11/11/19

De todos los días la batalla (premorfismo), por Víctor González Frías





Tempora mutantur et ilius mutamur.

Anónimo


La casa se estremece
y la lluvia ofrece torpes agarrones
a las nalgas
de los postes telefónicos.
Abro el pecho y entran las gotas
de agua a mis sienes.
Grito 6 veces que la poesía
no ha muerto, conmigo ni con ningún otro.
Sostengo un ástil de hacha y
persigo a todos los Fariseos
y críticos de dientes blancos
e intensiones cariadas.
Quedo sudando, miro por la ventana.
Me vuelo, me maturbo, me duermo.

LA BATALLA DIARIA SE ESCONDE
COMO CARACOL
            ACABADO DE MEAR.



en Poemas del Domingo 7 (Antología), 1992











31/10/19

Epitafio, por Micaela Paredes Barraza






Todo ha sido un calculado desencuentro.
Dos tristezas: una al borde del inicio
y la otra de rodillas ante el tiempo.



en Ceremonias de interior, 2019











15/10/19

El Gran Vacío, por Ariel Rioseco





Hipoclorito escuchó en una discusión callejera relacionada con que la tierra no era redonda, sino plana, absolutamente plana. Luego observó en la televisión que existía un grupo de personas que se hacían llamar los “terraplanistas”, quienes sostenían, con pasión y vehemencia, que Cristóbal Colón se había equivocado y que, no importando otras razones, nuestro planeta era igual a la mesa sobre la cual él se disponía a disfrutar de su merienda. Aun considerando su glacial silencio, a Hipoclorito le aterrorizó la idea de que llegando al borde de esta superficie todo se precipitaba en caída libre sobre el universo, en una especie de precipicio sin fin, acaso eterno.

Asentada en él una duda inquietante, buscó en libros y almanaques, encontrando información sobre lo que se conoce como el “Gran vacío”, título con el que se denomina al espacio exterior y del cual se desconoce todo, o casi todo. Al continuar con la lectura descubrió que dentro de este cosmos infinito existían lugares como el planeta Oscuridad Eterna (432hz), el que, de los observados, era el planeta más oscuro. Asimismo, le llamó la atención el denominado Planeta Infierno (55 Carcri), llamado así porque, teniendo dos caras, la diurna se muestra cubierta de lava fundida, a 2400 grados centígrados, y la nocturna, donde la oscuridad lo cubre todo, con una temperatura ambiente de solo 1000 grados centígrados. Otro planeta que le pareció particular fue el Planeta Malsueño (Hd-189733), en el que los vientos azotan la superficie a más de 8000 kilómetros por hora y llueven cristales por todas partes.

Frente a esta realidad externa de la Tierra, tan devastadora y extrema, consideró que debía sentirse afortunado de vivir en un planeta plástico y ruidoso, en el que los días transcurrían similares, unos detrás de otros, llenando los océanos con basura, el cielo con toda clase de toxinas y arrasando con la mayor parte de los bosques existentes.

“El problema no es que entendamos nuestros actos, por más irracionales que estos sean, sino más bien, el que aceptemos las razones que los originan”, reflexionó.

Transcurridas varias semanas, y tomando conciencia del real estado de las cosas, Hipoclorito atisbó la monstruosidad de su propia indiferencia; y la del resto. Recordó con tristeza la funesta visión que su abuela le había mencionado unas semanas atrás: ”Cuando hayamos contaminado y devastado por completo nuestro planeta, vendrán las cucarachas y lo heredarán todo”.

Así, motivado por los libros y los gravísimos errores de Colón, decidió ponerle fin a todo. Fabricó una maleta con frazadas viejas y dispuso dentro una vieja cantimplora, un simplificado mapa del planeta y dos sandías, partiendo hacia el fin de la Tierra curva: “un concepto maquiavélico”, en sus palabras. Con la mente en blanco, cerró la puerta tras de sí y partió su viaje hacia el borde mismo de las cosas, para encontrarse de frente al Gran Vacío y dar el paso hacia lo que él pensaba sería un vuelo eterno, feliz, agradecido.



Inédito, 2019











5/9/19

Revelación, por Malcolm Lowry





Qué parecido al hombre es este Hombre
                                               que se levanta tarde
y mira los sucios platos de la cena
y las botellas, también vacías
engullidas la pasada noche en el ruidoso
                                               y largo cómo estás.
-A pesar de que uno de los vasos aún tiene un sebo horrible-

Qué parecido al hombre es este Hombre y su destino,
todavía ebrio y tropezando entre los árboles color de otoño...
al desayunar añejo ron, arvejas y sardinas.



Eye-opener

How like a man, is Man, who rises late / and gazes on his unwashed dinner plate / and gazes on the bottles, empty too, / all gulphed in last night’s loud long how-do-you-do, / – Although one glass yet holds a gruesome bate – / How like to Man is this man and his fate – / still drunk and stumbling through the rusty trees / to breakfast on stale rum sardines and peas.



en Un trueno sobre el Popocatépetl, 2000

Traducción de Carlos Almonte











21/8/19

La herencia, por Ariel Rioseco





Hipoclorito escuchó en una discusión callejera que la tierra no era redonda, sino plana. Luego observó en la televisión que existía un grupo de personas, que se hacían llamar los “terraplanistas”, sosteniendo con pasión y vehemencia que Cristóbal Colón se equivocó y, no importando otras razones, nuestro planeta era igual a la mesa sobre la cual él almorzaba. A Hipoclorito le aterrorizó la idea que llegando al borde de esta superficie, todo se precipitaba en caída libre sobre el universo, en una especie de precipicio sin fin.

Asentada la duda absoluta, buscó en libros y leyó que existe el “Gran vacío”, nombre con el que se denomina al espacio exterior y del cual se desconoce casi todo. Continuando con la lectura, descubrió que dentro de este cosmos infinito, existían lugares como el planeta Oscuridad Eterna, o Tres-2b, el que, de los conocidos, es el planeta más oscuro; siendo nombrado de esta manera pues en aquel lugar no hay una pizca de luz, nunca. Le llamó muchísimo la atención, el denominado Planeta Infierno, o 55 Carcri, asignado así porque, teniendo dos caras, la de día se muestra cubierta de lava fundida, a una temperatura de más de 2400 grados centígrados, y una nocturna, donde la oscuridad lo cubre todo, y es más cálido, con solo 1000 grados centígrados. En otras palabras, en aquel lugar las noches son calientes y los días aun más calientes. Otro que le pareció particular, fue el Planeta Pesadilla, o HD 189733b, en el que los vientos azotan a más de 8000 kilómetros por hora y llueven cristales por todas partes.

Frente a esta realidad externa de la Tierra, tan devastadora y extrema, consideró que debía sentirse afortunado de vivir en un planeta de plástico y ruidoso, en el que los días transcurrían unos tras otros, llenando los océanos con basura, el cielo con partículas venenosas y arrasando con la totalidad de los árboles existentes. “El problema, no es que entendamos nuestros actos, por más irracionales que estos sean, sino más bien, el que aceptemos las razones que los originan”, reflexionó.

Tal vez por esto, transcurridas varias semanas, y tomando conciencia de la real situación, Hipoclorito vislumbró la monstruosidad de su propia indiferencia y la del resto. Recordó con tristeza la funesta visión que su abuela le había mencionado solo unas semanas atrás: ”Cuando hayamos contaminado, y devastado por completo nuestro planeta, vendrán las cucarachas, y lo heredarán todo”.

Así, motivado por los libros y los errores de Colón, decidió ponerle fin a todo. Fabricó una maleta con frazadas viejas y dispuso dentro una vieja cantimplora, un simplificado mapa del planeta y dos sandías, partiendo hacia el fin de la Tierra curva, “un concepto maquiavélico”, en sus palabras. Con la mente en blanco, cerró la puerta tras de sí y partió su viaje hacia el borde mismo de las cosas, para encontrarse de frente al Gran Vacío y dar el paso hacia lo que él pensaba sería un vuelo eterno, sin final, feliz y agradecido.



 Inédito, 2019











13/8/19

“La muerte y la brújula”, por Jorge Luis Borges





A Mandie Molina Vedia


De los muchos problemas que ejercitaron la temeraria perspicacia de Lönnrot, ninguno tan extraño -tan rigurosamente extraño, diremos- como la periódica serie de hechos de sangre que culminaron en la quinta de Triste-le-Roy, entre el interminable olor de los eucaliptos. Es verdad que Erik Lönnrot no logró impedir el último crimen, pero es indiscutible que lo previó. Tampoco adivinó la identidad del infausto asesino de Yarmolinsky, pero sí la secreta morfología de la malvada serie y la participación de Red Scharlach, cuyo segundo apodo es Scharlach el Dandy. Ese criminal (como tantos) había jurado por su honor la muerte de Lönnrot, pero éste nunca se dejó intimidar. Lönnrot se creía un puro razonador, un Auguste Dupin, pero algo de aventurero había en él y hasta de tahur.

El primer crimen ocurrió en el Hôtel du Nord, ese alto prisma que domina el estuario cuyas aguas tienen el color del desierto. A esa torre (que muy notoriamente reúne la aborrecida blancura de un sanatorio, la numerada divisibilidad de una cárcel y la apariencia general de una casa mala) arribó el día tres de diciembre el delegado de Podólsk al Tercer Congreso Talmúdico, doctor Marcelo Yarmolinsky, hombre de barba gris y ojos grises. Nunca sabremos si el Hôtel du Nord le agradó: lo aceptó con la antigua resignación que le había permitido tolerar tres años de guerra en los Cárpatos y tres mil años de opresión y de pogroms. Le dieron un dormitorio en el piso R, frente a la suite que no sin esplendor ocupaba el Tetraca de Galilea. Yarmolinsky cenó, postergó para el día siguiente el examen de la desconocida ciudad, ordenó en un placard sus muchos libros y sus muy pocas prendas, y antes de medianoche apagó la luz. (Así lo declaró el chauffeur del Tetrarca, que dormía en la pieza contigua.) El cuatro, a las 11 y 3 minutos A.M., lo llamó por teléfono un redactor de la Yidische Zaitung; el doctor Yarmolinsky no respondió; lo hallaron en su pieza, ya levemente oscura la cara, casi desnudo bajo una gran capa anacrónica. Yacía no lejos de la puerta que daba al corredor; una puñalada profunda le había partido el pecho. Un par de horas después, en el mismo cuarto, entre periodistas, fotógrafos y gendarmes, el comisario Treviranus y Lönnrot debatían con serenidad el problema.

– No hay que buscarle tres pies al gato -decía Treviranus, blandiendo un imperioso cigarro-. Todos sabemos que el Tetrarca de Galilea posee los mejores zafiros del mundo. Alguien, para robarlos, habrá penetrado aquí por error. Yarmolinsky se ha levantado; el ladrón ha tenido que matarlo. ¿Qué le parece?
– Posible, pero no interesante -respondió Lönnrot-. Usted replicará que la realidad no tiene la menor obligación de ser interesante. Yo le replicaré que la realidad puede prescindir de esa obligación, pero no las hipótesis. En la que usted ha improvisado interviene copiosamente el azar. He aquí un rabino muerto; yo preferiría una explicación puramente rabínica, no los imaginarios percances de un imaginario ladrón.

Treviranus repuso con mal humor:

– No me interesan las explicaciones rabínicas; me interesa la captura del hombre que apuñaló a este desconocido.
– No tan desconocido -corrigió Lönnrot -. Aquí están sus obras completas-. Indicó en el placard una fila de altos volúmenes; una Vindicación de la cábala; un Examen de la filosofía de Robert Fludd; una traducción literal del Sepher Yezirah; una Biografía del Baal Shem; una Historia de la secta de los Hasidim; una monografía (en alemán) sobre el Tetragrámaton; otra, sobre la nomenclatura divina del Pentateuco. El comisario los miró con temor, casi con repulsión. Luego, se echó a reír.
– Soy un pobre cristiano -repuso-. Llévese todos esos mamotretos, si quiere; no tengo tiempo que perder en supersticiones judías.
– Quizás este crimen pertenece a la historia de las supersticiones judías -murmuró Lönnrot.
– Como el cristanismo -se atrevió a completar el redactor de la Yidische Zaitung. Era miope, ateo y muy tímido.

Nadie le contestó. Uno de los agentes había encontrado en la pequeña máquina de escribir una hoja de papel con esta sentencia inconclusa: La primera letra del Nombre ha sido articulada.

Lönnrot se abstuvo de sonreír. Bruscamente bibliófilo o hebraísta, ordenó que le hicieran un paquete con los libros del muerto y los llevó a su departamento. Indiferente a la investigación policial, se dedicó a estudiarlos. Un libro en octavo mayor le reveló las enseñanzas de Israel Baal Shem Tobh, fundador de la secta de los Piadosos; otro, las virtudes y terrores del Tetragrámaton, que es el inefable Nombre de Dios; otro, la tesis de que Dios tiene un nombre secreto, en el cual está compendiado (como en la esfera de cristal que los persas atribuyen a Alejandro de Macedonia), su noveno atributo, la eternidad, es decir, el conocimiento inmediato de todas las cosas que serán, que son y que han sido en el universo. La tradición enumera noventa y nueve nombres de Dios; los hebraístas atribuyen ese imperfecto número al mágico temor de las cifras pares; los Hasidim razonan que ese hiato señala un centésimo nombre. El Nombre Absoluto.

De esa erudición lo distrajo, a los pocos días, la aparición del redactor de la Yidische Zaitung. Este quería hablar del asesinato; Lönnrot prefirió hablar de los diversos nombres de Dios; el periodista declaró en tres columnas que el investigador Erik Lönnrot se había dedicado a estudiar los nombres de Dios para dar con el nombre del asesino. Lönnrot, habituado a las simplificaciones del periodismo, no se indignó. Uno de esos tenderos que han descubierto que cualquier hombre se resigna a comprar cualquier libro, publicó una edición popular de la Historia de la secta de los Hasidim.

El segundo crimen ocurrió la noche del tres de enero, en el más desamparado y vacío de los huecos suburbios occidentales de la capital. Hacia el amanecer, uno de los gendarmes que vigilan a caballo esas soledades vio en el umbral de una antigua pintorería un hombre emponchado, yacente. El duro rostro estaba como enmascarado de sangre; una puñalada profunda le había rajado el pecho. En la pared, sobre los rombos amarillos y rojos, había unas palabras en tiza. El gendarme las deletreó… Esa tarde, Treviranus y Lönnrot se dirigieron a la remota escena del crimen. A izquierda y derecha del automóvil, la ciudad se desintegraba; crecía el firmamento y ya importaban poco las casas y mucho un horno de ladrillos o un álamo. Llegaron a su pobre destino: un callejón final de tapias rosadas que parecían reflejar de algún modo la desaforada puesta de sol. El muerto ya había sido identificado. Era Daniel Simó Azevedo, hombre de alguna fama en los antiguos arrabales del Norte, que había ascendido de carrero a guapo electoral, para degenerar después en ladrón y hasta en delator. (El singular estilo de su muerte les pareció adecuado: Azevedo era el último representante de una generación de bandidos que sabía el manejo del puñal, pero no del revólver.) Las palabras en tiza eran las siguientes: La segunda letra del Nombre ha sido articulada.

El tercer crimen ocurrió la noche del tres de febrero. Poco antes de la una, el teléfono resonó en la oficina del comisario Treviranus. Con ávido sigilo, habló un hombre de voz gutural; dijo que se llamaba Ginzberg (o Ginsburg), y que estaba dispuesto a comunicar, por una remuneración razonable, los hechos de los dos sacrificios de Azevedo y Yarmolinsky. Una discordia de silbidos y de cornetas ahogó la voz del delator. Después, la comunicación se cortó. Sin rechazar la posibilidad de una broma (al fin, estaban en carnaval), Treviranus indagó que le habían hablado desde el Liverpool House, taberna de la Rue de Toulon -esa calle salobre en la que conviven el cosmorama y la lechería, el burdel y los vendedores de biblias. Treviranus habló con el patrón. Este (Black Finnegan, antiguo criminal irlandés, abrumado y casi anulado por la decencia) le dijo que la última persona que había empleado el teléfono de la casa era un inquilino, un tal Gryphius, que acababa de salir con unos amigos. Treviranus fue enseguida al Liverpool House. El patrón le comunicó lo siguiente: Hace ocho días, Gryphius había tomado pieza en los altos del bar. Era un hombre de rasgos afilados, de nebulosa barba gris, trajeado pobremente de negro; Finnegan (que destinaba esa habitación a un empleo que Treviranus adivinó) le pidió un alquiler sin duda excesivo; Gryphius inmediatamente pagó la suma estipulada. No salía casi nunca; cenaba y almorzaba en su cuarto; apenas si le conocían la cara en el bar. Esa noche, bajó a telefonear al despacho de Finnegan. Un cupé cerrado se detuvo ante la taberna. El cochero no se movió del pescante; algunos parroquianos recordaron que tenía máscara de oso. Del cupé bajaron dos arlequines; eran de reducida estatura y nadie pudo no observar que estaban muy borrachos. Entre balidos de cornetas, irrumpieron en el escritorio de Finnegan; abrazaron a Gryphius, que pareció reconocerlos, pero que les respondió con frialdad; cambiaron unas palabras en yiddish -él en voz baja, gutural, ellos con las voces falsas, agudas- y subieron a la pieza del fondo. Al cuarto de hora bajaron los tres, muy felices; Gryphius, tambaleante, parecía tan borracho como los otros. Iba, alto y vertiginoso, en el medio, entre los arlequines enmascarados. (Una de las mujeres del bar recordó los losanges amarillos, rojos y verdes.) Dos veces tropezó; dos veces lo sujetaron los arlequines. Rumbo a la dársena inmediata, de agua rectangular, los tres subieron al cupé y desaparecieron. Ya en el estribo del cupé, el último arlequín garabateó una figura obscena y una sentencia en una de las pizarras de la recova.

Treviranus vio la sentencia. Era casi previsible; decía: La última de las letras del Nombre ha sido articulada.

Examinó, después, la piecita de Gryphius-Ginzberg. Había en el suelo una brusca estrella de sangre; en los rincones, restos de cigarrillo de marca húngara; en un armario, un libro en latín -el Philologus hebraeograecus(1739), de Leusden- con varias notas manuscritas. Treviranus lo miró con indignación e hizo buscar a Lönnrot. Este, sin sacarse el sombrero, se puso a leer, mientras el comisario interrogaba a los contradictorios testigos del secuestro posible. A las cuatro salieron. En la torcida Rue de Toulon, cuando pisaban las serpentinas muertas del alba, Treviranus dijo:

– ¿Y si la historia de esta noche fuera un simulacro?

Erik Lönnrot sonrió y le leyó con toda gravedad un pasaje (que estaba subrayado) de la disertación trigésima tercera del Philologus: Dies Judaeorum incipit a solis occasu usque ad solis occasum diei sequentis. Esto quiere decir -agregó-, El día hebreo empieza al anochecer y dura hasta el siguiente anochecer.

El otro ensayó una ironía.

– ¿Ese dato es el más valioso que usted ha recogido esta noche?
– No. Más valiosa es una palabra que dijo Ginzberg.

Los diarios de la tarde no descuidaron esas desapariciones periódicas. La Cruz de la Espada las contrastó con la admirable disciplina y el orden del último Congreso Eremítico; Erns Palast, en El Mártir, reprobó –las demoras intolerables de un pogrom clandestino y frugal, que ha necesitado tres meses para liquidar tres judíos–; la Yidische Zaitung rechazó la hipótesis horrorosa de un complot antisemita, –aunque muchos espíritus penetrantes no admiten otra solución del triple misterio–; el más ilustre de los pistoleros del Sur, Dandy Red Scharlach, juró que en su distrito nunca se producirían crímenes de ésos y acusó de culpable negligencia al comisario Franz Treviranus.

Este recibió, la noche del primero de marzo, un imponente sobre sellado. Lo abrió: el sobre contenía una carta firmada Baruj Spinoza y un minucioso plano de la ciudad, arrancado notoriamente de un Baedeker. La carta profetizaba que el tres de marzo no habría un cuarto crimen, pues la pinturería del Oeste, la taberna de la Rue de Toulon y el Hôtel du Nord eran –los vértices perfectos de un triángulo equilátero y místico–; el plano demostraba en tinta roja la regularidad de ese triángulo. Treviranus leyó con resignación ese argumento more geometrico y mandó la carta y el plano a casa de Lönnrot, indiscutible merecedor de tales locuras.

Erik Lönnrot las estudió. Los tres lugares, en efecto, eran equidistantes. Simetría en el tiempo (3 de diciembre, 3 de enero, 3 de febrero); simetría en el espacio también… Sintió, de pronto, que estaba por descifrar el misterio. Un compás y una brújula completaron esa brusca intuición. Sonrió, pronunció la palabra Tetragrámaton (de adquisición reciente) y llamó por teléfono al comisario. Le dijo:

– Gracias por ese triángulo equilátero que usted anoche me mandó. Me ha permitido resolver el problema. Mañana viernes los criminales estarán en la cárcel; podemos estar muy tranquilos.
– Entonces, ¿no planean un cuarto crimen?
– Precisamente, porque planean un cuarto crimen, podemos estar muy tranquilos.
– Lönnrot colgó el tubo. Una hora después, viajaba en un tren de los Ferrocarriles Australes, rumbo a la quinta abandonada de Triste-le-Roy. Al sur de la ciudad de mi cuento fluye un ciego riachuelo de aguas barrosas, infamado de curtiembres y de basuras. Del otro lado hay un suburbio donde, al amparo de un caudillo barcelonés, medran los pistoleros. Lönnrot sonrió al pensar que el más afamado -Red Scharlach- hubiera dado cualquier cosa por conocer su clandestina visita. Azevedo fue compañero de Scharlach; Lönnrot consideró la remota posibilidad de que la cuarta víctima fuera Scharlach. Después, la desechó… Virtualmente, había descifrado el problema; las meras circunstancias, la realidad (nombres, arrestos, caras, trámites judiciales y carcelarios) apenas le interesaban ahora. Quería pasear, quería descansar de tres meses de sedentaria investigación. Reflexionó que la explicación de los crímenes estaba en un triángulo anónimo y en una polvorienta palabra griega. El misterio casi le pareció cristalino; se abochornó de haberle dedicado cien días.

El tren paró en una silenciosa estación de cargas. Lönnrot bajó. El aire de la turbia llanura era húmedo y frío. Lönnrot echó a andar por el campo. Vio perros, vio un furgón en una vía muerta, vio el horizonte, vio un caballo plateado que bebía del agua crapulosa de un charco. Oscurecía cuando vio el mirador rectangular de la quinta de Triste-le-Roy, casi tan alto como los negros eucaliptos que lo rodeaban. Pensó que apenas un amanecer y un ocaso (un viejo resplandor en el oriente y otro en el occidente) lo separaban de la hora anhelada por los buscadores del Nombre.

Una herrumbrada verja definía el perímetro irregular de la quinta. El portón principal estaba cerrado. Lönnrot, sin mucha esperanza de entrar, dio toda la vuelta. De nuevo ante el porton infranqueable, metió la mano entre los barrotes, casi maquinalmente, y dio con el pasador. El chirrido del hierro lo sorprendió. Con una pasividad laboriosa, el portón entero cedió.

Lönnrot avanzó entre los eucaliptos, pisando confundidas generaciones de rotas hojas rígidas. Vista de cerca, la casa de la quinta de Triste-le-Roy abundaba en inútiles simetrías y en repeticiones maniáticas: a una Diana glacial en un nicho lóbrego correspondía en un segundo nicho otra Diana; un balcón se reflejaba en otro balcón; dobles escalinatas se abrían en doble balaustrada. Lönnrot rodeó la casa como había rodeado la quinta. Todo lo examinó: bajo el nivel de la terraza vio una estrecha persiana.

La empujó: unos pocos escalones de mármol descendían a un sotano. Lönnrot, que ya intuía las preferencias del arquitecto, adivino que en el opuesto muro del sótano había otros escalones. Los encontró, subió, alzó las manos y abrió la trampa de salida.

Un resplandor lo guió a una ventana. La abrió: una luna amarilla y circular definía en el triste jardín dos fuentes cegadas. Lönnrot exploró la casa. Por ante comedores y galerías salió a patios iguales y repetidas veces al mismo patio. Subió por escaleras polvorientas a antecámaras circulares; infinitamente se multiplicó en espejos opuestos; se cansó de abrir o entreabrir ventanas que le revelaban, afuera, el mismo desolado jardín desde varias alturas y varios ángulos; adentro, muebles con fundas amarillas y arañas embaladas en tarlatán. un dormitorio lo detuvo; en ese dormitorio, una sola flor en una copa de porcelana; al primer roce los pétalos antiguos se deshicieron. En el segundo piso, en el último, la casa le pareció infinita y creciente. La casa no es tan grande, pensó. La agrandan la penumbra, la simetría, los espejos, los muchos años, mi desconocimiento, la soledad.

Por una escalera espiral llegó al mirador. La luna de esa tarde atravesaba los losanges de las ventanas; eran amarillos, rojos y verdes. Lo detuvo un recuerdo asombrado y vertiginoso. Dos hombres de pequeña estatura, feroces y fornidos, se arrojaron sobre él y lo desarmaron; otro, muy alto, lo saludó con gravedad y le dijo:

– Usted es muy amable. Nos ha ahorrado una noche y un día.

Era Red Scharlach. Los hombres maniataron a Lönnrot. Este, al fin, encontró su voz.

– Scharlach, ¿usted busca el Nombre Secreto?

Scharlach seguía de pie, indiferente. No había participado en la breve lucha, apenas si alargó la mano para recibir el revólver de Lönnrot. Habló; Lönnrot oyó en su voz una fatigada victoria, un odio del tamaño del universo, una tristeza no menor que aquel odio.

– No -dijo Scharlach-. Busco algo más efímero y deleznable, busco a Erik Lönnrot. Hace tres años, en un garito de la Rue de Toulon, usted mismo arrestó e hizo encarcelar a mi hermano. En un cupé, mis hombres me sacaron del tiroteo con una bala policial en el vientre. Nueve días y nueve noches agonicé en esta desolada quinta simétrica; me arrasaba la fiebre, el odioso Jano bifronte que mira los ocasos y las auroras daban horror a mi ensueño y a mi vigilia. Llegué a abominar de mi cuerpo, llegué a sentir que dos ojos, dos manos, dos pulmones, son tan mostruosos como dos caras. Un irlandés trató de convertirme a la fe de Jesús; me repetía la sentencia de los goim: Todos los caminos llevan a Roma. De noche, mi delirio se alimentaba de esa metáfora: yo sentía que el mundo es un laberinto, del cual era imposible huir, pues todos los caminos, aunque fingieran ir al Norte o al Sur, iban realmente a Roma, que era también la cárcel cuadrangular donde agonizaba mi hermano y la quinta de Triste-le-Roy. En esas noches yo juré por el dios que ve con dos caras y por todos los dioses de la fiebre y de los espejos tejer un laberinto en torno del hombre que había encarcelado a mi hermano. Lo he tejido y es firme: los materiales son un heresiólogo muerto, una brújula, una secta del siglo XVIII, una palabra griega, un puñal, los rombos de una pinturería.

El primer término de la serie me fue dado por el azar. Yo había tramado con algunos colegas -entre ellos, Daniel Azevedo- el robo de los zafiros del Tetrarca. Azevedo nos traicionó: se emborrachó con el dinero que le habíamos adelantado y acometió la empresa el día antes. En el enorme hotel se perdió; hacia las dos de la madrugada irrumpió en el dormitorio de Yarmolinsky. Este, acosado por el insomio, se había puesto a escribir. Verosímilmente, redactaba unas notas o un artículo sobre el Nombre de Dios; había escrito ya las palabras La primera letra del Nombre ha sido articulada. Azevedo le intimó silencio; Yarmolinsky alargó la mano hacia el timbre que despertaría todas las fuerzas del hotel; Azevedo le dio una sola puñalada en el pecho.Fue casi un movimiento reflejo; medio siglo de violencia le había enseñado que lo más fácil y seguro es matar… A los diez días yo supe por la Yidische Zaitung que usted buscaba en los escritos de Yarmolinsky la clave de la muerte de Yarmolinsky. Leí la Historia de la secta de los Hasidim; supe que el miedo reverente de pronunciar el Nombre de Dios había originado la doctrina de que ese Nombre es todopoderoso y recóndito. Supe que algunos Hasidim, en busca de ese Nombre secreto, habían llegado a cometer sacrificios humanos… Comprendí que usted conjeturaba que los Hasidim habían sacrificado al rabino; me dediqué a justificar esa conjetura.

Marcelo Yarmolinsky murió la noche del tres de diciembre; para el segundo –sacrificio– elegí la del tres de enero. Muró en el Norte; para el segundo –sacrificio– nos convenía un lugar del Oeste. Daniel Azevedo fue la víctima necesaria. Merecía la muerte: era un impulsivo, un traidor; su captura podía aniquilar todo el plan. Uno de los nuestros lo apuñaló; para vincular su cadáver al anterior, yo escribí encima de los rombos de la pinturería La segunda letra del Nombre ha sido articulada.

El tercer –crimen– se produjo el tres de febrero. Fue, como Treviranus adivinó, un mero simulacro. Gryphius-Ginzberg-Ginsburg soy yo; una semana interminable sobrellevé (suplementado por una tenua barba postiza) en ese perverso cubículo de la Rue de Toulon, hasta que los amigos me secuestraron. Desde el estribo del cupé, uno de ellos escribió en un pilar La última de las letras del Nombre ha sido articulada. Esa escritura divulgó que la serie de crímenes era triple. Así lo entendió el público; yo, sin embargo, intercalé repetidos indicios para que usted, el razonador Erik Lönnrot, comprendiera que es cuádruple. Un prodigio en el Norte, otros en el Este y en el Oeste, reclaman un cuarto prodigio en el Sur; el Tetragrámaton -el nombre de Dios, JHVH- consta de cuatroletras; los arlequines y la muestra del pinturero sugieren cuatro términos. Yo subrayé cierto pasaje en el manual de Leusden: ese pasaje manifiesta que los hebreos computaban el día de ocaso a ocaso; ese pasaje da a entender que las muertes ocurrieron el cuatro de cada mes. Yo mandé el triángulo equilátero a Treviranus. Yo presentí que usted agregaría el punto que falta. El punto que determina un rombo perfecto, el punto que prefija el lugar donde una exacta muerte lo espera. Todo lo he premeditado, Erik Lönnrot, para atraerlo a usted a las soledades de Triste-le-Roy.

Lönnrot evitó los ojos de Scharlach. Miró los árboles y el cielo subdivididos en rombos turbiamente amarillos, verdes y rojos. Sintió un poco de frío y una tristeza impersonal, casi anónima. Ya era de noche; desde el polvoriento jardín subió el grito inútil de un pájaro. Lönnrot consideró por última vez el problema de las muertes simétricas y periódicas.

– En su laberinto sobran tres líneas -dijo por fin-. Yo sé de un laberinto griego que es una línea única, recta. En esa línea se han perdido tantos filósofos que bien puede perderse un mero detective. Scharlach, cuando en otro avatar usted me dé caza, finja (o cometa) un crimen en A, luego un segundo crimen en B, en 8 kilómetros de A, luego un tercer crimen en C, a 4 kilómetros de A y de B, a mitad de camino entre los dos. Aguárdeme después en D, a 2 kilómetros de A y de C, de nuevo a mitad de camino. Máteme en D, como ahora va a matarme en Triste-le-Roy.

Para la otra vez que lo mate -replicó Scharlach-, le prometo ese laberinto, que consta de una sola línea recta y que es indivisible, incesante.

Retrocedió unos pasos. Después, muy cuidadosamente, hizo fuego.


1942

Publicado en Ficciones, 1944











24/7/19

Plañir la muerte, vislumbrar una escapatoria, imaginar el tránsito: nomadías de la escritura en "Alicia en la carretera" de Carlos Almonte, por Manuel Illanes





La pregunta acerca de la trascendencia (o nulidad) de toda experiencia humana ha sido formulada desde la más lejana antigüedad por el homo (non) sapiens y oscila, desde siempre, entre la conciencia de una mortalidad ineludible, cuyas fronteras no pueden ser rebasadas, y la esperanza de un camino que conduzca fuera de la región de ceniza que habitamos, adquiriendo, en esta oscilación, ribetes religiosos, filosóficos y literarios, tal como se manifiesta en textos fundamentales como La epopeya de Gilgamesh y El libro de los muertos egipcio, por mencionar algunos ejemplos de la Antigüedad. Es notable verificar (tal como demuestran los textos mencionados) que existe una asociación íntima entre esta conciencia de la muerte y la posibilidad de salvar ésta, de encontrar una salida a nuestra jaula de carne; instancias (al parecer) antitéticas que, sin embargo, un tercer elemento -el del viaje- vincula. Estoy embriagado, lloro, me aflijo / pienso, digo / en mi interior lo encuentro: / si yo nunca muriera, si nunca desapareciera. / Allá donde no hay muerte / allá donde ella es conquistada / que allá vaya yo… plañir la muerte, vislumbrar una escapatoria, imaginar el tránsito: estas palabras, tomadas de un lamento de Nezahualcóyotl, señor de Tezcoco, recitadas desde hace más de quinientos años en el Anáhuac, dan una pauta de algunos de los elementos que encontramos en Alicia en la carretera  de Carlos Almonte (Go Ediciones, 2018).

Alicia... comparte esta preocupación acerca de la trascendencia de la experiencia humana, al introducir la tríada muerte / tránsito / vida del que he hablado en el párrafo anterior, ajustándose en términos más o menos cercanos a la definición que Georges Bataille hace del concepto de experiencia interior en el libro del mismo nombre, publicado en 1954. Ahí señala: “Entiendo por experiencia interior lo que habitualmente se llama experiencia mística: los estados de éxtasis, de arrobamiento, cuando menos de emoción meditada. Pero pienso menos en la experiencia confesional, a la que ha habido que atenerse hasta ahora, que en una experiencia desnuda, libre de ligaduras, incluso de origen, con cualquier confesión.” (La experiencia interior, p. 13). Esta apelación a un “estado de éxtasis” que se niega a ser “descrito”, se acomoda a la aproximación que se hace en Alicia... a una experiencia capital, nunca detallada, apuntada en estos términos en la nota preliminar del texto: “Veinte años han pasado desde aquella noche en el desierto; una noche de tormenta, océano y sabor a cactus. Hace una década se conmemoró el fin del primer ciclo, al compartir aquel verso extático y transparente que en algo reflejó el conjunto de emociones, reflexiones y desbordamientos que experimentamos en aquel camino hacia el bien llamado “inicio de umbrales”. Un (tras) paso que se presentó limpio y expedito, a través de un túnel hecho de nubes con dirección indefinida.” (p. 5). Aunque se puede hacer la salvedad que la experiencia mencionada en Alicia... tiene su origen en un acercamiento sicodélico a la “otra orilla” (y, en ese sentido, se debe advertir que el libro de Almonte zizaguea, en su escritura, entre los polos que representan G. Bataille y H. Michaux), en líneas generales, creo que la reflexión que hace Bataille sobre el tema descubre ecos profundos en la estructura y lenguaje utilizados en Alicia en la carretera: desde la dispersión, a lo largo del texto, de una serie de elementos que remiten a esta tríada de muerte / tránsito / vida (como lo demuestran los títulos de algunas de las escenas del libro: La ceremonia, Una tarde bajo un dios oculto, La novena puerta, Primer viaje, Ascensión, Om, que parecen señalar el desenvolvimiento de un ritual cuyo fin es el traspaso que se menciona en el prólogo. Incluso en una de las escenas se verifica la muerte de Alicia que, aunque imaginaria, funciona como preparación de este viaje: “Después de cuatro días pintaron mi cuerpo a rayas para el postrero cruce, para que nadie me viera trasponer el túnel, para que no volviera el giro de mi barca, para que no existieran los reflejos. Al quinto día, y con gritos de júbilo y cánticos alegres, depositaron mi cuerpo frío ya con olor de células extintas, en el fondo de un tranquilo bote que empujaron mar adentro.”, p. 48) hasta el uso de una lenguaje entrecortado, balbuciente que nos ubica en medio de la noche oscura de San Juan de la Cruz.

Hay que destacar, por otro lado, que existe un diálogo evidente entre Alicia en la carretera y un texto publicado anteriormente por Carlos, Flamenco es un sueño (Calabaza del Diablo, 2008), en términos de una continuidad temática (el acercamiento / relato de esta experiencia capital que se niega a ser descrita, a pesar de todas las palabras que se digan sobre ella), continuidad que el prólogo de Alicia... revela con claridad. Se trata efectivamente de dos textos que apuntan al mismo objetivo, esto es, el aclaramiento de ese vacío que está en el centro de ambas escrituras; un vacío preñado, se podría decir, pues es el dínamo que genera la búsqueda de esta claridad siempre engañosa (ya que la claridad no es capaz de iluminar este vacío que está más allá de la luz). Pero mientras en Flamenco es un sueño, la chase spiritualle (Rimbaud dixit) de este vacío se emprende por intermedio de textos que deben mucho a la mística (“Dios me guarda y me acompaña. / Dios es puro. / Dios es cactus. / Dios es trueno. / Dios es viaje. / Dios es cielo en llamas. / Dios es nadie.”, se nos dice en A mi lado, uno de los poemas de Flamenco es un sueño), Alicia en la carretera nos presenta una prosa vertiginosa y dislocada, un relato construido a partir de la memoria y la alucinación que debe mucho al clima onírico de Amberes de Roberto Bolaño (influencia nada extraña, si se considera el acercamiento hecho por Almonte a la narrativa de Bolaño en su novela Viento blanco). Como en la novela del autor de Los detectives salvajes, en Alicia... transitan una serie de personajes (Alicia, el narrador, el ermitaño, el profeta, Coltrane) y se repiten lugares y situaciones (Flamenco, la ciudad, el desierto, la inundación) que otorgan una unidad al conjunto de escenas que conforman Alicia..., unidad que está en constante tensión con el lenguaje dislocado que he mencionado algunos renglones arriba, puesto que este lenguaje conduce el Sentido permanentemente hacia el Afuera, como si en la misma medida que buscara instalar esta experiencia interior, desplegarla en el texto para hacerla aprehensible en la lectura, se alejara de ella, quisiera remarcar el abismo que se abre entre ésta y la huella, la ceniza que constituye la escritura: “En el horizonte se adivina un sol oscuro de temblores que, a medida que se acerca, se envilece (Luz Blanca, p. 72); “No es un tiempo recobrado, son cenizas que se juntan bajo el peso de los remolinos y se dejan ir por la corriente, o por la brisa” (Atardecer en Flamenco, p. 76). Lo anterior nos remite a la afirmación de Derrida respecto al desplazamiento al que estaría ligada toda escritura, a ese diferir permanente entre fuerza y significación: “Decir la fuerza como origen del fenómeno es, sin duda, no decir nada. Una vez dicha, la fuerza es ya un fenómeno. Hegel había mostrado bien que la explicación de un fenómeno por una fuerza es una tautología. Pero al decir esto, hay que referirlo a una cierta impotencia del lenguaje de salir de sí para decir su origen, y no al pensamiento de la fuerza. La fuerza es lo otro que el lenguaje sin lo que éste no sería lo que es.” (La escritura y la diferencia, p. 42).

La nostalgia de este momentum de intensidad -que representa el centro invisible del libro de Almonte- se hace presente durante la mayor parte del texto, remarcando el clima onírico, de irrealidad del conjunto de escenas donde Alicia transita entre el desierto que añora y al que desea retornar (puesto que ahí tuvo lugar la experiencia del viaje hacia “la otra orilla”) y la ciudad en que es una extraña, una desterrada permanente, atenta siempre al llamado del dios extraño (como dice Hans Jonas al referirse a lo que él considera la “religión gnóstica”): “brotan flores de las piedras y un pequeño niño, como un dios salvaje, se escabulle entre las sombras… invocando a Alicia.” (Ascensión, p. 70). La imagen que da título al libro es, así, decidora: Alicia, la exploradora por excelencia, la que en el libro de Carroll va y vuelve en una travesía extraordinaria, se encuentra ahora perdida en la carretera, cercada por la desolación de la ciudad a la que no pertenece, buscando reencontrar(se) con ese momentum del que, inevitablemente, se aleja, como un fantasma de esa escritura nómada, la del libro, que vaga por la interzona.


Ciudad de México, junio 2019


Bibliografía



-Almonte, Carlos

Alicia en la carretera, Go Ediciones, 2018, Santiago.

Flamenco es un sueño, Libros La Calabaza del Diablo, 2008, Santiago.

-Bataille, Georges

La experiencia interior, Taurus Ediciones, 1981, Madrid.

-Derrida, Jacques

La escritura y la diferencia, Editorial Anthropos, 1989, Barcelona.









11/6/19

Quatre Poemes / Four songs (2) de Samuel Beckett


2.
je suis ce cours de sable qui glisse
entre le galet et la dune
la pluie d’été pleut sur ma vie
sur moi ma vie qui me fuit me poursuit
et finira le jour de son commencement
cher instant je te vois
dans ce rideau de brume qui recule
où je n’aurai plus à fouler ces longs seuils mouvants
et vivrai le temps d’une porte
qui s’ouvre et se referme


soy este curso de arena que se desliza.
entre el guijarro y la duna
la lluvia de verano llueve en mi vida
en mi mi vida que me huye me persigue
y terminará el día de su comienzo
querido momento te veo
en esta cortina de niebla que se retira
donde no tendré que pisar estos umbrales largos en movimiento
y vivirá el tiempo de una puerta
que abre y cierra


2.
my way is in the sand flowing
between the shingle and the dune
the summer rain rains on my life
on me my life harrying fleeing
to its beginning to its end
my peace is there in the receding mist
when I may cease from threading these long shifting thresholds
and live the space of a door
that opens and shuts

mi camino está en la arena fluyendo
entre la teja y la duna
las lluvias de verano llueven sobre mi vida
en mi mi vida agobiante huyendo
a su principio hasta el final
mi paz está ahí en la niebla que retrocede.
cuando pueda dejar de enhebrar estos umbrales de desplazamiento largo
y vive el espacio de una puerta
que se abre y se cierra


Experimento 9-000100972-2019 con Google translator.
En base a Quatre Poèmes / Four Songs, 2., de Samuel Beckett.
Versos escritos en francés “traducidos” (¿?) al inglés por el autor.