11/6/21

De la salvación por las obras, por Jorge Luis Borges





En un otoño, en uno de los otoños del tiempo, las divinidades del Shinto se congregaron, no por primera vez, en Izumo. Se dice que eran ocho millones pero soy un hombre muy tímido y me sentiría un poco perdido entre tanta gente. Por lo demás, no conviene manejar cifras inconcebibles. Digamos que eran ocho, ya que el ocho es, en estas islas, de buen agüero.
 
Estaban tristes, pero no lo mostraban, porque los rostros de las divinidades son kanjis que no se dejan descifrar. En la verde cumbre de un cerro se sentaron en rueda. Desde su firmamento o desde una piedra o un copo de nieve habían vigilado a los hombres. Una de las divinidades dijo:
 
Hace muchos días, o muchos siglos, nos reunimos aquí para crear el Japón y el mundo. Las aguas, los peces, los siete colores del arco, las generaciones de las plantas y de los animales, nos han salido bien. Para que tantas cosas no los abrumaran, les dimos a los hombres la sucesión, el día plural y la noche una. Les otorgamos asimismo el don de ensayar algunas variaciones. La abeja sigue repitiendo colmenas; el hombre ha imaginado instrumentos: el arado, la llave, el calidoscopio. También ha imaginado la espada y el arte de la guerra. Acaba de imaginar un arma invisible que puede ser el fin de la historia. Antes que ocurra ese hecho insensato, borremos a los hombres.

            Se quedaron pensando. Otra divinidad dijo sin apuro:
           
            Es verdad.
            Han imaginado esa cosa atroz, pero también hay ésta,
            que cabe en el espacio que abarcan sus diecisiete sílabas.
 
            Las entonó. Estaban en un idioma desconocido
            y no pude entenderlas.
 
            La divinidad mayor sentenció:
            Que los hombres perduren.

Así, por obra de un haiku, la especie humana se salvó.


Izumo, 27 de abril de 1984












21/5/21

La muerte en el bosque, por Cristóbal Dashon





Fragmento 12
 
Abro la puerta de casa. Hay un elefante enorme en la sala. Pero la casa es grande. Voy a la cocina. Hay un elefante enorme ahí también. Pero no importa. Mi primo está en el patio, con mi amante y con mi mujer. Los veo refrescándose en la piscina. Hace calor. Todavía no tanto porque es primavera. En la piscina el agua está roja. Veo la mano de mi primo metida en la piscina, una mano roja, que con fuerza mantiene a un elefante bajo el agua. En el patio hay otros varios elefantes. Decido subir. Las piezas de arriba están ocupadas por elefantes. Me sorprende no haber notado el Fiat 600 estacionado afuera de la casa. Espera. Yo llegué en un Fiat 600. Me sorprende no haber notado a los elefantes que parecen haber venido conmigo todo el tiempo. Por el rabillo del ojo noto que la mansarda está vacía. Subo hasta allá. Todo está tranquilo un rato. Los elefantes están bien atendidos. Seguro han encontrado el bar. Que beban. Que disfruten. Los escucho y me alegro con ellos. También bebo intentando olvidar. A mi mujer parece que le funciona. Miro por la ventana. La calle tranquila. Sol entre las hojas de los árboles. Los elefantes irrumpen en la mansarda. Ahora ponen música y gritan. No me gusta esto. Salgo al techo. Nuevamente un poco de paz. Allá en el horizonte se dibuja un atardecer de humos lejanos. Como salidos del humo aparecen de nuevo los elefantes. Ahora me empujan del techo. Caigo. Duele. No importa. Los quiero.



de La muerte en el bosque, 1996

Ilustración: Paloma Zamorano













12/5/21

En las raíces del vacío, por Emil Cioran





Selección
 
 
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Creo en la salvación de la humanidad, en el porvenir del cianuro...


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¿Superará el hombre algún día el golpe mortal que le ha dado a la vida?


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Sólo los espíritus agrietados poseen aberturas sobre el más allá.


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Debemos reconsiderarlo todo, hasta los sollozos...


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El insomnio es la única forma de heroísmo compatible con la cama.


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Quien no vea la muerte de color rosa, padece daltonismo del corazón.


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¡Cuánto me gustaría ser una planta, aunque tuviera que velar a un excremento!


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Todo se vuelve contra nuestras ideas, a comenzar por nuestro cerebro.


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Un espermatozoide es un bandido en estado puro.


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El Desengaño debe remontarse a las eras geológicas: quizás los dinosaurios sucumbieron a él...


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Apenas adolescente, la perspectiva de la muerte me horrorizaba; para huir de ella corría al burdel o invocaba a los ángeles. Pero con la edad nos acostumbramos a nuestros propios terrores, no hacemos nada por quitárnoslos de encima, nos aburguesamos en el Abismo. Y si hubo un tiempo en que envidiaba a esos monjes de Egipto que cavaban sus tumbas para llorar sobre ellas, si cavara ahora yo la mía, sería para no arrojar más que colillas.



París, 1952

en Silogismos de la amargura, 1990
Traducción de Rafael Panizo