lunes, 16 de mayo de 2016

De una carta a ‘Katherine’, por Charles Bukowski






Si nunca te veo otra vez 
siempre te llevaré
adentro
afuera

en la punta de mis dedos
al filo del cerebro

en centros
centros
lo que queda lo
que resta 


De una carta a “Katherine”, 25 de Enero de 1976

Traducción: Ramón Oyarzún




*
If I never see you again / I will always carry you / inside / outside
on my fingertips / and at brain edges
and in centers / centers / of what I am of / what remains


From a letter to ‘Katherine’ from 25 January 1976






lunes, 9 de mayo de 2016

Consejo, por Draupadí de Mora





Dijo:

El único crimen
que nos es dado cometer
del único crimen
que no te debes arrepentir
si un día cometes un crimen,
hija,
que sea político



En El jardín de los violadores amables
(G0 Ediciones), 2016





viernes, 6 de mayo de 2016

Jean Cocteau




“Yo sé que la poesía es imprescindible, pero no sé para qué”. 
(Jean Cocteau)





jueves, 21 de abril de 2016

La posdictadura, por Martín Cinzano







Durante el gobierno de aylwin
perfeccioné mi técnica de escupir
de tal manera que
para el gobierno de frei ruiz tagle
yo ya
era un guanaco consumado

No olvido eso sí que mi época de oro
en el arte de escupir
hace tiempo había pasado
aunque con lagos bachelet piñera
aún estaba 
               por venir



en Yo ya (G0 Ediciones), 2016





viernes, 15 de abril de 2016

Aparecer de Kunduz (fragmento), por RCEOS



I

Un lugar amplio des preocupado
h e n!
las noticias del mundo            llegan
descuidada      diversa            aleatoria          casual              práctica           mente             
prestando atención    

a          p          a          r           e          c          e

doblando la esquina    abriendo la puerta       escuchando un jazz
descubrir                     lo         llegado
h e n!
ni fructifica ni ayuda no resuelve no parece proficuo

nombrar          designar           clasificar                      ubicar                         taxonomizar      un campo      un sentido             una percepción           una sensación             un encuentro

tropezar ante el más nimio atisbo de naufragio
cualquier ocurrencia dejará de importar        
millonarias estafas         poblaciones desaparecidas                bombardeos a hospitales
proceda una rápida  ablación mental   del hecho
otro más próximo        acecha            


¡           G         e           u          r           !


En "Aparecer de Kunduz" (2016). Inédito

viernes, 25 de marzo de 2016

Sánscrito, por Jazmín Deformes







El extraño fin de un accidente,
en el puerto enjambre otra estación
reaparece al fuego

Sombras o fantasmas, devenido asceta
por el río de oraciones
que fecunda el hábito
de soles en silencio

La porción de luz innecesaria
en posición de loto ahogado
fantasiada en el ocaso de este día que no existe,
que no es más

En el sonido la violencia, el parque
y esos niños que regresan
y tu voz que me remece cada noche

En el recuerdo,
en aquella brisa que me expulsa,
en la sinuosa entonación de la mañana


en Tiempo que se aleja, 2006






domingo, 15 de abril de 2012

Mi vida con el chamán, por Jaime Jaramillo




A Santos López



A los doce años de edad me fui con un circo que pasaba. A los quince años me fui a la selva. Tuve suerte. No me devoraron los caníbales porque con sólo verme se dieron cuenta de mi ignorancia y mi debilidad, así que no tenían nada qué comer de mí, por lo que les fue preciso adoptarme. Me llevaron a casa del chamán, para que me educara.

Si vosotros no conocéis un chamán, podréis imaginároslo fácilmente. Es así, como os lo imagináis. Sólo que tiene la nariz un poco menos larga, los brazos sí, larguísimos, cola no tiene pero no la ha olvidado, y es bondadoso a la manera de la selva, o sea con una dureza que asusta. Sin embargo, después de cierto tiempo llegamos a querernos. Porque yo era algo que él había encontrado. Y porque, al depender de la tribu, debía respeto y devoción al chamán.

Fue por eso, por el respeto, que pude sobrevivir. En la selva hay un respeto mítico para todo. Y también práctico. No respetar las leyes de la selva implica peligro de muerte. Se respetan los territorios de cada animal, las costumbres de las tribus, las insignias, los poderes, la hormiga se respeta, la serpiente, cada ser mantiene su autonomía. No todo el tiempo se está de caza. Si el tigre ya comió, los sobrevivientes se quedan tranquilos. No se acostumbran los postres en la selva. Después de haber comido se bosteza, mostrando todos los dientes, y después se duerme, si no hay nada qué hacer. Al menos así era en aquella tribu.

Pero cuando hay algo qué hacer, todo se pone en marcha con una celeridad y precisión que dejaría boquiabiertos a vuestros flamantes ejecutivos de oficina. La tribu se mueve como un solo hombre cuando se ha tomado la determinación de emprender algo. Y el equipo funciona cronométricamente, milimétricamente. La exactitud está grabada en cada individuo como una norma de la naturaleza.

Cuando se terminaba de labrar una canoa, el chamán iba –yo detrás de él– para decirle a la canoa lo que había qué decirle antes de botarla al agua. La canoa absorbía el conjuro y salía dando tumbos de felicidad por el río, como todas las canoas novatas con el entusiasmo del primer día, hasta que la paciencia del boga las amansa.

Si había un enfermo el chamán iba –yo detrás de él– para hablarle a la enfermedad y suplicarle que abandonara el cuerpo poseído. La enfermedad, a veces, se retiraba a doler en el centro de una calabaza. Pero si el enfermo moría, el chamán se quedaba algunos días sin salir de su choza, discutiendo con el espíritu del muerto y solicitándole los remedios.

A veces también había fiestas, parecidas a las que se muestran en el cine, pero el cine no muestra el final. El final es tristísimo. Participaba el chamán con sus atuendos –yo detrás de él– y la fiesta era para los hombres solos. Las indias aparte, preparando las comidas, trayendo el vino de palma –que lo servían helado.

El viaje para trasladar la tribu a otro lugar se preparaba con dos lunas de anticipación. Partíamos al amanecer, llevando las flechas en la mano, hacia un lugar previamente escogido. Aprendí a pescar con la flecha, a la luz de la noche y a marchar en silencio entre una larga fila. Si la fila gira noventa grados, tenéis un ejército al frente.

Cuando el chamán se enfurecía conmigo me acorralaba contra lo que estuviese más próximo, sacaba su enorme cuchillo, con el cual me hacía cosquillas en la barriga, y me gritaba en castellano: –¡Mister Jaramillo, lo voy a matar!

Después el chamán me alzaba por el pescuezo y me tiraba lejos de sí, pero no me rompí una pata porque él mismo me había enseñado a caer, no sólo con seguridad, sino también con estilo. Si olvidaba el estilo, era probable que me diese otra lección.

El chamán, es verdad, me había tomado muchísimo cariño. “¡Mister Jaramillo, lo voy a matar!”

“Te voy a matar” es la frase que más he escuchado en mi vida, desde niño. Y cuando no me la han dicho, he sabido que la están pensando. Como nunca me habían explicado el motivo llegué a acostumbrarme tanto que, una vez que me la dijeron muy temprano, en un paraje solitario, detuve mi caballo a la orilla del camino y le ofrecí un cigarrillo al que acababa de saludarme de esa manera. ¿Me conoce usted? –le pregunté–. “Claro que lo conozco, y por eso es que lo voy a matar”. Y así fue como vine a enterarme.

Jorge Montoya Toro y Graciliano Arcila Vélez aparecieron una vez en aquella tribu. Se presentaron como etnólogos y antropólogos de la Universidad de Antioquia. Llevaron acompañantes con la grabadora, la filmadora, las cámaras fotográficas, todo un equipo inútil y risible. Pero lo más risible de todo eran el chaleco, el saco y la corbata con alfiler de Jorge Montoya Toro. No sé si lo recuerde. Nunca lo volví a ver. El no me vio, claro está. Yo era un indio como todos, sólo un poco más blanco. Además, él no se daba cuenta de nada. Permanecía abstraído todo el tiempo. Cuando terminó la investigación nos puso unos discos antiquísimos que habían llevado en una vitrola de cuerda. ¡Hasta allá!

A don Benigno Mantilla Pineda, que iba con ellos, le puse en la mano algunos poemas líricos que yo componía antes de dedicarme a la épica. Naturalmente, no podía tomarlos en serio, pero se asombró de que le diese un escrito.

Con el nombre de “el indio Tascón” fue conocido en Andes el chamán. Cursó bachillerato en el liceo Juan de Dios Uribe y fue rechazado en la facultad de medicina por ser indio. Entonces estudió derecho. Alcanzó la dignidad de juez en un pueblo antioqueño. Después de haber sido juez estuvo dos veces en la cárcel porque nunca dejó de ser indio y eso no tiene perdón.

Fue siempre defensor de su tribu hasta que un terrateniente lo mandó asesinar, porque los terratenientes nunca tienen suficiente tierra. Y eso fue en la carretera que sale de Andes a Jardín, siendo Gobernador el señor doctor, y Presidente el señor doctor, y Ministro el señor doctor, en aquel año de gracia de 1981 que está grabado en tantos bloques de piedra por tantos motivos, mas no por éste.

¡Caiga su sangre sobre nosotros!













jueves, 8 de marzo de 2012

Estaño, por Winétt de Rokha






Entre las piedras, brotadas de musgo,
se estancó la pena,
como agua de lluvias desmemoriadas.

Flor malsana,
mujer eterna, abandonada y oscura
mano de pétalos de aluminio.

Caravana de polvo, siniestra,
multitud de agujas envenenadas,
rebozo gris, gabardina de ocaso.

Mis dedos tranquilos y castos,
desdoblaron del arpa terrosa
sonidos de cuerdas vencidas.

Fue la pócima de niebla,
óleo de rosas negras,
enloquecidas sobre mi frente…
sellada por siete sellos de plata.



en Fotografía en oscuro, 2008










martes, 17 de enero de 2012

La sorpresa, por Teresa Hamel






Al amanecer desperté sobresaltado con una alharaca en el edificio. Unos encapuchados se colaron a mi departamento, apuntando al mayordomo con metralletas. Me aprehendieron, me amarraron por las muñecas y cubriéndome con un saco hasta los hombros me introdujeron a un vehículo donde esperaban dos individuos. Prisioneros-pensé- sin dirigirles palabra, pues un guardia nos custodiaba.

Rodamos un rato, quizás fuera de la ciudad. Luego dejaron de escucharse ruidos de movilización, pero a la hora volvió el ruido del suburbio. El vehículo se detuvo y nos obligaron a descender a golpes y a culatazos. Entramos a una casa. Me sacaron el capuchón. En la sala encortinada había dos mesas largas. Ante una de ellas sentada en una silla, una mujer desnuda. Enfrente suyo un encapuchado la interrogaba. Me hicieron sentarme junto a la mesa gemela y de inmediato lo siguió otro encapuchado con dos hoyos abiertos a la altura de los ojos.

Mejor me largas en el acto donde guardas las armas y los nombres de tus amigos. Nadie lo sabrá y te concederemos la libertad-. El trato amable, educado, la voz persuasiva. En verdad ignoraba a qué armas se refería. Podrían matarme, pero yo no tenía nada que declarar. Se lo dije. Cambió el tono de voz, llamó a un tercer encapuchado. -¡Ablándalo!-, le ordenó.

El ablandamiento consistió en castigarme con los puños, abrirme las piernas y propinarme patadas en los testículos y rodillazos en el estómago.

Más tarde me sumergieron la cabeza dentro de un barril con inmundicias hasta que comencé a asfixiarme, entonces me la levantaban unos segundos para respirar y enseguida me la hundían. Imposible resistir más, me sentía ahogado, mareado. Vomité cuanto contenía en el estómago. Quedé con la ropa mojada, agria, sucia, me produjo asco y compasión mi deplorable estado y lloré de rabia e impotencia.

Me pasaron a la sala contigua donde estaba la misma mujer, siempre desnuda, sentada y atada a una silla. Igual cosa realizaron conmigo aunque me dejaron vestido con las manos atadas a mi espalda. Luego me vendaron la vista. Casi enseguida comenzó a entrar gente a la sala. Sentí caer la silla de la mujer que arrastraban. Empezaron a violar a la mujer que se hallaba al extremo de la pieza.

-¡No, noooo! -gritaba ella, en medio de llanto, angustia, desesperación. -¡Nooo! -y se oía cómo se deslizaba por el suelo escabulléndose, el crujidero de tablas, la lucha cuerpo a cuerpo, el jadeo de los hombres, el aullido de placer, la voz estrangulada, los golpes, las cachuchas, la voz brava y sonora de mando, colérica, altiva, el látigo, la flagelación, el ahogo. Sin duda varios la violentaban, pues a ratos se le encontraba la voz y escuchaban sus quejidos sofocados. Algún valiente le tendría el pene dentro de la boca impidiéndole respirar, y le fornicaba un tercero. El piso de la sala se remecía entre gritos desgarrados, resoplidos de bestias, patadas y brincos. A juzgar por el entusiasmo parecían vigorosos jóvenes en un campeonato de rugby. Una vez terminada la sesión violatoria de diez hombres por lo menos, la mujer quedó exhausta, sollozando con alaridos de humillación y de congoja que comencé a consolarla, a musitarle muy despacio para tranquilizarla, para acallar o aliviar en parte la crueldad. Lloraba y repetía histérica -¡Qué horrible! ¡Qué horrible! ¡Qué horrible Dios mío!- Deseaba acercarme a ella, tendiéndole la mano, acariciar su rostro, ordenar su cabello, darle ternura, poderla defender de aquel maltrato y comencé a balancear mi silla hacia delante y atrás hasta tumbarla. Mediante un movimiento continuo de mi cuerpo logré aproximarme.

-Linda, linda, amada, compañera, amor mío, ten valor, paloma mía, serénate...-algo así le murmuraba para consolarla, ignoro por qué le parloteaba de ese modo, pero mis palabras brotaban espontáneas, y mientas más hablaba la mujer gemía y se lamentaba tan desgarradoramente que en muchos instantes me pillé quejándome y aún ahora al recordarla me siento destrozado.
-Jamás he mentido- me confesó.
- Yo no sé nada de lo que me preguntaban. Te juro por Dios. Soy inocente. Por Dios lo juro- repetía con pasión, esforzándose por convencerme de su pureza como si yo la enjuiciara.
-Ya lo sé. Se nota por tu lenguaje. A ninguna agrupación política perteneces, pero
se empeñan en descubrir focos de subversión inexistentes. Necesitan prolongar el estado de terror y justificar las medidas arbitrarias.
-Así parece- admitió la triste niña-. Me muero de frío. –Los dientes le castañeteaban.
-Relájate. Suelta los hombros. Ponte de espaldas y deja de tiritar. Verás como te recuperas. Piensa en el calor.
-Estoy cansada, tan... adolorida, Dios mío, que cosa más espantosa me han hecho.
-Olvídate. No pienses más en ello. Piensa que yo te acompaño, aunque impotente soporto tu sufrimiento sin poder cooperar, ¡cómo pudiera ayudarte, tenderte la mano, tocar tu rostro! ¡Abrigarte, transmitirte ternura! Trata de dormir, eso te aliviará.
-¿Tú crees que lo lograré? – sollozó aún más todavía y nuevamente reiniciamos la conversación.
-¿A ti te torturaron?-.Se lo conté. Ella, muda, me escuchaba.
-Me sale sangre y ni siquiera me dejaron un pañuelo para limpiarme.
-Ve si aún conserve el mío en mi bolsillo.

Escuché como se deslizaba en el piso y llegaba hasta mi silla. Me levantó el capuchón, me toco la cara con los dedos y me miró con sus dulces ojos color miel. Era rubia y pálida, con un cabello desordenado y largo, la cara machucada, un ojo violáceo y su cuerpo se notaba magullado a pesar que mi postura me impedía contemplarla entera.

-¿Deseas que te levante la silla o que te desate las amarras?
-Déjame así, porque después te castigaron si me ayudas. Acuéstate cerca de mi –le rogué-. Eres muy hermosa, tienes unos ojos preciosos.
-¿Tú crees?- murmuró en un suspiro.

Se notaba fina y frágil como una adolescente y en ese suspiro comprendí que el cansancio y el sueño la vencían.

Me quedé dormido y de pronto me desperté asustado.

-Compañera..., compañera... -La llamé, y ninguna respuesta acudió a mis oídos, pero, afinándoles en exceso, escuché un desacompasado resuello de quien duerme en estado febril e intranquilo. Reanudé el sueño pese a la posición absurda de mi cuerpo, mis manos atadas a la espalda, la cabeza cubierta y sentado en una silla, me encontraba agotado.

Poco duró ese descanso pues a las escasas horas llegaron los encapuchados y se llevaron a la mujer y a los pocos minutos vinieron por mí. Me soltaron y pude ponerme de pie lo que constituyó un suplicio, tales eran los quebrantos de mi estropeada columna dorsal, sobre todo la cola resultaba la parte más lesionada y sensible de mi fatigado organismo. Me sacaron el capuchón, la luz me encandiló. Por último descubrí dos muchachos sin antifaz, jóvenes, rubios, atléticos. Me condujeron a una sala vacía con sólo cortinas de tul en las ventanas y a un costado de la pieza colgaba una caja de dos metros de alto por igual medica en el ancho y en el largo, con una puerta: “La cabina infernal”.

-¿Has reflexionado? ¿Deseas decir algo?

Alcé mis hombros en señala negativa.

-Conforme- dijo-. Entonces tú también entras y efectuó una reverencia a lo Luis XV. Al abrirse la puerta de la cabina encontré en un rincón a mi chiquilla desnuda. De inmediato nos abrazamos empavorecidos de zozobra. Es indescriptible lo que se siente en esos momentos.
-Nos aplicarán electricidad- le anuncié.
-¡Qué horror!-gritó aferrándose a mí.

Alcancé a deslizar mis manos por su rostro crispado en un intento de transmitirle
valor y en ese segundo las placas metálicas que forraban la cámara comenzaron a emitir vibraciones y descargas eléctricas que nos lanzaron lejos uno del otro. Topábamos el techo, las paredes, el piso, como acróbatas permanentes. Una sensación de locura superdominante, vértigo, relámpagos que traspasaban, borrachera de demonios en la sangre que arrastra toda tu personalidad y te convierte en un superviviente sumiso, vencido. Me sangraban atrozmente los oídos, todo el cuerpo me dolía y la muchacha gritaba y gritaba. Suplicaba. Yo aguantaba con esfuerzo las ganas de llorar y gritar porque ella sufría tanto. Dios mío, se me antojaba espantoso su sufrimiento y creí cobarde demostrar el mío, pero hubo un momento inaguantable y también me largué a llorar y a gritar igual que la muchacha.

A ratos interrumpían la electricidad y no concedían tregua, más las bestias se ensañaron con nosotros y volvieron a la carga.

Nunca fueron más horribles los gritos de la niña que en esa prueba. Yo estaba más allá de la desesperación de oírla, de sufrirla, de amarla...De súbito se acallaron sus gritos y vi su cuerpo saltando de un lado a otro, chocándose contra mí.

Cortaron la corriente, abrieron la puerta. Yo era una piltrafa. Ella, quieta sobre el piso, ni siquiera abrió los ojos. El encapuchado se aproximó a ella y la movió. Me di cuenta que no reaccionaba. Me acerqué a ella, la toqué y comprendí. Entró el médico vestido de delantal blanco con el estetoscopio colgado de su cuello: le auscultó el corazón.

-¿Ven lo que pasa? Ya les he advertido, se les pasó la mano: la mataron.
-Sale- me dijeron.

Aterrado, me arrastré fuera de la cabina.

-Debemos vestirla.
-Sácala de ahí- me ordenaron.

Apenas podía caminar, tampoco aceptaba que ellos la tocasen. Hice un esfuerzo sobrehumano y logré a tirones sacarla del horroroso lugar.

-Y Ahora: ¡vístela!-. Me arrojaron un bulto de ropa.

Tomé el atado: eran los hábitos de una monja.



en Dadme el derecho a existir, 1985