31/8/09

Obliteración mental, por Alan

Corresponsal extranjero




El semen contiene de 300 a 500 millones de espermatozoides que, en la vagina, avanzan más o menos a un centímetro por hora, mediante movimientos originados por su cola o flagelo. Muchos espermatozoides van quedando en el camino ya que mueren; otros, se desorientan, y algunos se van a la trompa, donde no existe óvulo. El espermatozoide ha de realizar por tanto un recorrido de unos dieciocho centímetros desde la vagina hasta las trompas de Falopio, donde podrá fecundar al óvulo. El tiempo que tarda en llegar el espermatozoide al óvulo se calcula que puede ser desde 10 minutos hasta 3 días.


Wikipedia



Había arrendado una moto para ir a conocer el mercado que hacen los occidentales en la playa de Anjuna. Son los hippies de antaño, y algunos nuevos, que se ganan la vida con los turistas que los van a ver y que, queriendo ser como ellos, encuentran ahí todo lo material que les permitirá pasar por hippis.

Lo cierto es que no era una moto, sino una scooter, sin cambios, de esas que no corren a más de sesenta kilómetros por hora. O al menos yo no me atreví a hacerla ir más rápido. Nunca he tenido otra relación con las motocicletas que no fuera la historia de un tío que casi se mata en una. Esa historia colgaba de la boca de mi madre cada vez que mi hermano o yo pronunciábamos la palabra moto. Sin mucha experiencia y con esa historia trasvasijándose con fluidez desde mi subconsciente a mi consciente, llevaba con inseguridad el equilibrio de la scooter a través de las retorcidas calles de Goa. Mayor inestabilidad aún, considerando que sentada detrás mío llevaba a una chica que me había pedido un aventón. Tenía el pelo corto, negro, lentes de sol y un sombrero de paja ancho que la hacía parecer actriz italiana de los años setenta. La vi de pie al borde del camino, el brazo derecho completamente estirado, la mano empuñada y el pulgar indicando una dirección; mientras que con el brazo izquierdo sostenía su sombrero que parecía arrebatárselo el viento que arrastraba un camión. Me detuve y le dije que subiera. ¿puedes hacer esto?, me preguntó en inglés. No conseguí determinar su nacionalidad a través del acento. Sí claro, le mentí. Sonrió, se subió, con una mano me tomó de la cintura y con la otra aferró su sombrero. Estoy lista, me dijo. Vamos, dije, aceleré y nos tambaleamos para un lado y para el otro, hasta que conseguimos estabilizarnos. Mejor de lo que pensé, me dijo al oído.

Nuestra primera parada fue sólo algunos minutos después, para echar gasolina. La estación tenía una manguera y un encargado. Me detuve detrás de la moto que estaba siendo atendida. Le pregunté su nombre a la chica. Ella me preguntó el mío. Detrás nuestro había otros clientes esperando. El de adelante había llenado su máquina y yo estaba encendiendo la scooter cuando una de las motos que estaba detrás mío me adelantó y se detuvo junto a la manguera. Miré al encargado del combustible y le expliqué lo que era, a todas luces, un hecho irrefutable, disculpe caballero, pero yo estaba primero. El encargado se rió y me dijo, en tu país eres primero, en éste, el que llega hasta aquí, señalando la punta de la manguera, es el primero. La chica me miró y me dijo, eso es xenofobia. Pero no, no era xenofobia, el tipo me estaba explicando las diferentes reglas del juego. No me estaba diciendo que dado que en mi país yo era primero, aquí debía ser segundo. Él no decía que yo debía ir después del imbécil que me adelantó. Él me estaba explicando que en mi país el orden de llegada a la fila corresponde al orden de llegada a la ventanilla, al combustible en este caso. En cambio allí la regla era otra. Lo que pase detrás de la ventanilla no le incumbe al encargado, a mí lo que me importa es quién está frente a mí para echarle bencina a ése, me estaba diciendo. Era en el fondo, la lógica de los espermatozoides. Lógica que se repite en esta región del mundo en la ventanilla del banco o de una estación de trenes o en la entrada al metro o en el tránsito en las calles. Siempre que haya formas humanas intentando llegar a un determinado punto, avanzaran sin detenerse, hasta alcanzar alguna forma de atochamiento u obliteración (cualquier ventanilla o cruce con un semáforo ignorado) que no se resuelve a través del orden, la pausa, el respeto al turno del otro, todas maneras más eficientes, sino a través de la lógica del espermatozoide. He visto calles en las que treinta autos no pueden avanzar porque los obstaculizan otros treinta autos que van en sentido contrario. Ambos grupos copando toda posible salida. Entonces las motos se abren paso por las veredas y son espermatozoides más veloces. Lo interesante es que, más tarde que temprano, el nudo se desata, los autos avanzan y los espermatozoides pueden seguir su camino.

Cuando sentí el brazo de la chica rodeando mi cintura me pregunté, y si en vez de pensar tantas pajas, mejor sigo la lógica de los espermatozoides. Aceleré con violencia y sentí como su cuerpo se estrechó al mío.