fue una escena de abrupto miedo ver su rostro encima de mí. Era un tipo de contextura gruesa, casi sin cuello, calvo y de gastados dientes negros nicotinosos producto de su cultura de espera impaciente al puñetazo de hierro. De ahí en adelante todo fue engañosamente tranquilo: bajamos en completa calma hacia el interior de su casa, me sentó en la sala de recepción y luego entró a una habitación al final del pasillo. Las paredes estaban sobrecargadas de aquellos retratos bien hechos a carbón que la gente hace pasar por fotografías; casi no se veía el viejo muro. Sobre los respaldos de los sillones se extendían polvorientos y caseros paños tejidos de diferentes colores y formas bizarras. Estuve sentado ahí por un buen momento. Estaba inquieto. Decidí pararme y gritar para recibir respuesta. Las tablas crujieron al pararme e inmediatamente apareció por la puerta el sujeto, estaba muy alterado y me apuntaba cosas con un fusil. No entendía nada; la gruesa y pesada lengua serbia me daba miedo. Me fui acercando a él como me decía el movimiento de su mano. Sólo vi la culata del arma que se acercaba a mi rostro.
Desperté al lado de dos baldes vacíos. Era una bodega pequeña con el piso sucio y un ambiente que olía a podrido. Intenté abrir la puerta pero fue en vano; estaba realmente apretada. Enseguida comencé a culparme ¿quién más podría hacerlo? Me había metido en en el nido de una víbora silenciosa. Tenía un deseo enorme de ver a alguien conocido, alguien de Chile, hablar español o tan sólo tener una conversación fluída. Mi hogar estaba muy lejos; eso deseperaba y corrohía la motivación de seguir con la búsqueda.
Al instante golpearon la puerta. Yo estaba casi dormido y completamente hambriento. “No i am“, intenté decir que yo no era; no sabía qué decir. Se abrió la puerta y apareció una mujer muy linda con ojos grandes y azules que fortalecían su claridad con el oscuro de sus cejas. No pasaba los cuarenta años, por lo que pensé habría una complicidad etaria para la explicación del mal que se me estaba causado (si no fuera por lo que me sucedió en Sarajevo, ya hubiese estado en llantos). Si embargo, antes de dirigirme a ella con señas, tomó mi mano y me llevó con su carne fría y pálida frente a un computador. Comenzamos a conversar a través de un traductor, ella serbio y yo español. Las oraciones entre incoherencias nos acercaban al mutuo conocimiento revelador de quienes éramos. Escribio muchas cosas y, a partir de aquellas, fui lentamente relajándome, entendiendo que si había un afectado y una posible víctima de lo que estaba sucediendo, ése era el misterioso amable que la noche anterior había salvado mi pellejo de la interperie nocturna, ése que repentinamente a causa de mi inacertado nerviosismo borró su humanismo en mí con un golpe reposado en mi frente, ése que resultó ser el hermano de mi interlocutora. Así continuamos escribiéndonos a corta distancia, decubriendo lo que queríamos decir desde y para nosotros. Ella fue bastante abierta en no guardarse nada; por el contrario, al frente de ella estaba yo, mirando a una mujer diferente a mí. Éramos desconocidos entre nosotros, pero ella marcaba otro tipo de diferencia, una que buscaba más bien incorporarme a ella y no seguir ratificando lo innato de nuestra diversidad. Decidí terminar con eso y contarle quién era. Quizás pequé de confiado, pero cada vez que ella escribía, lo hacía con calidez y una sinceridad que se mostraba en cada una de las solturas de sus dedos. Me tomó más de media hora escribirle todo lo que iba a hacer a los Balcanes, sin embargo sólo encontré sorpresa en su rostro; seguro había algo de incredibilidad en mis palabras sintiéndose en el ambiente. Le dje que tenía documentos y fotos para demostrar y ratificar lo que le dije, entonces ella con sus azules ojos de una profundidad llena de ganas de ser convencida, subió al segundo piso rápidamente y trajo consigo mi malgastado bolso negro de cuero. Tecleando me dijo que fuera al grano. Yo saqué los documentos y comencé a explicarle con mis manos, fotos tras fotos; cuando habían documentos importantes escritos por mí, traducía el título y un breve resumen, siempre explicando mi relación con esa persona objetivo de mi viaje. Sin decirme ni escribiendo nada, ella sacó de un mueble una pequeña fotografía, se acercó a mí y la lanzó sobre la mesa. Al mismo tiempo, fuera de la casa, se detenía escandalozamente el mismo automóvil que me había llevado hasta ese lugar; se juntarían los hermanos. Miré a mi compañera que algo más quería decirme, agarré la foto y fui a esconderme. Desde dentro sentí como los hermanos discutían, fonéticamente brutal (reconozco que la sinfonía de jotas y erres me daban miedo, y no hablo sólo del fuerte tono ronco del militar), y yo sin saber de qué. Observé la fotografía, en ella salía un viejo vistiendo un uniforme militar (o más bien disfrazado, pues entre la postura de un verdadero defensor marcial y un ser ordinario como yo, no habría mucho que asimilar), con el rostro borrado bruscamente (me gustaría haber pensado a causa del tiempo, pero si bien éste azota para siempre, en esos países lo hace de forma sútil, así como un copo de nieve encuentra su muerte) y llevando un traje del ejército yuguslavo; además aparecía afirmando un fusil con una mano, mientras que con la otra a una pequeña, su hija, rubia, de mirada desolada y de ojos tan azules como la mujer que discutía detrás de la puerta. Podría ser ella, pero ¿por qué la foto? Evidentemente me quería decir algo sobre el militar, quizás su padre, quizás Enver Gjerqeju, el mismo difamado por Jusuf Buxhovi por bombear más sangre serbia que albana y por no adherirse cien por ciento a la causa kosovar cuando ésta recién formaba los genes que dispararían en el UCK. Posiblemente aquello era uno de los grandes misterios para docentes como yo, inmiscuidos en la literatura kosovar en albanés, pero no tan sólo en esta, si no también en aquella serbia, esa minoría que pedía a gritos ser revelada para que yo la supiera, para que mis estudiantes la supieran. Sin embargo sabía que estaba yendo más allá con mi vida que con lo que podía ganar académicamente. Los fondos de la Universidad de Chile se había reducido a una tercera parte ya cruzando desde Sarajevo a Mostar, donde supuestamente existía la presencia de uno de sus tres hijos; una pérdida para el estado, seguro, pero no para mí. Entonces, si todo estaba como las cartas me lo habían dispuesto, aquellas dos personas debían ser sus otros dos hijos. Tenía que darme el valor y preguntarles sobre su padre, qué había sido de él durante este tiempo, llevar conmigo noticias a conferencias y programas de estudios eslavos; el saber dónde murió sería una noticia impopular en los medios de mi país, pero con mi satisfacción y la de un resto de amigos alrededor de una botella de vino y un artículo en la Revista Chilena de Literatura bastaba. Sé que preguntar por él sería un sondaje directo a la vergüenza del origen de cada uno de ellos, sería como volver a la semilla del escrúpulo archi olvidado, pero debía hacerlo, era lo más claro, la vía más evidente por la cual seguir y resolver largas semanas de viaje. Enseguida gritos con mi nombre, que en un principio no quise reconocer, comenzaron a sonar; cada vez sonaba más claro mi orgulloso apellido, mucho mejor pronunciado que la profesora de español en Knin ¿Por qué mi nombre? Hablo directo y pienso directo: estaba seguro que más de un artículo a mi nombre tenían guardados en su casa. Simple. De esa misma manera actúe, abrí la puerta y me fui contra él con todo sin darle importancia a las consecuencias. Detrás la escuché gritar, no sé qué significaba; me inquieta hasta hoy. Me escondí entre cinco grandes montones de paja acomuladas fuera de la casa. Minutos después estaba subiendo una torre antigua (mi amigo Fernando Fernández Alcayaga me dijo tiempo después en una reunión que se trataba de una antigua fortaleza búlgara del siglo noveno; ahora tengo el lugar exacto de los hechos) desde la cual observé cómo a través de los días me iba agotando físicamente esperando que aquel acechador se diera por vencido. Miraba a lo lejos la casa, y el auto no se movía de ahí. Sin lugar a dudas él sabía que yo debía estar cerca, dentro de un perímetro no muy lejano. Hubo noches donde vi potentes linternas buscandome por las cercanías, pero el lugar era un perfecto refugio ¿quién puede contar haberse refugiado en un lugar similar en donde yo lo hice? Nadie; pero me costó un debilitamiento corporal extremo. Al quinto día encontré un camino detrás de un montón de piedras que parecían haber integrado parte de una centenaria casa. Lo seguí hasta que llegué a una carretera. Hice dedo a un camionero en las mismas míseras condiciones lingüísticas que yo. El viaje duró dos días, entre cigarrillos y señas. Bajé en una ciudad enorme; un letrero más allá me indicó que estaba en Estambul. Asiento 2a, ventana, clase turista con destino París-Madrid-Santiago. Estaba en casa.
Hoy por la mañana se cumplían 32 días lejos de aquellas tierras eslavas, sin papers, sin artículos, sin evidencia y sólo con la gran noticia de que el Fondo del Libro me demandaría por mal uso del financiamiento estatal, hasta que al finalizar la clase de literatura kosovar en plena era Rugova, una chica de origen mapuche de pequeños ojos oscuros me acerca una noticia impresa de un periódico minoritario de Pristina escrito en serbio, en la cual aparecía una pequeña foto de mi uniformado perseguidor. Según me traducía mi alumna, había sido denunciado por su hermana por darle maltrato físico y psicológico durante años. Al ser detenido, la policía kosovar encontró un subterráneo clandestino en su habitación y, dentro de éste, a un anciano que respondía al nombre de, según las palabras de mi traductora, “el más grande de los poetas serbiomaniacos en albanes, el señor Gjerqeju“. Seguro que no vivirá demasiado, lo encontraron en un muy mal estado, profe, dijo mi alumna y se retiró. Creo que ahora no pecaré de optimista, por lo que es mejor comenzar con los informes.







martes, 13 de diciembre de 2011

Prosa del Transiberiano y de la pequeña Jeanne de Francia, por Blaise Cendrars







Dedicada a los músicos

En aquel tiempo estaba en mi adolescencia
Apenas tenía dieciséis años y ya no recordaba más mi infancia
Estaba a 16.000 millas del lugar de mi nacimiento
Estaba en Moscú, en la ciudad de los mil y tres campanarios y las siete estaciones
Y no tenía bastante con las siete estaciones y las mil y tres torres
Porque mi adolescencia estaba así de ardiente y así de loca
Que mi corazón, de tiempo en tiempo, se quemaba como el templo de Efeso o como la Plaza Roja de Moscú
Cuando se esconde el sol.
Y mis ojos iluminaban las antiguas vías.
Y entonces yo era ya un tan mal poeta
Que no sabía llegar hasta el final.

El Kremlin era como una inmensa torta tártara
Crujiente de oro.
Con las grandes almendras de las catedrales enteramente blancas
Y el oro meloso de las campanas...
Un viejo monje me leía la leyenda de Novgorode
Yo estaba sediento
Y descifraba caracteres cuneiformes
Luego, de repente, las palomas del Espíritu Santo volaron sobre la plaza
Y mis manos también alzaban el vuelo, con susurros de albatros
Y esto, eran reminiscencias últimas de día último
De todo viaje último
Y del mar.

Aún, yo era un tan malísimo poeta.
No sabía llegar hasta el final.
Estaba hambriento
Y todos los días y todas las mujeres en los cafés y todos los vasos
Habría querido beber y romper
Y todas las vitrinas y todas las calles
Y todas las casas y todas las vidas
Y todas las ruedas de los carros que giraban como torbellinos sobre los malvados pavimentos
Habría querido hundir en un horno de espadas
Y habría querido moler todos los huesos
Y arrancar todas las lenguas
Y licuar todos esos grandes cuerpos extraños y desnudos bajo las vestimentas que me enloquecían....
Presentía la llegada del gran Cristo rojo de la revolución rusa…
Y el sol era una herida malvada
Que se abría como un brasero.

En aquel tiempo estaba en mi adolescencia
Tenía apenas dieciséis años y ya no recordaba mi nacimiento
Estaba en Moscú, donde quería alimentarme de llamas
Y tenía suficiente de las torres y las estaciones que constelaban mis ojos
En Siberia tronó el cañón, era la guerra
La hambre el frío la peste el cólera
Y las aguas limosas del Amor arrastraban millones de carroñas
En todas las estaciones veía partir todos los últimos trenes
Nadie podía ya partir pues no se vendían más boletos
Y los soldados que se iban hubieran preferido quedarse...
Un viejo monje me cantaba la leyenda de Novgorode.

Yo, el mal poeta que no quería ir a ninguna parte, podía ir a todos lados
Y también los comerciantes todavía tenían dinero suficiente
Para ir a intentar hacer fortuna.
Su tren salía todos los viernes de mañana.
Se decía que ahí había muchos muertos.
Uno llevaba cien cajas de despertadores y cucús de la Selva Negra
Otro, cajas de sombreros, cilindros y un surtido de sacacorchos de Sheffield
Otro, ataúdes de Malmoe llenos de latas de conservas y sardinas en aceite
También había ahí muchas mujeres
Mujeres de entrepiernas en alquiler que también podían usarse
Ataúdes
Todas ellas estaban patentadas
Se decía que había ahí muchos muertos
Ellas viajaban con tarifa reducida
Y todas tenían una cuenta corriente en el banco.

Pues bien, un viernes de mañana, fue por fin mi turno
Estábamos en diciembre
Y yo partí también para acompañar al viajante joyero que iba a Kharbine
Teníamos dos asientos en el expreso y 34 cofres de joyería de Pforzheim
Pacotilla alemana «Made in Germany»
Había vestido un traje nuevo, y al subir al tren se me perdió un botón
- Me acuerdo, me acuerdo, a menudo pensé en ello desde entonces-
Yo dormía sobre los cofres y me sentía muy contento
de poder jugar con la browning niquelada que también me había dado.

Me sentía muy feliz despreocupado
Creía jugar a los bandoleros
Habíamos robado el tesoro de Golconda
Y, gracias al transiberiano, íbamos a ocultarlo del otro lado del mundo
Yo tenía que defenderlo contra los ladrones del Ural que habían atacado a los saltimbanquis de Julio Veme
Contra los khounguzes, los boxeadores de la China
Y los enrabiados pequeños mongoles del Gran Lama
Alibabá y los cuarenta ladrones
Y los fieles del terrible Viejo de la montaña
Y sobre todo, contra los más modernos
Los rateros de hotel
Y los especialistas de expresos internacionales.

Y sin embargo, y sin embargo
Estaba triste como un niño
Los ritmos del tren
La «médula ferrocarril» de los psiquiatras americanos
El ruido de las puertas de las voces de ejes rechinando sobre rieles congelados
El ferlín de oro de mi futuro
Mi browning el piano y los juramentos de los jugadores de cartas en el compartimento de al lado
La deslumbrante presencia de Jeanne
El hombre de anteojos azules que se paseaba nerviosamente por el corredor y me miraba al pasar
Murmullos de mujeres
Y el silbido del vapor
Y el eterno ruido de las ruedas locas en los surcos del cielo
Los vitrales escarchados
¡No naturaleza!
Y detrás, las planicies siberianas el cielo bajo y las grandes sombras de los Taciturnos que suben y bajan
Estoy acostado sobre una mantón
Atiborrado
Como mi vida
Y mi vida no me abriga más que esa manta
Escocesa
Y Europa entera apercibida por el parabrisas de un expreso a toda máquina
No es más rica que mi vida
Mi pobre vida
Este chal
Deshilachada sobre cofres llenos de oro
Con los que viajo
Que sueño
Que fumo
Y la única llama del universo
Es un pobre pensamiento...

Desde el fondo de mi corazón me brotan lágrimas
Si pienso, Amor, en mi querida;
Ella no es más que una niña, que encontré así
Pálida, inmaculada, al fondo de un burdel.

No es más que una niña, rubia, risueña y triste,
No sonríe más y nunca jamás llora;
Pero al fondo de sus ojos, cuando te deja beber en ellos,
Tiembla un dulce lis de plata, la flor del poeta.

Ella es dulce y muda, sin ningún reproche,
Con un largo estremecimiento al usted aproximarse;
Pero cuando yo voy hacia ella, de aquí, de allá, de fiesta,
Ella da un paso, luego cierra los ojos - y da un paso.
Porque ella es mi amor, y las otras mujeres
No tienen más que vestidos de oro sobre grandes cuerpos llameantes,
Mi pobre amiga es tan desamparada,
Está toda desnuda, no tiene cuerpo -ella es tan pobre.

Ella no es más que una flor cándida, esbelta,
La flor del poeta, un pobre lis de plata,
Todo frío, todo solo, y así tan mustio
Que me brotan lágrimas si pienso en su corazón.
Y esta noche es similar a otras cien mil cuando un tren rasga la noche
- Caen los cometas-
Y el hombre y la mujer, aún jóvenes, se divierten haciendo el amor.

El cielo es como la carpa desgarrada de un circo pobre en un pueblito de pescadores
En Flandes
El sol es un quinqué humoso
Y en lo más alto de un trapecio una mujer representa la luna.
El clarinete el pistón una flauta agria y un mal tambor
Y aquí está mi cuna
Mi cuna
Estaba siempre cerca del piano cuando mi madre como Madame Bovary tocaba las sonatas de Beethoven
Yo pasé mi infancia en los jardines suspendidos de Babilonia
Y faltando a la escuela, en las estaciones frente a los trenes a punto de salir
Ahora, hago correr todos los trenes a todo lo largo de mi vida
Bale-Tombuctú
También jugué a las carreras en Auteuil y Longchamp
París-Nueva York
Ahora, hago correr todos los trenes a todo lo largo de mi vida
Madrid-Estocolmo
Y perdí todas mis apuestas
Sólo queda la Patagonia, la Patagonia, que conviene a mi inmensa tristeza, la Patagonia, y un viaje por los mares del Sur
Estoy en camino
Siempre he estado en camino
Estoy en el camino con la pequeña Jehanne de Francia
El tren pega un peligroso salto y vuelve a caer sobre todas sus ruedas
El tren vuelve a caer sobre sus ruedas
El tren siempre vuelve a caer sobre todas sus ruedas.

«Blaise, di, ¿estamos muy lejos de Montmartre?».

Estamos lejos, Jeanne, viajas desde hace siete días
Estás lejos de Montmartre, de la Butte que te alimentó del Sagrado Corazón contra el cual te acurrucaste
París desapareció y su enorme fogata
No queda más que las cenizas constantes
La lluvia que cae
La turba que se hincha
La Siberia que gira
Los pesados manteles de nieve que ascienden
Y el cascabel de la locura que tintinea como un último deseo en el aire azulado
El tren palpita en el corazón de los horizontes plomizos
Y tu pena ríe burlona...

«Dime, Blaise, ¿estamos muy lejos de Montmartre?».

Las inquietudes
Olvida las inquietudes
Todas las estaciones agrietadas oblicuas sobre la ruta
Los hilos telegráficos de los que cuelgan
Los postes grotescos que gesticulan y los estrangulan
El mundo se estira se alarga y se retira como un acordeón que una mano sádica atormenta
En las desechadas del cielo, las locomotoras furiosas
Fugándose
Y en los agujeros,
Las vertiginosas ruedas las bocas las voces
Y los perros de la desdicha que ladran a nuestras espaldas
Los demonios están desencadenados
Chatarras
Todo es un acorde falso
El brun-run-run de las ruedas
Choques
Rebotes
Nosotros somos una tormenta bajo el cráneo de un sordo...

«Dime, Blaise, ¿estamos muy lejos de Montmartre?».

Pero sí, me enervas, bien lo sabes, estamos bien lejos
La locura recalentada ruge en la locomotora
La peste el cólera se alzan como brasas ardientes en nuestro camino
Desaparecemos en plena guerra en un túnel
La hambre, la puta, se aferra a las nubes en desbandada
Y hieden las batallas en montones apestosos de muertos
Haz como ella, haz tu oficio...

«Dime, Blaise, ¿estamos nosotros bien lejos de Montmartre?».

Sí, lo estamos, lo estamos
Todos los chivos emisarios reventaron en este desierto
Oye los cencerros de ese rebaño sarnoso Tomsk Tcheliabinsk Kainsk Obi Taichet Verkné Udinsk Kurgán Samara PensaToulone
La muerte en Manchuria
Es nuestro desembarcadero es nuestra última guarida
Este viaje es terrible
Ayer por la mañana
Iván Oulitch tenía los cabellos blancos
y Kolia Nicolai Ivanovitch se roe los dedos desde hace quince días...
Haz como ellos la Muerte la Hambre haz tu oficio
Eso cuesta cien francos, en transiberiano, eso cuesta cien rublos
Afiebra los bancos y enrojece bajo la mesa
El diablo está en el piano
Sus nudosos dedos excitan a todas las mujeres
La Naturaleza
Las Busconas
Haz tu oficio
Hasta Kharbine...

«Dime, Blaise, ¿nosotros estamos bien lejos de Montmartre?».

No pero... déjame en paz... déjame tranquilo.
Tienes caderas angulares
Tu vientre es agrio y tienes blenorragia
Eso es todo lo que París puso en tu regazo
También un poco de alma... porque eres desdichada
Tengo piedad tengo piedad ven hacia mí sobre mi corazón
Las ruedas son los molinos de viento de Jauja
Y los molinos de viento son las muletas que hace girar un mendigo
Somos los lisiados del espacio
Rodamos sobre nuestras cuatro heridas
Nos han roído las alas
Las alas de nuestros siete pecados
Y todos los trenes son los chinchines del diablo
Pesebrera
El mundo moderno
La velocidad no tiene la culpa
El mundo moderno
Las lejanías están demasiado lejos
Y al final del viaje es terrible ser un hombre con una mujer...

«Dime, Blaise, ¿nosotros estamos bien lejos de Montmartre?».

Tengo piedad tengo piedad ven a mí te voy a contar una historia
Ven a mi cama
Ven hacia mi corazón
Te contaré una historia...

¡Oh ven! ¡Ven!

En Fidji reina la primavera eterna
La pereza
El amor extasía a las parejas en la hierba alta y la sífilis ronda bajo los bananeros
¡Ven a la islas perdidas del Pacífico!
Tienen nombres de Fénix, de Marquesas
Borneo y Java
y Célibes con forma de gato.

No podemos ir al Japón
¡Ven a Méjico!
En sus altiplanicies florecen los tulipaneros
Las lianas tentaculares son la cabellera del sol
Se diría la paleta y los pinceles de un pintor
Colores fragorosos como gongs,
Allí estuvo Rousseau
Allí deslumbró su vida
Es el país de los pájaros
El pájaro del paraíso, el ave lira
El tucán, el pájaro burlón
Y el colibrí anida en el corazón de los lirios negros
¡Ven!
Nos amaremos en las majestuosas ruinas de un templo azteca
Tú serás mi ídolo
Un ídolo abigarrado infantil un poco feo y extrañamente raro
¡Oh ven!

Si quieres iremos en aeroplano y volaremos sobre el país de los mil lagos,
Las noches allí son desmesuradamente largas
El ancestro prehistórico tendrá miedo de mi motor
Aterrizaré
Y construiré un hangar para mi avión con los huesos fósiles de mamut
El fuego primitivo recalentará nuestro pobre amor
Samovar
Y nos amaremos muy burguesamente cerca del Polo,
¡Oh ven!

Jeanne Jeannette Ninette nini ninon nichon
Mimi mamor mi popamor mi Perú
Dodo dondón
Zahorí mi calzón
Querida corazoncito
Nenita
Querida cabrita
Mi pequeña pecadito
Chuchita
Cucú
Cucú
Ella duerme.

Ella duerme
Y no se engulló ni una sola de todas las horas del mundo
Todos los rostros vislumbrados en las estaciones
Todos los relojes
La hora de París la hora de Berlín la hora de San Petersburgo y la hora de todas las estaciones
Y en la Oufa, el rostro ensangrentado del cañonero
Y la esfera tontamente luminosa de Grodno
Y el avance perpetuo del tren
Todas las mañanas ponemos los relojes a la hora
El tren avanza y el sol retarda
Nada hace ahí, oigo las campanas sonoras
La enorme campana de Notre-Dame
La campaneta agridulce del Louvre que llama a la San Bartolomé
Los carillones enmohecidos de Bugres-la-Morte
Las campanillas eléctricas de la biblioteca de Nueva York
Las campanas de Venecia
Y las campanas de Moscú, el reloj de la Puerta Roja que me contaba las horas cuando estaba en una oficina
Y mis recuerdos
El tren retumba en las placas giratorias
El tren rueda
Un gramófono gutural iza una marcha gitana
Y el mundo, como el reloj del barrio judío de Praga, gira locamente al revés

Deshoja la rosa de los vientos
He aquí que zumban las tormentas desencadenadas
Los trenes ruedan en torbellino sobre las redes enmarañadas
Baleros diabólicos
Hay trenes que nunca jamás se encuentran
Otros se pierden en el camino
Los jefes de .estación juegan al ajedrez
Tric-trac
Billar
Carambolas
Parábolas
La vía férrea es una nueva geometría
Siracusa
Arquímedes
Y los soldados que lo degollaron
Y las galeras
Y las naves
Y los ingenios prodigiosos que inventó
Y todas las matanzas
La historia antigua
La historia moderna
Los torbellinos
Los naufragios
También ese del Titanic que leí en el diario
Tantas imágenes-asociaciones que no puedo desarrollar en mis versos
Porque todavía soy un poeta malísimo
Porque el universo me desborda
Porque me negué a asegurarme contra los accidentes de tren
Porque no sé llegar hasta el final
Y tengo miedo.

Tengo miedo
No sé llegar hasta el final
Como mi amigo Chagall podría hacer una serie de pinturas dementes
Pero no tomé notas durante el viaje
“Perdónenme la ignorancia
“Perdónenme no conocer ya el antiguo juego de los versos”
Como dice Guillaume Apollinaire
Todo lo que se refiere a la guerra puede leerse en las Memorias de Kuropatkin
O en los diarios japoneses que son tan cruelmente ilustrados
Para qué documentarme
Me abandono
A los sobresaltos de mi memoria...

A partir de lrkutsk el viaje se hizo demasiado lento
Demasiado largo
Nosotros estábamos en el primer tren que rodeaba el lago Baikal
Habíamos adornado la locomotora con banderas y farolitos
Y dejamos la estación con los tristes acentos del himno al Zar
Si yo fuera pintor vertería mucho rojo, mucho amarillo hacia el final de este viaje
Pues en verdad creo que todos estábamos un poco locos
Y que un inmenso delirio ensangrentaba las caras enervadas de mis compañeros de viaje
Cuando nos acercábamos a Mongolia
Que retumbaba como un incendio.
El tren había disminuido su marcha
Y percibía en el perpetuo rechinar de ruedas
Los acentos locos y los sollozos
De una liturgia eterna.

He visto
He visto los trenes silenciosos los trenes negros que volvían del Extremo Oriente y que pasaban como fantasmas
Y mi ojo, como el fanal de popa, aún corre tras esos trenes
En Talga 100.000 heridos agonizaban faltos de socorro
Visité los hospitales de Krasnoiarsk
Y en Khilok nos cruzamos con un largo convoy de soldados locos
Vi en los lazaretos llagas abiertas heridas que sangraban atormentadoras
Y los miembros amputados danzaban en derredor o se envolaban en el aire ronco
El incendio se hallaba en todas las caras en todos los corazones
Dedos idiotas tamborileaban sobre todos los vidrios
Y bajo la presión del miedo todas las miradas reventaban como abscesos
En todas las estaciones quemaban todos los vagones
Y he visto
He visto trenes de 60 locomotoras que huían a todo vapor perseguidas por los horizontes en celo y bandas de cuervos
que alzaban el vuelo desesperadamente tras ellos
Desaparecer
En dirección de Port-Arthur.

En Tchita tuvimos algunos días de respiro
Detención de cinco días debido a la obstrucción de la vía
Los pasamos en casa del Señor Iankelewitch que quería darme a su hija única en matrimonio
Luego volvió a partir el tren.
Ahora me había instalado yo en el piano y me dolían los dientes
Cuando quiero revivo ese interior tan tranquilo la tienda del padre y los ojos de la hija que venía de noche a mi cama
Mussorgsky
Y los lieder de Hugo Wolf
Y las arenas del Gobi
Y en Khailar una caravana de sombreros blancos
Realmente creo que estuve ebrio durante más de 500 kilómetros
Pero estaba en el piano y es eso todo lo que vi
Cuando se viaja habría que cerrar los ojos
Dormir
Hubiera deseado tanto dormir
Reconozco todos los países con los ojos cerrados por su olor
Y reconozco todos los trenes por el ruido que hacen
Los trenes de Europa son de cuatro tiempos mientras que los de Asia son de cinco o siete tiempos
Otros van en sordina son canciones de cuna
Hay algunos que por el ruido monótono de las ruedas me recuerdan la pesada prosa de Maeterlinck
He descifrado todos los textos confusos de las ruedas y reunido los elementos dispersos de una violenta belleza
Que poseo
Y que me fuerza.

Tsitsikar y Kharbine
No voy más lejos
Es la última estación
Desembarqué en Kharbine cuando acababan de prender fuego a las oficinas de la Cruz Roja.

Oh París
Gran hogar cálido con los tizones entrecruzados de tus calles y tus viejas casas que se inclinan sobre ellas y se recalientan
Como abuelas
Y he aquí los anuncios, de rojo de verde multicolores como mi pasado en breve amarillo
Amarillo el arrogante color de las novelas de Francia en el extranjero
Me gusta frotarme con los ómnibus en marcha en las grandes ciudades
Los de la línea Saint-Germain-Montmartre me llevan al asalto de la Butte
Los motores mugen como los toros de oro
Las vacas del crepúsculo pastan en el Sagrado Corazón
Oh París
Estación central desembarcadero de voluntades encrucijada de inquietudes
Sólo los mercaderes de color aún tienen un poco de luz sobre su puerta
La Compañía Internacional de Wagons-Lits y de los Grandes Expresos Europeos me ha enviado su prospecto
Es la iglesia más hermosa del mundo
Tengo amigos que me rodean como cuidadores de locos
Tienen miedo que cuando parta no vuelva más
Todas las mujeres que conocí se diriguen hacia los horizontes
Con gestos lastimosos y miradas tristes de semáforos bajo la lluvia
Bella, Agnes, Catherine y la madre de mi hijo en Italia
Y aquélla, la madre de mi amor en América
Hay gritos de sirena que me desgarran el alma
Allá en Manchuria un vientre se estremece todavía como en un parto
Yo querría
Yo querría no haber hecho nunca mis viajes
Esta noche un gran amor me atormenta
Y a pesar mío pienso en la pequeña Jehanne de Francia.
Fue en una noche de tristeza que escribí este poema en su honor
Jeanne
La pequeña prostituida
Estoy triste estoy triste
Iré al "Conejo Ágil" a recordar mi juventud perdida
Y beber unas copitas
Luego volveré solo.

París.

Ciudad de la Torre única del gran Patíbulo y de la Rueda.




París, 1913

Traducción de Raimundo Melun





Prose du Transsibérien et de la petite Jeanne de France

En ce temps-là, j'étais en mon adolescence/ J'avais à peine seize ans et je ne me souvenais déjà plus de mon enfance/ J'étais à 16.000 lieues du lieu de ma naissance/ J'étais à Moscou dans la ville des mille et trois clochers et des sept gares/ Et je n'avais pas assez des sept gares et des mille et trois tours/ Car mon adolescence était si ardente et si folle/ Que mon coeur tour à tour brûlait comme le temple d'Ephèse ou comme la Place Rouge de Moscou/ Quand le soleil se couche./ Et mes yeux éclairaient des voies anciennes./ Et j'étais déjà si mauvais poète/ Que je ne savais pas aller jusqu'au bout./

Le Kremlin était comme un immense gâteau tartare/ Croustillé d'or,/ Avec les grandes amandes des cathédrales toutes blanches/ Et l'or mielleux des cloches.../ Un vieux moine me lisait la légende de Novgorode/ J'avais soif/ Et je déchiffrais des caractères cunéiformes/ Puis, tout à coup, les pigeons du Saint-Esprit s'envolaient/ sur la place/ Et mes mains s'envolaient aussi avec des bruissements d'albatros/ Et ceci, c'était les dernières réminiscences du dernier jour/
Du tout dernier voyage/ Et de la mer./

Pourtant, j'étais fort mauvais poète./ Je ne savais pas aller jusqu'au bout./ J'avais faim/ Et tous les jours et toutes les femmes dans les cafés et tous les verres/ J'aurais voulu les boire et les casser/ Et toutes les vitrines et toutes les rues/ Et toutes les maisons et toutes les vies/ Et toutes les roues des fiacres qui tournaient en tourbillon sur les mauvais pavés/ J'aurais voulu les plonger dans une fournaise de glaive/ Et j'aurais voulu broyer tous les os/ Et arracher toutes les langues/ Et liquéfier tous ces grands corps étranges et nus sous les vêtements qui m'affolent.../ Je pressentais la venue du grand Christ rouge de la révolution russe.../ Et le soleil était une mauvaise plaie/ Qui s'ouvrait comme un brasier/ En ce temps-là j'étais en mon adolescence/ J'avais à peine seize ans et je ne me souvenais déjà plus de ma naissance/ J'étais à Moscou, où je voulais me nourrir de flammes/ Et je n'avais pas assez des tours et des gares que constellaient mes yeux/ En Sibérie tonnait le canon, c'était la guerre/ La faim le froid la peste et le choléra/ Et les eaux limoneuses de l'Amour charriaient des millions de charognes/ Dans toutes les gares je voyais partir tous les dernier trains/ Personne ne pouvait plus partir car on ne délivrait plus de billets/ Et les soldats qui s'en allaient auraient bien voulu rester.../ Un vieux moine me chantait la légende de Novgorode./

Moi, le mauvais poète, qui ne voulais aller nulle part, je pouvais aller partout/ Et aussi les marchands avaient encore assez d'argent/ Pour aller tenter faire fortune./ Leur train partait tous les vendredis matins./ On disait qu'il y avait beaucoup de morts./ L'un emportait cent caisses de réveils et de coucous de la forêt noire/ Un autre, des boites à chapeaux, des cylindres et un assortiment de tire-bouchons de Sheffield/ Un autre, des cercueils de Malmoë remplis de boites de conserve et de sardines à l'huile/ Puis il y avait beaucoup de femmes/ Des femmes des entrejambes à louer qui pouvaient aussi servir/ Des cercueils/ Elles étaient toutes patentées/ On disait qu'il y a avait beaucoup de morts là-bas/ Elles voyageaient à prix réduit/ Et avaient toutes un compte courant à la banque./

Or, un vendredi matin, ce fut enfin mon tour/ On était en décembre/ Et je partis moi aussi pour accompagner le voyageur en bijouterie qui se rendait à Kharbine/ Nous avions deux coupés dans l'express et 34 coffres de joailleries de Pforzheim/ De la camelote allemande "Made in Germany"/ Il m'avait habillé de neuf et en montant dans le train j'avais perdu un bouton/ - Je m'en souviens, je m'en souviens, j'y ai souvent pensé depuis -/ Je couchais sur les coffres et j'étais tout heureux de pouvoir jouer avec le browning nickelé qu'il m'avait aussi donné

J'étais très heureux, insouciant/ Je croyais jouer au brigand/ Nous avions volé le trésor de Golconde/ Et nous allions, grâce au transsibérien, le cacher de l'autre côté du monde/ Je devais le défendre contre les voleurs de l'Oural qui avaient attaqué les saltimbanques de Jules Verne/ Contre les khoungouzes, les boxers de la Chine/ Et les enragés petits mongols du Grand-Lama/ Alibaba et les quarante voleurs/ Et les fidèles du terrible Vieux de la montagne/Et surtout, contre les plus modernes/ Les rats d'hôtels/ Et les spécialistes des express internationaux.
Et pourtant, et pourtant/ J'étais triste comme un enfant/ Les rythmes du train/ La "moëlle chemin-de-fer" des psychiatres américains/Le bruit des portes des voix des essieux grinçant sur les rails congelés/ Le ferlin d'or de mon avenir/ Mon browning le piano et les jurons des joueurs de cartes dans le compartiment d'à côté/ L'épatante présence de Jeanne/ L'homme aux lunettes bleues qui se promenait nerveusement dans le couloir et me regardait en passant/ Froissis de femmes/ Et le sifflement de la vapeur/ Et le bruit éternel des roues en folie dans les ornières du ciel/ Les vitres sont givrées/ Pas de nature!/ Et derrière, les plaines sibériennes le ciel bas et les grands ombres des Taciturnes qui montent et qui descendent/ Je suis couché dans un plaid/ Bariolé/ Comme ma vie/ Et ma vie ne me tient pas plus chaud que ce châle/ Écossais/ Et l'Europe toute entière aperçue au coupe-vent d'un express à toute vapeur/ N'est pas plus riche que ma vie/ Ma pauvre vie/ Ce châle/ Effiloché sur des coffres remplis d'or/ Avec lesquels je roule/ Que je rêve/ Que je fume/

Et la seule flamme de l'univers/ Est une pauvre pensée.../ Du fond de mon coeur des larmes me viennent/ Si je pense, Amour, à ma maîtresse;/ Elle n'est qu'une enfant que je trouvai ainsi/ Pâle, immaculée au fond d'un bordel.

Ce n'est qu'une enfant, blonde rieuse et triste./ Elle ne sourit pas et ne pleure jamais;/ Mais au fond de ses yeux, quand elle vous y laisse boire,/ Tremble un doux Lys d'argent, la fleur du poète.
Elle est douce et muette, sans aucun reproche,/ Avec un long tressaillement à votre approche;/ Mais quand moi je lui viens, de ci, de là, de fête,/ Elle fait un pas, puis ferme les yeux- et fait un pas./ Car elle est mon amour et les autres femmes/ N'ont que des robes d'or sur de grands corps de flammes,/ Ma pauvre amie est si esseulée,/ Elle est toute nue, n'a pas de corps -elle est trop pauvre.

Elle n'est qu'une fleur candide, fluette,/ La fleur du poète, un pauvre lys d'argent,/ Tout froid, tout seul, et déjà si fâné/ Que les larmes me viennent si je pense à son coeur./ Et cette nuit est pareille à cent mille autres quand un train file dans la nuit/ -Les comètes tombent-/ Et que l'homme et la femme, même jeunes, s'amusent à faire l'amour.

Le ciel est comme la tente déchirée d'un cirque pauvre dans un petit village de pêcheurs/ En Flandres/ Le soleil est un fumeux quinquet/ Et tout au haut d'un trapèze une femme fait la lune./ La clarinette le piston une flûte aigre et un mauvais tambour/ Et voici mon berceau/ Mon berceau/ Il était toujours près du piano quand ma mère comme Madame Bovary jouait les sonates de Beethoven/ J'ai passé mon enfance dans les jardins suspendus de Babylone/ Et l'école buissonière, dans les gares devant les trains en partance/ Maintenant, j'ai fait courir tous les trains derrière moi/ Bâle-Tombouctou/ J'ai aussi joué aux courses à Auteuil et à Longchamp/ Paris New-York/ Maintenant, j'ai fait courir tous les trains tout le long de ma vie/ Madrid-Stokholm/ Et j'ai perdu tous mes paris/ Il n'y a plus que la Patagonie, la Patagonie qui convienne à mon immense tristesse, la Patagonie, et un voyage dans les mers du Sud/ Je suis en route/ J'ai toujours été en route/ Je suis en route avec la petite Jehanne de France/ Le train fait un saut périlleux et retombe sur toutes ses roues/ Le train retombe sur ses roues/ Le train retombe toujours sur toutes ses roues/

"Blaise, dis, sommes-nous bien loin de Montmartre?"/

Nous sommes loin, Jeanne, tu roules depuis sept jours/ Tu es loin de Montmartre, de la Butte qui t'a nourrie du Sacré Coeur contre lequel tu t'es blottie/ Paris a disparu et son énorme flambée/ Il n'y a plus que les cendres continues/ La pluie qui tombe/ La tourbe qui se gonfle/ La Sibérie qui tourne/ Les lourdes nappes de neige qui remontent/ Et le grelot de la folie qui grelotte comme un dernier désir dans l'air bleui/ Le train palpite au coeur des horizons plombés/ Et ton chagrin ricane.../

"Dis, Blaise, sommes-nous bien loin de Montmartre?"/

Les inquiétudes/ Oublie les inquiétudes/ Toutes les gares lézardés obliques sur la route/ Les files télégraphiques auxquelles elles pendent/ Les poteaux grimaçant qui gesticulent et les étranglent/ Le monde s'étire s'allonge et se retire comme un accordéon qu'une main sadique tourmente/ Dans les déchirures du ciel, les locomotives en furie/ S'enfuient/ Et dans les trous,/ Les roues vertigineuses les bouches les voix/ Et les chiens du malheur qui aboient à nos trousses/ Les démons sont déchaînés/ Ferrailles/ Tout est un faux accord/ Le broun-roun-roun des roues/ Chocs/ Rebondissements/ Nous sommes un orage sous le crâne d'un sourd.../

"Dis, Blaise, sommes-nous bien loin de Montmartre?"/

Mais oui, tu m'énerves, tu le sais bien, nous sommes bien loin/ La folie surchauffée beugle dans la locomotive/ La peste le choléra se lèvent comme des braises ardentes sur notre route/ Nous disparaissons dans la guerre en plein dans un tunnel/ La faim, la putain, se cramponne aux nuages en débandade/ Et fiente des batailles en tas puants de morts/ Fais comme elle, fais ton métier.../

"Dis, Blaise, sommes-nous bien loin de Montmartre?"/

Oui, nous le sommes, nous le sommes/ Tous les boucs émissaires ont crevé dans ce désert/ Entends les sonnailles de ce troupeau galeux Tomsk Tchéliabinsk Kainsk Obi Taïchet Verkné Oudinsk Kourgane Samara Pensa-Touloune/ La mort en Mandchourie/ Est notre débarcadère est notre dernier repaire/ Ce voyage est terrible/ Hier matin/ Ivan Oullitch avait les cheveux blancs/ Et Kolia Nicolaï Ivanovovich se ronge les doigts depuis quinze jours.../ Fais comme elles la Mort la Famine fais ton métier/ Ca coûte cent sous, en transsibérien ça coûte cent roubles/ En fièvre les banquettes et rougeoie sous la table/ Le diable est au piano/ Ses doigts noueux excitent toutes les femmes/ La Nature/ Les Gouges/ Fais ton métier/ Jusqu'à Kharbine.../

"Dis, Blaise, sommes-nous bien loin de Montmartre?"/

Non mais... fiche-moi la paix... laisse-moi tranquille/ Tu as les anches angulaires/ Ton ventre est aigre et tu as la chaude-pisse/ C'est tout ce que Paris a mis dans ton giron/ C'est aussi un peu d'âme... car tu es malheureuse/ J'ai pitié j'ai pitié viens vers moi sur mon coeur/ Les roues sont les moulins à vent d'un pays de Cocagne/ Et les moulins à vent sont les béquilles qu'un mendiant fait tournoyer/ Nous sommes les culs-de-jatte de l'espace/ Nous roulons sur nos quatre plaies/ On nous a rogné les ailes/ Les ailes de nos sept péchés/ Et tous les trains sont les bilboquets du diable/ Basse-cour/ Le monde moderne/ La vitesse n'y peut mais/ Le monde moderne/ Les lointains sont par trop loin/ Et au bout du voyage c'est terrible d'être un homme avec une femme.../

"Blaise, dis, sommes nous bien loin de Montmartre"/

J'ai pitié, j'ai pitié, viens vers moi je vais te conter une histoire/ Viens dans mon lit/ Viens sur mon coeur/ Je vais te conter une histoire.../

Oh viens! viens!/

Au Fidji règne l'éternel printemps/ La paresse/ L'amour pâme les couples dans l'herbe haute et la chaude syphilis rôde sous les bananiers/ Viens dans les îles perdues du Pacifique!/ Elles ont nom du Phénix, des Marquises/ Bornéo et Java/

Et Célèbes à la forme d'un chat./

Nous ne pouvons pas aller au Japon/ Viens au Mexique!/ Sur ses hauts plateaux les tulipiers fleurissent/ Les lianes tentaculaires sont la chevelure du soleil/ On dirait la palette et les pinceaux d'un peintre/ Des couleurs étourdissantes comme des gongs,/ Rousseau y a été/ Il y a ébloui sa vie/ C'est le pays des oiseaux/ L'oiseau du paradis, l'oiseau-lyre/ Le toucan, l'oiseau moqueur/ Et le colibri niche au coeur des lys noirs/ Viens!/ Nous nous aimerons dans les ruines majestueuses d'un temple aztèque/ Tu seras mon idole/ Une idole bariolée enfantine un peu laide et bizarrement étrange/ Oh viens!/

Si tu veux, nous irons en aéroplane et nous survolerons le pays des mille lacs,/ Les nuits y sont démesurément longues/

L'ancêtre préhistorique aura peur de mon moteur/ J'atterrirai/ Et je construirai un hangar pour mon avion avec les os fossiles de mammouth/ Le feu primitif réchauffera notre pauvre amour/ Samowar/ Et nous nous aimerons bien bourgeoisement prés du pôle/ Oh viens!/

Jeanne Jeannette Ninette Nini ninon nichon/ Mimi mamour ma poupoule mon Pérou/ Dodo dondon/ Carotte ma crotte/ Chouchou p'tit coeur/ Cocotte/ Chérie p'tite chèvre/ Mon p'tit péché mignon/ Concon/ Coucou/ Elle dort/

Elle dort/ Et de toutes les heures du monde elle n'en pas gobé une seule/ Tous les visages entrevus dans les gares/ Toutes les horloges/ L'heure de Paris l'heure de Berlin l'heure de Saint-Pétersbourg et l'heure de toutes les gares/ Et à Oufa le visage ensanglanté du canonnier/ Et le cadrant bêtement lumineux de Grodno/ Et l'avance perpétuelle du train/ Tous les matins on met les montres à l'heure/ Le train avance et le soleil retarde/ Rien n'y fait, j'entends les cloches sonores/ Le gros bourdon de Notre-Dame/ La cloche aigrelette du Louvre qui sonna la Barthelémy/ Les carillons rouillés de Bruges-la-Morte/ Les sonneries éléctriques de la bibliothèque de New-York/ Les campagnes de Venise/ Et les cloches de Moscou, l'horloge de la Porte-Rouge qui me comptait les heures quand j'étais dans un bureau/ Et mes souvenirs/ Le train tonne sur les plaques tournantes/ Le train roule/ Un gramphone grasseye une marche tzigane/ Et le monde comme l'horloge du quartier juif de Prague, tourne éperdument à rebours/
Effeuille la rose des vents/ Voici que bruissent les orages déchaînés/ Les trains roulent en tourbillon sur les réseaux enchevêtrés/ Bilboquets diaboliques/ Il y a des trains qui ne se rencontrent jamais/ D'autres se perdent en route/ Les chefs-de gare jouent aux échecs/ Tric-Trac/ Billard/ Caramboles/ Paraboles/ La voie ferrée est une nouvelle géométrie/ Syracuse/ Archimède/ Et les soldats qui l'égorgèrent/ Et les galères/ Et les vaisseaux/ Et les engins prodigieux qu'il inventa/ Et toutes les tueries/ L'histoire antique/ L'histoire moderne/ Les tourbillons/ Les naufrages/ Même celui du Titanic que j'ai lu dans un journal/ Autant d'images-associations que je ne peux pas développer dans mes vers/ Car je suis encore fort mauvais poète/ Car l'univers me déborde/ Car j'ai négligé de m'assurer contre les accidents de chemins de fer/ Car je ne sais pas aller jusqu'au bout/ Et j'ai peur/

J'ai peur/ Je ne sais pas aller jusqu'au bout/ Comme mon ami Chagall je pourrais faire une série de tableaux déments/ Mais je n'ai pas pris de notes en voyage/ “Pardonnez-moi mon ignorance”/ “Pardonnez-moi de ne plus connaître l'ancien jeu des vers”/ Comme dit Guillaume Apollinaire/ Tout ce qui concerne la guerre on peut le lire dans les mémoires de Kouropatkine/ Ou dans les journaux japonais qui sont aussi cruellement illustrés/ A quoi bon me documenter/ Je m'abandonne/ Aux sursauts de ma mémoire.../

A partir d'Irkoutsk le voyage devint beaucoup trop lent/ Beaucoup trop long/ Nous étions dans le premier train qui contournait le lac Baïkal/ On avait orné la locomotive de drapeaux et de lampions/ Et nous avions quitté la gare aux accents tristes de l'hymne au Tzar/ Si j'étais peintre je déverserais beaucoup de rouge, beaucoup de jaune sur la fin de ce voyage/ Car je crois bien que nous étions tous un peu fous/ Et qu'un délire immense ensanglantait les faces énervées de mes compagnons de voyage/ Comme nous approchions de la Mongolie/ Qui ronflait comme un incendie./ Le train avait ralenti son allure/ Et je percevais dans le grincement perpétuel des roues/ Les accents fous et les sanglots/ D'une éternelle liturgie/

J'ai vu/ J'ai vu les train silencieux les trains noirs qui revenaient de l'Extrême-Orient et qui passaient en fantômes/ Et mon oeil, comme le fanal d'arrière, court encore derrière ses trains/ A Talga 100.000 blessés agonisaient faute de soins/ J'ai visité les hôpitaux de Krasnoïarsk/ Et à Khilok nous avons croisé un long convoi de soldats fous/ J'ai vu dans les lazarets les plaies béantes les blessures qui saignaient à pleines orgues/ Et les membres amputés dansaient autour ou s'envolaient dans l'air rauque/ L'incedie était sur toutes les faces dans tous les coeurs/ Des doigts idiots tambourinaient sur toutes les vitres/ Et sous la pression de la peur les regards crevaient comme des abcès/ Dans toutes les gares on brûlait tous les wagons/ Et j'ai vu/ J'ai vu des trains de 60 locomotives qui s'enfuyaient à toute vapeur pourchassées par les horizons en rut et des bandes de corbeaux qui s'envolaient désespérément après/ Disparaître/ Dans la direction de Port-Arthur./

A Tchita nous eûmes quelques jours de répit/ Arrêt de cinq jours vu l'encombrement de la voie/ Nous les passâmes chez monsieur Iankelevitch qui voulait me donner sa fille unique en mariage/ Puis le train repartit./ Maintenant c'était moi qui avait pris place au piano et j'avais mal aux dents/ Je revois quand je veux cet intérieur si calme le magasin du père et les yeux de la fille qui venait le soir dans mon lit/ Moussorgsky/ Et les lieder de Hugo Wolf/ Et les sables du Gobi/ Et à Khaïlar une caravane de chameaux blancs/ Je crois bien que j'étais ivre durant plus de 500 kilomètres/ Mais j'étais au piano et c'est tout ce que je vis/ Quand on voyage on devrait fermer les yeux/

Dormir/ J'aurais tant voulu dormir/ Je reconnais tous les pays les yeux fermés à leur odeur/ Et je reconnais tous les trains au bruit qu'ils font/ Les trains d'Europe sont à quatre temps tandis que ceux d'Asie sont à cinq ou sept temps/ D'autres vont en sourdine sont des berceuses/ Et il y en a qui dans le bruit monotone des roues me rappellent la prose lourde de Maeterlink/ J'ai déchiffré tous les textes confus des roues et j'ai rassemblé les éléments épars d'une violente beauté/ Que je possède/ Et qui me force./

Tsitsika et Kharbine/ Je ne vais pas plus loin/ C'est la dernière station/ Je débarquai à Kharbine comme on venait de mettre le feu aux bureaux de la Croix-Rouge./

O Paris/ Grand foyer chaleureux avec les tisons entrecroisés de tes rues et les vieilles maisons qui se penchent au-dessus et se réchauffent/ Comme des aïeules/ Et voici, des affiches, du rouge du vert multicolores comme mon passé bref du jaune/ Jaune la fière couleur des romans de France à l'étranger./ J'aime me frotter dans les grandes villes aux autobus en marche/ Ceux de la ligne Saint-Germain-Montmartre m'emportent à l'assaut de la Butte/ Les moteurs beuglent comme les taureaux d'or/ Les vaches du crépuscules broutent le Sacré-Coeur/ O Paris/ Gare centrale débarcadère des volontés carrefour des inquiétudes/ Seuls les marchands de coleur ont encore un peu de lumière sur leur porte/ La Compagnie Internationale des Wagons-Lits et des Grands Express Européens m'a envoyé son prospectus/ C'est la plus belle église du monde/ J'ai des amis qui m'entourent comme des garde-fous/ Ils ont peur quand je pars que je ne revienne plus/ Toutes les femmes que j'ai rencontrées se dressent aux horizons/ Avec les gestes piteux et les regards tristes des sémaphores sous la pluie/ Bella, Agnès, Catherine et la mère de mon fils en Italie/ Et celle, la mère de mon amour en Amérique/ Il y a des cris de Sirène qui me déchirent l'âme/ Là-bas en Mandchourie un ventre tressaille encore comme dans un accouchement/ Je voudrais/ Je voudrais n'avoir jamais fait mes voyages/ Ce soir un grand amour me tourmente/ Et malgré moi je pense à la petite Jehanne de France./ C'est par un soir de tristesse que j'ai écrit ce poème en son honneur/ Jeanne/ La petite prostituée/ Je suis triste je suis triste/ J'irai au Lapin agile me ressouvenir de ma jeunesse perdue/ Et boire des petits verres/ Puis je rentrerai seul/Paris/ Ville de la Tour Unique du grand Gibet et de la Roue/ Paris, 1913.